De soles y espadas: la disputa entre Donald Trump y el papa León XIV
25.04.2026
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25.04.2026
El autor comenta el enfrentamiento que tuvieron hace algunos días el Papa con el presdideente de Estados Unidos, y hace un repaso de la tensión entre poder político y poder religioso. Sostiene que «estos ‘momentos’ de la historia bien nos transmiten que lo que hoy atestiguamos no es una mera disputa entre personalidades. Es la reedición de una tensión constitutiva de Occidente: entre la fuerza que ejecuta y la autoridad que interpreta, entre la política de la eficacia y la exigencia de lo moral. Ambas espadas perciben decadencia, cada uno en el territorio del otro: Trump ve debilidad donde el papa ve diálogo, y éste ve barbarie donde Trump ve realismo».
Imagen de portada: Obispado San Bernardo
Aunque los medios y fines no necesariamente sean iguales, la religión y la política comparten un mismo apetito: ambos campos buscan poder. Al respecto, los romanos designaban con el concepto de auctoritas el prestigio, influencia y autoridad moral reconocida y ganada por reputación, sabiduría, linaje o experiencia, por lo que quien la detentaba no gozaba de convencimiento y respeto por el hecho de detentar un cargo público, sino por la personalidad, siendo fundamental para el equilibrio de la República y el Derecho romano.
Si la auctoritas se concibe como el peso moral capaz de doblegar sin coaccionar, no será necesario escarbar muy hondo para constatar hasta qué punto su influjo trascendía el ámbito político de los romanos. Desde esta perspectiva, las palabras de Robert Prevost —denunciando al «puñado de tiranos» que devastan el mundo, recordando que «Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra» y calificando de «inaceptable» la escalada de Estados Unidos contra Irán— resuenan en un conflicto tan antiguo como el propio cristianismo. Como sea, el choque con el presidente Trump vuelve a situar la relación entre el poder político y el espiritual dentro de los márgenes de la contingencia, más allá de que históricamente no constituya novedad alguna.
Con el objetivo de defender la autonomía de la Iglesia frente a las injerencias imperiales en materias dogmáticas, en el año 494 el entonces papa Gelasio I le envió una carta al emperador bizantino Anastasio I, sentando en ella las bases de lo que pasó a denominarse doctrina de las «dos espadas», definiendo las relaciones entre los dos poderes que regían el mundo: la autoridad «sagrada» de los papas y el poder real de la corona. Y aunque ambos operaban en dimensiones distintas (el primero preocupado por el «gobierno de las almas» y el segundo abocado a los asuntos temporales), el Pontífice no dejó pasar la oportunidad de reivindicar la supremacía espiritual y el sometimiento que los gobernantes debían a la Iglesia romana en virtud de ella. Esta carta, conocida como Famuli vestrae pietatis (‘Siervos de vuestra piedad’), sería repetidamente citada durante el Medievo para reafirmar la jerarquía religiosa frente a monarcas y emperadores.
Posteriormente, en el invierno de 1077, el emperador Enrique IV debió comparecer descalzo sobre la nieve al castillo de Canossa, en el norte de Italia, implorando la absolución al papa Gregorio VII, quien lo había excomulgado por la práctica de las investiduras —el privilegio de los reyes para nombrar obispos y eclesiásticos. Como relatan José Ángel García de Cortázar y José Ángel Sesma Muñoz en su Manual de Historia Medieval, el monarca hubo de esperar tres días y tres noches de rodillas y sin comer antes de recibir el perdón. Más allá de la anécdota, la «humillación de Canossa» le permitió al papa comprender que la excomunión no era solo una sentencia sobre el alma, sino un instrumento jurídico capaz de disolver la lealtad de los súbditos hacia su señor. Mal que mal, eso buscaba: «tener la soberanía sobre el poder temporal, partiendo del principio abstracto de que lo divino está por encima de lo temporal», como dice Hegel en sus Lecciones sobre filosofía de la historia. El poder espiritual, bien administrado, podía doblar al temporal sin necesidad de un ejército.
Con el objetivo de delimitar el campo de estas dos espadas, hacia 1313 Dante redactó en su exilio en Rávena De Monarchia, tratado político donde fundamentó la auctoritas del Imperio directamente de Dios y no a través de la mediación papal. Frente a la teoría eclesiástica del Sol y la Luna —donde el Papa era la fuente de luz y el Emperador su mero reflejo—, el poeta florentino imaginó «Dos soles»: dos luminarias autónomas, una espiritual y otra temporal, cuya existencia estaba condicionada a que no se devoraran mutuamente.
Pocos años después, Marsilio de Padua iría más lejos en su Defensor Pacis, texto que le valió la excomunión y la declaración de hereje. Tras una doble elección al trono germano en 1314, el Papa reclamó el derecho de confirmar al emperador y ejercer la regencia mientras se disolviera la disputa. Esto llevó a que Luis IV de Baviera asumiera el poder sin la aprobación del Pontífice, lo que llevó a su excomunión en 1324. En respuesta, de Padua redactó este tratado con la pretensión de dotar de una base teórica que deslegitimara las pretensiones políticas del papa y fundamentara una defensa de la soberanía popular y el Estado laico.
Maquiavelo, por su parte, también se ocuparía de este tronar de sables. En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el pensador florentino reprochaba a la Iglesia Católica su responsabilidad en la desunión italiana, impidiendo con ello el surgimiento de una república unificada. El problema no era la fe en sí, sino la confusión entre lo espiritual y lo político, lo que terminaba proyectándola como una institución suspendida entre dos mundos: demasiado poderosa para renunciar a lo temporal y demasiado expuesta a la corrupción para permanecer puramente espiritual.
Estos “momentos” de la historia bien nos transmiten que lo que hoy atestiguamos no es una mera disputa entre personalidades. Es la reedición de una tensión constitutiva de Occidente: entre la fuerza que ejecuta y la autoridad que interpreta, entre la política de la eficacia y la exigencia de lo moral. Ambas espadas perciben decadencia, cada uno en el territorio del otro: Trump ve debilidad donde el papa ve diálogo, y éste ve barbarie donde Trump ve realismo.
Una de las paradojas de nuestro tiempo es que, enraizada la secularización, parte de nuestra realidad sigue supeditada al devenir de conflictos que guardan una profunda raigambre religiosa. Pero esta complejidad, lejos de condenarnos al reduccionismo o al relativismo moral, debe servir más bien como estímulo para intentar, por incómodo que pueda ser, comprender mejor la realidad y el mundo. De allí la necesidad de volcarnos hacia nuestras huellas, pues como señaló Tocqueville, sólo a través de este ejercicio podemos arrojar la luz del pasado sobre el futuro para que no vaguemos en la oscuridad de este cansado y desorientado presente.