A CASI UN AÑO DEL ACCIDENTE MARÍTIMO QUE CONMOCIONÓ AL PAÍS, ESTE MIÉRCOLES COMENZÓ LA FORMALIZACIÓN DEL CASO
Náufrago en tierra: las preguntas que deja el suicidio del testigo clave del choque del pesquero Cobra contra el Bruma
18.03.2026
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A CASI UN AÑO DEL ACCIDENTE MARÍTIMO QUE CONMOCIONÓ AL PAÍS, ESTE MIÉRCOLES COMENZÓ LA FORMALIZACIÓN DEL CASO
18.03.2026
El último retrato de Juan Sanhueza, vigía del Cobra, es el de un hombre feliz. Acababa de ser abuelo por primera vez. La madrugada del 30 de marzo de 2025 todo cambió. En su turno de guardia el Cobra chocó a la lancha Bruma. Su relato pudo ayudar a esclarecer los hechos. Debió haber declarado ante la autoridad marítima de Talcahuano el 31 de marzo, tal como lo hicieron los que estuvieron en el puente de mando esa noche. Por razones desconocidas se obvió su testimonio. Días más tarde, el 4 de abril, lo citó la PDI y no llegó: esa tarde se quitó la vida. El 18 de marzo de 2026 el Ministerio Público formalizó al capitán, al piloto y a un vigía del Cobra por su responsabilidad en la colisión con la lancha.
*Este es un trabajo del Centro de Investigación y Proyectos Periodísticos, CIP, de la Universidad Diego Portales. Ayudantes de investigación: Antonella Cicarelli y Valeria Castellanos.
Se le ve caminando con rumbo incierto, algo errático. Lo que conocemos de esa mañana de sol pálido del 4 de abril de 2025 son solo flashazos, imágenes sueltas registradas por distintas cámaras de seguridad que arman su recorrido a retazos. Gracias a ellas podemos ver a Juan Sanhueza Anríquez –hombre de mar, 58 años– entrando a las dependencias de la empresa pesquera Blumar en el puerto de San Vicente en Talcahuano a las 07:51 h y saliendo de allí a las 08:33 h. Un minuto después se le ve subiendo a una micro de la línea 32 y bajando de ella media hora más tarde a la altura de la Vega Monumental de Concepción. Entra, permanece un rato, sale, camina en una dirección, decide ir en otra. Opta por tomar la vereda oriente de la calle 21 de mayo hacia el sur.
A las 9 am él, el capitán y otros 16 tripulantes del Cobra –una de las seis naves de alta mar que conforman la flota industrial de Blumar– están citados a una reunión en las oficinas corporativas de la empresa. Tienen que asistir a una charla psicológica, justo antes de que pasado el mediodía deban concurrir a la Policía de Investigaciones a prestar declaración.
Pocos días atrás, la madrugada del 30 de marzo, un barco de gran tonelaje embistió a una lancha de pesca artesanal, la Bruma, en las cercanías de la isla Santa María en el Golfo de Arauco. Los siete tripulantes de la Bruma, todos de Constitución, desaparecieron en el mar. La empresa Blumar, a través de su gerente general, Gerardo Balbotín, se pronunció el 3 de abril, descartando haber chocado con la lancha. Pero en ese momento las coordenadas satelitales ya confirman que esa madrugada el Cobra –64,70 metros de largo y 12 de ancho– estuvo en el mismo trayecto y a solo metros de donde estaba fondeada la Bruma –14,78 metros de largo y 4,36 de ancho– antes de que se apagara su señal de posicionamiento y se perdiera todo contacto. Para el día de la reunión en las oficinas de la pesquera, el 4 de abril, todas las sospechas ya recaen sobre el Cobra. Hace algunos días, la Fiscalía Regional del Biobío abrió una investigación.
Son las 10 de la mañana y Juan Sanhueza camina a la deriva. Lleva una gorra negra y parece ir con sus manos en los bolsillos, pero la imagen es difusa. Sube a otra micro hacia las afueras de Coronel. En el último registro, ya entrada la tarde, una cámara lo muestra cruzando una pasarela cercana a una planta embotelladora de bebidas y caminando en una zona semi industrial y más bien despoblada.

Cámaras de seguridad captan a Juan Sanhueza próximo a abordar una micro hacia las afueras de la ciudad.
