Chile y la conexión digital con Asia: una decisión estratégica
18.05.2026
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18.05.2026
Este domingo se conmemoró el Día Internacional de las Telecomunicaciones, efemérides que el autor de esta columna aprovecha para revisitar la discusión del cable submarino a China, definición que el actual gobierno aún debe tomar. Desde lo técnico, sostiene que «un cable transpacífico no es simplemente una mejora técnica. Es una decisión que define el lugar de Chile en la economía digital global. Su impacto dependerá de cómo se gestione y se integre en una estrategia de desarrollo. Porque en el siglo XXI no basta con estar conectado: la verdadera ventaja está en convertir la conectividad en desarrollo».
La discusión sobre un cable submarino de fibra óptica que conecte directamente a Chile con Asia Oriental —ya sea mediante el Humboldt Cable (proyecto transpacífico en desarrollo) o un eventual Chile-China Express (propuesta de cable directo a Asia)— trasciende lo técnico. Se trata de una decisión estratégica que combina infraestructura crítica, desarrollo económico y posicionamiento geopolítico, y que definirá el rol del país en la economía digital global en las próximas décadas. No es solo una inversión en conectividad, sino una definición sobre cómo Chile se inserta en la arquitectura digital del siglo XXI.
Chile cuenta hoy con una red relevante de conectividad internacional. Cinco cables submarinos aterrizan en sus costas (TeleGeography’s Submarine Cable Map): el Curie (propiedad de Google), el Mistral (operado por Telxius y América Móvil), el South America-1 (SAm-1) (de Telefónica), el South American Crossing (operado por Lumen Technologies), y el Pan-American (PanAm) (consorcio internacional). Esta infraestructura ha permitido una conectividad robusta con América y ha sido clave para el desarrollo de servicios digitales en el país. Sin embargo, la conexión con Asia depende mayoritariamente de rutas que pasan por Estados Unidos, lo que implica dependencia estructural y menor autonomía en la interconexión global.
Comprender la relevancia de esta discusión exige entender la naturaleza de estas infraestructuras. Los cables submarinos de fibra óptica son las verdaderas “autopistas de Internet”. Son sistemas físicos robustos compuestos por múltiples capas concéntricas de protección (mecánica y química), que en su núcleo contienen los pares de fibras ópticas que transmiten información mediante pulsos de luz. Entre estas capas concéntricas se incluyen conductores metálicos que energizan amplificadores ópticos instalados a intervalos regulares para compensar la atenuación de la señal a lo largo de miles de kilómetros. Gracias a tecnologías como la multiplexación por longitud de onda, cada fibra puede transportar múltiples canales simultáneos, alcanzando capacidades de cientos de terabits por segundo (Tbps). Más del 95% del tráfico global de datos circula por esta infraestructura, lo que da cuenta de su carácter crítico.
En este contexto, el Humboldt Cable representa un cambio significativo al proyectar una conexión directa entre Sudamérica y Oceanía, con una capacidad estimada de 144 Tbps y un modelo de gobernanza híbrido en el que participa el Estado a través de Desarrollo País. Este enfoque no solo asegura acceso a capacidad internacional, sino que permite orientar su uso bajo criterios de política pública, como acceso abierto y promoción de competencia. En paralelo, el proyecto Chile–China Express (CCE) impulsado por actores como China Mobile International UK Limited, podría establecer una conexión directa con Asia Oriental. Ambos proyectos permitirían configurar un nuevo corredor digital transpacífico en el hemisferio sur.
Conectarse directamente con Asia Oriental no es solo una mejora técnica. Implica integrarse a la red digital más dinámica del mundo, que incluye polos tecnológicos como Tokio, Singapur, Seúl y Hong Kong. Esta región concentra una parte significativa de la innovación tecnológica global, el desarrollo de infraestructura digital y el crecimiento de la economía de datos, lo que convierte a una conexión directa en un factor de integración estratégica.
