¿Vientos de cambio?: el estado de la guerra entre Ucrania y Rusia
04.07.2026
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04.07.2026
El autor de esta columna comenta cómo ha ido cambiando la mirada de la posición ucrania en su guerra contra Rusia, algo que él mismo anticipó. Dice que la sensación de que hay cierta ventaja de Kiev, esto es producto de la maduración de su estrategia. En todo caso, sostiene que “solo queda esperar que la oligarquía rusa llegue a la conclusión de que sus intereses ya no son compatibles con la continuación de la guerra y acepte un tratado de paz que garantice la independencia y la integridad territorial de Ucrania, incluyendo la recuperación de los territorios ocupados desde 2014. Lamentablemente, este escenario parece poco probable”.
Imagen de portada: Canva / Getty Images
¿Está cambiando la dirección de la guerra de Ucrania? Gran parte de los medios de comunicación que durante los últimos años indicaban sin cesar que Ucrania estaba en una situación desesperada, que en cualquier momento la potencia de fuego rusa terminaría por doblegar al ejército ucraniano y que Ucrania no tenía otra opción que rendirse, han cambiado de discurso. Desde hace unas semanas, e incluso algunos meses, el tono de muchos análisis indica ahora que Ucrania parece tener, si no una leve ventaja, por lo menos una situación de empate con la potencia militar rusa. Esta tendencia se ha acrecentado tras los espectaculares ataques lanzados contra la infraestructura energética rusa, y en particular contra la refinería de Moscú, que parecen confirmar este cambio.
De mi lado, como lo muestran las columnas (Columna 1 y Columna 2) que he escrito en los últimos dos años, en ningún momento compartí el relato de una supuesta derrota ucraniana. Al contrario, cualquiera que observara atentamente la guerra durante 2024 podía ver cómo la estrategia ucraniana, desarrollada primero a nivel marítimo en el Mar Negro, consistente en combatir principalmente con drones y apoyarse en el desarrollo tecnológico para compensar la superioridad numérica rusa, era el camino que debía seguir Ucrania.
Por eso, el cambio de percepción actual no me sorprende. En realidad, en mi opinión nunca hubo un cambio de dirección, sino la maduración de una estrategia que llevaba largo tiempo desarrollándose. En efecto, tras el fracaso de la contraofensiva ucraniana del verano boreal de 2023, en la cual Ucrania intentó combatir siguiendo la doctrina militar estadounidense sin que este país le proporcionara los medios necesarios para hacerlo, los ucranianos comprendieron que debían desarrollar sus propios medios y sus propias doctrinas de combate. Primero lo hicieron en el mar Negro, donde lograron cumplir sus objetivos estratégicos. Posteriormente trasladaron ese aprendizaje al dominio aéreo y, por extensión, al conjunto del campo de batalla.
Para permitir esta maduración, Ucrania tuvo que combatir durante más de dos años una guerra de desgaste esencialmente defensiva. Su apuesta consistía en debilitar progresivamente al ejército ruso mientras este se jactaba de conquistar pequeños caseríos sin mayor importancia estratégica, al precio de pérdidas humanas insostenibles. Al mismo tiempo, Ucrania preservaba lo esencial de su ejército y desarrollaba las tecnologías de drones y misiles que hoy empiezan a mostrar plenamente sus resultados.
Este desarrollo puede dividirse en tres grandes áreas. La primera corresponde a los ataques de larga distancia contra la infraestructura rusa: fábricas, refinerías y otros elementos fundamentales para el funcionamiento de la economía de guerra. En los últimos meses esta campaña ha alcanzado un grado importante de madurez y, como muestra la actual crisis de la gasolina en Rusia, está cumpliendo sus objetivos estratégicos. Si Ucrania logra mantener e intensificar esta presión, la situación económica rusa debería deteriorarse cada vez más en el mediano plazo.
