La “masculinidad dañada” de los atacantes escolares: una reflexión sobre lo ocurrido en Calama
02.04.2026
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02.04.2026
El autor de esta columna comparte los resultados de investigaciones sobre episodios de violencia en establecimientos educacionales en el extranjero, los cuales son cometidos principalmente por hombres. A propósito del lamentable asesinato de una inspectora en Calama, señala que «necesitamos políticas coordinadas entre salud y educación que apoyen el desarrollo integral de los varones jóvenes, que fortalezcan los lazos sociales y la pertenencia, y que les ofrezcan espacios donde puedan reflexionar sobre los mandatos de la masculinidad hegemónica (…) Esa masculinidad que se construye desde el rechazo a lo femenino, a la homosexualidad, a la diferencia, y a la vulnerabilidad. Esa masculinidad que, cuando se siente dañada y sin salida, puede volverse asesina y devastadora. La comunidad educativa del liceo en Calama merece que nos hagamos estas preguntas con urgencia».
El viernes 27 de marzo de 2026 va a ser recordado como uno de los más terribles en la historia educacional de Chile por el brutal ataque dentro de un colegio de Calama, perpetrado por un estudiante de 18 años, quien asesinó a una inspectora de 59 años e hirió de gravedad a tres estudiantes y a otra funcionaria del establecimiento.
Diversos medios nacionales señalaron detalles perturbadores como las inscripciones que tenían las armas blancas y el bastón que portaba el joven al momento del crimen, sus posts de Instagram y un video que subió a YouTube donde anunció horas antes el ataque. Estos detalles sugieren que H. M. L. (iniciales del atacante) necesitaba ser visto y conectar su historia con la de otros jóvenes que habían cometido crímenes similares, como Adam Lanza, Pekka-Eric Auvinen y Solomon Henderson.
La mayoría de los atentados en contextos escolares, como los tiroteos masivos en Estados Unidos, han sido perpetrados por varones. Para Douglas Kellner (2013), muchos atacantes tienen en común una sensación de crisis de la propia identidad masculina que buscan suplir por medio de las armas y la violencia para producir una performance ultramasculina que les otorgará visibilidad social y mediática. Peter Langman (2017), quien investiga la psicología de estos atacantes, reconoce que la sensación de una “masculinidad dañada” se repite en muchos de ellos, pero señala que es necesario pensar en un espectro de factores bio-psicosociales que intervienen en sus historias de vida, como problemas de salud física y mental, patrones familiares complejos, experiencias de abuso, eventos estresores e influencias sociales, políticas e ideológicas.
En los casos analizados por Langman, muchos de estos jóvenes señalan que ciertos aspectos asociados con su cuerpo—como baja estatura, alguna malformación, falta de musculatura o escasas habilidades físicas—fueron las principales razones para sentirse inadecuados o dañados. Sin embargo, Langman enfatiza que no hay explicaciones simples que permitan entender completamente estos actos tan brutales, porque muchos varones jóvenes que tienen condiciones o experiencias de vidas similares no se convierten en perpetradores de ataques violentos. Esta misma complejidad abre una ventana para explorar factores protectores en términos psicoeducativos.
Eric Harris (18 años), uno de los atacantes de la masacre del Instituto Columbine en 1999, tenía una deformidad de nacimiento en el pecho y había sido objeto de burlas en clases de gimnasia por parte de sus compañeros. Elliot Rodger (22 años), quien asesinó a seis personas e hirió a otras catorce en el campus de la Universidad de California, Santa Bárbara, escribió un texto autobiográfico donde expuso sentirse bajo y débil, además de expresar su odio y envidia hacia jóvenes latinos y afroamericanos que salían con chicas blancas.
Para Langman, estos jóvenes atacantes frecuentemente se obsesionan con el ejército y con ideologías fascistas en una compleja búsqueda de superioridad moral y racial junto con la posibilidad de recuperar el estatus masculino a través de las armas y el ejercicio de la violencia, símbolos de ultra-masculinidad. Además, muchas comunidades online de varones, como la subcultura Incel (Involuntary Celibate), han convertido a figuras como Elliot Rodger en referentes y están funcionando como cámaras de resonancia del resentimiento social, y el odio hacia las mujeres y el feminismo. Estos discursos funcionan como una forma de regresar al estatus perdido de una masculinidad proveedora, estoica, bajo control y fuerte, en un contexto de múltiples crisis globales que exacerban la precariedad de la vida.
Lo ocurrido en Calama nos obliga a hacernos preguntas complejas: ¿qué capacidades tenemos quienes trabajamos en educación para detectar y acompañar a jóvenes que atraviesan crisis profundas en torno a lo que significa “ser hombre”? ¿Cómo acompañamos estas crisis sin reivindicar una masculinidad hegemónica y rígida? ¿Estamos formando a docentes para leer esas señales, sabiendo que los varones frecuentemente aprendemos a no mostrar vulnerabilidad, a no pedir ayuda, y a buscar refugio en comunidades digitales?
Sin duda, una parte de la discusión pública se centrará en la seguridad y en los detectores de metales, pero la escuela, antes que un dispositivo de vigilancia, debe ser una comunidad que acompaña y favorece el desarrollo integral. Para ello se requieren apoyos adicionales. Tal como se han diseñado recientemente políticas públicas para la incorporación de mujeres en áreas como STEM y la erradicación de estereotipos de género, necesitamos políticas coordinadas entre salud y educación que apoyen el desarrollo integral de los varones jóvenes, que fortalezcan los lazos sociales y la pertenencia, y que les ofrezcan espacios donde puedan reflexionar sobre los mandatos de la masculinidad hegemónica, como señala Michael Kaufman. Esa masculinidad que se construye desde el rechazo a lo femenino, a la homosexualidad, a la diferencia, y a la vulnerabilidad. Esa masculinidad que, cuando se siente dañada y sin salida, puede volverse asesina y devastadora. La comunidad educativa del liceo en Calama merece que nos hagamos estas preguntas con urgencia.