ENTREVISTA A LA ACTRIZ CHILENA MÁS PREMIADA
Paulina García: “Nunca estuvo en mis sueños hacer cine”
08.11.2026
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ENTREVISTA A LA ACTRIZ CHILENA MÁS PREMIADA
08.11.2026
Entre homenajes y una intensa carga laboral, la actriz chilena más premiada habla de su activismo feminista y de su gusto por Sepultura, critica el rol de la primera dama Pía Adriasola y compara los recortes culturales de este gobierno con los años de la dictadura. Aun así, mantiene el optimismo: “En el teatro y también en la música ahora estamos en la ola grande”.
Imagen de portada: gentileza Paulina García
Por momentos, la personalidad de Paulina García recuerda a Andrés Rillón. Al lugar en que acordamos la entrevista no aparece. Diez minutos después de la hora pactada, nos ponemos en contacto telefónico y está en otra dirección. Dice que se confundió. Luego, cuando la conversación fluye, me llama por dos nombres distintos. No se da cuenta de que genera una sorpresiva comicidad. Más allá de esas particularidades, la mejor —y más premiada— actriz chilena es una comunicadora nata. Una persona culta, interesada en aprender más y con inquietudes de todo tipo.
Puede ser categórica en sus análisis. No le gusta, por ejemplo, lo que representa Pía Adriasola, la esposa de José Antonio Kast. “La institución de la Primera Dama es nefasta. Y lo que ella hizo en el primer día de mandato fue pésimo. Ir a la cocina, servir los platos, peinada y con un collar de perlas. Como diciendo ‘esto es lo que voy a hacer’. Es una mujer del siglo XIX y debe considerar que no debemos votar”.
También asombra por sus gustos musicales. Cuenta que una de sus hijas, también actriz, le muestra muchos discos porque trabaja con ambientes sonoros. Algunos de países extraños como Estonia. Siempre los escucha con atención. Y tiene gustos sorprendentes como Sepultura. “Primero llegué a Rage Against the Machine y luego a grupos afines como Alice in Chains y Sepultura. Me parece alucinante la fuerza con que abordan la música metalera”.
Las canciones le sirven para escribir y pintar y ahora ha estado con aficiones, según dice, más poperas. Menciona a Billie Eilish, pero también a Nick Cave y Matt Berninger, el vocalista de The National. Pimponeamos bandas y pide recomendaciones en sintonía con lo que está escuchando y las anota en su teléfono: Scott Walker, The Divine Comedy y Fontaines D.C. “De Chile me gusta Candelabro y María y los Templos, que son espectaculares. Escucho cosas nuevas, los miro cómo se desempeñan en los conciertos. Aunque voy a muy pocos porque no tengo tiempo. A Bloque Depresivo los iría a escuchar a cualquier parte. Me encanta El Macha porque tiene una voz particular. Me gusta cómo organizan sus conciertos, son muy interesantes. En YouTube hay uno que hicieron en París que es increíble”, indica.
Paulina García no es una actriz que está en el radar de la masividad. Por méritos, podría ser en popularidad el reverso femenino de Alfredo Castro. Pero no lo es. En el café donde estamos nadie la reconoce. Le da lo mismo. “Estoy acostumbrada a ser menos visible acá. Los periodistas me reconocen, siempre han sido buena onda conmigo y me entrevistan”, indica riendo.
Para las generaciones más grandes, García tuvo un papel televisivo inolvidable. Fue la primera gran villana como Adriana Godán en su versión juvenil en Los Títeres (1984), considerada la mejor teleserie de la historia en Chile, y que desde hace unas semanas se puede ver íntegramente en YouTube.
Eran otros tiempos en calidad narrativa versus las actuales y, también, en el trato a los elencos. “Estaba estudiando en la Católica, tenía 21 años y nos iban a buscar todos los días en taxi. Todos los del Campus Oriente éramos de izquierda, salvo los de Derecho. Ahí estaban (Jaime) Orpis y (Andrés) Chadwick, entre otros, que se comportaban como manadas. Eran muy patoteros”, recuerda.