Sanhueza es parte relevante de esta trama y su testimonio puede resultar decisivo. Es uno de los cuatro tripulantes que entre las 2 y las 4 de la madrugada del 30 de marzo –los peritajes sitúan la colisión entre las 03:07 y las 03:08 horas– iba en el puente de mando del Cobra en funciones de vigía por estribor (derecha). Allí estuvo con el capitán Roberto Mansilla; el 2do oficial de cubierta, Wladimir Macaya; y el vigía por babor (izquierda) Jaime Sandoval.
Por eso su presencia en el cuartel de la policía donde debe prestar declaración pasado el mediodía es valiosa. Pero Juan Sanhueza Anríquez no llegó ni a la cita en Blumar ni al interrogatorio policial. Fue el único de los 18 tripulantes del Cobra que se ausentó. Ese mismo 4 de abril se quitó la vida. Seis días después encontraron su cuerpo entre las ramas de un árbol en un sitio eriazo. El peritaje no arrojó evidencia de la intervención de terceras personas.
Hay varias piezas que no encajan en esta historia. Una importante: la tarde del 31 de marzo, más de un día y medio después de la desaparición de la Bruma, la Capitanía de San Vicente obligó al Cobra a detener las faenas de pesca y retornar a puerto. Ya había indicios de que el pesquero podría estar involucrado en los hechos. Al llegar al frente de atraque, la autoridad marítima le instruyó al capitán Roberto Mansilla que desembarcara junto a todo el equipo que estuvo en el puente del barco entre las 00:00 h y las 04:00 h del 30 de marzo para prestar declaración. El resto de la tripulación debía permanecer a bordo.
Fueron cinco los que declararon ese día: Mansilla, dos oficiales de cubierta y dos vigías. Aunque algo confusas, las versiones que entregaron, con matices, coinciden en algunos aspectos: se escuchó un ruido, se sintió algo, se prendieron luces, se revisó la cubierta, no se encontró nada anormal.
Lo que no cierra es que según la bitácora de viaje del Cobra –donde queda registro de todos los cambios de vigilancia en el puente– ninguno de los vigías que dio su testimonio realizó su tarea en el rango de horas requerido por la autoridad marítima. El turno de ambos comenzó recién a las 04:00 h, cuando la señal de la Bruma ya había desaparecido. Ni Jaime Sandoval, ni Juan Sanhueza, quienes sí cumplían esa función cuando se produjo el abordaje, declararon.
—¿Se ha comunicado con su esposo?
La pregunta la inquietó. A las 9:30 del domingo 30 de marzo, Soledad Sepúlveda, esposa del capitán de la Bruma José Luis Medel, recibió un llamado de la Capitanía de Puerto de Lirquén. Al otro lado del teléfono, un marino le dijo que alrededor de las dos y media de la madrugada habían perdido contacto con el posicionador satelital de la lancha, en el Golfo de Arauco, mientras realizaban faenas de pesca de bacalao.
“Yo comencé a llamarlo y lo que me extrañó fue que llamaba y llamaba, y no me contestaba, lo que era raro en él. Empezamos a asustarnos, a decir ‘algo pasó’. La vocecita de alerta la tuvo Catalina, mi hija, que comenzó a investigar”, recuerda Sepúlveda.

La Bruma y parte de su tripulación en faenas de pesca en julio de 2024.
Lo primero que hizo Catalina fue buscar en la plataforma de Starlink si la antena del internet de su papá estaba enlazada a los satélites: “Y ahí me doy cuenta que no estaban conectados. El día anterior ellos tenían internet, entonces, que ya no tuvieran, era raro. Ahí nos fuimos a la Capitanía de Puerto de Constitución”.
A esa misma hora, Claudia Urrutia, dirigenta de los bacaladeros del Maule, amiga de Medel, recibió un mensaje por WhatsApp del capitán Pedro Díaz, patrón de la lancha Lukas. Le dijo que desde la Isla Santa María estaban llamado por radio a la Bruma y que no contestaban.
—Sinceramente, si haiga pasado algo, ni Dios lo quiera, tendrían que haber bidones, banderines, tarros, cajas, encima del agua po’ —le comentó.
Urrutia, entonces, alertó a otras embarcaciones que se encontraban pescando en el Golfo de Arauco para que fueran a buscarlos.
—Jano, la última ubicación que mandó el Posat (posicionador satelital) fue a las 2 de la madrugada —dijo Urrutia, quien además le envió esas coordenadas.
