¿Fármaco, suplemento, hormona? La cuestión de la melatonina en sociedades insomnes
03.03.2026
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03.03.2026
Los autores de esta columna explican didácticamente qué es la melatonina, aportan al debate sobre el aumento en su uso la y sostienen que “lo que hoy enfrentamos no es solo un problema de automedicación, sino una crisis sanitaria del tiempo donde efectivamente queda demostrado que, pese a tener las mismas 24 horas, no todos tenemos el derecho a vivirlas como una experiencia de cuidado y salud. Por el contrario, yace secuestrada por una forma de organización social que erosiona la alternancia entre luz y oscuridad, expande la vigilia y convierte la noche en extensión productiva del día. En ese escenario, el aumento de los trastornos del sueño no es un accidente individual, sino el síntoma de la pérdida del derecho colectivo a la oscuridad”.
Imagen de portada: Mauricio Ávila C.
A finales de enero, medios de comunicación chilenos divulgaron lo que el químico farmacéutico Francisco Álvarez de la Universidad Andrés Bello denominó “fiebre por la melatonina”. Como enfatizará en su carta al director, una “moda en salud” que “puede instalar prácticas riesgosas” en la población, y que exige una “adecuada educación sanitaria” y “promover el uso responsable de medicamentos”. “La moda” a la que se refiere es el uso y prescripción de melatonina en diferentes formatos, enfatizando los impactos negativos registrados en infancias y en usuarios de psicotrópicos u otros depresores del sistema nervioso central en Estados Unidos.
La carta y una entrevista al profesional también sirven de base para la nota de prensa de El Mostrador, titulada “Uso de melatonina enciende alertas: experto advierte riesgos y llama a reforzar la prevención”. El medio alerta sobre la popularización de productos para “mejorar el sueño” en el mundo, comparando datos epidemiológicos sobre la denominada “fiebre por la melatonina” en Estados Unidos y en Chile, así como su diferencia normativa sustancial: los modelos de regulación. En Estados Unidos la melatonina puede circular como “suplemento alimenticio”, incluso en modalidad de “gomitas”, mientras que en Chile se registra como medicamento bajo prescripción médica.
Pese a la relevante diferencia normativa, el medio y el profesional buscan enfatizar lo que está detrás de la alerta sanitaria: entre 2019 y 2022, Chile ha registrado más de mil reportes por “sobredosis” de melatonina y por “combinaciones de riesgo” con otros depresores del sistema nervioso central. Un fenómeno sanitario que se ha tornado mediático y recurrente: los altos niveles de automedicación, sus impactos y desafíos. Pese a la relevancia del problema, nos preocupa que el fenómeno pueda tender a limitarse nuevamente a discursos punitivos sobre la responsabilidad individual de la población en la automedicación sin permitir problematizar el contexto global en que está inserto: la explosión de trastornos del sueño, los impactos de una “performance” de hiperproductividad y rendimiento, una política sanitaria precarizada y privatizada, así como un uso negligente y malicioso de las industrias farmacéuticas en la gestión de la crisis. En ese contexto es que el interregno donde la melatonina se indistingue entre fármaco, suplemento y hormona, aumenta la vulnerabilidad y desigualdad en salud.
Considerando esto, quisiéramos contribuir al debate poniendo énfasis en aquello que los medios El Mostrador como Meganoticias definen como “una diferencia no menor” entre medicamento, suplemento y hormona ¿Cuál es la diferencia?, ¿qué la sustenta?, ¿qué resguardos deberíamos considerar ante su indistinción, sin reducir el problema político y sanitario ni a un limitado estatuto de lo “biomédico” ni a una definición naif del “uso social” de agentes farmacológicos?
Cuando nos refiramos al protagonismo de la melatonina en la sociedad de hoy, sugerimos no comenzar hablando ni de “fiebre por la melatonina” ni de “mejora del sueño”. Ninguna de las dos expresiones releva el problema central: la crisis social y sanitaria asociada a trastornos del sueño, al insomnio y, en concreto, a la extinción de un interés público por el derecho al descanso en las sociedades uberizadas o 24/7, como las definirá el investigador Jonathan Crary.
A estas alturas, resultan innegables los estragos sustantivos asociados a trastornos del sueño. Escenario ante el cual la industria farmacológica no ha escatimado esfuerzos en instalar la melatonina como alternativa “natural” al somnífero y al relajante muscular: una solución orgánica, supuestamente desprovista de riesgos y efectos adversos, apta para consumo extendido y cotidiano. No obstante, presentar una hormona con efectos fisiológicos precisos bajo la promesa de inocuidad absoluta no solo simplifica el debate científico, sino que desplaza la discusión sobre las condiciones sociales, laborales y tecnológicas que están en la base de nuestra creciente dificultad para dormir. Como enfatizó la bióloga brasileña Fernanda B. Amaral en la clase inaugural del Congreso Latinoamericano de Cronobiología y Sueño 2025: “A melatonina é um neurohormonio, não é bala”(*).
Pero, ¿qué significa que sea una hormona? Que, antes de ser sintetizada en laboratorios y regulada por agencias farmacológicas, pertenece a la historia evolutiva de los mamíferos. Una historia común donde humanos y no humanos se adaptaron a sus nichos ecológicos bajo la misma condición determinante: la alternancia de luz y oscuridad en ciclos de aproximadamente 24 horas. Así es como, antes de ser clasificada como fármaco o suplemento, antes de ser prescrita o adquirida a voluntad del consumidor, la melatonina debe ser considerada como un marcador cronobiótico de aquello que nuestros ancestros reconocían como “noche”. En especies diurnas como la humana, su secreción señala la llegada de un estado inevitable de reposo; en especies nocturnas, como ciertos roedores, pequeños mamíferos y zorros, por ejemplo, marca el inicio del período activo. No se trata de un simple inductor del sueño, sino de la activación de un programa fisiológico de organización temporal del organismo, interdependiente de los ciclos naturales de luz y oscuridad, pero también, sujeto y azotado a contextos de contaminación lumínica, a horarios de trabajo sin límites, y por altos niveles de incertidumbre y flexibilidad asociados a precarias condiciones reproductivas.