Si bien la reducción de latencia —estimada del orden de 10 a 15 milisegundos, pues el trazado definitivo no está definido— no es el elemento más determinante, el impacto principal radica en la arquitectura de conectividad. La incorporación de nuevas rutas permite diversificar trayectorias y aumentar la resiliencia de la red, reduciendo la dependencia de nodos en Norteamérica. En un entorno donde casi todo el tráfico internacional viaja por cables submarinos, la redundancia es esencial para la continuidad operativa. Aun así, menores latencias favorecen aplicaciones en plataformas de inteligencia artificial distribuida, cloud computing distribuido, comercio electrónico y colaboración científica en tiempo real.
La experiencia internacional muestra que no es la existencia de un cable, sino la diversidad de conectividad, lo que permite consolidar un hub digital. En Singapur, la convergencia de múltiples cables y operadores ha generado alta resiliencia, competencia y bajos costos, atrayendo centros de datos y tráfico global. Un cable aislado conecta; una red diversa construye ecosistema. Chile podría avanzar en esa dirección, pero requiere una estrategia que combine infraestructura, regulación y desarrollo de capacidades locales.
Chile posee condiciones favorables: estabilidad institucional, ubicación en el Pacífico, disponibilidad de energías renovables y una base de conectividad relevante. Sin embargo, convertirse en un hub digital requiere más que infraestructura internacional. Es necesario desarrollar puntos de intercambio de tráfico, atraer centros de datos, garantizar acceso abierto y contar con marcos regulatorios modernos. Sin estos elementos, la conectividad se limita al tránsito de datos sin captura significativa de valor.
La estrategia de conectividad también se construye internamente. Iniciativas como la Fibra Óptica Austral (FOA) han extendido la conectividad hacia zonas extremas del sur del país, reduciendo brechas territoriales, mientras que el Cable Antártico busca proyectarla hacia la Antártica. Un hub digital requiere una red nacional robusta e integrada, no solo conexiones internacionales.
Desde el punto de vista económico, la conectividad digital es hoy comparable a puertos o carreteras. Un aumento de capacidad y competencia puede reducir costos entre un 20% y un 40%, con efectos directos en servicios cloud, comercio electrónico y exportación de servicios digitales. Asimismo, es clave para atraer centros de datos, cuyas inversiones alcanzan cientos de millones de dólares. Los datos se han convertido en un insumo productivo estratégico.
Sin embargo, el cable en sí mismo no es el fin, sino una plataforma habilitante. Sobre esta infraestructura se desarrollan servicios digitales, inteligencia artificial y sistemas de procesamiento de datos a gran escala. El verdadero valor depende de la capacidad de transformar conectividad en innovación y desarrollo.
La expansión de cables también plantea desafíos en materia de seguridad. En ciertos contextos, los países por donde transitan estas infraestructuras pueden invocar marcos legales (seguridad nacional) para acceder a datos en tránsito. Por ello, la protección de la información no depende únicamente de la ruta física del cable, sino de la arquitectura de seguridad que lo rodea: cifrado de extremo a extremo, diversificación de rutas y marcos regulatorios robustos. La conectividad debe ir acompañada de confianza.
Para el sistema universitario y centros de investigación, esta infraestructura abre oportunidades relevantes en formación de capital humano avanzado, investigación, innovación y vinculación internacional, fortaleciendo el ecosistema tecnológico del país; en particular, áreas como telecomunicaciones avanzadas, inteligencia artificial y ciencia de datos.
En última instancia, la pregunta no es si Chile necesita un cable directo a Asia, sino bajo qué modelo se implementa. Un esquema de acceso abierto puede transformar conectividad en desarrollo; uno cerrado puede limitar su impacto.
Un cable transpacífico no es simplemente una mejora técnica. Es una decisión que define el lugar de Chile en la economía digital global. Su impacto dependerá de cómo se gestione y se integre en una estrategia de desarrollo. Porque en el siglo XXI no basta con estar conectado: la verdadera ventaja está en convertir la conectividad en desarrollo.