Pero García desapareció progresivamente de la televisión. Hizo unas pocas teleseries más, optó por terminar su carrera y, en los 90, la época dorada del género, nunca la llamaron. Sobre los rumores de que, en esos años, Claudia Di Girolamo, pareja del director Vicente Sabatini, subía y bajaba el pulgar a actores, se desentiende. “Con Di Girolamo me llevo estupendo. Hemos trabajado juntas. Si tenía poder, no lo usó contra mi persona. Y tampoco sé cuánto hay de leyenda en que ella tenía mucho poder”.
En esos años, lejos de la televisión, tuvo hijos, crió sola durante un tiempo y, aunque ganaba poco dinero, se mantenía haciendo clases y perfeccionándose: estudió dramaturgia y dirección teatral. Tuvo periodos sin trabajo en esa década, pero nunca dejó de prepararse. Si había un seminario, se inscribía. Si podía agregar más conocimientos, bienvenido. “Me interesaba mucho la preparación personal. Desde aprender a escribir hasta los detalles de mi labor. Y nunca dejé de hacer teatro”.
La llegada del nuevo milenio trajo novedades. El director Nicolás Acuña la convocó para un telefilm, Mónica vida mía (2004), y ganó visibilidad. Posteriormente, sus apariciones en las series Cárcel de mujeres (2007) y Los archivos del cardenal (2011) actúan, sin querer, como el entrenamiento para el rol que le cambiaría la vida: Gloria (2013). Esa película de Sebastián Lelio (N. de la R.: al momento de la entrevista, el director no había fallecido) la pone en otro lugar. Incluso, obtiene el premio a mejor actriz en el Festival de Cine de Berlín. “No estaba en mis sueños hacer cine. Ni siquiera era un deseo. Nunca estuvo en mi horizonte de posibilidades. Mi mundo estaba en el teatro. Producir, escribir me ayudó mucho. Aunque supongo que todo lo que hice va influyendo y ha confluido en este lugar en que me encuentro ahora”.
—¿Te sientes respetada?
—Siempre me he sentido una artista respetada. Siempre creí que estaba en el lugar correcto, donde tenía que estar, pese a que tuve periodos sin trabajo en los 80 y 90, que fueron difíciles y tuve que trabajar de cartera, payaso y repartir papeles.
Observar la cantidad de estrenos que ha tenido esta temporada impresiona tanto como los reconocimientos recibidos durante este año. Protagonizó las series Catedrales y Alguien tiene que saber, acaba de estrenar en Sanfic la película costarricense Amor es el monstruo, y hace unos días terminó una temporada de la soberbia obra El enemigo del pueblo, una aguda mirada sobre la disyuntiva entre dinero y ecología. Fue jurado en los festivales de cine de Guadalajara y Locarno, recibió un homenaje en el festival Bonito en Mato Grosso do Sul y la semana próxima hará lo mismo en Huelva, España. “No me la creo cuando aparecen estos homenajes porque no espero que me conozcan tanto afuera. Es cierto que he hecho muchas series y películas, pero tampoco son tan populares. Estar, por ejemplo, en Brasil conversando con la gente una semana y atendida a cuerpo de rey es un regalo. Lo mismo en Locarno. O estar dos meses en Costa Rica trabajando en una película. Hay un momento en la tercera o cuarta semana que empiezo a rayar la papa. Me cuesta y debo concentrarme. La ausencia del mundo doméstico es lo que más disfruto: no tengo que pagar la luz, ver si las ruedas del auto hay que cambiarlas. Solo me dedico a trabajar”.
Defensora a ultranza del teatro, apoya que las temporadas actuales sean sintéticas y no de martes a domingo como fue en el pasado. “Los tiempos cambiaron”, reconoce.
