Chile, un país glaciar sin política de glaciares
20.03.2026
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20.03.2026
En el marco de la celebración del Día Mundial de los Glaciares, el autor rescata el hecho de que Chile concentra el 80% de los glaciares de Sudamérica pero que hay un atraso muy grande en defender su conservación. Dice que «Chile posee una de las mayores reservas de hielo del hemisferio sur. En un mundo que comienza a movilizarse para proteger la criosfera, esa condición implica algo más que una ventaja geográfica: implica una responsabilidad política. En un planeta que se calienta rápidamente, los glaciares ya no son simplemente parte del paisaje. Son indicadores del futuro. Y ese futuro —si no cambiamos el rumbo— se está derritiendo frente a nuestros ojos».
Imagen de portada: Joel Estay / Agencia Uno
Desde 2025, cada 21 de marzo se conmemora el Día Mundial de los Glaciares. En un país como Chile, esta fecha no es solo una efeméride ambiental, es también un recordatorio incómodo. Chile es uno de los territorios con mayor cantidad de glaciares del planeta y concentra cerca del 80% de los glaciares de Sudamérica. Sin embargo, no cuenta con una política clara para protegerlos. En medio de una crisis hídrica prolongada y de un clima que cambia rápidamente, esta paradoja debería incomodarnos mucho más de lo que parece.
Los glaciares no son simplemente paisajes remotos ni postales turísticas. Son infraestructuras naturales del sistema climático, reservas estratégicas de agua dulce, reguladores del ciclo hidrológico de nuestras cuencas y archivos físicos de la historia ambiental del planeta.
Para que un glaciar se mantenga estable necesita equilibrio. La nieve que acumula debe compensar la cantidad de hielo que pierde por derretimiento. Cuando ese balance se rompe, el glaciar retrocede. Este retroceso no es necesariamente anormal: a lo largo de la historia del planeta los glaciares han avanzado y retrocedido en respuesta a variaciones naturales del clima. La diferencia es que hoy ese proceso está ocurriendo a una velocidad sin precedentes en la historia reciente.
En las últimas décadas, el estudio de estas masas de hielo se ha vuelto central para comprender el cambio climático. Los glaciares almacenan en sus capas información sobre la historia atmosférica de la Tierra, permitiendo reconstruir temperaturas, precipitaciones y concentraciones de gases de efecto invernadero del pasado. Pero no solo hablan del pasado. También anticipan el futuro.
La pérdida acelerada de hielo contribuye al aumento del nivel del mar, modifica la disponibilidad de agua dulce y altera ecosistemas completos en zonas de montaña y regiones áridas. Más de dos mil millones de personas en el mundo dependen, directa o indirectamente, del agua proveniente del deshielo de nieve y glaciares de montaña para consumo humano, agricultura y energía. Por eso, el retroceso glaciar no solo es un fenómeno físico del clima: es también un problema creciente de seguridad hídrica.
La preocupación por el futuro de estos ecosistemas ya forma parte de la agenda internacional. UNESCO ha impulsado la Década de Acción para las Ciencias de la Criosfera (2025–2034), una iniciativa global destinada a fortalecer la investigación y acelerar las medidas de protección de las regiones congeladas del planeta. El llamado es claro: científicos, gobiernos y comunidades deben coordinar esfuerzos para proteger la criosfera (conjunto de todas las partes de la Tierra donde el agua se encuentra en estado sólido, es decir, congelada)
En este escenario, Chile ocupa un lugar particularmente relevante. Con más de 26 mil glaciares y cerca de 21 mil kilómetros cuadrados de superficie glaciar, el país alberga uno de los sistemas criosféricos más importantes del hemisferio sur. Desde los glaciares de altura en el norte hasta los gigantescos campos de hielo patagónicos, la cordillera de los Andes chilena funciona como una inmensa reserva natural de agua.
Esta geografía convierte a Chile en un laboratorio natural para el estudio de los glaciares. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser un país glaciar?
Porque la magnitud de este patrimonio natural convive con un vacío institucional evidente. Chile sigue sin contar con una legislación específica que proteja de manera integral sus glaciares. En la práctica, estos ecosistemas quedan sujetos a normativas sectoriales que regulan otros temas —como agua, minería, bosques o evaluación ambiental— y que solo los mencionan de manera indirecta.
