Crisis de natalidad, inmigrantes y xenofobia
27.06.2026
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27.06.2026
La creación de la Comisión Chile Renace abre el debate sobre la crisis de natalidad, pero también expone una tensión de fondo: si el país pretende enfrentar el declive demográfico, deberá conciliar las políticas de fomento a la maternidad con la equidad de género, la diversidad de las familias y, especialmente, una mirada menos estigmatizadora hacia la inmigración. El autor de esta columna sostiene que «la Comisión Chile Renace debería tener como objetivo esencial e irrenunciable el respeto y acatamiento de los derechos fundamentales de las personas».
No es un dato menor. La presidenta de la flamante Comisión Chile Renace, María José Naudon, reveló que, si se descuentan los hijos de madres inmigrantes, la tasa de natalidad en Chile es apenas de 0,79. Una realidad que no puede ser obviada ante la crisis de nacimientos del país, con la tasa más baja de América Latina, de apenas 0,99 hijos por mujer en edad fértil.
Cabría esperar que entre las medidas y políticas que recomiende en marzo de 2027 esta comisión de 16 expertos, el factor migratorio tenga la relevancia que le corresponde, aunque no hay mucho espacio para forjarse expectativas acerca de la acogida que encontrarían propuestas de estímulo y protección a la inmigración.
En 2028 habrá en Chile más muertes que nacimientos y en 2036 la población total disminuirá, con el agravante de su envejecimiento. El presidente José Antonio Kast dijo al instalar la Comisión Chile Renace que la crisis de natalidad es un problema de largo plazo y María José Naudon apunta a que las políticas a adoptar deben tener como objetivo inmediato y prioritario solo detener la baja de los índices de nacimientos. No habrá en el corto ni mediano plazo la fecundidad de 2,1 hijos por mujer como tasa de reemplazo para un equilibrio poblacional.
La relación entre la población económicamente activa y la pasiva, por ser menor de edad o jubilada, es fundamental. El envejecimiento poblacional es un proceso de alcances mundiales que incluso se manifestará hacia fines de siglo en áreas sobrepobladas como el Asia sudoriental y África. En Latinoamérica sus impactos son más inmediatos e intensos, particularmente en Chile. La comisión que encabeza Naudon tendrá un amplio listado de desafíos a abordar, que parten de una simple secuencia aritmética: imaginemos un contingente poblacional de mil personas en edad reproductiva, mitad hombre y mitad mujeres. Con la tasa actual de fertilidad de un hijo por mujer, esas mil personas serán reemplazadas solo por 500, que a su vez procrearán 250.
Tendremos familias cada vez más pequeñas, con redes de parentesco disminuidas y crecidas en años de vida. En algunas décadas aumentará la convivencia de bisabuelos con bisnietos, pero también se incrementarán los porcentajes de ancianas y ancianos solitarios.
Los componentes de la crisis de natalidad son conocidos por los gobiernos hace un buen tiempo. Se asume que es un efecto no deseado de la incorporación de la mujer al mundo laboral, de la falta de políticas adecuadas que armonicen maternidad con estabilidad en el empleo, así como de los resabios patriarcales que eximen al hombre de las obligaciones del postnatal.
Chile Renace debe asumir la realidad de la estructura familiar, que ya no es solo el núcleo biparental certificado por el matrimonio o la unión civil, sino que se amplía a familias monoparentales, con una tasa de 75% de nacimientos fuera del matrimonio, como lo consignó un reportaje de El Mostrador el 11 de junio.
En 2013 el presidente Sebastián Piñera quiso estimular la maternidad dentro del matrimonio con un bono de 100 mil pesos para el tercer hijo y 200 mil para el quinto. Una medida sin mayor efecto, porque ya entonces la tasa chilena se situaba en torno a 1,5 hijos por mujer.
Más efectivo para remover trabas específicas a la procreación, cuidado y crianza de los hijos en Chile aparece el proyecto de Gabriel Boric de la Sala Cuna Universal, que debería materializarse en breve. También debe reconocerse como efectivo aporte del gobierno anterior la promulgación en febrero de la ley “Chile Cuida”, que garantizará mayor atención a los dos extremos de la pirámide demográfica: la infancia y la ancianidad.
Chile Renace aparece como el primer intento de asumir una mirada global sobre la crisis de natalidad, con una comisión interdisciplinaria cuyas recomendaciones tendrán que atacar obstáculos no solo estructurales sino también ideológicos y culturales, como bien advierte Naudon.
Chile Renace aspira a que sus recomendaciones sean asumidas como un proyecto país, una política de Estado a largo plazo. Pero el puntapié inicial corresponderá a los actuales poderes Ejecutivo y Legislativo, con las fuerzas e ideas que los controlan. Y aquí se sitúan interrogantes fundamentales.
