Tasa de natalidad en Chile: cuando la política pública responde preguntas que los jóvenes ya no se hacen
03.06.2026
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03.06.2026
La autora de esta columna sostiene que la baja natalidad no se resolverá con incentivos simbólicos como el bono al séptimo hijo. Argumenta que el fenómeno responde a factores económicos, sociales y culturales más profundos, por lo que propone fortalecer las políticas de cuidado, adaptar la legislación a nuevas formas de familia y crianza, y escuchar las demandas de las nuevas generaciones para enfrentar el desafío demográfico. Concluye que «no basta con preocuparnos por aumentar el número de hijos por mujer: para avanzar en el camino hacia el desarrollo, es imperativo hacernos parte de un cambio en el que nuevas formas de cuidado encuentren espacio».
Imagen de portada: entrega del bono Gracia Presidencial a la familia Silva Cueto / Prensa Presidencia.
No es novedad para nadie que el decrecimiento de la tasa de natalidad es un problema que se presenta desde hace años a nivel global. En todos los países del mundo el número de hijos por mujer se ha reducido de manera significativa.
En Chile, este índice ha disminuido tan drásticamente que hemos llegado a ser el país con las cifras más bajas a nivel mundial, con una tasa global de fecundidad (TGF), que pasó de 5,4 hijos por mujer en 1960 a 1,06 en 2024, de acuerdo con datos del Boletín Demográfico Anual Provisional de Estadísticas Vitales 2024 del INE (abril, 2025)
En ese marco, el interés del gobierno por reconocer mediante el bono «Gracia Presidencial al Séptimo hijo» la profusa natalidad de las familias no solo revela un entendimiento superficial de la problemática, sino que expone, más fundamentalmente, la ausencia de una comprensión cabal del fenómeno: sin ella, cualquier medida adoptada difícilmente podrá constituir una solución pertinente y de largo plazo.
Las reflexiones de los jóvenes en edad de tener hijos son iluminadoras: en un mundo donde la violencia y el cambio climático no permite una proyección de vida saludable y estable para niñas, niños y adolescentes; en un país donde las condiciones de vivienda, salud y educación cada día hacen más difícil acceder a una niñez digna que cuente con las condiciones mínimas para desarrollarse y crecer; y en una sociedad en la que las inequidades de género obligan a las mujeres a pagar el costo de la natalidad de toda una nación, la perspectiva de transformarse en madres y padres de las niñeces del futuro ha cambiado radicalmente en menos de un siglo.
Fortalecer la política pública, orientando el apoyo hacia la visibilización y el sostén institucional del cuidado de niñas, niños y adolescentes, resulta la medida primaria, básica e insoslayable para iniciar una conversación acerca de cómo revertir la caída de los números.
Además de la creación del Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados, a través de la Ley 21.805, publicada en febrero de este año, que reconoce esta necesidad; es importante generar otras herramientas estatales que, por ejemplo, permitan a las familias con hijos acceder a viviendas dignas a precios razonables; contar con un sistema de salud eficiente y oportuno para resguardar la salud de las familias que crían; contar con salas cunas universales y consolidar herramientas concretas de conciliación laboral y familiar que permitan a mujeres y hombres mantener su desarrollo profesional al mismo tiempo que desarrollan las labores de crianza, entre otras. Una estructura de aportes multidimensionales se convierte en un apoyo social que puede permitir, a quienes desean ser padres y madres, contar con una red de cuidado y protección que los fortalezca como para aventurarse a la crianza de las niñeces.
Sin embargo, estas propuestas, aunque interesantes, no consideran los cambios culturales que los jóvenes han instalado en el diálogo social.
La política pública se ha centrado en respuestas que siguen manteniendo una idea de familia bastante tradicional y conservadora. Las propuestas se preocupan de mejorar ciertas condiciones del contexto para favorecer la motivación de mujeres y hombres, sin cuestionarse si las formas tradicionales en que la natalidad y la crianza se ha llevado a cabo desde hace décadas siguen teniendo sentido para los jóvenes.
En la actualidad pensar que una mujer y un hombre deben hacerse responsables, en un contexto de familia nuclear mono o biparental, de contar con condiciones familiares y financieras favorables para llevar a cabo la importante labor de criar a los niños y niñas que serán el recambio generacional que tanto necesitamos, pareciera que no ser una alternativa viable para los jóvenes.
Nos ha faltado escuchar lo que las nuevas generaciones de posibles madres y padres quieren para este país que va cambiando. Los jóvenes claramente quieren menos hijos, y tendremos que adaptarnos para afrontar por algunas generaciones esta disminución de población; además, quieren aprovechar su juventud y ser madres y padres más tarde (según datos del INE, sería alrededor de los 30 años).
Una parte importante de las mujeres quieren ser madres sin tener que pasar por la tortura de los cambios físicos, emocionales y profesionales que el embarazo trae consigo y los hombres, no quieren reproducir un estereotipo de “padre ausente”, prefiriendo no serlo, si las condiciones no están dadas (vemos como en nuestro país, según la Sociedad Chilena de Urología, en la última década las vasectomías han aumentado en alrededor de un 900%).
Por otro lado, tenemos nuevas configuraciones de parejas, los jóvenes quieren tener hijos sin que sea necesariamente en una relación entre un hombre y una mujer; quieren tener hijos sin necesariamente estar en una relación de pareja; quieren que la sociedad se adapte a la crianza porque no quieren dejar de estar presentes en la vida social “extrafamiliar”; pero las herramientas con las que cuentan para desempeñar los roles de cuidado están tan cargadas de estereotipos conservadores en relación al género que no muestran espacio para la expresión de estas nuevas formas de relación.
La disminución de la tasa de natalidad no puede llevarnos sólo a buscar estrategias para que los jóvenes se reencanten con nuestros modelos tradicionales de familia y crianza (probablemente no lo logremos), más bien es una oportunidad para preguntarnos por las nuevas formas en que las niñas, niños y adolescentes del futuro nacerán y serán criados.
Para ocuparnos de la natalidad y la crianza en estos tiempos, urge legislar acerca de temas que aún no hemos abordado, como las nuevas formas de fecundación y técnicas de reproducción asistida; trabajar seriamente en el ingreso y mantención de inmigrantes a nuestro país, que traen aparejado un aumento en los nacimientos; perfeccionar la ley de acuerdo de unión civil para asegurar los mismos derechos a quienes lo suscriban y aplicar la nueva ley de adopción que agilice el proceso que permita cuidar a aquellos niños que ya nacieron y que se encuentran marginados en un sistema de protección que no responde.
Estas y otras iniciativas podrían ir en la línea de generar un cambio cultural que nos permita ver la crianza, los nacimientos, a los hijos e hijas, ya no desde el prisma de la obligación, la exigencia y la soledad en la responsabilidad de su cuidado, sino como una real posibilidad de crecimiento, cambio, creatividad, desenfado, riqueza, imaginación y flexibilidad que trae consigo la incorporación de los niños y niñas a la vida social.
No basta con preocuparnos por aumentar el número de hijos por mujer: para avanzar en el camino hacia el desarrollo, es imperativo hacernos parte de un cambio en el que nuevas formas de cuidado encuentren espacio, sean reconocidas y valoradas y como sociedad, en conjunto, resguardemos el bienestar de las niñeces que con tanto interés esperamos.