El tiempo de la coerción: Estados Unidos e Irán
21.07.2026
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21.07.2026
Los ataques estadounidenses contra Irán no son un episodio aislado, sino la expresión de un cambio de estrategia. El autor de esta columna analiza por qué la diplomacia fracasó, cómo la coerción volvió a ocupar su lugar y por qué la estabilidad en Medio Oriente sigue pareciendo inalcanzable. En este contexto, sostiene que «Estados Unidos puede degradar capacidades, pero no imponer confianza. Irán puede elevar costos, pero no garantizar estabilidad. Israel puede exigir firmeza, pero no aislar esa exigencia de sus propias operaciones regionales. Y los mediadores pueden abrir canales, pero no reemplazar la voluntad política de las partes».
Imagen de portada: Omersukrugoksu / Getty Images / Canva
El 7 de julio de 2026, el Comando Central de Estados Unidos informó una nueva ronda de ataques contra Irán. Fueron más de 80 objetivos, entre ellos sistemas de defensa aérea, radares costeros, mando y control, capacidades antibuque y más de 60 embarcaciones pequeñas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. El 8 de julio, una segunda operación golpeó cerca de 90 blancos adicionales, incluidos depósitos de misiles y drones, activos de vigilancia costera, infraestructura logística militar y capacidades navales en la costa iraní. La escala de la ofensiva muestra que el alto al fuego no se rompió por un incidente menor: se agotó como instrumento de contención.
El detonante inmediato fueron los ataques atribuidos a Irán contra buques comerciales en el estrecho de Ormuz. CENTCOM identificó entre las naves afectadas al M/T Al Rekayyat, de bandera de Islas Marshall; al M/T Wedyan, de bandera saudí; y al M/T Cyprus Prosperity, de bandera liberiana. El 9 de julio, Reuters informó que el tráfico de tanqueros por Ormuz estaba casi detenido: solo dos buques habían sido registrados cruzando el estrecho durante la mañana. El conflicto dejó de ser una disputa bilateral y pasó a comprometer una ruta decisiva para la economía mundial.
La pregunta central no es solo por qué volvió la violencia, sino por qué la negociación fue incapaz de sostener una pausa mínima. Durante los meses previos hubo canales diplomáticos, mediaciones y contactos indirectos. Omán volvió a cumplir un papel discreto, Qatar insistió en la contención y la OIEA mantuvo el expediente nuclear en el centro de la preocupación internacional. El problema fue que la diplomacia nunca operó sola: convivió con sanciones, advertencias, despliegues militares, presión israelí y una desconfianza que ninguna fórmula provisional logró desactivar.
El expediente iraní no se resuelve con intuición transaccional. Requiere dominio técnico sobre enriquecimiento de uranio, inspecciones, garantías verificables, alivio de sanciones, misiles, secuencias de cumplimiento y márgenes políticos internos. En ese terreno, la delegación estadounidense mostró una debilidad específica: no la de un país incapaz de negociar, sino la de un equipo poco preparado para una negociación nuclear de alta complejidad. Arms Control Association cuestionó la preparación de los negociadores estadounidenses para conversaciones serias con Irán, mientras Steve Witkoff acumulaba encargos simultáneos en crisis distintas.
Irán llegó con otra acumulación. Abbas Araghchi fue una figura central del acuerdo nuclear de 2015, y Majid Takht-Ravanchi pertenece a una diplomacia formada durante años en el mismo expediente. Sin idealizar a Teherán, la diferencia importa: Washington buscaba compromisos rápidos, verificables y políticamente presentables; Irán administraba tiempos, ambigüedades y concesiones parciales. Allí aparece el aquilatamiento diplomático de una cultura estatal persa de larga duración: no como explicación romántica, sino como una forma de entender la paciencia estratégica con que Teherán suele negociar bajo presión.
Israel estrechó todavía más ese margen. Para Tel Aviv, el programa iraní no es solo proliferación nuclear, sino amenaza existencial. Esa lectura ha impulsado operaciones en Siria, Líbano e Irán, además de una presión constante sobre Washington para evitar acuerdos que dejen capacidades iraníes residuales. Pero esa demanda de seguridad convive con un costo humanitario enorme. La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, OCHA, reportó, al 3 de julio de 2026, más de 2.300 palestinos desplazados en Cisjordania durante el año por ataques de colonos y restricciones de acceso; en Gaza, informó 1.053 muertos y 3.406 heridos desde el alto al fuego del 10 de octubre de 2025, según el Ministerio de Salud local.
Esa contradicción no absuelve a Irán ni minimiza su papel regional. Sí muestra que la presión israelí sobre Washington se ejerce desde una posición compleja: exige máxima firmeza frente a Teherán en nombre de la estabilidad, mientras sus propias operaciones han extendido la inestabilidad sobre Gaza, Cisjordania, Siria y Líbano. Cualquier negociación con Irán queda así atrapada entre dos lenguajes: el del acuerdo posible y el de la degradación permanente de capacidades adversarias.
La ofensiva estadounidense no fue simbólica. Atacar radares costeros, sistemas antibuque, embarcaciones rápidas y depósitos de drones apunta a reducir la capacidad iraní de hostigar la navegación. La lógica recuerda a Thomas Schelling: la coerción busca alterar el cálculo del adversario sin necesidad de ocupar su territorio ni destruirlo por completo. Washington quiso decirle a Teherán que usar Ormuz como presión tendrá costos inmediatos.
Lawrence Freedman ayuda a leer el otro lado del problema: la estrategia solo existe cuando los medios militares se conectan con un propósito político. Ese propósito, en este caso, parece claro pero limitado: mantener abierto Ormuz, tranquilizar a Israel y a los socios del Golfo, y demostrar que Estados Unidos conserva capacidad de castigo. El dilema es que cada demostración de fuerza también refuerza en Irán la idea de que necesita conservar instrumentos de disuasión.
Los mercados reaccionaron antes que la diplomacia. El 7 de julio, Reuters reportó que el Brent subió 5,2%, hasta US$78,02, y el WTI 4,4%, hasta US$73,52. En otra medición posterior, el Brent llegó a US$79,28 y el WTI a US$74,76. Las cifras no anuncian por sí solas una crisis energética global, pero revelan la sensibilidad del sistema: cuando Ormuz se tensiona, los precios incorporan de inmediato el riesgo político.
La Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA) ya había advertido, el 10 de junio de 2026, que Irán debía cooperar con la Agencia, y sus reportes recientes insisten en las dificultades de acceso y verificación en instalaciones nucleares. Esa dimensión no desaparece bajo los ataques: al contrario, vuelve más difícil distinguir entre coerción útil y escalada contraproducente.
La lección de estos días es incómoda para todos los actores. Estados Unidos puede degradar capacidades, pero no imponer confianza. Irán puede elevar costos, pero no garantizar estabilidad. Israel puede exigir firmeza, pero no aislar esa exigencia de sus propias operaciones regionales. Y los mediadores pueden abrir canales, pero no reemplazar la voluntad política de las partes.
Las negociaciones probablemente continuarán, porque ninguna de las partes puede descartarlas por completo. La duda es menos diplomática que estratégica: si cada acuerdo nace rodeado de sanciones, ataques, presiones cruzadas y objetivos incompatibles, ¿puede producir algo más que una tregua provisional?