Sebastián Lelio, el hombre que amaba a las mujeres
07.11.2026
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07.11.2026
El autor de esta columna recuerda al cineasta Sebastián Lelio, quien falleció este viernes a los 52 años, en plena filmación de Poeta chileno. Repasa su filmografía, desde La sagrada familia hasta La ola, marcada por el interés en la libertad de las mujeres, y destaca el Oscar por Una mujer fantástica como un hito de orgullo colectivo para el cine nacional. Concluye que “Lelio puso en órbita internacional el cine chileno con sensibilidad, interés por el otro e irradiando convicción y amor por sus personajes. Algo más que necesario en un mundo caótico y absurdo que camina en sentido inverso”.
Imagen de portada: Lelio recibiendo el Oscar en marzo de 2018, junto a parte de su equipo y elenco (Cordon Press / Agencia Uno)
Una característica era esencial en la vida de Sebastián Lelio: el humor. Cuando a los 12 años llegó a vivir a Cholguán, una localidad cercana a Chillán, lo primero que les preguntó a sus padres fue si era un pueblo chino. Buen lector, introvertido y curioso, siempre supo que su destino era el cine. Cuando su familia se negó a que estudiara esa carrera por su inestabilidad laboral y le sugirieron que optara por el periodismo —otra carrera donde la precariedad es el hábito—, el director acató esa decisión. Estaba consciente de que era un tránsito. Aunque apenas estuvo un año —el periodo en que terminó de convencer a sus progenitores—, un taller literario de poesía universitario fue su confirmación de que ese era el camino. Sus compañeros lo llamaban Rimbaud y se juntaban a leer a poetas franceses en parques. Para todos los adolescentes, decía, la poesía era como dar el primer beso y escribirla un ritual de ser chileno. Nunca lo olvidó. En Gloria, su mejor película, incluyó un poema de Claudio Bertoni de título llamativo: Para una joven amiga que intentó quitarse la vida.
Las mujeres y su expansión fueron siempre su interés principal. Su primer trabajo en la escuela de cine retrataba a cuatro de ellas de distintas generaciones. Su debut, La sagrada familia, estrenada en 2005 en Valdivia, fue aire fresco y renovación para un cine chileno que dejaba atrás los traumas de la dictadura y empezaba a mostrar otro tipo de emociones más íntimas y subjetivas en una generación que sumaba a Matías Bize y Alicia Scherson, entre otros. Su segundo filme, Navidad (2009), fue una obra irregular sobre adolescentes, no apta para paladares masivos y que trajo cierta inseguridad en su labor. Para su siguiente trabajo, El año del tigre (2011), filmado apenas dos meses después del terremoto del año anterior en Chile, Lelio recuperó la narración en su única película donde su protagonista era un hombre que se fugaba de una cárcel derrumbada en busca de su esposa e hija tras el devastador temblor.
Era el preámbulo de sus mejores trabajos. Gloria (2013) ponía el foco en una mujer de 60 años, que se negaba a tener una vejez solitaria, que sentía deseos sexuales y que buscaba exprimir la vida. Logró el premio a la mejor actriz del Festival de Cine de Berlín para su protagonista Paulina García y fue su obra más trascendente. A través de una historia universal, puso a Chile en el mapa cinematográfico internacional y confirmó algo que el cineasta venía mostrando en su filmografía: la sensibilidad en el trato a las personas.
Con la ola feminista y la reivindicación de las minorías sexuales cada vez más en alza, Una mujer fantástica (2017), sobre una relación entre un hombre y una mujer trans, llegó en el momento preciso. Obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera y logró que Chile, acostumbrado a observar esas entregas de premios desde lejos, fuera por fin protagonista. Esa magnífica sensación de orgullo cultural colectivo, que solo teníamos en casos puntuales —y universales— como Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Víctor Jara o Violeta Parra, desarrolló una cantera artística que, hasta ahora, evoluciona en películas excepcionales como La misteriosa mirada del flamenco (2025) y empuja a que, pese a la precariedad de los recursos —cercenados aún más por este gobierno—, la creatividad del cine chileno sea inagotable.
Convertido en un referente del cine latinoamericano, Lelio hizo lo que persigue todo artista: tener la libertad de elegir. Hizo tres películas en inglés —Desobediencia (2017), Gloria Bell (2018) y El prodigio (2022)—, y aunque se radicó en Berlín, siempre tuvo sus ojos puestos en lo que pasaba en Chile. Era común verlo en preestrenos de filmes nacionales, apoyando a los cineastas emergentes y proponiendo alternativas a la hegemonía del cine anglo como generar redes de distribución de películas en español. Para él, esa acción era un acto político.
Su última película, La ola (2025), estrenada en Cannes, tuvo comentarios divididos en la crítica. Y eso, para un director sensible, fue un golpe duro. Mostrando nuevamente el carácter y la fuerza de las mujeres, fue una obra arriesgada. Se la jugó por un musical, algo inédito en el cine latinoamericano, y no tuvo el rendimiento comercial esperado. Estaba convencido, sin embargo, de que en 20 años más sería totalmente comprendida.
Hacer cine siempre es una tarea titánica. Cada nueva entrega te pone a prueba. Te enfrenta a una hoja en blanco. La muerte —un gran tema de su vida, según propia confesión, desde que falleció una tía cuando tenía cuatro años y debieron llevarlo al sicólogo— se encontró con Lelio en un día libre del rodaje de su nueva película, Poeta chileno, basada en el libro de Alejandro Zambra. Faltaba apenas una semana para terminar la filmación, mientras proyectaba otro trabajo sobre Carl Sagan. Es una pérdida irreparable para la cultura chilena. Lelio puso en órbita internacional el cine chileno con sensibilidad, interés por el otro e irradiando convicción y amor por sus personajes. Algo más que necesario en un mundo caótico y absurdo que camina en sentido inverso.