Tres factores para la derrota de Orbán en Hungría
14.04.2026
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14.04.2026
El autor de esta columna analiza la derrota de Vícktor Orbán en las elecciones del domingo pasado en Hungría. Sostiene que el voto húngaro en su contra «demuestra algo que sus admiradores en Buenos Aires y Washington preferirían no escuchar: que las democracias capturadas también pueden recuperarse, y que cuando la economía falla y la corrupción se vuelve demasiado visible para ser negada, ni la mejor ingeniería electoral del mundo alcanza para tapar el sol con las manos. Para Santiago, la lección es de advertencia: el camino que hoy se cierra en Budapest nunca debió abrirse».
Imagen de portada: Orbán con José Antonio Kast en febrero de este año / miniszterelnok.hu
El domingo, mientras los húngaros depositaban su voto en urnas para decidir si Viktor Orbán ejercía un quinto mandato consecutivo o cedía el poder al hasta hace poco desconocido Péter Magyar, Europa asistió a algo cualitativamente nuevo: la primera confrontación abierta entre el proyecto europeo y una alianza que hasta hace muy poco habría parecido impensable, la de Moscú y Washington bajo Donald Trump. No es una guerra de trincheras sino de instituciones, de reglas electorales fabricadas a medida, de servicios de inteligencia y de respaldos presidenciales. El escenario, sin embargo, es inconfundiblemente húngaro, y para entenderlo hay que conocer los estratos profundos de su historia política.
La extrema derecha húngara no nació con Orbán. Sus raíces se hunden en la convulsa entreguerras centroeuropea. Gyula Gömbös, primer ministro entre 1932 y 1936, fue el primer jefe de gobierno europeo en visitar a Hitler y en modelar su régimen según el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Gömbös articuló un nacionalismo étnico-cristiano con tonos anticomunistas y antisemitas que marcaría a fuego el imaginario político del país. Tras su muerte, ese legado se radicalizó: el partido de las Cruces Flechadas de Ferenc Szálasi tomó el poder en octubre de 1944 y organizó con eficiencia atroz las deportaciones y masacres de judíos húngaros que los alemanes ya no tenían tiempo de ejecutar por sí mismos.
El comunismo enterró esas tradiciones bajo capas de silencio oficial, pero no las extinguió. Cuando el sistema soviético se derrumbó en 1989, resurgieron con nueva voz. El más articulado de esos agentes de continuidad fue István Csurka, escritor y político nacionalista que fundó el Partido Húngaro de la Justicia y la Vida, desde cuya tribuna destilaba un irredentismo racial y un antisemitismo apenas velado. Csurka fue relevante no por su éxito electoral, sino por reinyectar en el debate público húngaro un vocabulario que se suponía desaparecido.
En ese ecosistema emergió Viktor Orbán, aunque desde la orilla opuesta. Fidesz nació en 1988 como movimiento estudiantil liberal y anticomunista, y Orbán llegó a su primer mandato en 1998 como un premier razonablemente europeísta. Lo que ocurrió a partir de 2010, cuando regresó al poder con una supermayoría de dos tercios, no fue una simple corrección de rumbo sino una metamorfosis calculada. Orbán reescribió la constitución, cooptó el poder judicial, copó los medios de comunicación —el 80 por ciento de la prensa húngara responde al partido— y rediseñó los distritos electorales a medida de Fidesz. Llamó a todo esto «democracia iliberal»: un sistema que conserva las formas electorales mientras vacía de contenido los contrapesos que hacen posible la alternancia real.
Lo que se ha exportado desde Budapest no son las «Orbanomics», ese capitalismo de Estado con subsidios a la natalidad y clientelismo territorial que difícilmente podría trasplantarse a las economías liberalizadas de Chile o al Israel de Netanyahu. Lo que viaja es la arquitectura política: cómo un gobierno elegido por las urnas puede capturar la justicia, asfixiar la prensa independiente, reescribir las reglas del juego electoral y seguir presentándose ante el mundo como una democracia. Javier Milei y José Antonio Kast coinciden con Orbán en muy poco en materia económica, y Netanyahu opera en un contexto geopolítico radicalmente distinto; los tres, sin embargo, reconocen en el húngaro al pionero de un método: el desmantelamiento de las instituciones liberales desde dentro de ellas, sin golpe de Estado, con votos y decretos. Es esa transferencia de tecnología iliberal lo que convierte a Orbán en figura de referencia para las nuevas derechas del siglo XXI.