¿La derecha chilena, sobre todo en sus variantes más confesionales y conservadoras, adoptará una visión amplia sobre los tipos de familias y parejas? ¿Se congeniarán las necesarias políticas reproductivas con la también necesaria equidad de género? ¿Qué pasará con la prevención del embarazo adolescente y el aborto según las tres causales? ¿Se invertirá la mirada estigmatizada sobre la inmigración para asumirla como factor positivo para la natalidad?
Vale la pena profundizar en este último aspecto, tal vez uno de los más complejos, afortunadamente advertido por María José Naudon al recordar el aporte de las madres inmigrantes a los nacimientos en Chile.
Chile no escapa a la tendencia en boga en Estados Unidos, varios países de Europa y también de América Latina de utilizar el rechazo a los migrantes como bandera electoral, lo cual contamina la política de sentimientos xenófobos no declarados abiertamente, pero con convocatoria en la ciudadanía.
La migración fue uno de los temas centrales de la última campaña presidencial y en especial Kast la esgrimió como bandera, creando una asociación con la seguridad, su otro gran caballo de batalla. Se armó así una narrativa en que se identificó como un eje de la delincuencia a la inmigración irregular y desde ahí en el imaginario colectivo se fortaleció un rechazo a la inmigración en general, de tal forma que fue atractiva la “metáfora” de la expulsión de 300 mil extranjeros en el primer mes de gobierno.
La xenofobia es un nacionalismo exacerbado, con un rechazo a las personas de otras culturas, a los diferentes, con sentimientos generalmente irracionales de odio y miedo. De ahí su deriva al racismo, que en el caso de Chile se nutre de una percepción identitaria que distorsiona los aspectos étnicos de nuestra población. En el primero de los fallidos proyectos de nueva constitución fue determinante para el triunfo del Rechazo la reivindicación de una identidad nacional que sería menoscabada por la plurinacionalidad y los derechos reconocidos a los pueblos originarios.
En 1904 el médico militar Nicolás Palacios escribió “Raza chilena”, un panegírico de las características y virtudes propias de nuestro mestizaje, con una serie de consideraciones sobre la ascendencia de los conquistadores para concluir que el “roto chileno es un araucano-gótico”. Afirmaba que “la raza chilena no es latina” y rechazaba traer colonos latinos al país.
Transcurridos más de cien años desde entonces un alto porcentaje de la población chilena se considera hoy exclusivamente de ancestros europeos. Una investigación de la Universidad de Talca en 2018 reveló que 52% de los chilenos cree que no tiene ancestros indígenas, mientras sólo 1,8% se reconoce como mapuche y 24% acepta su mestizaje.
Otro estudio, Chile Genómico, realizado en 2016 por las universidades de Chile y Tarapacá, estableció que el promedio de la población chilena tiene un 53% de ADN europeo, otro 44,3% indígena americano y 2,7% africano. Incluso, en el nivel socioeconómico ABC1, la proporción de gen indígena americano llega al 40,1%.
La percepción de “lo chileno” mira con desconfianza las oleadas migratorias hacia el país. Hay una estigmatización ora abierta ora subterránea de los inmigrantes y no se reconocen sus aportes en diversas áreas, tanto en empleos de baja calificación (servicios domésticos, temporeros agrícolas, obreros de la construcción y delivery) como en áreas profesionales, desde la gastronomía hasta la medicina y el deporte.
El caso de los niños haitianos evidenció no solo un aprovechamiento político, sino también discriminación y racismo contra los inmigrantes de Haití, con un tratamiento de la prensa tradicional que prácticamente ignoró a los dirigentes de esta comunidad. La xenofobia hacia ellos es mayor porque son negros.
Hay un afán persecutorio contra los inmigrantes que prioriza la represión en lugar de fórmulas de regularización y mete en el mismo saco con la minoría delictual a quienes han abandonado sus países por hambre, crisis políticas y desastres ambientales.
La concurrencia de inmigrantes a centros de salud, escuelas y oficinas públicas es para las actuales autoridades una instancia de denuncia, en lugar de una oportunidad de empadronamiento y adecuada calificación de su estatus. Un diputado del Partido de la Gente impulsa un proyecto para discriminar a la infancia inmigrante en el acceso a educación y salud y el subsecretario de Justicia quiere reformar la Constitución para encarcelar hasta por 180 días a migrantes irregulares que serán expulsados, cuando sería más racional regularizarlos.
La búsqueda de réditos electorales puede llegar a un tratamiento de la población inmigrante que desconozca los derechos humanos y obligaciones asumidas por el Estado chileno, como la Convención de los Derechos del Niño. ¿Podríamos imaginarnos en un futuro cercano a madres migrantes dando a luz en una virtual clandestinidad para no exponerse a una persecución?
La Comisión Chile Renace debería tener como objetivo esencial e irrenunciable el respeto y acatamiento de los derechos fundamentales de las personas. Entre sus miembros está Sergio Micco, que entre 2019 y 2022 dirigió el Instituto Nacional de Derechos Humanos. Ojalá que su presencia allí sea determinante, con una mirada de futuro despojada de oportunismos inmediatistas.