"LA MAYORÍA DE ESOS OBJETOS, QUE EN EL MUNDO ANDINO SON ENTIDADES VIVAS, SIGUE DESAPARECIDA, Y QUE CADA UNO TIENE UNA HISTORIA POR CONTAR"
Los huacos de la familia Allende
17.10.2026
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"LA MAYORÍA DE ESOS OBJETOS, QUE EN EL MUNDO ANDINO SON ENTIDADES VIVAS, SIGUE DESAPARECIDA, Y QUE CADA UNO TIENE UNA HISTORIA POR CONTAR"
17.10.2026
El autor reconstruye el destino de los más de 100 huacos que acompañaban a Salvador Allende en su despacho de Tomás Moro, saqueados tras el bombardeo del 11 de septiembre de 1973. A partir de inventarios, fotografías y testimonios, sostiene que la mayoría de esos objetos, que en el mundo andino son entidades vivas, sigue desaparecida, y que cada uno tiene una historia por contar.
Imagen de portada: Foto de Tencha y Allende en el comedor de la casa de Guardia Vieja 392. Sostiene una vasija cerámica de la Cultura Nazca (ca. 100-800 DC). Misma pieza que había estado desaparecida por más de 50 años y ha sido reencontrada recientemente.
Son cerca de las 11 de la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, y la residencia oficial del Presidente Salvador Allende Gossens, ubicada en la avenida Tomás Moro, acaba de ser bombardeada por aviones de la fuerza aérea. Allí se encontraba la primera dama, Hortensia Bussi –“Tencha”-, quien logra escapar del lugar con lo puesto.
Atrás queda su hogar y buena parte de su vida, incluyendo la de su esposo, que estaba siendo bombardeado en el Palacio de La Moneda. Nos deja el testimonio de la altura de un hombre con una dignidad, lealtad y serenidad a toda prueba, de incuestionable valentía, honorabilidad y ética. Enfrentado a su máxima expresión de consecuencia, compromiso y coherencia.
En la noche anterior al Golpe de Estado, un joven Joan Garcés, asesor del presidente, participó en la última cena de Allende. “Tencha” comentó que había recibido varias amenazas de muerte, abriendo el debate sobre los distintos atentados terroristas que estaba llevando a cabo la derecha: un promedio de un acto terrorista por cada hora.
Garcés describe que la residencia de Tomás Moro era una suerte de museo. En la entrada había un mural de mosaico con el Escudo Nacional, que fue hecho con piedras preciosas por la muralista María Martner. En sus muros colgaban cuadros de reconocidos artistas, de la talla de Guayasamín, Siqueiros, Portocarrero, Miró, Picasso, Burchard, Pacheco Altamirano, José Balmes, Sommerscales, Delia del Carril, Pepe de Rokha, Mario Carreño, Venturelli o Roberto Matta. Había además un sillón diseñado por Matta, el cual días después será parte de una escena surrealista imborrable.
También había una pieza de un fino crucifijo de pie en madera policromada, cruz negra con incrustaciones de nácar, de origen quiteño, -el mismo que besaba la señora Laura, hermana de Allende-, y al cual se dice que él le tenía especial cariño.

Allende mostrando en la residencia de Tomás Moro el crucifijo que le tenía especial cariño y que sigue desaparecido (Créditos: Michael Mauney, 1971).
En el despacho presidencial, en vez de libros, relata Garcés, tenía en las repisas más de un centenar de huacos peruanos, como también los llamaban.
Huacos se refiere comúnmente a vasijas cerámicas o a otros materiales que eran parte de la ofrenda en los entierros indígenas y en los templos andinos, categorizados como Wak’as. Este era el término que se usaba para aquellos lugares singulares, cosas o seres altamente sacralizados y poderosos para las sociedades andinas. De ahí deriva también la palabra huaquero, aquel que hace saqueos de antiguas tumbas con el objetivo de comerciar sus huacos.

Fotografía reciente de la repisa del comedor de la casa de Guardia Vieja. Nótese las fotos enmarcadas de Allende y Tencha, y de Beatriz, tomadas ambas con los huacos del comedor al fondo. En el estante habían al menos 36 piezas, en la imagen hay 23. Se mantiene el mismo cuadro al lado de una pintura china con un caballo al trote (Gentileza: Familia Allende-Bussi).
Los primeros huaqueros reconocidos fueron los adelantados conquistadores europeos con su llegada a los Andes. Es conocido cómo las huestes de Francisco Pizarro en 1533 saquearon el rico templo de Pachacamac en Perú. La corona española llegó incluso a cobrar un tributo –hasta un Quinto Real, o un 20% de lo recaudado- sobre los tesoros de las huacas o Wak’as.