Somos enfáticos diciendo que la melatonina no produce “sueño ni descanso” per se, sino que activa procesos neurobiológicos en distintos órganos, induciendo un estado de gasto energético asociado al reposo en mamíferos diurnos: reduce la alerta del sistema nervioso central (pero no lo apaga, como los fármacos), disminuye la activación del sistema nervioso simpático favoreciendo la predominancia del parasimpático; sincroniza los relojes fisiológicos de órganos (hígado, estómago, intestino, corazón, sistema inmune, tejido adiposo), disminuye levemente la temperatura corporal, reduce el estrés oxidativo asociado al envejecimiento celular, la inflamación crónica y el daño neuronal y, en alteraciones del ciclo sueño-vigilia, ayuda a adelantar o retrasar fases del sueño.
En ese sentido, la melatonina no es un somnífero, hipnótico ni sedativo en el sentido farmacológico clásico. No induce el sueño por depresión del sistema nervioso, como las benzodiazepinas o los agonistas de GABA-A. Tampoco es un suplemento alimenticio: no corrige déficits nutricionales ni cumple funciones metabólicas propias de vitaminas o minerales. Al ser una hormona con función cronobiótica en mamíferos, no depende de “tener más o menos”, sino de cuándo se produce, en qué condiciones y por cuánto tiempo. Es una señal temporal cuya presencia nocturna sostiene el equilibrio fisiológico; su alteración en dosis, horario o contexto puede tener efectos que no deben banalizarse bajo promesas de inocuidad, desde “sobredosis” y combinaciones de riesgo hasta asociaciones, en estudios de largo plazo, con alteraciones celulares potencialmente cancerígenas y patologías crónicas como resistencia a la insulina o enfermedades cardiovasculares.
En resumen, la diferencia entre melatonina, fármaco y suplemento es sustancial, no solo “no menor”. La melatonina es sintetizada en diversos órganos y células, aunque su secreción principal se concentra en la glándula pineal, activada por neuronas del hipotálamo llamadas Núcleo Supraquiasmático (NSQ). El NSQ, como metaforiza la cronobiología, cumple la tarea de un director de orquesta: coordina las oscilaciones de los órganos y las encarrila con la variación lumínica del día. En otras palabras, torna posible que tendamos a despertar con la luz y dormir con la oscuridad. Para ello contamos con fotorreceptores en la retina que envían señales al NSQ ya sea para activar o inhibir la producción pineal de melatonina.
Pese a la relevancia de aclarar por qué la melatonina es hormona y no es fármaco ni suplemento, lo importante no es qué la sintetiza, sino que su producción e inhibición, y, por tanto, su circulación sanguínea, están influenciadas por un componente externo compartido por todos los seres vivos: el ciclo circadiano. Ese ciclo ha sido puesto en jaque por ciudades hiperiluminadas, jornadas 24/7, turnos nocturnos, hiperconectividad a pantallas azules, horarios escolares basados en disciplinamiento meritocrático antes que en ritmicidades corporales, y una forma de realización tecnodigital que se autoatribuye valor cuanto más se desacopla de las interdependencias ecológicas y, en específico, de la rotación del planeta Tierra.
Para hablar de melatonina sugerimos anteponer el problema que la ha vuelto protagonista: la inexistencia de una política pública que revalorice el descanso como bien común; problematice el sometimiento de la vida a regímenes de hiperproductividad, automejora y optimización; una política de salud atrapada en lenguajes farmacológicos y punitivos antes que ecológicos y políticos; y la erosión de imaginarios de cuidado colectivo basados en revitalización y no en devastación de la interdependencia entre humanos y no humanos. Hablar de melatonina debería permitirnos comprender que no estamos sólo ante “fiebre por la melatonina” ni a una “mejora del sueño”, sino ante el secuestro de la oscuridad. En ese sentido, la melatonina recuerda que existe una resistencia fisiológica inscrita en los cuerpos que exige la experiencia de la noche como condición de posibilidad del descanso.
Para concluir, lo que hoy enfrentamos no es solo un problema de automedicación, sino una crisis sanitaria del tiempo donde efectivamente queda demostrado que, pese a tener las mismas 24 horas, no todos tenemos el derecho a vivirlas como una experiencia de cuidado y salud. Por el contrario, yace secuestrada por una forma de organización social que erosiona la alternancia entre luz y oscuridad, expande la vigilia y convierte la noche en extensión productiva del día. En ese escenario, el aumento de los trastornos del sueño no es un accidente individual, sino el síntoma de la pérdida del derecho colectivo a la oscuridad y, con ella, al descanso en un momento de transformación significativa de las economías, los imaginarios del trabajo y de aquello que solía denominarse “tiempo libre”.
(*) Optamos por mantener el portugués dado que “bala” refiere tanto a un confite dulce, tipo caramelo, así como también a un proyectil de arma de fuego. Para la bióloga alude a que la melatonina no actúa como un agente sedante de efecto inmediato ni como solución universal al insomnio. Como veremos más adelante, a diferencia de los hipnóticos que deprimen el sistema nervioso central, la melatonina es una hormona con función cronobiótica: su efecto depende del momento de administración, la dosis y la sincronización con el sistema circadiano del organismo.