Trump perdió el referéndum sobre sí mismo
04.11.2026
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04.11.2026
El autor de esta columna sostiene que la derrota republicana en las elecciones de medio mandato no fue la oscilación habitual del péndulo, sino un castigo a la fallida guerra de Trump contra Irán. Advierte que el resultado abre una disputa interna en ambos partidos: entre los herederos de MAGA y quienes buscan enterrarlo, y entre el ala tradicional demócrata y los socialistas democráticos. Concluye que “el elector norteamericano no necesita un seminario de geopolítica para establecer la relación entre un conflicto en el golfo Pérsico y lo que paga en el surtidor. La votación del martes es, ante todo, la factura de un error de cálculo”.
Imagen de portada: TheWhiteHouse.gov
Lo que votó Estados Unidos el martes no fue una suma de contiendas locales, sino un plebiscito sobre la gestión de Donald Trump. Que el partido del presidente pierda terreno en las elecciones de medio mandato no tiene nada de extraño: es casi una ley de la política norteamericana. Lo excepcional es la magnitud. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes con holgura y arrebataron a los republicanos siete escaños del Senado: Texas, Ohio, Iowa, Kansas, Maine, Carolina del Norte y Carolina del Sur. La lista dice más que cualquier porcentaje. En Texas, James Talarico derrotó a Ken Paxton, el candidato elegido por Trump, y se convirtió en el primer demócrata en ganar un cargo estatal en 32 años. En Maine cayó Susan Collins, que había sobrevivido a todas las olas anteriores. En Florida, distritos rediseñados precisamente para asegurar mayorías republicanas terminaron en manos demócratas. No estamos ante la oscilación habitual del péndulo, sino ante un castigo.
Para entenderlo hay que mirar menos la economía en abstracto y más el carácter del segundo mandato. Su rasgo dominante ha sido una notable inmadurez. Pocas escenas lo resumen mejor que el mensaje que el propio Trump envió al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, tras quedarse sin el Premio Nobel de la Paz: ya no se sentía obligado a pensar únicamente en la paz. Es raro que un jefe de Estado anuncie por escrito que su política exterior cambiará de rumbo a causa de un desaire. Más raro aún es que cumpla.
El cambio se expresó primero en Venezuela. La operación salió bien: fue rápida, tuvo un costo acotado y le entregó a la Casa Blanca una victoria visible. El problema de los éxitos fáciles es que invitan a sobrestimar las propias fuerzas. De Caracas se pasó a una ambición de otro orden. Influido seguramente también por el gobierno israelí, que llevaba años empujando en esa dirección, Trump optó por atacar a Irán con el objetivo, apenas disimulado, de provocar un cambio de régimen.
Lo de Irán ha sido un fracaso. Estados Unidos no ha conseguido una victoria estratégica sobre la República Islámica, y la diferencia entre Venezuela e Irán, que en Washington parecía de grado, resultó ser de naturaleza. Irán no es un régimen aislado y exhausto, sino un Estado con profundidad territorial, aparato militar propio y capacidad de afectar el mercado energético mundial. Esa capacidad se hizo sentir. El precio del petróleo subió, la energía se encareció en general y la bencina se convirtió en el indicador cotidiano de una guerra lejana. El costo de la vida, que Trump había prometido abaratar, aumentó. El elector norteamericano no necesita un seminario de geopolítica para establecer la relación entre un conflicto en el golfo Pérsico y lo que paga en el surtidor. La votación del martes es, ante todo, la factura de un error de cálculo.
Las consecuencias alcanzan a ambos partidos. En el caso republicano, el daño es para toda la administración, pero también para el proyecto que la sostiene. Conviene recordar que el movimiento MAGA representa la tercera gran reconfiguración del Partido Republicano en la historia reciente. Durante buena parte del siglo XX, el partido tuvo un alma Rockefeller: moderada, empresarial, internacionalista, con su centro de gravedad en el noreste. La victoria de Ronald Reagan en 1980 la rehizo por completo y le dio un nuevo credo, hecho de mercado, anticomunismo y optimismo nacional. Esa herencia empezó a erosionarse con George W. Bush, entre la guerra de Irak y la crisis financiera de 2008. MAGA terminó de sepultarla. Donde Reagan predicaba el libre comercio y las alianzas, Trump ofreció proteccionismo, nacionalismo y recelo frente a los compromisos externos. No deja de ser una ironía que el golpe más severo a su presidencia venga justamente de una aventura militar en Medio Oriente, el tipo de empresa que su movimiento prometía evitar.