En la segunda mitad del siglo XX, coleccionar huacos estaba muy arraigado en la clase aristocrática chilena. De esta época, por ejemplo, es la colección privada del arquitecto Sergio Larraín Echeñique -con la que se crea el Museo Chileno de Arte Precolombino-, o la de otro arquitecto, Gonzalo Domínguez Vieytes, quien poseía más de 5.000 piezas. Este último además participaba en la Sociedad de Amigos de la Arqueología de Santiago, desde donde organizaban excavaciones arqueológicas y publicaciones en la década de 1960.
En ese grupo participaba “Tencha”, quien mostraba una importante afición por la arqueología, participando incluso en varias campañas de terreno. Era común además hacerse regalos de piezas arqueológicas. Por ejemplo, “Tencha” en 1964 le regala a Domínguez dos huacos mapuches procedentes del lago Ranco (información compartida por Benjamín Ballester, en el marco de su proyecto ANID-Fondecyt). Muchos objetos de la colección Allende-Bussi provenían de presentes de sus cercanos, especialmente del amplio círculo de amistades pintoras y artistas que tenía la familia.
Sobre la marcha, en el vehículo que escaparon del bombardeo en Tomás Moro, “Tencha” decide ir a la casa de un amigo de la familia. Al día siguiente ingresa en la Embajada de México, según contó su hija Isabel Allende en su libro “11 de septiembre. Esa semana”. Desde ahí se comunica con su amiga Moy de Tohá. Le pide si puede hacer las gestiones ante los militares para entrar a la casa de Tomás Moro y sacar lo que quede de sus pertenencias personales.
Con la autorización en mano, Moy es recibida por el oficial Pedro Espinoza Bravo (quien luego sería un alto mando de la DINA), a cargo del resguardo del lugar, quien le dice: “Que conste, señora, que yo quise evitarle el espectáculo que va a ver”.
Lo describe como una verdadera pesadilla. Toda la casa ha sido saqueada. Cuadros de Matta y Guayasamín en el comedor habían sido acuchillados, los sillones descuartizados. En el dormitorio de Salvador se encuentra con un oficial con el torso desnudo y una botella de whisky en sus manos. Ella grita. “Es que llevan cuatro días sin dormir”, le dicen.
En la última sala estaba el sillón diseñado por Matta. Moy se asoma y ve sobre él a una perra pariendo. En el medio de la muerte, la vida no para de engendrar.

Uno de los salones de la residencia de Tomás Moro (Créditos: Michael Mauney, 1971).
“Tencha” lo que más le había encargado eran dos cosas: la pulsera que se mandó a hacer con las medallas de Allende ganadas en su labor parlamentaria, y el capital en efectivo que tenía: 100 dólares. Pudo rescatar además entre los escombros un solo traje de dos piezas, de color amarillo ocre. Son todas las cosas que tiene.
El 16 de septiembre bajó del avión en México con ese único vestido para ser recibida por el presidente Luis Echeverría, en el mismo día en que se celebra la independencia mexicana. El asilo duró 15 años.
Tanto en la casa familiar de Guardia Vieja 392, donde vivían desde 1953, como en la residencia presidencial de Tomás Moro, se pueden ver varios huacos al fondo de las fotos de los Allende-Bussi. En el comedor de la primera casa, hasta hace poco estaba la misma estantería con decenas de piezas precolombinas, aunque varias desaparecieron producto de los saqueos cometidos por miembros del Ejército y por los mismos vecinos.
Es el mismo estante del comedor donde se tomaron dos fotos muy significativas para la familia. Una es de “Tencha” y Allende mostrando en sus manos una vasija nazca. Se trata de la misma pieza que estuvo desaparecida por más de 50 años y que acaba de aparecer. Había viajado hasta Berlín, y ha vuelto recientemente al país. Tiene toda una historia única que contar sobre lo que le sucedió antes y después de aquel 11 de septiembre, donde fue recogida y guardada por vecinos.
La otra foto es de Beatriz Allende –“Tati”-, su segunda hija, médico, quien estando embarazada de siete meses de su segundo hijo, el día del Golpe decidió acompañar a su padre en La Moneda. Luego se asiló en Cuba.