Durante los primeros años de su oficio, los actores podían ensayar hasta ocho horas diarias. Ahora lo hacen en tres horas. Eso no significa que exista una cierta desidia con la profesión. Todo lo contrario. Asegura que el nivel teatral actual está en un grado altísimo, al igual que la creación musical. Y compara las restricciones presupuestarias culturales de este gobierno con lo que sucedía durante la dictadura. “Con Pinochet se acabó la noche, se arrasó con toda la diversidad de actividades posfunción que el teatro genera y apareció un mundo underground, que impulsó la sobrevivencia artística y las ganas de expresarte. Hoy pones una obra y si en las primeras dos semanas van 20 o 30 personas por función es poco. Para nosotros era muchísimo. En el ’86, hicimos con Alfredo Castro la obra Buster Keaton y ganamos 1.500 pesos. Para celebrar, con el equipo nos fuimos a comer al restaurant El Caramaño, en Purísima. Era lo máximo. Evidentemente, ahora con los recortes que se están produciendo se provocan otras situaciones. El arte se vuelve más creativo y suceden cosas raras y muy buenas. Creo que las producciones creativas se mueven como el mar. Son olas que vienen, que son surfeables y que se hacen más grandes cada cierto tiempo. Después, la marea baja y aparecen espumas y olitas y otra vez viene la ola grande. En el teatro y también en la música ahora estamos en la ola grande”.
—¿Te parece bien que los artistas tengan opinión para todo?
—No sé si sea tan así. Lo que pasa es que uno tiene tribuna. Te entrevistan más seguido y te sientes interpelado a dar opiniones diversas. Pero todo depende de cada persona. Algunos dan su opinión y otros, no. Yo, por ejemplo, he mostrado abiertamente mi activismo feminista.
—El mundo ahí también cambió…
—Ha cambiado harto. Hay situaciones que, afortunadamente, se acabaron. Mucho lenguaje que dejó de usarse, chistes que no se pueden hacer. Antes, en una fila te agarraban el poto o en la calle te tocaban. Una vez, un tipo me agarró con las dos manos mis pechugas. Le pegué en los brazos.
—¿Y se cortó?
—Se cagó de la risa. El abuso estaba normalizado. Que te trataran de besar era lo más común que hay. No existe mujer que no le hayan tratado de agarrar el culo o que un curado se le haya tirado encima. Todo eso cambió. Hay, por supuesto, pelotudos. Pero la libertad que tienen hoy mis hijas es enorme. Si una persona mayor se les viene encima a unas chicas jóvenes, puedes enfrentarlo. Las mujeres hemos vivido históricamente un maltrato brutal. Estamos mejor, aunque existen abusos que todavía no son denunciables.
Pese a los momentos distópicos de los últimos tiempos, con personas asesinadas, por ejemplo, en Estados Unidos por su color de piel, o la propuesta del ministro de Hacienda de quitarle la comida de los colegios a los niños más vulnerables, Paulina García tiene esperanza en la raza humana. Asegura que no estamos hechos para desesperarnos tanto y que buscamos soluciones. “El ser humano está hecho para recibir cariño. Cuando nacemos, esperamos que alguien nos abrace. De lo contrario, lloro a mares. Si no me alimento, lloro porque tengo expectativas de que alguien me resuelva ese problema”.
La actriz considera que este presente marcado por el ascenso de la ultraderecha en el mundo —que en las últimas semanas se ha visto trizado— le provoca un rechazo biológico. Aunque advierte que no significa que los considere peores personas. Sino que sus ideas le parecen profundamente nocivas para el ser humano. “Son restrictivas para todas las minorías y esa falta de libertad es dañina y peligrosa”, dice, y añade: “No sé cómo serán sus vidas y si sus infancias fueron felices. El problema es imponer a otros tus criterios. Cuando el progresismo está en crisis, al menos, somos capaces de hacernos preguntas serias, arrepentirnos y tener otras ideas. Debes aprender a convivir con otros. De eso se trata la vida”.
Observa a un Chile triste, aturdido y golpeado. Pero mantiene la esperanza. “Estamos en un momento de crisis. Está difícil. La clase media, que es la mayoría que sostiene el país, está endeudada, empobrecida y resentida por el maltrato. Hemos perdido la convivencia y desconfiamos terriblemente del otro. Es una herencia de los últimos 36 años. Pero mejoraremos”.