El fantasma de los Chicago Boys
14.05.2026
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14.05.2026
La periodista Carola Fuentes escribe en esta columna sobre las similitudes entre el proceso de los Chicago Boys en los primeros años de la dictadura y lo que hoy ocurre con el Plan de Reconstrucción. Sostiene que «aquellos que se preguntan de qué sirve ‘seguir pegados en el pasado’, minimizan la importancia de entender los procesos históricos. Lo que está ocurriendo no es nuevo ni aislado. Entender nuestra historia, lo que se prometió antes, lo que costó y quiénes pagaron ese costo, es fundamental para dimensionar lo que se avecina. Porque Milton Friedman tenía razón en una cosa: las políticas se juzgan por sus resultados, no por sus intenciones».
CIPER y @laventanacine liberarán por cuatro días «Chicago Boys», el documental sobre la historia de los economistas que instauraron hace 50 años el modelo neoliberal en Chile y las políticas que ahora vuelven con la megarreforma de Kast. Míralo aquí.
Imagen de portada: escena del documental «Chicago Boys» / @laventanacine
La noche del miércoles 25 de marzo, volvimos a hacer cola. A lo largo de todo Chile muchos de nosotros tuvimos que esperar más de una hora para cargar bencina, antes de que al día siguiente entrara en vigor un alza histórica en el precio de los combustibles. La gasolina de 93 subió $372 por litro, un 32%. El diésel, $580, un 62%. El recién inaugurado gobierno de José Antonio Kast había modificado el Mepco -el mecanismo creado para amortiguar estos cambios bruscos- y trasladado el costo íntegro del aumento del petróleo directamente a los consumidores. La justificación técnica fue atribuida a una incapacidad fiscal para absorber el abrupto incremento generado por la guerra en Irán. La justificación ideológica se puede trazar en el tiempo… hasta 1973, cuando el objetivo declarado fue lograr que el Estado fuera “lo más chico posible”.
Es la misma lógica que atraviesa el llamado Plan de Reconstrucción Nacional. Que también tiene un antecedente en el pasado. Mi abuela Olguita llevó hasta el fin de sus días un anillo de cobre en su dedo anular, que le dieron a cambio de su argolla de matrimonio, cuando días después del golpe la dictadura llamó -especialmente a las mujeres- a donar sus joyas para apoyar al Fondo de Reconstrucción Nacional.
Han pasado 53 años y el gobierno de Kast ha desempolvado el mismo llamado ideado por los publicistas de Pinochet. Solo que en esta versión del plan lo único que objetivamente se debe reconstruir son las casas de los afectados por los incendios de Valparaíso, Ñuble y el Biobío. El resto de las medidas, como la rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23%, la invariabilidad tributaria por 25 años para grandes inversiones, las restricciones a la gratuidad universitaria, la flexibilización de normativas ambientales, no reconstruye nada que haya sido destruido. Es un programa de transformación estructural empaquetado bajo el eslogan de una emergencia.
Más riesgoso aún, el Consejo Fiscal Autónomo, organismo técnico independiente, aseguró ante la Comisión de Hacienda el pasado 5 de mayo que el plan genera déficit fiscal al menos hasta el 2031. Que los costos son “más ciertos y predecibles” mientras que los beneficios son “inciertos, graduales y condicionales”. Y que la rebaja del impuesto corporativo le costará al fisco 0,44% del PIB anual de forma permanente hasta 2050.
Si a lo anterior se suman todos los recortes, incluidos los polémicos anuncios con respecto a la menor inversión en ciencias, es evidente que el gobierno está buscando achicar el Estado, apelando a los estímulos a la inversión privada, como receta para el crecimiento económico. Una receta que también es de larga data y cuyas consecuencias estuvieron lejos de ser las esperadas, tal como sabemos por experiencia propia todos los que crecimos bajo las sombras del modelo de “El Ladrillo”… la biblia de los Chicago Boys.
“El efecto Ladrillo” es el nombre del documental que dirigimos con Rafael Valdeavellano y estrenamos el 2022. Filmada durante el estallido social, la película revisa los efectos en el largo plazo de la apuesta neoliberal. Siete años antes habíamos estrenado “Chicago Boys”. Fue para este proyecto que entrevistamos a Sergio de Castro, conocido como “el arquitecto del modelo”. Recuerdo claramente cuando nos dijo: “Cuando uno le saca dinero a un contribuyente, está impidiendo que ese contribuyente gaste ese dinero en la forma en que a él le gustaría gastarlo. Si uno da los incentivos para que el país pueda producir libremente lo que se le ocurra, gran parte de esa plata seguramente va a ir a inversión”. Y también recuerdo la respuesta de Ricardo Ffrench-Davis, conocido como “El Chicago Boy bueno”: “Se usan esas expresiones: si el problema es el Estado, si le corto las alas al Estado y le doy el espacio libre al sector privado, esto va a renacer, va a renacer bien. El caso extremo de eso fue la aplicación de las políticas económicas del ‘73 al ‘82, que fueron un ejemplo pionero en el mundo de extremismo neoliberal”.
Ese extremismo tuvo consecuencias en el corto plazo. En 1982, el modelo colapsó arrastrado por la crisis del dólar y la excesiva confianza en la autorregulación del mercado, el PIB cayó un 14,3%. El desempleo superó el 30% en 1983. El Estado tuvo que inventar el PEM y el POJH — programas de emergencia que pagaban una miseria a cambio de trabajo manual — para sostener a una masa de población que había quedado sin ingresos. Las mismas reformas que prometían generar prosperidad nos llevaron a una de las peores crisis económicas desde la Gran Depresión.
