El error de la decapitación a Irán: lo que firmó Trump
19.06.2026
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19.06.2026
El autor de esta columna analiza el acuerdo de paz firmado por Donald Trump y que termina la guerra con Irán. Sostiene que «El memorando no resuelve nada de fondo: aplaza la cuestión nuclear sesenta días, preserva deliberadamente la ambigüedad y disfraza de triunfo lo que es, en esencia, una retirada administrada. Se anuncia como el cierre de una guerra; se parece más al reconocimiento de que la guerra no podía ganarse en los términos en que fue concebida».
Imagen de portada: Donald Trump firma el acuerdo en Versalles, junto a Emmanuel Macron / whitehouse.gov
Como pocas veces la idea de que el único error de cálculo es indicar que no hay margen de error se ha materializado de forma tan cruda como en la decisión de la administración Trump y de Netanyahu de atacar Irán, el primero influido por el segundo. Cuando los aviones estadounidenses e israelíes abrieron fuego sobre Irán el 28 de febrero, en las salas de mando circulaba una hipótesis tan elegante como falsa: bastaría con aniquilar la cúspide para que la estructura entera se desplomara. La eliminación del líder supremo Alí Jamenei, pocas semanas más tarde, había de ser la piedra angular retirada del arco. El arco, sin embargo, no cedió. La jefatura pasó a su hijo, Mojtaba, mediante una continuidad administrativa que desconcertó a quienes esperaban el derrumbe inmediato. La cabeza rodó; el cuerpo siguió en pie.
En ese desajuste se cifra el error inicial, y conviene nombrarlo con precisión porque es de naturaleza conceptual antes que militar. Washington proyectó sobre Teherán la gramática del caudillismo: el patrón latinoamericano del hombre fuerte cuyo régimen es, en rigor, una prolongación de su persona, de modo que descabezarlo equivale a disolverlo. La República Islámica responde a otra lógica. No es la obra de un solo hombre, sino una arquitectura constitucional intrincada —el velayat-e faqih, el Consejo de Guardianes, la Asamblea de Expertos, el entramado paralelo de los Guardianes de la Revolución— en la que la soberanía no reside en una persona natural sino en una urdimbre de instituciones que se legitiman recíprocamente. Por debajo de esa ingeniería late, además, un sustrato cultural y religioso de profundidad secular: una teología política chií que hace de la resistencia y del martirio categorías fundacionales, anudada a la memoria de Karbala y a la épica de 1979. Un cuerpo político así no muere cuando cae su cabeza, porque su soberanía nunca estuvo alojada en una sola” testa”. El planificador que lo ignoró diseñó una guerra para un país que no existía.
De ese malentendido se desprende el segundo: la sobreestimación de lo que la supremacía convencional podía conseguir. El poderío aéreo conjunto pudo destruir, y destruyó; lo que no pudo fue someter. Irán respondió desde la asimetría —el cierre del estrecho de Ormuz como palanca, las redes de misiles y de fuerzas interpuestas, la economía de la atrición— y obligó a una potencia tecnológicamente abrumadora a constatar el viejo límite de toda guerra de aniquilación: la capacidad de arrasar no es la capacidad de gobernar. El bombardeo no es una política. La campaña expuso también, y con crudeza, los confines del instrumento militar israelí. Casi tres años de guerra continua en varios frentes no han producido una victoria decisiva en ninguno: Hamás conserva parte de Gaza, Hezbolá sigue disparando y el régimen iraní permanece en pie con su programa nuclear esencialmente indemne. La superioridad táctica no se ha traducido en resultado estratégico, y esa distancia es hoy el dato central.
Porque el designio israelí era más ambicioso que un castigo. Aspiraba a la sirianización de Irán: dejar tras de sí un Estado fragmentado y casi fallido, vaciado de centralidad, expulsado durante una generación del tablero regional. Ese desenlace no se produjo. Irán emerge debilitado, empobrecido, herido, pero entero, y seguirá siendo un actor de primer orden en su vecindario. El acuerdo no consagra su disolución, sino su persistencia; e incluso incorpora, entre sus cláusulas, la conducta israelí en el Líbano, lo que invierte el sentido de quién impone condiciones a quién. Para una potencia que entró en la guerra con la promesa del cambio de régimen y la fragmentación del adversario, terminarla con el adversario incólume y con la propia conducta sometida a escrutinio es, llámese como se llame, una derrota estratégica.
Hay un tercer saldo, menos comentado y de consecuencias largas. La clausura de Ormuz y la escalada no castigaron principalmente a Irán: castigaron al comercio global y a los aliados árabes del Golfo, precisamente aquellos a quienes Washington se compromete a proteger. El bloqueo y su réplica convirtieron a las monarquías del Golfo en rehenes de un conflicto ajeno, y fueron esos socios —no los adversarios— quienes terminaron presionando a la Casa Blanca para que detuviera los ataques. Una potencia tutelar que no logra escudar a sus protegidos, y que provoca el deterioro de sus economías en nombre de su seguridad, ofrece a la región una lección que no se olvidará pronto: la garantía estadounidense vale menos de lo que cotizaba.
El precio interno no ha sido menor. La aventura militar fracturó la coalición que sostiene a Trump. La franja más nacionalista del movimiento MAGA, que había hecho del rechazo a las guerras del Medio Oriente seña de identidad, vio en la intervención una traición y una sumisión a intereses ajenos; las renuncias en el propio aparato de seguridad y la deserción de voces influyentes del ecosistema conservador dejaron a la vista una herida ideológica difícil de suturar. A ello se sumó el factor decisivo en toda política democrática: el bolsillo. El encarecimiento de la energía y la inflación asociada al conflicto erosionaron las perspectivas republicanas de cara a las legislativas, transformando una guerra concebida como demostración de fuerza en un pasivo electoral. Y por encima de todo se tensó el eje personal sobre el que se había edificado la operación. Trump buscaba una victoria veloz y vistosa; Netanyahu, una guerra de desgaste orientada al cambio de régimen. La divergencia entre el calendario del estratega y el del tribuno terminó por enfrentarlos en público, hasta el punto de que el presidente reconoció sin reservas sus roces con el primer ministro israelí. La alianza que comenzó la guerra, termina averiada.
Queda, por último, la ironía del escenario. Que el documento se rubricara en Versalles —el mismo palacio donde en 1919 se firmó una paz cuya dureza, n parte, incubó la guerra siguiente— ofrece una resonancia que ningún protocolista buscó. El memorando no resuelve nada de fondo: aplaza la cuestión nuclear sesenta días, preserva deliberadamente la ambigüedad y disfraza de triunfo lo que es, en esencia, una retirada administrada. Se anuncia como el cierre de una guerra; se parece más al reconocimiento de que la guerra no podía ganarse en los términos en que fue concebida.
El verdadero aprendizaje, sin embargo, antecede a toda diplomacia y la sobrevivirá. Una guerra se diseña sobre una idea del enemigo, y cuando esa idea es falsa, ninguna superioridad de medios la corrige. Teherán no era Caracas. La equivocación no estuvo en los aviones ni en los blancos, sino en la antropología política de quienes los ordenaron. Lo demás —los miles de millones, el desgaste, las grietas internas, la alianza dañada— fue solo la factura de ese primer error de lectura.
Por eso, Trump desea cuanto antes volver a centrar su accionar en ser el mediador de Ucrania, las peleas caligulescas de la UFC y su proyectado nuevo Salón de Baile de la Casa Blanca; esa danza le acomoda.