Dieciocho: una fiesta común, experiencias desiguales
18.09.2026
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18.09.2026
El autor de esta columna analiza los resultados del GPS Ciudadano 2026 de Datavoz sobre las Fiestas Patrias en Chile. Sostiene que, aunque el 18 se presenta como una experiencia común, las cifras muestran que viajes, gasto y asistencia a fondas se distribuyen de forma desigual según el grupo socioeconómico, lo que revela condiciones materiales distintas para celebrar. Concluye que «la pregunta, entonces, no es si todos debieran celebrar igual, sino qué nos dicen esas diferencias sobre las condiciones desde las cuales se vive una fiesta común y cuáles deben construirse para vivirlas en plural: empleos que permitan planificar, ingresos que no conviertan el descanso en deuda y espacios públicos seguros donde reunirse no sea un privilegio».
Imagen de portada: Víctor Huenante / Agencia Uno
En septiembre, Chile parece reconocerse con facilidad: banderas en las calles, asados familiares, fondas, viajes y algunos días que interrumpen el ritmo ordinario del trabajo. La escena es familiar y, precisamente por eso, suele presentarse como una experiencia común. Se habla de “como celebramos los chilenos”, como si el feriado pusiera entre paréntesis las diferencias que ordenan la vida cotidiana. Pero las Fiestas Patrias no suspenden esas diferencias. Las vuelven visibles, aunque no siempre en la clave en que solemos buscarlas.
La reciente medición del GPS Ciudadano 2026 de Datavoz muestra que no existe una única manera de celebrar el 18. Lo que muestra la encuesta es que las celebraciones se distribuyen socialmente: varían los viajes, el gasto, la asistencia a fondas y las condiciones desde las cuales se ocupa el tiempo festivo. Entre el grupo socioeconómico medio, el 75,7% permanecerá en su ciudad; en el alto, esa proporción baja a 62,8%. A la vez, destinar más de $150.000 a viajes alcanza a 29,2% en el grupo alto y a 8,7% en el medio, mientras no gastar en viajes llega a 46,9% en este último y a 33,2% en el primero. No son solo cifras sobre presupuesto: describen calendarios, trayectos y formas diferentes de convertir el feriado en descanso.
La lectura rápida podría concluir que algunos celebran y otros quedan al margen. Sería una conclusión cómoda, pero incompleta. No viajar, no ir a una fonda o gastar menos no equivale a no participar de las Fiestas Patrias; equivale a vivirlas de otra manera. La encuesta no permite establecer cuánto hay allí de preferencia, cuánto de restricción o cuánto de una combinación de ambas. Pero sí muestra que las formas de celebrar se ordenan socialmente, y que esas diferencias abren una pregunta relevante: hasta qué punto la pluralidad de celebraciones expresa libertad de elección y hasta qué punto refleja condiciones desiguales para descansar, moverse, reunirse y ocupar el espacio público.
Las barreras para asistir a fondas son otra expresión de esa celebración socialmente diferenciada. En el grupo bajo pesan más el costo y la seguridad; en el alto aparecen con mayor frecuencia la preferencia por lugares tranquilos o el simple desinterés por las fondas. Si bien no se pueden reducir las preferencias a la posición socioeconómica, si se observa que los motivos declarados varían según grupo y que esa variación impide leer todas las formas de celebrar como si fueran equivalentes en sus condiciones de posibilidad. Elegir una celebración tranquila no tiene necesariamente el mismo significado cuando se cuenta con alternativas de reunión, movilidad y gasto que cuando el precio o la inseguridad estrechan el espacio de opciones.
Las fiestas nacionales permiten ver algo más que costumbres. Por una parte, reúne símbolos, memorias y gestos compartidos; por otra, se organiza dentro de una vida cotidiana atravesada por ingresos, presupuestos, horarios, preocupaciones de seguridad y movilidad. Durkheim ayuda a pensar lo primero: la fiesta como momento en que la sociedad se representa a sí misma. Weber, por su parte, ayuda a pensar lo segundo: el tiempo moderno sometido a planificación, cálculo y fines. Esa doble condición permite comprender el 18 no solo como celebración ritual, sino también como experiencia organizada por recursos desigualmente distribuidos. La fiesta común no desaparece; se vive desde posiciones distintas, en las que no todos llegan con las mismas condiciones materiales, simbólicas y territoriales para celebrarla.
La pregunta, entonces, no es si todos debieran celebrar igual, sino qué nos dicen esas diferencias sobre las condiciones desde las cuales se vive una fiesta común y cuáles deben construirse para vivirlas en plural: empleos que permitan planificar, ingresos que no conviertan el descanso en deuda y espacios públicos seguros donde reunirse no sea un privilegio.