Jano Espinoza, capitán de la lancha Laureano V, llegó al lugar.
—Sí, yo estuve ahí: no hay nada. Ahí no hay nada —respondió con preocupación—. Ojalá Dios quiera que estén por ahí al garete no más, pero está saliendo viento sur. La mar está gruesa.
Con la información reportada por las dos embarcaciones, Soledad Sepúlveda y Claudia Urrutia le solicitaron a la autoridad marítima que activara el protocolo de búsqueda. Mientras eso ocurría, el capitán de la lancha Lukas, Pedro Díaz, le pidió a un barco mercante de bandera argentina que navegaba por la zona, El Recoleta, que se uniera al rastreo.
A los pocos minutos, lo llamaron de vuelta.
—Aquí, por mi proa, tenemos a la embarcación —le dijo el capitán del mercante.
Díaz se relajó. “No se imagina la alegría que tenía”, describe hoy.
—¿Están los chiquillos en cubierta? Porque si están sin comunicación es porque se quedaron sin batería.
La respuesta no fue la que esperaba.
—Hay solo un pedazo flotando —le dijo.
Pedro Díaz recuerda que pegó un grito y aceleró el motor a fondo. Cuando llegó quedó en shock. “Se veía el puro mástil. Fue una cosa terrible: pedazos de cordeles por todos lados”. Díaz tuvo el instinto de lanzarse al agua para buscar por debajo del trozo de la proa, pero el oleaje lo amedrentó. Entre los tripulantes estaba su sobrino Julio Gallardo. “Pedro me llama y era puro llanto. Me dijo: ‘está la lancha partida’. Ahí me mandaron la foto”, recuerda Claudia Urrutia.

Los restos de la Bruma divisados por Pedro Díaz.
En la imagen se veían las tablas flotando y el número de la matrícula: 566. Un pedazo de aproximadamente tres metros de madera de roble, ciprés y eucalipto. Los otros 12 metros de largo que tenía la lancha habían desaparecido: la bodega, la cocina, el baño, la popa, el puente de mando, los siete camarotes y los siete tripulantes.
Entre los familiares de la Bruma no hubo nadie que no llorara al ver la imagen de la lancha destruida. Se aferraban a una paradoja: a la esperanza de no haber encontrado a nadie. “Estábamos convencidos de que los chiquillos habían alcanzado a hacer algo y se habían subido a la balsa salvavida”, recuerda Soledad Sepúlveda. Tanto así, que cuando esa tarde decidieron viajar de Constitución a Talcahuano, donde está la gobernación marítima más cercana al punto del naufragio, Sepúlveda les pidió a las familias que hicieran un bolso. Si los chiquillos estaban en el agua —les dijo— iban a llegar mojados. “Van a necesitar cambiarse”, agregó.
Esa noche, Pedro Díaz pasó varias horas mirando al cielo, esperando que se iluminara con una bengala. “Fue una noche terrible, oscura, no había ni luna. No dormí, me llamaban todos por teléfono, no quería contestar. No hallaba qué decirles”, recuerda. No tenía ninguna duda de lo que había pasado. “Fue un barco”, le dijo a Claudia Urrutia en un mensaje.
Pasarían pocas horas antes de que el Cobra, de la empresa Blumar, se convirtiese en el principal sospechoso.
Por orden de la Armada, el Cobra volvió al puerto de San Vicente pasadas las seis de la tarde del 31 de marzo. La Gobernación Marítima de Talcahuano designó a un fiscal para realizar una investigación administrativa.
Los primeros en subirse al barco fueron funcionarios de Sernapesca, que requisaron un disco duro que contenía las grabaciones de las tres cámaras externas de la cubierta.
Luego, la autoridad marítima le solicitó al capitán Roberto Mansilla que se presentara a declarar junto a los tripulantes que estuvieron en el puente del barco entre la medianoche y las 4 de la mañana del día anterior.
Mansilla fue el primero en hablar. Dijo que a eso de las 03:30 am del 30 de marzo, subió al puente luego de descansar y que poco después, siguiendo una posibilidad de pesca, se escuchó “un ruido extraño, por lo que rebajé el andar del barco, iluminé la cubierta completa y pedí a la tripulación que recorrieran el buque sin encontrar nada anormal”. Agregó que siguió hacia el sur y que de repente se sintió un “golpe fuerte a la altura del puente”, por lo que nuevamente ralentizó la marcha hasta dejar la navegación en standby: “iluminamos el barco completo para revisar de proa hacia popa (…) Lo único que se encontró raro fue que la panga [embarcación auxiliar a motor] estaba en la cubierta suelta y podría haber pegado contra el puente”.