Fue entonces cuando Rolf Lüders, biministro de Hacienda y Economía de Pinochet, habló en cadena nacional: “Con todo, el camino que aún tenemos por delante exige esfuerzos y sacrificios adicionales. Habrá también un costo que, como en otras ocasiones, deberá soportar la colectividad”.
La colectividad, esa masa anónima de personas integrada por millones que -como mi abuela Olguita- partieron de buena fe entregando sus joyas y luego asumieron con estoicismo la dureza de una vida sin estado de bienestar, en la que nos acostumbraron a sobrevivir rascándonos con nuestras propias uñas.
La misma colectividad que hizo cola para echar bencina el 25 de marzo, pagando el pato por una guerra iniciada por Trump, cuyos coletazos nos siguen pegando con el alza de los costos de las compras del día a día.
Pero el contexto de los 70 era muy distinto al de hoy. Llegamos a ser un país estable, en crecimiento, reconocido internacionalmente por sus instituciones, con políticas públicas cada vez más sólidas. ¿Por qué arriesgar todo con la amenaza de un “estrés fiscal estructural” como acaba de advertir JP Morgan? ¿A dónde nos podría llevar esta fe ciega en las ideas de “El Ladrillo”?
Hay una anécdota que describe Juan Gabriel Valdés en su libro “Los Economistas de Pinochet”. Cuando este grupo fue a presentarle su programa a Jorge Alessandri en 1969, el candidato de derecha los escuchó y respondió: “Sáquenme a estos locos de aquí…”. Alessandri entendió que medidas tan radicales no se podrían aplicar en una democracia.
Pero el escenario fue distinto tras el golpe.
Investigando para “Chicago Boys” descubrimos un video de archivo en que el propio Sergio de Castro recuerda sus inicios: “El programa de recuperación económica empezó bastante modesto en su uso y en su objetivo. Y de repente, vino como una revolución de decir, puta, a la chucha, hagamos una hueá realmente realmente con garra. Y me atrevo a decir que casi fue un poquito como pasado…. (Para la punta)…”.
Carlos Massad, el “Chicago Boy de la DC”, complementa: “Las políticas que se empezaron a aplicar eran tan duras que el gobierno tenía que apretar fuertemente la mano para hacer esas políticas tolerables”.
Apretar fuertemente la mano es un eufemismo para hablar de la represión y las violaciones a los derechos humanos.
El único que se atrevió a decirlo con todas sus letras fue Orlando Letelier, quien en agosto de 1976 publicó “The ‘Chicago Boys’ in Chile: Economic Freedom’s Awful Toll” (“Los ‘Chicago Boys’ en Chile: El terrible precio de la libertad económica”) en la revista The Nation, en Estados Unidos. El ex embajador, ex canciller y ex ministro de Defensa de Salvador Allende, argumentó algo que en esa época resultó incómodo para quienes aplaudían el modelo: que la libertad económica para unos pocos y la represión política para las mayorías no eran fenómenos separados. Eran dos caras del mismo modelo: “Los Chicago Boys estuvieron profundamente involucrados en la preparación del golpe. Convencieron a los generales de que ellos podrían complementar su brutalidad con los talentos intelectuales de que carecían… Es absurdo, en consecuencia, que aquellos que inspiran, apoyan o financian esa política económica pretendan presentar sus acciones como restringidas a consideraciones técnicas, mientras aparentan rechazar el sistema de terror que tal política necesariamente requiere para su puesta en práctica”.
Veinticuatro días después de publicado el artículo, Orlando Letelier fue asesinado por la DINA en Washington. El próximo 21 de septiembre se cumplen 50 años.
Los Chicago Boys, cuyo apodo vino tras haber sido educados en la Universidad de Chicago por Milton Friedman, prepararon “El Ladrillo” antes del golpe de Estado. El 14 de septiembre de 1973 ya estaban instalados en la Junta. Ellos mismos reconocen en el documental que lo mejor que les pudo haber pasado fue la crisis de la UP: “Si hubiera ganado Alessandri, estaríamos más atrás que Argentina”. Necesitaron las armas, como admitió Massad, para hacer tolerables políticas que de otra manera la sociedad no habría aceptado.
Ya han pasado 36 años desde que en Chile logramos recuperar la democracia. La duda que se pasea como un elefante entre La Moneda y Hacienda es qué pasará si estas políticas tienen los efectos que los técnicos están advirtiendo. ¿Cómo reaccionará la población, y cómo las autoridades? Los que hoy gobiernan son, en su mayoría, herederos ideológicos de quienes en el pasado consideraron que una crisis económica justificaba una salida armada. Algunos de ellos defienden el golpe, relativizan la gravedad de las violaciones a los derechos humanos e incluso, emulan a Pinochet.
Aquellos que se preguntan de qué sirve “seguir pegados en el pasado”, minimizan la importancia de entender los procesos históricos. Lo que está ocurriendo no es nuevo ni aislado. Entender nuestra historia, lo que se prometió antes, lo que costó y quiénes pagaron ese costo, es fundamental para dimensionar lo que se avecina.
Porque Milton Friedman tenía razón en una cosa: las políticas se juzgan por sus resultados, no por sus intenciones. Los resultados de “El Ladrillo” los conocemos. Los del Plan de Reconstrucción los estamos empezando a sentir.