Casas de apuestas: la deuda del Estado con la salud mental adolescente
08.06.2026
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08.06.2026
El estatus legal de las casas de apuestas vuelve a estar en los titulares debido a la resolución del SII de cobrarles IVA, algo que para muchos es «legalizarlas». El autor de esta columna aprovecha esta contingencia para advertir que ya no son solo un problema de regulación económica, sino una amenaza para la salud mental y el desarrollo de niños y adolescentes. A partir de evidencia neurocientífica, sostiene que «estamos mirando cómo les roban el cerebro frente a nuestros ojos, y el silencio nos hace cómplices. La ventana de oportunidad para proteger a esta generación se está cerrando. No podemos permitir que el pan y circo de las apuestas deportivas se convierta en el epitafio de la salud mental chilena. Es hora de actuar con la firmeza que la ciencia y la ética nos exige, porque el cerebro no espera y la infancia no se repite».
Imagen de portada: Sócrates Orellana / Agencia Uno
En la actualidad, la deshumanización ha llegado a un límite terminal: el cerebro de nuestros niños y adolescentes. No asistimos simplemente a una pérdida de valores tradicionales o a un cambio en los hábitos de ocio; lo que observamos desde la psiquiatría y la neurociencia es un hackeo dopaminérgico a escala industrial. Se trata de un asalto sistemático a la arquitectura neuronal de una generación entera, una deuda que el Estado chileno ha contraído por omisión deliberada o negligencia técnica.
La advertencia del entrenador Marcelo Bielsa resuena hoy con una urgencia clínica estremecedora: «En cualquier tarea humana se puede ganar o perder, pero lo que no se puede negociar es la nobleza de los recursos utilizados». Hoy, los recursos empleados por la industria de los casinos virtuales y las apuestas deportivas para capturar el capital biológico de los menores carecen de toda nobleza; son, por el contrario, herramientas de ingeniería persuasiva diseñadas para explotar las debilidades evolutivas del cerebro en desarrollo.
El goce estético y social del deporte ha sido suplantado por una dependencia neuroquímica a la incertidumbre monetizada. Este fenómeno es el resultado de una convergencia perversa entre una tecnología de punta diseñada para generar adicción y un vacío regulatorio que ha permitido que los logos de casas de apuestas —a menudo operadas desde paraísos fiscales y sin autorización legal para funcionar en el país— ocupen el centro de la cultura deportiva nacional.
Tal como ha descrito la Dra. Nora Volkow, el sistema de recompensa del cerebro adolescente —centrado en el núcleo accumbens y el cuerpo estriado— muestra una hiperreactividad ante estímulos que prometen gratificación inmediata. Las aplicaciones de apuestas deportivas explotan esta vulnerabilidad mediante programas de refuerzo de razón variable, donde la entrega de recompensas es impredecible, lo que genera una liberación masiva y sostenida de dopamina. En un cerebro joven, la anticipación de una ganancia activa estos circuitos con una intensidad mucho mayor que en un adulto, nublando la capacidad racional de evaluar el riesgo.
Se trata de circuitos que se han venido esculpiendo con los videojuegos desde edades tempranas, dejando la vía dopaminérgica hipersensibilizada y lista para ser colonizada por el azar monetizado. Siguiendo la tesis sobre la neurobiología de la adicción, la exposición temprana a estos comportamientos adictógenos no solo altera el funcionamiento actual del joven, sino que «cablea» su cerebro para la patología futura. Durante la adolescencia, el proceso de poda sináptica asegura que las conexiones neuronales más utilizadas se fortalezcan. Si un adolescente pasa sus años de mayor plasticidad reforzando los circuitos del azar digital, su arquitectura cerebral se especializará en la impulsividad, dificultando su capacidad de juicio crítico en la adultez. Este es el verdadero robo: no solo de dinero, sino del potencial biológico de una vida entera.
Ante esta evidencia científica, surge una interrogante que la lógica pública no logra resolver: ¿cómo es posible que empresas que hoy operan fuera de nuestro marco legal puedan auspiciar a los equipos más grandes e instituciones deportivas? Es una contradicción vergonzosa. Mientras los organismos reguladores han señalado la falta de legalidad de estas operaciones, los logos de estas casas de apuestas ocupan el pecho de los ídolos de nuestros niños.
