La camiseta que incomodó a la FIFA
17.06.2026
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17.06.2026
El autor de esta columna profundiza en el significado que tiene para el mundo la Batalla de Vértières, el evento de 1803 que estaba incorporado a la camiseta de la selección de Haití y que prohibió la FIFA. Sostiene que «lo que la FIFA consideró ‘demasiado político’ es precisamente lo que hace de Haití lo que es: una nación forjada en la lucha por la libertad, en un momento en que nadie más en el mundo estaba dispuesto a darla. Eso no es propaganda. Es historia. Una historia que merecía ser vista por miles de millones de personas, en el escenario más grande del planeta, durante 90 minutos de fútbol. En cambio, fue silenciada. Una vez más».
Imagen de portada: selección de fútbol de Haití camino al Mundial / Facebook Federación Haitiana de Fútbol
Hay decisiones que no necesitan explicarse para revelar lo que son. El Mundial de Fútbol es, probablemente, el evento más visto del planeta. Miles de millones de personas detienen sus vidas cada cuatro años para seguir los partidos, los goles, los dramas y las celebraciones. Es, en ese sentido, un escenario sin igual: una ventana abierta al mundo entero, donde cada imagen cuenta y cada símbolo habla. Por eso, lo que un equipo lleva puesto importa. Y fue precisamente en ese escenario donde la FIFA decidió que Haití no podía mostrar lo que quería mostrar.
La exigencia fue concreta: modificar la camiseta de la selección antes del torneo, porque la imagen que llevaba —inspirada en la Batalla de Vértières de 1803— podría interpretarse, según el organismo, como un “mensaje político o militar”. La federación haitiana y la fabricante Saeta argumentaron lo evidente: se trataba de un homenaje histórico, como tantos otros que adornan uniformes deportivos en el mundo. No sirvió de nada. La imagen desapareció. Y con ella, la oportunidad de que miles de millones de personas se preguntaran, aunque fuera por un instante, qué era lo que esa camiseta quería decir.
Vale la pena detenerse un momento en lo que se decidió borrar. La Revolución Haitiana —ocurrida entre 1791 y 1804 en la entonces colonia francesa de Saint-Domingue, la más rica productora de azúcar y café del mundo— es uno de los eventos fundacionales de la modernidad. Como escribió el historiador Laurent Dubois en Avengers of the New World, al crear una sociedad en que todas las personas, de todos los colores, recibieron libertad y ciudadanía, la Revolución Haitiana transformó el mundo para siempre, siendo un momento crucial en la historia de la democracia que sentó las bases para las luchas por los derechos humanos en todas partes. Fue la única revuelta de esclavizados que resultó en la creación de un Estado independiente. Creó la primera república negra de las Américas. Abolió definitivamente la esclavitud. Y derrotó en campo abierto al ejército de Napoleón Bonaparte, en esa misma Batalla de Vértières que la FIFA encontró tan incómoda.
Toussaint Louverture, Jean-Jacques Dessalines, los hombres y mujeres que combatieron bajo esas banderas, tomaron en serio —literalmente, con sus cuerpos— los ideales que la Revolución Francesa había proclamado, pero no tenía intención de extender a quienes consideraba menos que humanos. La libertad, decían los revolucionarios franceses, era universal. Los esclavizados de Saint-Domingue les tomaron la palabra. Y cuando lo hicieron, el mundo colonial no pudo perdonárselos. El 1 de enero de 1804, Haití proclamó su independencia. Las élites esclavistas del continente americano temblaron. Y con razón: si había ocurrido allí, podía ocurrir en cualquier parte.
El castigo no tardó. Francia —la misma que había erigido la libertad, la igualdad y la fraternidad como banderas de la humanidad entera— exigió a Haití una indemnización escandalosa como condición para reconocer su independencia: el nuevo Estado debía compensar a los antiguos colonos por la pérdida de sus “bienes”, es decir, de los seres humanos que se habían liberado. Los principios universales, resultó, tenían límites muy precisos. Haití pagó durante más de un siglo una deuda que no era suya, financiando con su propio empobrecimiento la tranquilidad de quienes lo habían esclavizado.
Pero Francia no fue la única potencia que trató a Haití como un problema a contener. En julio de 1915, Estados Unidos —el país que se proclamaba tierra de la libertad, faro de la democracia para el mundo— envió sus marines y ocupó el país durante 19 años. La historiadora Mary Renda, en Taking Haiti: Military Occupation and the Culture of U.S. Imperialism, 1915–1940, demostró que detrás de la intervención no había solo intereses económicos y militares, sino también una cultura profundamente racista: los haitianos eran vistos como un pueblo atrasado e inferior que necesitaba la protección benevolente del hombre blanco. Ese paternalismo, argumenta Renda, no fue un contrapeso de la violencia sino uno de sus vehículos. La nación que se proclamaba defensora de la democracia trató durante casi dos décadas a la primera república negra del hemisferio como a un menor de edad bajo tutela.
Esa memoria —200 años después— resultó demasiado perturbadora para aparecer en una camiseta de fútbol.
No es casualidad. El historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot lo explicó con precisión quirúrgica: la Revolución Haitiana fue silenciada desde el momento en que ocurrió, porque el solo hecho de que existiera resultaba impensable para el orden racial del mundo occidental. Los esclavizados no debían poder hacer lo que hicieron. Y cuando lo hicieron, la respuesta fue el silencio, el castigo económico, el aislamiento diplomático. Un país obligado a pagar por su propia libertad. Esa es la historia que estaba cosida en esa camiseta.
La decisión de la FIFA es, en ese sentido, un gesto involuntariamente revelador. No es que el organismo haya tenido una intención racista explícita —probablemente aplicó un reglamento de manera burocrática y ciega-. Pero esa ceguera selectiva tiene historia. ¿Cuántas camisetas llevan imágenes de batallas europeas, escudos heráldicos coloniales, referencias a conquistas y glorias imperiales sin que nadie las considere “políticas”? La cruz de San Jorge en la camiseta inglesa, el gallo galo en la francesa, los leones en la española: todos son símbolos con historia, con sangre, con significado. Nadie los cuestiona. La política, al parecer, solo aparece cuando la historia en juego es la de los que resistieron.
Hay algo profundamente sintomático en que una organización global del deporte, en pleno siglo XXI, haya considerado que la imagen de una batalla de liberación antiesclavista era “demasiado” para una camiseta. No demasiado violenta. No demasiado explícita. Demasiado incómoda. Demasiado elocuente. Demasiado capaz de recordarle al mundo algo que prefiere olvidar: que la libertad que hoy celebramos como un valor universal fue conquistada, en muchos casos, contra la voluntad de quienes decían defenderla.
Lo que la FIFA consideró “demasiado político” es precisamente lo que hace de Haití lo que es: una nación forjada en la lucha por la libertad, en un momento en que nadie más en el mundo estaba dispuesto a darla. Eso no es propaganda. Es historia. Una historia que merecía ser vista por miles de millones de personas, en el escenario más grande del planeta, durante 90 minutos de fútbol. En cambio, fue silenciada. Una vez más.
La camiseta tuvo que cambiar. El mundo, aún no.