Aquí reside la paradoja más notable de estas elecciones: que Rusia y Estados Unidos, potencias cuyos intereses divergen en aranceles, energía, Oriente Medio y seguridad nuclear, coincidan sin titubeos en apoyar a un mismo candidato. La explicación tiene dos niveles. El primero es estratégico: para Moscú, Orbán en el poder es un veto ambulante dentro de la Unión Europea, capaz de bloquear ayuda a Ucrania y frustrar sanciones. El segundo nivel es ideológico: tanto el Kremlin como la administración Trump comparten el interés en erosionar la premisa de que la democracia liberal es el único modelo político legítimo para Occidente. Rusia la combate desde fuera, presentando el liberalismo como decadencia cultural; Trump la cuestiona desde dentro. Y ambos han encontrado en el concepto de «woke» un instrumento extraordinariamente eficaz: una etiqueta lo suficientemente vaga como para englobar los derechos de minorías, el feminismo, la justicia climática y cualquier restricción al poder del mercado o del Estado mayoritario, y lo suficientemente cargada emocionalmente como para convertir la defensa de las instituciones liberales en sinónimo de elitismo decadente. Orbán fue el primero en sistematizar ese ataque dentro de la UE, y eso lo hace valioso para ambos: no es un autócrata periférico sino un gobernante con legitimidad electoral que ha conseguido que el iliberalismo parezca una opción normal, exportable, incluso deseable.
Los resultados no admitieron ambigüedad. Con el 97,36% escrutados, Tisza alcanzaba el 53,5% por ciento de los votos frente al 37,8 por ciento de Fidesz, una distancia que el propio Orbán reconoció como «dolorosa pero inequívoca”, que le otorga a Magyar supermayoría de dos tercios. necesaria para reformar la constitución que Orbán diseñó a su medida, lo que convertiría la derrota no en un mero relevo de gobierno sino en el inicio del desmantelamiento institucional del sistema iliberal. La participación batió todos los récords desde la restauración democrática de 1990, superando el 77 por ciento. No fue una elección; fue una convocatoria masiva al cambio.
¿Qué quebró el hechizo de 16 años? La respuesta tiene varios registros, pero el más inmediato es el económico. La «Orbanomics» había funcionado durante la primera década gracias a un flujo masivo de fondos europeos que el gobierno canalizó con criterios clientelares, pero eficaces. El motor del sistema no era ideológico sino redistributivo: mientras los fondos comunitarios llegaban, Fidesz podía permitirse la corrupción sin que el ciudadano medio lo sintiera en el bolsillo. Cuando la Unión Europea bloqueó cerca de 18 mil millones de euros por violaciones del Estado de derecho, ese colchón desapareció. Tres años de estancamiento económico e inflación persistente hicieron lo que ninguna oposición fragmentada había logrado: convertir el hartazgo difuso en voto concentrado.
A eso se sumó la corrupción como escándalo visible. Magyar había formado parte de los círculos de Fidesz, precisamente por eso resultaba devastador: sabía de qué hablaba. Sus videos en hospitales con goteras, sus recorridos por pueblos con infraestructuras inconclusas, su denuncia del enriquecimiento del círculo íntimo de Orbán circularon en las redes con una eficacia que el control de los medios tradicionales ya no podía neutralizar. Transparency International no exageraba al clasificar a Hungría como el país más corrupto de la Unión Europea. Lo que cambió es que esa etiqueta dejó de ser un juicio externo para convertirse en experiencia cotidiana.
El tercer factor fue, paradójicamente, Donald Trump. La visita de JD Vance a Budapest, su aparición en un mitin en el que invocó la civilización occidental, y el mensaje de Trump prometiendo el «pleno poderío económico de Estados Unidos» si Fidesz ganaba, produjeron el efecto contrario al deseado. En un país con adhesión mayoritaria a las instituciones europeas incluso entre votantes conservadores, el abrazo de Washington fue recibido como una intrusión. Vance había venido a salvar a Orbán; terminó por recordarle a parte del electorado que su primer ministro llevaba años negociando la soberanía húngara, alternadamente con Moscú y con Mar-a-Lago, mientras los hospitales se caían a pedazos. El salvavidas de plomo se hundió con él.
Conviene no malinterpretar la figura de Magyar. No es un liberal de izquierda ni un europeísta de manual. Es, en muchos sentidos, una restauración: el Fidesz que existió antes de que Orbán lo convirtiera en su instrumento personal, el partido centroderecha, proeuropeo e institucionalista que ganó las elecciones de 1998 comprometido con el Estado de derecho y la integración occidental. Magyar no derrota al conservadurismo húngaro; lo reclama para devolverlo a sus coordenadas originales, las que Orbán abandonó cuando descubrió que el poder sin contrapesos era más rentable que la democracia con ellos.
Las consecuencias se extendieron de inmediato más allá del Danubio: la Unión Europea se libera de un Caballo de Troya, Ucrania verá desbloqueada la ayuda que Orbán vetaba, y el proyecto de exportar el MAGA como modelo de gobernanza iliberal a Europa encaja su primera derrota electoral seria.
Es el primer caso en que el modelo iliberal es derrotado en las urnas dentro de su propio laboratorio, con sus propias reglas. Eso no significa que el modelo muera: Le Pen, Meloni y los herederos de Csurka y Orbán en la propia Hungría seguirán operando. Pero la derrota de Orbán demuestra algo que sus admiradores en Buenos Aires y Washington preferirían no escuchar: que las democracias capturadas también pueden recuperarse, y que cuando la economía falla y la corrupción se vuelve demasiado visible para ser negada, ni la mejor ingeniería electoral del mundo alcanza para tapar el sol con las manos. Para Santiago, la lección es de advertencia: el camino que hoy se cierra en Budapest nunca debió abrirse.