La negligencia política ha permitido una normalización perversa: son los mismos niños quienes terminan haciendo publicidad a las casas de apuestas en sus colegios y hogares cada vez que utilizan la polera de su equipo favorito. Al vestir estos emblemas, los menores se convierten en vehículos involuntarios de un negocio que los depreda, transformando un objeto de identidad y afecto deportivo en una valla publicitaria de la ludopatía. Esta claudicación ética ha convertido el cotidiano infantil en un espacio de captura para corporaciones que operan bajo el amparo de la impunidad digital.
El peligro de los casinos virtuales reside en la sofisticación de los algoritmos de inteligencia artificial que personalizan la adicción. Estas plataformas son motores de búsqueda de vulnerabilidades que analizan en tiempo real el comportamiento del joven: cuánto tiempo duda antes de apostar o qué incentivo lo trae de vuelta. Como ha señalado el filósofo Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad donde el sujeto se explota a sí mismo creyéndose libre, mientras el smartphone actúa como un «campo de trabajo móvil» que coloniza nuestra atención.
Técnicas como las «pérdidas disfrazadas de victorias» (LDW) o los «casi aciertos» (near-misses) son formas de hackeo del circuito humano del deseo. En un entorno no regulado, estas empresas tienen libertad absoluta para experimentar con la psicología de los menores, utilizando datos de comportamiento para refinar sus tácticas de captura sin ningún tipo de supervisión ética ni transparencia algorítmica.
Chile ha sido un referente global al incluir los neuroderechos en su discusión constitucional. No obstante, existe una brecha vergonzosa entre esta retórica de vanguardia y la realidad de los adolescentes manipulados. Si la Constitución protege la «indemnidad mental», ¿cómo es posible que se permita que plataformas digitales utilicen técnicas de diseño que alteran de forma demostrable la capacidad de decisión?
La aplicación de los neuroderechos debe traducirse en la prohibición explícita de algoritmos que explotan sesgos cognitivos. Chile tiene la oportunidad de exigir que el diseño de las interfaces sea «seguro por defecto» para el desarrollo cerebral, protegiendo la privacidad mental no solo del espionaje de datos, sino de la inyección de deseos manufacturados.
Para enfrentar esta crisis, es imperativo que las instituciones asuman un rol de aliados en la defensa de la salud mental, transitando hacia una estrategia nacional de neuroprotección que involucre a la institucionalidad de forma transversal:
Este nuevo contrato social debe partir de una premisa innegociable: la integridad mental es el derecho humano fundamental de nuestra era. Ya no es suficiente con resguardar la privacidad de lo que escribimos en una pantalla; el desafío hoy es blindar la autonomía de nuestro pensamiento frente a una ingeniería del deseo que busca colonizar nuestro cerebro desde su etapa más vulnerable.
Por ello, la soberanía biológica exige que el Estado deje de ser un espectador y asuma la protección del capital neuronal como un asunto crítico de seguridad nacional. Ante este escenario, la solución no puede ser individual ni fragmentada. Necesitamos una contraofensiva sistémica: una arquitectura legal y educativa que garantice un entorno digital «seguro por diseño». Es momento de que la tecnología vuelva a estar al servicio del desarrollo humano y deje de ser la herramienta para la explotación industrial de nuestras debilidades.
La ética del deporte, fundamentada en la nobleza de los recursos y el espíritu amateur de amor por la tarea, ha sido secuestrada por una algoritmocracia que solo valora lo rentable. Eduardo Galeano nos recordaba que el juego profesional se ha convertido en un espectáculo que se organiza no para jugar, sino para impedir que se juegue, atrofiando la fantasía y prohibiendo la osadía. Al permitir que esta lógica colonice el cerebro de nuestros hijos, estamos permitiendo que les roben la capacidad de soñar, de esforzarse y de ser libres.
La neurociencia ha sido clara: el daño que se produce en la corteza prefrontal de un adolescente adicto al juego es una herida en el corazón de su futuro. La adicción no se cura bloqueando un sitio web; se previene con un Estado presente, una regulación contundente y una sociedad que entienda que la salud mental de sus niños no es moneda de cambio para ningún negocio. Estamos mirando cómo les roban el cerebro frente a nuestros ojos, y el silencio nos hace cómplices. La ventana de oportunidad para proteger a esta generación se está cerrando. No podemos permitir que el pan y circo de las apuestas deportivas se convierta en el epitafio de la salud mental chilena. Es hora de actuar con la firmeza que la ciencia y la ética nos exige, porque el cerebro no espera y la infancia no se repite.