CIPER COMPARTE UN EXTRACTO DEL LIBRO: "UNA LÁGRIMA Y UN RECUERDO"
Lucho Hernández, biógrafo de Zalo Reyes: “Le interesaban los delincuentes porque eran del mundo popular”
04.10.2026
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CIPER COMPARTE UN EXTRACTO DEL LIBRO: "UNA LÁGRIMA Y UN RECUERDO"
04.10.2026
En más de 400 páginas, el libro Una Lágrima y un Recuerdo recrea la historia de uno de los artistas más auténticos y queridos de la música popular nacional. Desde su origen humilde y profundamente católico en Conchalí hasta sus últimos días desgastado por los problemas de salud, el texto repasa sus imborrables shows en el festival de Viña 1983, su relación con Pinochet, la recordada hipnosis con la cebolla y su relación con el mundo del hampa. “Le parecían mucho más entretenidos que un cuico”, afirma el autor.
Lee aquí el capítulo El festival en bote
La década de los 90 había partido mal para Zalo Reyes. Dos años después que uno de sus grandes hits, Mi Prisionera (1989), alcanzara los primeros lugares en los rankings radiales y que, por fin, su música sonara en FM, su casa discográfica por más de 15 temporadas finiquitó su relación contractual. La mala suerte se le vino encima. Una de sus hermanas se enfermó de cáncer, se separó de su mujer, Yolanda, y su negocio de parrilladas, “Los Hornitos de Zalo”, en Colina, quebró por deudas millonarias. La televisión había reemplazado la música por la conversación y “El gorrión de Conchalí” estaba deprimido. Tenía menos trabajo, comenzó a consumir más cocaína y subió de peso.
Con poco dinero y baja autoestima, Zalo recibió a fines de junio de 1995 una invitación al estelar “Hablemos de…” conducido por César Antonio Santis en TVN. Aunque con una advertencia. Por esa época, uno de los números centrales era el hipnotizador español Tony Kamo. Unos días antes de la emisión del espacio, el cantante fue citado a una reunión con el hispano. Necesitaban a alguien para hipnotizar y él era el hombre, en un programa que contó también con Raphael y Alberto Plaza, entre otros.
“La productora Tita Colodro, quien falleció, me dijo que siempre tenían palos blancos para Tony Kamo. Debían coordinarse con él para hacer el show y a Zalo le ofrecieron buena plata, que necesitaba, y aceptó comerse una cebolla en vivo. Ella dijo que todo resultó genial y no le pareció una burla a Zalo. Siento que lo humillaron porque era un cantante popular. Fue un episodio que nunca se olvidó.
A los meses, lo invitaron a “Viva el Lunes” y Zalo dijo que había sido un tongo, que solo había masticado la cebolla. Se le cerraron las puertas en TVN por un año hasta que en una entrevista en un diario confidenció sus problemas con la cocaína. Lo llamaron de nuevo de TVN. Pensó que para hablar de su nuevo disco y le dijeron que no, que hablara de sus problemas con la droga. Le pagaron dos millones y hasta lloró. Andaba mal de lucas”, señala Lucho Hernández, autor de la biografía de Zalo Reyes, Una Lágrima y un Recuerdo.
Periodista radial con más de 20 años de trayectoria, cabeza del emblemático proyecto de música chilena, Radio Uno, y actualmente al timón del programa “Los Magníficos” de radio Activa, Hernández conoce de cerca la historia de Zalo Reyes: fue su vecino desde 1983 en la ex calle Cañete -que ahora lleva el nombre del solista- y amigo de su único hijo, Boris. “Al Zalito ni siquiera le decía Zalo. Siempre nos decíamos vecino. Era buena onda, solidario y muy divertido. Con su hijo, Boris, nos llevamos por pocos días de nacimiento y somos amigos. Fuimos a ver El regreso del Jedi juntos al cine, para las vacaciones partíamos a El Canelillo y siempre íbamos al estadio Santa Laura, que estaba en el barrio, a ver partidos”, rememora.
Hernández estuvo por casi 10 años con la idea en la cabeza de escribir una biografía sobre el cantante. Cuando el músico falleció, se acercó a la familia. Le dieron el visto bueno y lo ayudaron. Le pasaron unas 20 páginas que el propio Zalo Reyes había escrito sobre su historia y pusieron a disposición todas sus apariciones televisivas. La familia de “El Gorrión” comprendía su impacto masivo. Y, desde el inicio, registraron en Betamax todas sus participaciones.