La segunda área corresponde a los ataques de media distancia, dirigidos contra las líneas de suministro rusas hacia el frente, así como contra centros logísticos, de mando y de entrenamiento. Durante mucho tiempo esta dimensión parecía encontrarse menos desarrollada que las otras dos. Sin embargo, en las últimas semanas las operaciones ucranianas en el sur del territorio ocupado, y particularmente en el corredor que conecta ese territorio con Crimea, han mostrado que Ucrania ha alcanzado también aquí una notable madurez tecnológica, infligiendo daños considerables a la infraestructura y logística rusa y limitando sus capacidades militares.
Por último, la tercera área corresponde al propio frente de combate: una verdadera zona de muerte que se extiende aproximadamente entre 50 y 60 kilómetros a ambos lados de la línea de contacto, donde múltiples drones hacen casi imposible el movimiento de grupos superiores a tres soldados. En este ámbito el ejército ucraniano parece disponer actualmente de una ligera ventaja tecnológica y operativa.
Sin embargo, nada de esto debe llevarnos a pensar que la guerra está cerca de su fin. Si bien la economía rusa atraviesa una situación de creciente vulnerabilidad, sus recursos siguen siendo importantes. Al mismo tiempo, China todavía puede incrementar su apoyo, compensando parte del daño que los ataques ucranianos están causando a la industria rusa. Junto con ello, el gobierno de Trump continúa apoyando de la forma más directa posible al régimen ruso, como lo demuestra su progresivo abandono del régimen de sanciones y su reticencia a vender los sistemas Patriot que Ucrania necesita para proteger diariamente a su población.
Al mismo tiempo, el creciente descontento de una parte de la población rusa, que comienza a sentir los efectos de la guerra, así como las tensiones entre los distintos grupos de poder dentro del régimen, pueden conducir tanto a una escalada del conflicto, por ejemplo, mediante una movilización general, con todas las consecuencias que ello implicaría, como a considerar que la guerra ya no vale la pena y buscar un acuerdo en los mejores términos posibles para Rusia. La primera posibilidad, con el riesgo adicional de una ampliación del conflicto hacia Bielorrusia o los países bálticos, es especialmente preocupante. Rusia todavía podría intentar una huida hacia adelante para salir del atolladero en que ella misma se ha situado.
Del lado ucraniano, en cambio, las noticias son relativamente positivas. No solo ha logrado estabilizar el frente, sino que también ha demostrado que, contrariamente a la famosa e ignorante afirmación de Trump de que «Ucrania no tiene cartas», ha sido capaz de desarrollar una industria pionera a nivel mundial que, mediante la producción de algunas de las tecnologías más avanzadas en drones e inteligencia artificial, se vuelve indispensable tanto para la Unión Europea como para todos aquellos países que desean construir ejércitos modernos, mucho más eficaces y considerablemente menos costosos que los sistemas tradicionales a los cuales muchos siguen aferrándose.
De esta forma, si bien la guerra parece haber entrado en una nueva etapa, esta no es más que el fruto de la maduración de una estrategia que Ucrania viene desarrollando desde hace más de dos años. Una estrategia basada en comprender cómo debía combatir con sus propios medios y dónde se encontraban las verdaderas debilidades de su adversario.
Tal vez, por lo tanto, los vientos de cambio no soplan tanto sobre la guerra misma como sobre la forma en que comenzamos a comprenderla. Durante demasiado tiempo se confundió la maduración de una estrategia con un estancamiento o una derrota. Hoy empiezan a hacerse visibles los resultados de ese proceso. Solo queda esperar que la oligarquía rusa llegue a la conclusión de que sus intereses ya no son compatibles con la continuación de la guerra y acepte un tratado de paz que garantice la independencia y la integridad territorial de Ucrania, incluyendo la recuperación de los territorios ocupados desde 2014. Lamentablemente, este escenario parece poco probable. Lo más probable es que la guerra continúe durante un largo tiempo más, salvo que Ucrania logre incrementar todavía más los daños sobre la infraestructura estratégica rusa y conduzca al régimen a un colapso, con todas las consecuencias imprevisibles, para bien y para mal, que ello podría acarrear.