Sin brújula ni hoja de ruta: la política exterior de Chile a la deriva
01.10.2026
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01.10.2026
La autora de esta columna advierte que, en sus primeros seis meses, el gobierno de José Antonio Kast ha orientado la política exterior hacia un alineamiento manifiesto con Estados Unidos, mientras su hoja de ruta sigue difusa y acumula tropiezos y contradicciones: los aranceles del 12,5% impuestos por Washington, la débil respuesta ante Argentina, la salida del Movimiento de Países No Alineados y el retiro del respaldo a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Concluye que «la diplomacia se rige por reglas y requiere prudencia, visión y propósito. Si la brújula sigue forzándose hacia un alineamiento automático se terminará quebrando, dejándonos sin rumbo y expuestos a las presiones internacionales; si la hoja de ruta es ambigua y la caja de herramientas carece de contenido técnico y político, la irrelevancia estratégica será el único horizonte posible».
Imagen de portada: Zhang Fengguo / Xinhua / Agencia Uno
La política exterior se entiende como el conjunto de decisiones y acciones mediante las cuales un Estado proyecta sus intereses y objetivos nacionales en el sistema internacional, siendo tanto una hoja de ruta como una caja de herramientas para relacionarse con otros actores internacionales. En consecuencia, los principios e intereses nacionales, que corresponden a lineamientos de alta permanencia, actúan como una brújula que orienta nuestro accionar internacional y deben maniobrarse de manera equilibrada.
En la actualidad, el panorama global se caracteriza por la tensión entre la crisis, las amenazas múltiples y la incertidumbre. Esto se debe a la extensión de conflictos cuya naturaleza se va transformando conforme avanzan las nuevas tecnologías y los acuerdos se alejan; a la llamada “triple crisis” compuesta por los efectos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación; y al cuestionamiento del multilateralismo como piedra angular del sistema internacional surgido tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Nos encontramos frente a una coyuntura histórica marcada por cuatro fenómenos que impactan el futuro de la humanidad: la cuarta revolución industrial, el retroceso de la tercera ola de democratización, la crisis medioambiental y el aparente declive del orden internacional liberal centrado en Occidente. Desde la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos se ha convertido en el representante de la antiglobalización, evidenciando el auge del populismo, el proteccionismo y el repliegue del multilateralismo.
El consenso sobre el éxito de la globalización ha dependido, en gran medida, de la capacidad de las instituciones multilaterales. Fortalecerlas resulta más deseable que en el pasado debido a la creciente interdependencia global. Sin embargo, el multilateralismo sólo opera en el marco geopolítico existente. El regreso de la competencia entre las grandes potencias, tan notablemente atenuada durante las décadas anteriores, está erosionando los cimientos sobre los que se asentaba el multilateralismo que permitía enfrentar los desafíos compartidos de manera inclusiva y cooperativa.
El multilateralismo no atraviesa una crisis por exceso de principios, sino por déficit de coherencia. Reformar la ONU no es un gesto simbólico: es una urgencia moral, estratégica y humana. Países medianos como Chile pueden ejercer un liderazgo relevante y realista si alinean su tradición democrática, su resiliencia y su vocación de diálogo.
Ello requiere más que nunca una brújula, una hoja de ruta y una caja de herramientas precisas, confiables y efectivas, además de un liderazgo capaz de utilizarlas y sacarles el máximo provecho. Chile debe mantener y fortalecer una política exterior de Estado, con perfil e identidad propias, y la administración del presidente José Antonio Kast debe asumir la responsabilidad de definir y promover el rol internacional del país de acuerdo con su peso estratégico, capacidades y márgenes de maniobra.
Pareciera que en los últimos seis meses desde su instalación estos elementos no están cumpliendo con estos atributos ni desplegándose adecuadamente. Como conductor político de la política exterior, el Presidente es el principal actor en su formulación e implementación; por ende, la capacidad del Ministerio de Relaciones Exteriores se expresa en la ejecución efectiva de las ideas y decisiones que se toman en La Moneda.
