La democracia y la calle
05.04.2026
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05.04.2026
Señor Director:
Aún no se completa un mes desde que asumió el nuevo gobierno, pero ya se observa un cambio en el panorama de las movilizaciones callejeras. Independientemente del grado de organización y de influencia que los partidos políticos tengan en esta dinámica, creo oportuno analizar más a fondo la relación entre democracia y «la calle».
Hannah Arendt señala que la primera condición de posibilidad del totalitarismo es la existencia de una sociedad de masas. La masa está compuesta de individuos aislados disueltos irreflexivamente en un colectivo donde no existe la condición básica de la libertad, que es la pluralidad, definida como la igualdad entre personas diversas.
La pluralidad es el espacio que permite el diálogo y el mutuo reconocimiento de las diferencias en circunstancias de igualdad de dignidad de todas las personas y sus ideas. Todo lo contrario ocurre en la masa, donde no se reconoce la particularidad de los individuos, por lo tanto, el contenido de su homogeneidad y consecuente movilización, no es más que un impulso emocional, nacido de una vaga noción sobre un anhelo o aspiración.
En Chile hemos visto por años el auge de las marchas (con un interregno curioso de los cuatro últimos años), donde no existe el diálogo ni la pluralidad, sino que consisten en una masa de personas muy de acuerdo en una consigna y que sólo expresan anhelos (demandas) y molestia, sin propuestas profundas, sin contraparte y sin alternativas. Por supuesto aquí no hay pluralidad.
La democracia consiste en la construcción de espacios que permitan la expresión de la diversidad y el debate; no es un mero procedimiento, es la condición de posibilidad para la pluralidad en sociedades abiertas y complejas.
Es cierto que una marcha permite poner a la vista problemas de interés público y empujarlos como prioridad en la agenda política; también es cierto que la expresión callejera se ampara, y con razón, en un derecho básico de la democracia, que es la libertad de expresión. Todo esto cabe y es necesario en una democracia, pero no está en su esencia, ya que la democracia descansa en su capacidad de permitir la convivencia de los diversos, lo que sólo es posible en el ejercicio deliberativo, en el diálogo, en el encuentro y no en la contraposición de los intereses particulares de un grupo u otro, disputados en un juego de preminencia vociferante según la capacidad de movilización de los interesados. Baste recordar como ejemplo que, a pesar del serio déficit en cobertura de educación parvularia, cuestión fundamental para las expectativas de desarrollo intelectual de una persona, en Chile el mayor gasto en educación, por lejos, se da en la educación superior, porque claro, los secundarios y universitarios sí marchan pensando en sus bolsillos, pero los niños de 2 a 5 años no.
Valdría la pena revisar qué tan democrática es una marcha, o la protesta callejera en general, que más parece el opuesto a la deliberación pública a través de las instituciones del Estado, los medios de comunicación, las universidades, los centros de pensamiento, las fundaciones, las juntas de vecinos, los partidos políticos, el Congreso y muchos otros espacios de pluralidad.