Más allá del Imacec: el problema detrás del bajo crecimiento chileno
22.08.2026
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22.08.2026
La autora de esta columna analiza las últimas cifras económicas y sostiene que «Chile construyó con considerable éxito una economía exportadora apoyada en minería, recursos forestales, alimentos y salmonicultura. El desafío ya no consiste solamente en expandir esas plataformas, sino en utilizarlas para producir la siguiente generación de capacidades (…) Después de más de una década de bajo crecimiento, esa diferencia importa más que cualquier cifra mensual. El Imacec nos dice cuánto producimos hoy. El desarrollo depende de aquello que aprendamos a producir mañana».
Imagen de portada: foto referencial (Matías Delacroix / Agencia Uno)
El Imacec de junio entregó una noticia favorable: la actividad creció 2,4% en doce meses y 0,6% respecto de mayo en términos desestacionalizados. Días después, las Cuentas Nacionales mostraron una imagen menos alentadora: el PIB del segundo trimestre cayó 0,2% interanual, la inversión se estancó y la minería completó cuatro trimestres consecutivos de contracción.
Ambas cifras describen dimensiones distintas. Un buen mes puede coexistir con una economía cuyo crecimiento tendencial lleva años debilitado. Durante buena parte del período posterior a 1990, Chile redujo su distancia respecto de las economías de mayores ingresos. Ese proceso perdió fuerza a comienzos de la década pasada.
Varias transformaciones coincidieron con el quiebre: terminó el anterior superciclo de materias primas, disminuyó el impulso de la fuerza laboral, perdieron dinamismo la inversión y la productividad, cambiaron regulaciones e impuestos y desapareció un entorno externo excepcionalmente favorable. Escoger uno de esos acontecimientos y convertirlo retrospectivamente en causa del estancamiento resulta, por ello, poco convincente.
Una hipótesis más fértil consiste en preguntar no solo cuántos recursos moviliza Chile, sino con qué eficacia logra transformarlos en capacidad productiva adicional.
La explicación económica convencional identifica obstáculos reales. Los permisos excesivamente largos encarecen y postergan proyectos; la incertidumbre altera decisiones de inversión; los impuestos modifican retornos; una competencia insuficiente dificulta la entrada de empresas más eficientes; y una mala asignación de capital y trabajo reduce productividad. Corregir esas distorsiones puede elevar la inversión y el crecimiento.
El límite de esa explicación aparece cuando pretende explicar por sí sola una desaceleración tan prolongada. Incluso atribuirla a una productividad débil deja abierta la pregunta principal: la productividad resume fenómenos tan distintos como tecnología, calidad del capital y del trabajo, reasignación, escala, organización y aprendizaje. Su debilidad también necesita ser explicada.
Una pista puede encontrarse en las actividades que sostuvieron buena parte del éxito exportador chileno. Durante décadas, el cobre, la industria forestal, la salmonicultura y distintos segmentos agroexportadores acumularon capital, infraestructura, conocimiento, proveedores y mercados. Precisamente por ese éxito, varias de sus fuentes iniciales de expansión resultan hoy más difíciles de reproducir.
En la minería del cobre, menores leyes del mineral y mayores requerimientos de agua, energía e infraestructura obligan a destinar importantes recursos a sostener y expandir la producción. En el sector forestal, la expansión territorial enfrenta restricciones físicas, ambientales y sociales. En salmonicultura, aumentar biomasa encuentra límites sanitarios y ecológicos. En segmentos agroexportadores, la disponibilidad de agua, el cambio climático, el trabajo y la competencia internacional elevan las exigencias para continuar creciendo.
No estamos frente al agotamiento de esos sectores. El cambio es más preciso: la siguiente etapa de crecimiento difícilmente podrá reproducir la anterior. Allí donde expandir superficie, extracción, biomasa o capacidad instalada produjo grandes aumentos de volumen, avanzar ahora exige crecientemente productividad, tecnología, diferenciación y conocimiento.
La minería lo muestra con especial claridad. Podemos invertir miles de millones de dólares, incorporar tecnología y construir infraestructura mientras una parte considerable de ese esfuerzo se destina a compensar condiciones de explotación cada vez más exigentes. La inversión no es improductiva: sin ella, la producción podría caer. Pero una economía puede movilizar cantidades crecientes de capital sin obtener aumentos equivalentes de capacidad productiva.
La cuestión relevante deja entonces de ser únicamente cuánto invertimos y pasa a incluir qué tecnologías, aprendizajes y actividades nuevas deja esa inversión. Chile no necesita abandonar sus recursos naturales para diversificarse. Puede hacerlo desde ellos: ingeniería, automatización y desalación desde la minería; genética, vacunas y tecnologías sanitarias desde la salmonicultura; biomateriales y construcción industrializada desde el sector forestal; genética, eficiencia hídrica y procesamiento desde la agroindustria.
La pregunta no es recursos naturales o conocimiento, sino cuánto conocimiento somos capaces de construir alrededor de nuestros recursos y cuánto puede después proyectarse más allá de ellos.
Otra explicación del bajo crecimiento se concentra en la asignación. Cuando empresas menos productivas retienen capital y trabajadores mientras otras más eficientes no consiguen expandirse, cae la productividad agregada. Competencia, mercados financieros eficientes, procedimientos de insolvencia y movilidad laboral resultan entonces fundamentales.