El segundo en declarar fue Patricio Zapata, primer oficial de cubierta del Cobra. Estuvo en el puente del barco hasta las 02:00 am. Dijo no haber sentido ni escuchado nada. Luego habló Wladimir Macaya, segundo oficial de cubierta. Tomó la posta como piloto de guardia tras el turno de Zapata. Al igual que Mansilla, dijo que alrededor de las 03:30 apareció una posibilidad de pesca y que bajaron el andar y encendieron las luces. Expresó eso sí un motivo distinto para explicar esa maniobra: “el capitán bajó el andar y dio la orden de prender las luces con la finalidad de examinar el tamaño del pescado”. Como no era el adecuado, decidieron continuar la navegación. Relató que más tarde, en trayecto hacia el sur, sintió un golpe y que al revisar se dieron cuenta que la panga estaba suelta.

El pesquero Cobra mide casi 65 metros de eslora y tiene una capacidad bruta de 1.500 toneladas.
Quien también declaró fue José Vásquez, tripulante de cubierta: “Cerca de las 04:00 horas sentí un golpe anormal que procedía donde se ubica la máquina (…) ante lo cual el capitán ordenó bajar el andar del pesquero, se encendieron todas las luces de cubierta, no encontrando nada anormal”. El último en comparecer fue Héctor Zambrano. Dijo lo mismo que Vásquez y coincidió con Zapata en que la panga estaba suelta: “Procedí a trincarla”, declaró.
Vásquez y Zambrano cumplieron labores de vigilancia en el puente del barco entre las 4 y las 6 de la mañana, fuera del tramo de tiempo que estableció la Armada para tomar esas primeras declaraciones. De acuerdo con la bitácora de viaje del Cobra, Juan Sanhueza y Jaime Sandoval los precedieron en el turno de vigilancia: empezaron a las 02:00 am y terminaron a las 04:00 am. Fue justamente entre esas horas que la Bruma fue embestida. Por alguna razón, no declararon ese día.
En septiembre de 2025, la Fiscalía Regional del Biobío ofició al fiscal marítimo a cargo de la investigación administrativa para que explicara por qué no se recogió el testimonio de ambos vigías. La respuesta fue que una vez que el Cobra volvió a puerto le solicitaron al capitán Roberto Mansilla que descendiera del barco el equipo que estuvo en el puente en el rango de horas ya mencionado. “El señor Sanhueza y el señor Sandoval no fueron considerados por el capitán para prestar declaración. Cabe señalar que, de acuerdo con el artículo 54 de la Ley de Navegación, el capitán será ministro de fe respecto de los hechos que ocurrieren a bordo y que sea necesario certificar”.
¿Por qué la autoridad marítima no solicitó revisar el registro de turnos consignado en la bitácora del Cobra para cerciorarse de la información proporcionada por el capitán?
El abogado de los tripulantes del Cobra, Alejandro Espinoza, se abstuvo de responder preguntas para este reportaje. Desde la Gobernación Marítima de Talcahuano, que instruyó el sumario administrativo, indicaron que por el momento no harían vocerías.

El Cobra en faenas de pesca.
Recién el 8 de abril la autoridad marítima a cargo de la investigación citó a declarar a Sanhueza, Sandoval y a otros dos tripulantes que ejercieron funciones de vigía durante la madrugada del 30 de marzo. Sanhueza ya llevaba cuatro días desaparecido.
La declaración de Sandoval está fechada el 10 de abril. En ella reconoce que cumplió el rol de vigía entre las 2 y las 4 de la madrugada. Cuando le preguntaron si escuchó algún golpe extraño respondió que no y solo indicó que el capitán “dio la orden de encender las luces en cubierta por unos minutos”.
Para entonces, la tesis de un eventual pacto de silencio entre los tripulantes del Cobra se había instalado entre los familiares de los pescadores de la Bruma. Más aún, luego de las declaraciones que el gerente general de Blumar, Gerardo Balbontín, había dado a Radio Bío Bío el 3 de abril: “Hemos conversado con la tripulación, con el capitán, es una tripulación de 18 personas (…) ellos han dicho que ellos no han colisionado a la lancha”, dijo.
