La salud no necesita mártires
26.05.2026
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La autora de esta columna critica el mensaje del Ministerio de Salud llamando «héroes» a los trabajadores de la salud que «día y noche salvan vidas». Sostiene que «en tiempos de disminución presupuestaria y alta demanda sanitaria, el lenguaje importa no porque las palabras resuelvan por sí mismas estas falencias, sino porque permiten nombrar, definir y visibilizar qué consideramos aceptable. Si llamamos heroísmo a la sobrecarga, si exigimos sacrificio en medio de falta de condiciones, terminamos romantizando la precariedad a costa de pacientes y sanitarios»
Imagen de portada: Instagram ministeriosalud.
Cada 21 de mayo, Chile vuelve sobre una escena central de su imaginario histórico: el Combate Naval de Iquique, Arturo Prat y la figura del héroe que sacrifica su vida por un deber superior.
Este año, en el contexto de la conmemoración de las Glorias Navales, el Ministerio de Salud difundió una pieza comunicacional que habla de los “los héroes de hoy”, haciendo referencia a los equipos sanitarios. La intención puede ser el reconocimiento de la labor de los profesionales de salud, pero su trasfondo e implicancias deben ser pensados con más detención, sobre todo en un momento en que el propio Ministerio ha informado un ajuste presupuestario de 2,5% para el sector, y la Comisión de Salud del Senado y el Colegio Médico han expresado su preocupación por los posibles efectos en hospitales, atención primaria y programas específicos para poblaciones vulnerables.
Llamar “héroes” a los equipos de salud puede parecer, en primera instancia, un justo gesto de agradecimiento hacia el compromiso, la vocación y entrega en momentos críticos. Sin embargo, esta narrativa épica abre una pregunta ética y política importante: qué ocurre si llamamos heroísmo a trabajar en condiciones que no debieran ser aceptables o qué se invisibiliza si la precariedad se narra como virtud.
Durante la pandemia de COVID-19 esto quedó expuesto con una dolorosa claridad. En Chile y en muchos otros países, los equipos de salud fueron aplaudidos desde balcones, celebrados en campañas públicas y nombrados como “primera línea”, al mismo tiempo que muchos de ellos trabajaban sin equipos de protección personal adecuados, con turnos extendidos, servicios sobrepasados y con miedo al contagio propio y de sus familias. El aplauso podía ser sincero, pero no resolvía aquello que la pandemia sólo intensificó y develó: sistemas de salud al límite, con listas de espera, falta de personal, brechas de infraestructura, recortes en investigación, problemas de financiamiento y una demanda asistencial creciente. Así, el COVID-19 mostró con crudeza lo que muchos profesionales venían alertando hace tiempo: que el funcionamiento cotidiano en salud descansaba demasiado sobre la capacidad de sus trabajadores y trabajadoras para absorber las fallas institucionales y estructurales.
En una carta publicada en la Revista Médica de Chile (Revista Médica de Chile, 2020) junto a las Dras. Constanza Micolich, Mariana Dittborn y Sofía Salas, advertimos sobre los efectos del lenguaje bélico durante la crisis sanitaria. Las metáforas de guerra, que por una parte pueden facilitar la comunicación en momentos de emergencia, también reducen la experiencia social y personal a enemigos, víctimas, batallas y héroes, a la vez que simplifican problemas complejos y producen formas de exigencia moral sobre las personas. En el caso de los profesionales de la salud, esta narrativa confunde el deber de cuidado con deber de sacrificio.
Las expectativas derivadas de este discurso se transforman en demandas que aparecen a través de campañas institucionales, homenajes, imágenes de profesionales sanitarios cansados pero sonrientes, y en la idea de que un buen profesional sigue adelante, estoico, sin importar (y a pesar) de las circunstancias. Así, el reconocimiento puede terminar funcionando como una manera amable de exigir más, pero cuidando menos a quienes cuidan: más disponibilidad, más resistencia, más paciencia, más entrega, más hacer más con cada vez menos.
La ética del cuidado implica responsabilidad, compromiso y solidaridad como deber ético, con todos quienes constituyen el sistema de salud. Nadie cuida bien desde el agotamiento, la inseguridad laboral, la falta de equipos, la sobrecarga asistencial o la ausencia de apoyo institucional. Los equipos de salud no son símbolos abstractos de entrega heroica.
Por eso resulta importante mirar con cuidado la insistencia en la épica sanitaria. En tiempos de disminución presupuestaria y alta demanda sanitaria, el lenguaje importa no porque las palabras resuelvan por sí mismas estas falencias, sino porque permiten nombrar, definir y visibilizar qué consideramos aceptable. Si llamamos heroísmo a la sobrecarga, si exigimos sacrificio en medio de falta de condiciones, terminamos romantizando la precariedad a costa de pacientes y sanatorios.
Chile puede conmemorar a sus Glorias Navales sin convertir cada trabajo esencial en una batalla, ni cada trabajador en un mártir.
En salud, el reconocimiento no debería estar puesto en resistir, sino en financiamiento adecuado, dotaciones suficientes, seguridad laboral, descanso, protección social y apoyo en salud mental.
Un sistema sanitario no puede sostenerse en la capacidad de sacrificio de sus trabajadores. Debe sostenerse en condiciones justas para cuidar.