EMPA: cuando un examen preventivo no alcanza para prevenir
27.04.2026
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27.04.2026
Las autoras de esta columna dan cuenta de una intervención que realizaron en ocho Cesfam del país con la que mejoraron los resultados del Examen Médico Preventivo del Adulto (EMPA), fundamental para pesquisar precozmente enfermedades crónicas. Dicen que «la evidencia generada ha sido presentada al Ministerio de Salud y aprendizajes están siendo considerados en el marco de estrategias orientadas a fortalecer la atención primaria, como el programa ‘Más Salud en Comunidad’. En síntesis, avanzar desde un modelo centrado en el tamizaje hacia uno que garantice la continuidad efectiva del proceso diagnóstico no solo es deseable, sino necesario para que la prevención cumpla su propósito sanitario».
Imagen de portada: Marcelo Segura / Agencia Uno
En el sistema de salud público existe una intervención disponible para la población adulta, que se hace a 1,7 millones de personas de manera anual, cuyo objetivo es pesquisar precozmente enfermedades crónicas como diabetes o hipertensión arterial en personas asintomáticas. El Examen Médico Preventivo del Adulto, más conocido como EMPA, también se utiliza para detectar patologías como cáncer de mama o cáncer cérvico uterino.
El problema es que, a pesar de los esfuerzos del Estado, el EMPA actualmente no logra su objetivo sanitario, es decir, no detecta enfermedades crónicas de manera precoz para continuar con el abordaje correspondiente. Así lo detectamos en estudios que venimos haciendo en la Fundación Áncora UC y en la Facultad de Medicina de la Universidad Católica desde 2024.
Para comprender esta brecha, es fundamental precisar que el EMPA no corresponde a un acto clínico aislado. Por el contrario, forma parte de un proceso secuencial que involucra múltiples etapas, conocido como “cascada diagnóstica”. Este proceso se inicia habitualmente en un Centro de Salud Familiar (CESFAM), donde se realiza una evaluación inicial que incluye mediciones básicas y recolección de antecedentes. A partir de estos hallazgos, se indican exámenes complementarios —como análisis de laboratorio, mamografías o Papanicolaou— que requieren nuevas atenciones en días y horarios distintos.
Estos últimos exámenes, trascendentales en la “cascada diagnóstica”, permiten confirmar o descartar las sospechas derivadas de la primera evaluación. Pero, según nuestros estudios, de la población total que se realiza el EMPA, solo alrededor de un 15% termina todo el proceso, y el otro 85% se queda solo con la primera consulta.
La mayoría de los pacientes no termina el EMPA por razones operativas. Uno de los tantos casos que conocimos durante nuestro estudio fue el de “Nicolás”, un paciente que acudió a su CESFAM a realizarse el EMPA, y dentro de su “cascada diagnóstica”, fue derivado a una toma de sangre disponible solo en horarios y días restringidos. Como estos no se ajustaban a su disponibilidad laboral, por razones de tiempo y logística no pudo completar el examen y abandonó el proceso. Se observan barreras como horarios incompatibles con la jornada laboral, disponibilidad limitada de cupos y exigencias de presencialidad que dificultan la continuidad del proceso. Estas condiciones afectan especialmente a personas que, aun teniendo indicación clínica, no logran concretar las etapas posteriores.
Sin embargo, a pesar de todo el abandono que existe en este examen, el sistema da como cumplida su meta cuando el paciente solo asiste a la primera evaluación. Este diseño de incentivos favorece el logro de metas de cobertura, pero no necesariamente la resolución efectiva de los problemas de salud detectados.
Las implicancias son relevantes: una proporción significativa de los recursos destinados a esta estrategia no se traduce en diagnósticos confirmados ni en intervenciones oportunas. En términos concretos, muchas personas con sospechas clínicas permanecen sin diagnóstico ni seguimiento, lo que limita el potencial preventivo del EMPA.
Frente a este escenario, desarrollamos una intervención concreta: un plan piloto en ocho Cesfam del país que asignó a un Técnico en Enfermería de Nivel Superior (TENS) para acompañar y gestionar las derivaciones a partir del EMPA. ¿Qué hizo el TENS? Se enfocó en articular y acompañar el proceso posterior a la evaluación inicial: es decir, actuó como “enlace” entre la consulta inicial y los exámenes que se derivaban de esta “cascada diagnóstica”. Por ejemplo, el TENS contactaba telefónicamente al paciente, agendaba sus servicios según su disponibilidad de tiempo (priorizando múltiples exámenes en un mismo día), realizaba seguimiento posterior, entregando resultados y coordinando los siguientes pasos de acuerdo con el protocolo clínico.
De esta manera se evitan filas, costos de transporte, y se facilita la asistencia a la «cascada diagnóstica» y mejora la experiencia de las personas. Y los resultados fueron los esperados. Los resultados fueron consistentes y relevantes. De aproximadamente 3.000 personas con EMPA realizados en esos centros, se triplicó la proporción de personas que completaron la trayectoria y, por lo tanto, pudieron confirmar o descartar la presencia de enfermedad. Estos hallazgos demostraron que la intervención no solo es factible sino también efectiva y económica para transformar la detección preventiva en diagnósticos reales y acciones de salud concretas. Asimismo, demuestran que intervenciones organizacionales relativamente acotadas —como la incorporación de un rol de gestión— pueden generar mejoras sustantivas en efectividad.
La evidencia generada ha sido presentada al Ministerio de Salud y aprendizajes están siendo considerados en el marco de estrategias orientadas a fortalecer la atención primaria, como el programa “Más Salud en Comunidad”.
En síntesis, avanzar desde un modelo centrado en el tamizaje hacia uno que garantice la continuidad efectiva del proceso diagnóstico no solo es deseable, sino necesario para que la prevención cumpla su propósito sanitario.