Ese razonamiento supone, sin embargo, que las actividades más productivas hacia las cuales deberían desplazarse los recursos ya existen.
¿Qué ocurre cuando todavía deben ser creadas?
Una actividad nueva necesita trabajadores especializados, proveedores, financiamiento, compradores, infraestructura y escala. También necesita aprender. Parte de ese conocimiento puede beneficiar a otros actores y algunas inversiones solo resultan rentables cuando existen simultáneamente actividades complementarias.
Surgen así dos problemas diferentes. Uno consiste en asignar mejor las capacidades existentes. El otro, en generar capacidades que todavía no existen. Eliminar distorsiones ayuda decisivamente con el primero; no resuelve automáticamente el segundo.
Esta distinción tampoco convierte al Estado en descubridor de las actividades futuras. Los gobiernos enfrentan problemas de información, captura e incentivos. Una política productiva solo se justifica cuando identifica fallas concretas de aprendizaje o coordinación, preserva competencia, condiciona beneficios, evalúa resultados y retira instrumentos que no funcionan.
El dilema relevante, por tanto, no es Estado o mercado. Es cómo combinar la disciplina que permite reasignar recursos con los mecanismos que hacen posible aprender, innovar y desarrollar actividades nuevas.
La estrategia económica del Gobierno puede evaluarse desde esa perspectiva. La reducción de impuestos corporativos, la reintegración y la simplificación regulatoria parten de una proposición plausible: mejores incentivos pueden volver viables proyectos que antes no lo eran.
La cuestión empírica es cuánto. Una rebaja general beneficia tanto a inversiones cuya decisión puede modificarse como a capital que habría permanecido invertido de todas maneras. El indicador relevante no es solo cuánto aumenta la rentabilidad, sino cuánta inversión verdaderamente adicional induce ese cambio de incentivos.
Incluso eso constituye apenas el comienzo. Esa inversión deberá ampliar capacidad productiva, incorporar tecnología, elevar eficiencia, permitir que empresas escalen o desarrollar actividades nuevas antes de traducirse en aumentos persistentes de productividad, salarios y crecimiento potencial. Evaluar la reforma exigirá, por ello, observar proyectos efectivamente ejecutados, su composición, nuevas empresas, productividad, empleo y exportaciones, separando esos efectos de los movimientos del cobre, las condiciones financieras y la demanda internacional.
La misma exigencia corresponde al Estado. Una mayor recaudación tampoco se transforma automáticamente en capacidades. Entre gasto y resultado median diseño, instituciones e implementación. Con menos espacio fiscal que durante el anterior superciclo, la adicionalidad importa a ambos lados: ni aumentar el gasto público garantiza transformación productiva ni elevar la rentabilidad privada garantiza nuevas capacidades.
Chile conserva recursos naturales excepcionales, acceso a capital, empresas sofisticadas, trabajadores mucho más educados que hace tres décadas e instituciones macroeconómicas valiosas. También enfrenta restricciones de capital humano especializado, infraestructura, energía, agua, financiamiento de riesgo y capacidad estatal.
La pregunta central es si, además de esas restricciones, ha disminuido nuestra capacidad para convertir recursos adicionales en aumentos persistentes de productividad y nuevas actividades.
Una posibilidad es que parte de la estructura exportadora chilena haya alcanzado un punto en que las fuentes que permitieron su extraordinaria expansión inicial ya no producen los mismos resultados en el margen. No sería el fracaso de esa estructura, sino el desafío creado por su propio éxito.
Hablar de “agotamiento del modelo” sería excesivo. Minería, forestales, salmonicultura y agroexportación conservan amplias posibilidades de desarrollo y tampoco enfrentan idénticas restricciones. La hipótesis es más acotada: las plataformas productivas que Chile construyó durante décadas necesitan generar ahora una segunda capa de desarrollo basada crecientemente en productividad, tecnología, proveedores, conocimiento y nuevas actividades.
Dicho de otra manera, el problema chileno podría no ser el agotamiento de su modelo exportador, sino el agotamiento de su primera etapa.
Es una hipótesis que debe competir con otras. La demografía, la convergencia, los shocks externos y las particularidades sectoriales explican parte de la desaceleración. Si bastan para explicar el fenómeno, el diagnóstico deberá corregirse. Ninguna explicación, convencional o heterodoxa, merece inmunidad frente a la evidencia.
El Imacec seguirá entregando meses buenos y malos. Los impuestos, los permisos, la competencia, la inversión y la disciplina fiscal seguirán importando. Una economía trabada difícilmente puede transformarse.
La discusión de largo plazo comienza un paso después. Chile construyó con considerable éxito una economía exportadora apoyada en minería, recursos forestales, alimentos y salmonicultura. El desafío ya no consiste solamente en expandir esas plataformas, sino en utilizarlas para producir la siguiente generación de capacidades.
Ahí se encuentran las dos partes del problema. Destrabar permite aprovechar mejor lo que ya sabemos hacer; transformar exige ampliar lo que somos capaces de hacer.
Después de más de una década de bajo crecimiento, esa diferencia importa más que cualquier cifra mensual. El Imacec nos dice cuánto producimos hoy. El desarrollo depende de aquello que aprendamos a producir mañana.