Escrito sin solemnidad, con un estilo directo -que, en ocasiones, lo emparenta con el lenguaje radial-, sincero y, sobre todo, con el sentido del humor que caracterizaba al cantante, Una Lágrima y un Recuerdo funciona como una buena revisión de la historia de uno de los artistas más auténticos y queridos de la música popular chilena.
El menor de cuatro hermanos y fan de Lucho Gatica, porque su madre lo escuchaba regularmente, Zalo Reyes en su infancia quiso ser cura. En el centro del patio de su casa, había una virgen de Lourdes, a la que el futuro cantante agradecía constantemente. “Era una persona espiritual, profundamente católico, aunque no conservador. Ni tampoco pechoño. Estaba convencido de que había algo superior”, dice el biógrafo.
En las páginas que dejó escritas, el solista habla con nostalgia de un país antiguo, más pobre, pero también más humanitario. “En ese tiempo las cosas eran difíciles. La gente se informaba en El Reporter Esso. Al oír la radio había que usar la imaginación. Pero no era solo pensar lo que se describía. Al imaginar también sentías emoción”, expresa y añade que “el aceite lo comprabas por un cuarto. El azúcar por kilo o por medio. El vino se vendía suelto, debías llevar un envase. El pan, frío y caliente. El frío era más barato y los almacenes de barrio te fiaban y te anotaban en una libreta”.
La casualidad hizo que llegara a la música. Zalo Reyes era un niño retraído, amistoso y tímido. Como era melómano, empezó a imitar artistas. Hasta que en una reunión familiar, les dijo que quería emular a José Alfredo Fuentes y su clásico: Te Perdí. Todos se sorprendieron y el adolescente Boris González -su verdadero nombre- supo que debía dedicarse al canto. Más aún, cuando posteriormente triunfó en festivales municipales. “Era un tipo profundamente seguro de sí mismo y sabía que iba a triunfar. Le gustaba mucho la música. En una entrevista con ‘Pirincho’ Cárcamo le habló de Pink Floyd. Le fascinaba Queen y también Santana. Era amigo de todos los de su generación: Tumulto, Arena Movediza. Aunque su máximo ídolo era Germaín de la Fuente, el vocalista de Los Ángeles Negros. Para él, como para toda una generación, la aparición de ese grupo fue musicalmente trascendente. Lo cambió”.
Fogueado en quintas de recreo, bares, casas de remolienda y escenarios pequeños, el conchalino publicó a mediados de los 70 dos álbumes con nulo impacto. Hasta que Fernando González, uno de los integrantes de Congreso, y productor en el sello EMI, le comentó que debía cambiar la estrategia: aparcar el sonido similar a Los Ángeles Negros y centrarse en la balada romántica.
Así, llegó su primer éxito: Una Lágrima y un Recuerdo. “Mi voz es una mezcla entre Leo Dan y Roberto Carlos”, se autodefinía. Al año siguiente, ganó un festival de “la música cebolla” en “Sábados Gigantes” y lentamente comenzó su ascenso. Participó en el programa “El Festival en Bote” en 1981 junto al periodista Lucho Fuenzalida -donde salvó a un argentino con peluquín de ahogarse y estuvo presente cuando Harry Casey, el líder de KC and the Sunshine Band, quiso golpear al conductor porque lo trató de “bisexual”-, fue estable en “El Festival de la Una”, pero se hizo masivo al año siguiente cuando fue al estelar “Permitido” de Antonio Vodanovic y, especialmente, en “Noche de Gigantes” en septiembre de esa misma temporada, cuando expuso las diferencias entre los pobres y los ricos. “Sabía observar muy bien a la gente y exponía sus características con humor. Eso hizo que fuera aceptado en una televisión que era súper clasista”, sostiene Hernández.
Cada vez más considerado y con una carrera que crecía, firmó para la versión de 1983 del Festival de Viña, gracias a Sergio Riesenberg, exdirector del certamen. Ese fue el peak de su carrera. Triunfó en la primera noche, con un show que mezcló canciones y comicidad, y fue confirmado para la jornada final donde obtuvo un premio impensado en esa época: la Gaviota. Ahí surge una frase que lo acompañó por muchos años: “¿Cuándo vai a ir pa la casa?”.