¿Cómo era posible que no hubiesen sentido el remezón?, era la pregunta que todos se hacían.
—Papá, ¿sintieron algo? ¿Vieron algo?
El 1 de abril, Pablo Sanhueza le preguntó a Juan lo que aún nadie le había consultado.
—No hijo, no —le habría respondido.
Pablo lo había invitado a tomar once a su casa. Hace pocas horas les habían permitido bajar del Cobra. Le costó creer en sus palabras. “Cuando alguien te miente, no te mira a la cara. Y mi papá bajaba la mirada. Había algo que no me estaba diciendo y estaba con miedo”.
Juan, según su hijo, temía que alguien estuviese escuchando sus conversaciones.
—Los chiquillos dicen que los teléfonos están interceptados y que no hablemos nada.
Esa tarde, Juan dejó su celular en una pieza y cerró la puerta. “Ahí ratifiqué: acá había algo más”, dice Pablo hoy, al recordar la escena. La persona que tenía al frente era muy distinta a la que había visto antes de la última salida del Cobra, cuando Juan fue a conocer a su hija, que acababa de nacer. Era su primera nieta: “Estaba contento, chocho, era el hombre más feliz del mundo en ese momento”.
Ese día, Juan se tomó una foto con la niña en brazos y le mandó la imagen a algunos familiares, amigos y colegas. Fue su último retrato; la última vez que Pablo lo vio sonreír. Cuando se reencontraron, todo había cambiado. “Vi a mi papá muy cabizbajo, lo vi afectado por lo que estaba pasando”.
Esa tarde, Pablo continuó preguntando.
—Papá, ¿pero tú con quién ibas arriba? Si tú no viste nada, ¿quién pudo haber visto?
La respuesta lo sorprendió. “Me dijo: ‘Necesito hablar con (Jaime) Sandoval. Él iba conmigo arriba’… yo le dije que fuera a conversar con su colega”. Juan le hizo caso. Salió por unos minutos, pero regresó diciendo que no lo había encontrado.
La once terminó con una pregunta. Esta vez fue Juan quien la hizo. “En un momento me dice: ‘Si caigo en la cárcel, ¿me irían a ver?’. Yo le dije: ‘Papá, ¿cómo se va a ir a la cárcel? Si esto se está investigando. ¡Qué estupidez!’”.

Juan Sanhueza.
En los días siguientes, Pablo no habló con Juan. Recién al mediodía del 4 de abril tuvo noticias de él. Fue cuando su mamá lo llamó para decirle que estaba desaparecido. “Estaba llorando y me dijo que no se podía comunicar, que no sabía dónde estaba”. Nunca más lo volverían a ver.
La fiscalía abrió una causa por presunta desgracia. Según la investigación, esa mañana Sanhueza salió de su casa a las 6 de la madrugada. Lo pasó a buscar José Mora, colega del Cobra, y ambos se dirigieron a las oficinas que Blumar tiene en el Puerto de San Vicente. Allí se les unieron otros dos tripulantes para desayunar en el casino. Esa mañana estaba programada una jornada grupal de apoyo psicológico en el edificio de la compañía, en calle Colón, antes de que todos fuesen a declarar a la Brigada de Homicidios de la PDI. Un furgón los pasó a buscar para trasladarlos, pero Sanhueza no entró al vehículo. “Una vez a bordo me di cuenta que no estaba Juan, así que lo llamé por teléfono y me contestó diciendo que él se trasladaría por sus propios medios”, dijo Mora a la PDI.
El último que lo vio fue un funcionario encargado del aseo. Esto declaró: “Lo noté muy angustiado, me dijo que estaba mal, que estaba muy estresado. En un momento me dice, como a regañadientes, que se pegaría un tiro, pero yo no lo tomé de manera literal, sino como demostrándome que estaba realmente mal o chato con todo lo que estaba pasando”.
Mora también lo notó extraño: “Juan estaba más callado de lo normal, como ido, algo que no es normal en él”.
A la charla psicológica llegaron todos, menos Sanhueza. En una de sus declaraciones, el tripulante Óscar Muñoz dio detalles de lo que ocurrió en esa reunión. Dijo que se conversó sobre cómo manejar el “hostigamiento de la prensa y las amenazas por redes sociales” y que también hablaron con dos abogados de Blumar. Agregó que no recibieron “instrucciones por parte de la empresa” para declarar.