Asimismo, los líderes toman las decisiones de continuar, modificar o adoptar nuevos roles internacionales, operacionalizando las definiciones de los intereses nacionales y la agenda internacional, estableciendo objetivos e identificando cursos de acción mediante procesos establecidos por la ley. En general, los roles en política exterior permanecen consistentes y estables durante largos períodos y, por lo tanto, alimentan la continuidad en el comportamiento exterior del país.
Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿cuál es rol que Chile debería desempeñar en el mundo según la administración Kast y qué tipo de liderazgo busca desplegar el presidente?
Desde el retorno a la democracia, Chile mantuvo una notable consistencia en sus agendas internacionales y un esfuerzo sostenido por promover una política exterior de Estado. Sin embargo, durante la campaña presidencial y en el programa de gobierno, no se vislumbró una estrategia clara en materia internacional, es decir, la política exterior no tuvo un lugar en la candidatura.
Así, la brújula que conduciría nuestra proyección internacional por los próximos cuatro años apuntó directamente hacia Estados Unidos, lo cual se convirtió en realidad en los últimos seis meses con el alineamiento manifiesto, mientras que la hoja ruta aún sigue siendo difusa y la caja de herramientas parece vacía de contenido. Esta constatación resulta preocupante conforme se acumulan tropiezos, improvisaciones y contradicciones.
Esto no debería ser así, pues Chile cuenta con una trayectoria valiosa en la evolución de la arquitectura normativa internacional, apoyada en el respeto irrestricto a derecho internacional y en un acervo intelectual y político reconocido. Posee una economía abierta y la red de acuerdos comerciales más amplia del mundo gracias a una voluntad política y estrategia de inserción múltiple, reputación de país serio y confiable, demostrando un compromiso con la gobernanza global, el desarrollo sostenible, equidad de género y los derechos humanos, además de desempeñar un papel clave en la transición energética global y la innovación científica.
Tanto el presidente Kast como el canciller Pérez Mackenna han declarado que su postura es ser “pro Chile” y que promueven una política exterior pragmática orientada a la defensa de la soberanía y los intereses nacionales. No obstante, la desalineación entre los intereses, principios y cambios en las definiciones de roles por parte de socios y aliados evidencian un de conflicto de roles, y no van en la dirección que las máximas autoridades en la materia declaran en los medios de comunicación.
Sólo en las últimas semanas fuimos testigos de la imposición de aranceles del 12,5% por parte de Estados Unidos tras la visita del canciller y en la que señaló al país como nuestro principal socio estratégico; la incapacidad de responder adecuadamente ante declaraciones argentinas sobre el Estrecho de Magallanes, así como a la intervención del presidente Javier Milei en el Foro de Madrid; la descoordinación operativa y comunicacional entre el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Defensa; declaraciones impropias a la labor diplomática de los embajadores de Chile en Argentina e Israel; el retiro del Movimiento de Países No Alineados después de 55 años de participación; el fracaso de la candidatura de la ex presidenta Michelle Bachelet a la Secretaria General de Naciones Unidas tras el inédito retiro del respaldo por parte de Chile y que quedará como una mancha imborrable en nuestra historia; y el anuncio, tras el primer discurso del presidente Kast en el 81º período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas donde declaró que Chile se estancó, se tomaron malas decisiones que escalaron el caos y la violencia – un gran “no” en política exterior y diplomacia en este tipo de espacios multilaterales –, de la adhesión de Chile al Escudo de las Américas, lo cual abre interrogantes sobre su legitimidad y obligaciones para el Estado en aspectos tan sensibles para los intereses nacionales como la defensa y seguridad nacional, gestión fronteriza y migratoria, minerales críticos e inversiones.
La diplomacia se rige por reglas y requiere prudencia, visión y propósito. Si la brújula sigue forzándose hacia un alineamiento automático se terminará quebrando, dejándonos sin rumbo y expuestos a las presiones internacionales; si la hoja de ruta es ambigua y la caja de herramientas carece de contenido técnico y político, la irrelevancia estratégica será el único horizonte posible.
Citando las palabras del propio presidente Kast ante los líderes globales sobre aplicar “acciones concretas que están cambiando el rumbo de Chile”, el escenario actual arriesga convertirse en una profecía autocumplida: la diferencia entre una conducción que sabe hacia dónde se dirige y una gestión que sólo reacciona de forma desordenada y errática sin rumbo alguno.