Raúl Velasco, una especie de Mario Kreutzberger mexicano y sorprendido por su carisma, se lo lleva a su programa “Siempre en Domingo”. Se presentó a estadio lleno en el Orange Bowl en Miami y fue estrella en programas televisivos aztecas. Pero a las dos semanas decide volver a Chile. “Cuando vuelve de Viña en su barrio lo esperan con un carnaval en una calle que se habían tomado sus amigos y él. En Viña, Zalo no acepta el pago habitual que se realizaba a los artistas chilenos y exige un pago a nivel internacional. Le pagan tan bien que se compra su casa, en la que vivió siempre. Cuando va a México lo tratan como estrella, imita a Olga Guillot y Raúl Velasco está encantado con él. Pero decide volver a Chile. Aunque le ofrecieron un contrato de dos años, lo desestima. Se había comprado recién su casa y no le importa el dinero. Por eso tiene problemas con su mánager. Decía que si tenía agua caliente para bañarse dos veces al día, era feliz. En ese sentido, nunca tuvo demasiadas pretensiones de enriquecerse. Y sabía que en Chile la pega no le iba a faltar, aunque muchos lo reventaron porque supuestamente no se adaptó a México”, cuenta el biógrafo.
-El 1 de mayo de 1983, justo en el mismo periodo en que Zalo Reyes disfrutaba su mayor éxito, empezaron las protestas contra Pinochet. ¿Por qué nunca se involucró en política? Y ni siquiera para el plebiscito de 1988…
-El día antes de presentarse en Viña, estuvo en el casino y como era bueno para las imitaciones, hizo una imitación de Pinochet que causó muchas risas. Pero le advirtieron que no lo hiciera en el festival. Lo podría haber hecho y cagarse de la risa, pero lo hubiesen cortado como a Manolo González en 1978. A Zalo le molestaba que dijeran que los que aparecían en la tele eran los bufones de Pinochet. Sabía que la gente pasaba hambre y que habían desaparecido. En las revistas de oposición respondía duro. Pinochet lo invitó a La Moneda y se negó. Mandó a decirle que tenía mucho trabajo. Y en actos políticos de la derecha fue porque le ofrecían buena plata y siempre exigía estar a las 5 cuando sabía que los candidatos llegaban a las 9. Nunca fue como Zúmbale Primo. Tampoco se sacaba fotos con candidatos. Se sentía anarquista. Por eso no participó en la campaña del Sí y el No en 1988.
-¿Cómo fue que Zalo Reyes en los 90 se involucró con narcos como El Perilla de La Legua?
-No diría que era una fascinación, pero le interesaban los delincuentes porque eran del mundo popular. Le parecían mucho más entretenidos que un cuico. No tenía miedo de meterse a poblaciones. Fue muchas veces a cantar a las cárceles. Una vez, se conmovió mucho en una cárcel de mujeres. Iba saliendo en una van y las mujeres corrían y golpeaban el vidrio. Cuando sale de la cárcel y deja atrás a las mujeres, se puso a llorar porque, dice, ellas podrían ser su mamá o sus hermanas. Para él, esos shows eran momentos de libertad, en que los presos se olvidaban del encierro y tenían alegrías. Cuando hablaba con los presos les decía ‘pórtense bien que afuera sus mujeres se los están cagando’. ‘¿O creen que los están esperando?’. Siempre hablaba de tú a tú con ellos y lo respetaban.
-¿Qué fue lo más difícil en la vida de Zalo Reyes?
-Tuvo accidentes bravos. A comienzos de los 80, rumbo al norte chocó y perdió varios dientes. En 1986, cuando iba a actuar a una fonda en San Miguel también chocó, perdió dientes y se desfiguró la nariz. En Las Últimas Noticias dijo «terminé mi carrera» y en “60 Minutos” dio una entrevista dos días después con el rostro hecho pedazos. Pero sus problemas de salud lo fueron desgastando.
En 2008, le cortaron unos dedos de los pies por su diabetes y, cuatro meses después, tuvo una parálisis facial. Esas dificultades como perder la independencia lo fueron minando. Más cuando llega la pandemia y no puede ver a nadie. Siente que su perro Rocky es su mejor amigo. Habla con él, le cuenta sus problemas. Porque al Zalo siempre le gustaron los perros. A uno que se estaba ahogando en la piscina de su casa, de hecho, lo revivió haciéndole respiración boca a boca.
-¿Qué quería en sus últimos días?
-Buscaba la trascendencia, que todos se acordaran de él. Varias veces imitó su muerte con la voz de Julio López Blanco. “Ahí va el gorrión de Conchalí”, decía con el tono del periodista. Hasta el final, siempre mantuvo su humor.