Las versiones que dieron a la PDI el 4 de abril no distaron mucho de aquellas entregadas ante la autoridad marítima el 31 de marzo. Mansilla agregó que solo se enteró del naufragio de la Bruma varias horas después.
Ese mismo día, los marinos a cargo de la búsqueda de los tripulantes desaparecidos encontraron la balsa salvavidas de la lancha: estaba intacta. “La balsa estaba en su contenedor, no se activó (…) Encontrar la balsa disminuye a casi nula la posibilidad de hallar a sus familiares con vida”, les dijeron.
El 10 de abril, Pablo Sanhueza llegó a la Brigada de Homicidios de la PDI para entregar nuevos antecedentes. Su papá llevaba seis días desaparecido. Durante la mañana, una mujer que se presentó como médium, le había dicho que Juan estaba vivo. “Me dice así, textual: ‘Pablo, tu padre está cerca de tu casa, hay una parte que tiene agua. No puedo verlo, porque no está muerto’”. El mensaje, aunque sonaba fantasioso, alimentó su esperanza. Duró poco: un rato después, otro policía le comunicó que su padre había aparecido cerca de Coronel. Estaba muerto.

(Crédito foto: Alejandro Olivares)
A casi un año del naufragio, la investigación del Ministerio Público acumula 11 tomos. Además de las declaraciones de los involucrados, hay decenas de peritajes que prueban que pocos minutos después de las 3 de la mañana del 30 de marzo de 2025, el Cobra embistió a la Bruma. Entre ellos, levantamiento de coordenadas satelitales, análisis forenses de las manchas de pintura en el casco y de restos de cuerdas enredadas en la hélice del Cobra que coinciden con las de la embarcación artesanal. También se revisaron los registros de las cámaras de cubierta. Allí aparece una toma de interés: “se aprecia la luz de tope de la Bruma por la proa del buque, a una distancia en tiempo de ocho minutos hasta el instante del abordaje, apreciando por el costado de estribor los restos eyectados de la Bruma desde el fondo hacia la superficie”, consigna un informe policial.
Este mismo argumento se recoge en la investigación sumaria de la Armada, que ya cerró y que, entre otras cosas, sancionó al capitán Mansilla con la caducidad de su licencia de patrón de pesca de alta mar. En los descargos que los abogados de Blumar hicieron en el transcurso de esa investigación, calificaron de insuficientes las pruebas con las que se da por hecho que esa luz blanca sea de la Bruma. Aseguraron que, según sus propios peritajes, la luz solo estuvo visible durante dos minutos y con intermitencias, que el oleaje y el viento dificultaron su detección por “el ojo humano” y que esta solo se pudo apreciar por el lado de estribor: “banda que correspondía al Sr. Sanhueza”.
En la investigación de la Fiscalía el único antecedente que hay sobre lo que pudo haber visto Juan Sanhueza la entregó su hijo Pablo. En la declaración que prestó el 15 de abril de 2025 en la Brigada de Homicidios de Concepción relató que mientras estuvo buscando a su padre conversó con el tripulante del Cobra Juan Vidal. Según su versión, Vidal le contó que la madrugada en que ocurrió la colisión y cuando iba camino al baño se encontró con su padre y que este le habría dicho que habían pasado “por encima de una casa, ya que había visto tablas en el mar”. En una declaración judicial posterior, Vidal negó “rotundamente” haberle dicho eso a Pablo y sostuvo que la noche de la colisión no se topó ni habló con su padre.
Son varios los cabos sueltos que no dejan ver qué fue lo que llevó a Juan Sanhueza Anríquez a quedar a la deriva una vez que bajó del Cobra, cabizbajo, desorientado, temeroso, como un náufrago en tierra. Las dos veces que pudo declarar no lo hizo: la primera por omisión, la segunda por decisión propia.
El miércoles 18 de marzo de 2026, la Fiscalía Regional del Biobío formalizó al capitán del Cobra Roberto Mansilla, al piloto Wladimir Macaya y al tripulante de cubierta Jaime Sandoval como autores de cuasidelito de homicidio de los tripulantes de la lancha Bruma. Además, le imputó responsabilidad penal a la pesquera Blumar en calidad de persona jurídica por la falta de un modelo adecuado de prevención del delito, al no describir en sus manuales el riesgo de abordaje.