La pregunta es qué viene ahora. A Trump le quedan dos años en la Casa Blanca y no puede volver a presentarse: esta elección marca, en la práctica, el ocaso de su carrera política. Lo más probable es una suerte de implosión interna del partido. Mientras Trump fue imprescindible para ganar primarias, la lealtad hacia él era una condición de supervivencia. Un presidente debilitado y de salida ya no ofrece esa garantía. Algunos legisladores y gobernadores sentirán la tentación de tomar distancia, primero con discreción y luego con menos pudor, sobre todo quienes deben competir en distritos donde la noche del martes fue una advertencia.
Sería un error, sin embargo, dar por muerto al movimiento MAGA. Controla todavía la Casa Blanca, el aparato del partido y buena parte de su base militante. Y tiene herederos. J. D. Vance, cuyo ADN es mucho más MAGA que el de Marco Rubio, aparece como el candidato natural para encarnar la continuidad del movimiento sin su fundador. La elección presidencial de 2028 no se jugará solo entre republicanos y demócratas, sino también, y antes, dentro del propio Partido Republicano, entre quienes quieran conservar el legado de Trump y quienes busquen enterrarlo con él.
En el Partido Demócrata se abre una interrogante distinta, pero no menos seria: hasta qué punto está viviendo su propia reconfiguración. En las primarias de este año, el ala de los socialistas democráticos, la de Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders, salió fortalecida. El martes confirmó que no se trata solo de un fenómeno de distritos urbanos seguros. El caso emblemático es Michigan, un estado bisagra, industrial y nada inclinado al radicalismo. Allí Abdul El-Sayed, un progresista que hizo campaña con la salud universal y mayores impuestos a las grandes fortunas, derrotó al republicano Mike Rogers y será además el primer musulmán en llegar al Senado.
Lo revelador es cómo llegó a ganar. La tensión dentro del partido fue tal que Haley Stevens, la representante del ala tradicional, derrotada por estrecho margen en la primaria de agosto, terminó respaldando al candidato republicano dos días antes de la elección. Es difícil imaginar una señal más clara de que la pugna por el control del Partido Demócrata ya no se libra en voz baja. El establishment apostaba a que un candidato de izquierda no podía ganar en un estado como Michigan. Se equivocó, y esa derrota interna pesará en la discusión que viene.
No cabe esperar, con todo, que el ala tradicional del partido acepte con resignación la posibilidad de que los socialistas democráticos terminen dominándolo. Michigan mostró que está dispuesta a dar la pelea, incluso a costa de sus propios candidatos. Tiene además una lección a la vista: los republicanos del establishment subestimaron a Trump y al movimiento MAGA, reaccionaron tarde y acabaron perdiendo el partido. Los demócratas tradicionales no querrán repetir ese error, y tratarán de moverse rápido para conservar el control. Todo indica, por lo tanto, que las próximas primarias demócratas serán competitivas en el sentido más sustantivo del término: no una disputa entre nombres, sino entre proyectos.
El martes, entonces, deja a dos partidos en disputa consigo mismos. Los republicanos deberán decidir qué hacer con un líder que todavía gobierna, pero que ya no garantiza victorias. Los demócratas, que celebran una mayoría amplia, tendrán que resolver quién la administra y en nombre de qué proyecto. Trump convirtió estas elecciones en un referéndum sobre sí mismo y lo perdió. Lo que está en juego desde ahora es quién hereda el país que deja.
Para Chile, la noticia tiene una lectura más acotada, pero no irrelevante. Un Congreso controlado por los demócratas y un presidente debilitado tienen menos margen para sostener una política comercial hecha de golpes de efecto. Nada garantiza un giro, y el proteccionismo tiene hoy defensores en ambos partidos. Pero quizás, quién sabe, el país que vive del cobre y del comercio abierto encuentre en este nuevo equilibrio de Washington algún alivio en materia de aranceles.