En esos días de septiembre aparecieron muertos al lado de las líneas del tren o flotando en el río Mapocho, así como se iniciaba la desaparición de detenidos que nunca más se supo de ellos. Sólo entre el 11 y 15 de septiembre cerca de 400 personas habían sido asesinadas por la Junta Militar, de acuerdo al informe Rettig. En el registro oficial del Plan Nacional de Búsqueda, se establecieron 1.469 víctimas de desaparición forzada y ejecución política entre 1973 y 1990, de las cuales 1.092 corresponden a personas detenidas desaparecidas. Más de cinco décadas después, los cuerpos de sólo 307 personas han logrado ser encontrados.
Desde entonces las preguntas siguen siendo las mismas: ¿Dónde están? ¿Dónde están las personas que desaparecieron? ¿Qué les sucedió? ¿Cómo se hará justicia para que no haya repetición?
También la gran mayoría de los bienes muebles de la familia Allende-Bussi siguen desaparecidos, entre ellos los centenares de huacos que habían en ambas casas y especialmente en el despacho presidencial de Tomás Moro.
Al día siguiente al golpe, se hizo un inventario de las cosas que sobrevivieron en la residencia presidencial. Estuvo a cargo del notario Rafael Zaldívar Díaz; del coronel de Intendencia, Jorge Court Moock, y del experto en arte Fidel Angulo Montero. Se identificaron 394 especies, entre las que había dos grandes armaduras de cuerpo completo, valiosas alfombras persas, un gran cofre de madera tallada. Del crucifijo se detalla: “En buen estado”. Hasta hoy se desconoce su paradero.
En junio de 1993, el senador Ricardo Núñez hizo una intervención en el Parlamento sobre el tema de la “Devolución de Bienes del exPresidente Salvador Allende”. Informó que sólo 40 especies han aparecido, que las autoridades militares niegan tener los bienes que pertenecieron a la familia Allende-Bussi, considerándolos “oficialmente perdidos». Y que al menos 23 cuadros y 21 huacos fueron entregados a la Universidad de Chile, al señor Ricardo Alegría, quien se desempeñaba en esa época como vicerrector de Extensión y Comunicaciones.
Lo cierto es que en el despacho de Tomás Moro, donde Allende tomaba importantes decisiones políticas sobre el destino del país, vivía rodeado de huacos de muchas culturas y épocas distintas. Se pueden reconocer, por ejemplo, vasijas de Perú de las culturas Nazca (ca. 100-800 DC), Moche (ca. 100-800 DC), Chancay (ca. 1.200-1.470 DC), Chimú (ca. 1.300-1.532 DC), además de la Cultura Arica (ca. 1.000-1.400 DC), Diaguita (ca. 900-1.536 DC) o del Período Inka (ca. 1.400-1.532 DC).
¿Habrán sabido Salvador y “Tencha” que el vocablo masculino huaco es una castellanización del femenino quechua Wak’as (o huacas)? ¿Que estas wak’as que parecen objetos inertes y sin agencia, desde la ontología o las lógicas andinas no lo están? ¿Que tienen animu, o sea, energía vital y la potencialidad de animar y de generar vida, que incluso piensan, hablan y significan? ¿Que se les considera transtemporales y transdimensionales, pues transitan por varios tiempos y por distintas dimensiones, entre mundos visibles e invisibles? ¿Que la humanidad debe especialmente protegerlas y cuidarlas, pues su éxito personal y colectivo es dependiente de su relación de generosidad con estas entidades poderosas?
Ya sabemos que la mayoría tiene varios siglos e incluso milenios de existencia, por lo que cada pieza tiene una larga historia que contar. Tanto sobre su pasado andino y su devenir hasta el presente, como del pasado histórico reciente cuando estuvieron en una ubicación inmejorable de cercanía a las decisiones políticas de Allende, y en sus días posteriores. Faltan muchas historias que reconstruir…
¿Dónde están las wak’as-huacos? ¿Dónde están los cuadros y objetos desaparecidos? ¿Qué les sucedió? O, como se preguntaba Carlos Jorquera sobre el crucifijo quiteño en el 2023: ¿Dónde estará? ¿Quién se habrá quedado con él? ¿De cuál casa será ahora “el Señor”? ¿Habrá alguien que lo bese todos los días con esa devoción de doña Laura?
Así como cada wak’a-huaco es único, también lo son sus historias. Construida por manos y mezclas también singulares, que dejaron impresos sus gestos y detalles para traspasar muchos tiempos. Sin duda, son muy poderosas.
Tienen mucho que revelar.
¿Qué historias traerá cada wak’a-huaco? ¿Qué les pasó aquél 11 de septiembre y después? ¿Cuándo y en qué estado aparecerán?
¿Qué podemos hacer?
Por ahora, seguir buscando…