La Ley Nº19.300 sobre Bases Generales del Medio Ambiente establece, por ejemplo, que proyectos localizados en o próximos a glaciares susceptibles de ser afectados deben someterse a evaluación ambiental. El reglamento del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental también exige evaluar impactos sobre glaciares inventariados por la Dirección General de Aguas cuando proyectos puedan alterar su superficie o volumen. Otras normas incluyen referencias parciales: la Ley de Bosque Nativo prohíbe la eliminación de vegetación nativa a menos de 500 metros de glaciares; la reforma al Código de Aguas establece que no pueden constituirse derechos de aprovechamiento directamente sobre ellos; y algunos glaciares quedan protegidos cuando se ubican dentro de parques nacionales o santuarios de la naturaleza.
Sin embargo, estas disposiciones funcionan de manera fragmentaria. No existe una ley que aborde los glaciares como ecosistemas estratégicos en sí mismos ni que establezca criterios claros para su protección frente a actividades industriales o extractivas. Como ha señalado la Fundación Glaciares Chilenos, esta dispersión normativa refleja una brecha importante en la política ambiental del país: distintas leyes reconocen el valor ambiental de los glaciares, pero ninguna establece un marco integral que garantice su conservación a largo plazo.
Mientras tanto, al otro lado de la cordillera, el debate avanza en otra dirección.
Argentina aprobó en 2010 una de las leyes de protección glaciar más ambiciosas del mundo, reconociendo estos ecosistemas como reservas estratégicas de agua y prohibiendo actividades industriales o extractivas en zonas glaciares y periglaciares. Hoy esa legislación enfrenta un nuevo debate político. Propuestas recientes de modificación han generado preocupación entre organizaciones ambientales y comunidades locales que advierten que flexibilizar la ley podría abrir la puerta a proyectos mineros en zonas de alta montaña.
El contraste resulta revelador: mientras en Argentina se discute si debilitar una ley de glaciares, en Chile aún seguimos debatiendo si deberíamos tener una.
Pero limitar la discusión sobre glaciares únicamente al ámbito jurídico o hidrológico sería perder de vista una dimensión fundamental del problema. En muchas partes del mundo —y también en los Andes— los glaciares forman además parte de paisajes culturales y espirituales profundamente arraigados en la vida de las comunidades.
Diversos estudios antropológicos muestran que muchas culturas consideran a los glaciares y montañas como moradas de dioses o espíritus protectores. En los Andes peruanos, por ejemplo, el glaciar del Apu Ausangate es entendido como una manifestación de Pachamama, la Madre Tierra. Algunas tradiciones quechua advierten que el mundo terminará cuando la nieve desaparezca de esa montaña. En el sur de Chile, pueblos como el mapuche también entienden la naturaleza como un territorio vivo, donde montañas, ríos y hielos poseen newen, una fuerza espiritual que forma parte del equilibrio entre las comunidades y el entorno.
Estas visiones no son meras curiosidades culturales. Reflejan una forma distinta de comprender la relación entre sociedad y naturaleza.
Cuando un glaciar desaparece, puede desaparecer también un referente cultural, espiritual y territorial. Algunos investigadores llaman a estas transformaciones “pérdidas invisibles”: cambios ambientales que erosionan identidades, sistemas de creencias y vínculos comunitarios con el territorio.
El escritor islandés Andri Snær Magnason lo plantea con claridad en On Time and Water. Estamos viviendo en tiempos complejos y acelerados. Cambios que antes tomaban miles de años ahora pueden ocurrir en apenas un siglo. Esta velocidad —casi mitológica— está transformando las bases mismas de la vida en la Tierra. No se trata solo de cambios físicos visibles y medibles: afecta las raíces de todo lo que pensamos, elegimos, producimos y creemos. Afecta a las personas que conocemos, a quienes amamos, y a las sociedades que estamos construyendo. En ese contexto, advierte Magnason, los cambios actuales superan nuestra experiencia histórica y también el lenguaje y las metáforas con las que intentamos comprender la realidad.
Los glaciares son, en ese sentido, relojes del planeta. Relojes que durante miles de años marcaron ritmos lentos y estables del sistema climático. Hoy, sin embargo, ese reloj parece acelerarse ante nosotros.
El Día Mundial de los Glaciares no debería ser solo una efeméride ambiental. Debería ser una invitación a pensar qué tipo de relación queremos construir con estos ecosistemas en un contexto de cambio climático.
Chile posee una de las mayores reservas de hielo del hemisferio sur. En un mundo que comienza a movilizarse para proteger la criosfera, esa condición implica algo más que una ventaja geográfica: implica una responsabilidad política.
En un planeta que se calienta rápidamente, los glaciares ya no son simplemente parte del paisaje. Son indicadores del futuro.
Y ese futuro —si no cambiamos el rumbo— se está derritiendo frente a nuestros ojos.