¿Quién y por qué priorizar en la ciencia?
09.08.2026
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09.08.2026
Señor director:
Si hay una discusión infinita sobre el quehacer humano, es respecto del rumbo del conocimiento. Todo en el ámbito del saber es discutible. Desde la forma en que conocemos y aprendemos, hasta las preguntas que vale la pena hacer y la manera en que emprendemos una investigación son cuestiones abiertas, llenas de posibilidades que vale la pena explorar, porque todas ellas, bien atendidas, nos llevarán a saber algo nuevo.
No existen verdades epistemológicas finales, tampoco un método que garantice alcanzar una respuesta a ninguna pregunta, ni menos una manera certera de saber qué es lo más valioso respecto a lo que es comprensible ni cognoscible. A esto se refería Max Weber hace más de 100 años al señalar que la ciencia no tiene cómo demostrar científicamente el valor del conocimiento, aun así, es evidente que tiene un valor incalculable.
Si sabemos que el conocimiento es infinito y todo puede y debe ser discutido, ¿por qué entonces investigamos, si no llegaremos jamás a respuestas finales? Simple, porque el ejercicio de buscar la verdad enriquece nuestra autocomprensión y orienta las decisiones sobre el rumbo que tomamos, pero, sobre todo, nos permite enmendar cuando nos equivocamos. Lo anterior aplica a todas las ciencias, ya que todas ellas se ocupan de áreas relevantes, independientemente de la pregunta por cuál de ellas valga más; pregunta que, a mi juicio, es imposible responder, sobre todo porque el avance del conocimiento en un área impacta tarde o temprano en otras de forma imposible de anticipar. Esto ya lo demostró Galileo o Newton, cuyos descubrimientos sobre astronomía y física impactaron sus ciencias, claro, pero también a la teología y la filosofía y con ello a toda la humanidad.
Todo lo anterior pierde sentido cuando un Gobierno decide establecer “áreas prioritarias” para el financiamiento de la investigación científica. Si la propia ciencia no puede explicar científicamente el valor de lo que hace, porque cualquier punto de vista al respecto será discutible, y en buena hora, mucho menos un ministerio de turno podrá definir centralizadamente qué áreas deben impulsarse más que otras. Reconocer la imposibilidad de previsión del valor de la ciencia, implica tomarse en serio lo que Sócrates valoró como el mayor conocimiento de todos, aquel sobre la extensión de la propia ignorancia.
Por otro lado, nadie desde fuera de la ciencia puede determinar qué preguntas vale la pena hacer, de qué modo hay que indagarlas y qué aplicaciones deberíamos esperar sobre las respuestas encontradas. Son los científicos quienes, en el ejercicio de buscar, preguntar, fallar y volver a intentar, van construyendo el camino por donde transita el saber. No hay burocracia ni iluminados de ningún tipo que puedan reemplazar la espontaneidad e imprevisibilidad de la acción humana, cuestión que Hannah Arendt puntualizó como el rasgo distintivo de la condición humana y el sello de nuestra libertad. Esta imprevisibilidad se une al natural afán humano por conocer, que Aristóteles indicó en las primeras líneas de su Metafísica.
La propuesta del Gobierno de priorizar un 70% de los recursos en ciertos ámbitos científicos para las becas posdoctorales, es una política que atenta directamente con lo que se acaba de explicar. ¿Con qué criterio eligieron esos ámbitos? ¿A quién le preguntaron? ¿Por qué en este momento son esos, y no otros, los campos del saber que más apremian? ¿Hasta dónde piensan llevar esta idea de planificación centralizada de la ciencia? ¿No era acaso este gobierno uno que creía por sobre todo en la libertad de la acción humana? ¿Por qué le parece que la ciencia debe dirigirse centralizadamente y no la economía? ¿Cuál es la evaluación del desarrollo científico del país que ha diagnosticado una disparidad entre ciencias que debe equilibrarse priorizando áreas? O ¿es otro el problema de fondo que quieren resolver con planificación central?
La ciencia, como la cultura o la economía, no debe planificarse desde el Estado, ya que cada una de ellas necesita de la mayor libertad para explorar los límites de sus posibilidades. Toda pretensión de planificación centralizada descansa en la idea, soberbia a mi juicio, de que se tiene una posición de superioridad epistémica en una materia en que, incluso los directos involucrados no son capaces de discernir oportunamente. Lo que el Estado debe hacer es tomar en serio las preguntas recién señaladas, junto a muchas otras que caben al respecto, explicar sus respuestas y recibir con humildad las críticas y sugerencias que la amplia comunidad científica del país seguro ya está desarrollando. Quizás la ignorancia del Gobierno plasmada en su propuesta de priorización científica queda al desnudo al ver las áreas que propone des-priorizar, a saber, las humanidades y las ciencias sociales, justamente aquellas que estudian, entre otras cosas, a los autores que aquí se han señalado y que, evidentemente, entendieron hace mucho tiempo el alcance de la complejidad de la búsqueda del saber.