EE. UU., Irán e Israel: la reconfiguración del equilibrio en Medio Oriente
01.03.2026
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01.03.2026
El autor de esta columna analiza el cambio de discurso en el inicio de los bombardeos de Estados Unidos a Irán y la respuesta del régimen de Teherán. Sostiene que «la historia desde 1979 muestra que los ciclos de confrontación rara vez se resuelven mediante concesiones rápidas. Se estabilizan cuando los costos acumulados superan los beneficios estructurales esperados. Mientras el lenguaje político continúe desplazándose desde la conducta hacia la existencia, la racionalidad estratégica seguirá empujando hacia la ampliación del riesgo. El desenlace dependerá de si emerge una oferta verificable que permita reconducir el conflicto hacia parámetros limitados. De lo contrario, la dinámica seguirá guiada por la búsqueda de ventaja estructural en un entorno donde el margen para el error de cálculo es estrecho y las consecuencias regionales se amplifican con rapidez».
Desde 1979, la relación entre Estados Unidos e Irán no ha sido una simple rivalidad interestatal, sino una disputa marcada por intervención, revolución y redefinición del orden regional. La caída del Sha y la instauración de la República Islámica alteraron el equilibrio interno iraní y reconfiguraron el Golfo Pérsico como espacio de competencia estratégica directa entre Washington y un régimen que se autodefinió en oposición a la arquitectura regional respaldada por Occidente. La crisis de los rehenes, la guerra Irán-Irak (1980-1988), la política de contención dual de los años noventa y la ruptura del acuerdo nuclear en la década pasada no constituyen episodios aislados, sino distintos ciclos de confrontación cuya persistencia ha impedido estabilizar una relación estratégica duradera.
En ese marco se inscribe el bombardeo reciente. No ocurre en el vacío ni puede entenderse como un intercambio táctico más dentro de una secuencia de presiones indirectas. La operación fue presentada oficialmente como “operaciones de combate a gran escala”, mientras el liderazgo estadounidense invitaba públicamente a la sociedad iraní a asumir el control de su gobierno una vez concluida la fase militar. Ese desplazamiento discursivo altera la categoría del conflicto.
Irán confirmó que Jamenei murió en los ataques, lo que desplaza el foco hacia la cúspide del poder y refuerza la lectura de un umbral distinto. Cuando la referencia deja de ser exclusivamente a instalaciones o capacidades verificables y pasa a incorporar el destino del gobierno adversario, la naturaleza del enfrentamiento cambia.
Cuando una potencia presenta el ataque como operaciones de combate a gran escala y, a la vez, invita a la sociedad del adversario a hacerse cargo del gobierno, ¿qué explica mejor la escalada: un intento de corregir conductas o una apuesta por alterar el equilibrio regional debilitando al régimen?
La distinción no es retórica. En el plano táctico, el objetivo inmediato puede describirse como degradación de infraestructura vinculada a misiles balísticos, redes paramilitares y capacidades estratégicas. De acuerdo con información del Departamento de Defensa de Estados Unidos, la operación incluyó bombarderos estratégicos B-2 Spirit equipados con munición de penetración profunda GBU-57, diseñada para destruir instalaciones fortificadas subterráneas, junto con misiles de crucero lanzados desde plataformas navales desplegadas en el Golfo. El Comando Central de EE.UU. coordinó el operativo bajo supervisión del Secretario de Guerra, apoyado por inteligencia satelital y vigilancia electrónica. Los blancos, según comunicados oficiales, incluyeron centros de mando y depósitos asociados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, además de nodos logísticos vinculados a programas misilísticos de mediano alcance.
La elección de esos objetivos sugiere que la operación no se limita a enviar una señal. Afectar infraestructura central del aparato de seguridad implica intervenir en el soporte material de la proyección regional iraní. Modificar conducta abre espacio para negociación; debilitar el aparato que sostiene esa conducta altera la correlación de fuerzas. Hasta ahora, el discurso oficial apunta a sustitución política o debilitamiento del régimen, sin que exista un anuncio formal de ocupación o control territorial directo, lo que diferencia esta ofensiva de intervenciones con despliegue terrestre explícito.
John Mearsheimer, profesor en la Universidad de Chicago y autor de The Tragedy of Great Power Politics, ha argumentado que las grandes potencias tienden a maximizar su poder relativo cuando perciben amenazas persistentes capaces de alterar el equilibrio regional. Aceptar indefinidamente la consolidación de un actor que amplía su alcance misilístico y fortalece redes aliadas en múltiples frentes resultaría incoherente con esa lógica.
El concepto de “balance de amenaza”, desarrollado por Stephen Walt, profesor en Harvard Kennedy School y autor de The Origins of Alliances, enfatiza que no solo importan las capacidades materiales, sino la percepción de intenciones. Irán no es interpretado únicamente como un Estado con misiles; es visto como un régimen cuya política exterior desafía la arquitectura regional vigente. Cuando capacidad e intención convergen en la percepción de amenaza, la respuesta tiende a trascender la corrección puntual.
Durante meses existieron divergencias tácticas entre Washington y Jerusalén. Sectores del Departamento de Estado habían señalado la conveniencia de mantener abiertas conversaciones indirectas mediadas por Omán, mientras autoridades del Ministerio de Defensa israelí defendían la necesidad de una acción preventiva frente al avance de sistemas misilísticos y transferencias hacia aliados regionales. Informes del Congreso estadounidense reflejaron debate interno respecto de la proporcionalidad de una ofensiva amplia y el riesgo de regionalización. La decisión final respondió a evaluaciones conjuntas de inteligencia que, según el Pentágono, identificaron aceleración en la consolidación de capacidades iraníes en varios teatros.
Cuando el conflicto se desplaza desde la conducta específica —programas, misiles, actividades regionales— hacia la continuidad del aparato político que las dirige, el incentivo para aceptar compromisos parciales disminuye, porque ninguna concesión garantiza la preservación del poder. En situaciones donde la supervivencia estatal se percibe en juego, la moderación pierde racionalidad estratégica.
La historia reciente ofrece precedentes. La invasión de Irak en 2003 derivó en la caída del régimen y produjo, según Iraq Body Count y reportes de Naciones Unidas, más de cien mil muertes civiles directas en la fase inicial y la insurgencia posterior. En Libia, la intervención de 2011 comenzó bajo mandato de protección de civiles y concluyó en colapso estatal; informes del Panel de Expertos de la ONU documentaron miles de víctimas adicionales y una fragmentación territorial persistente. Estos antecedentes forman parte del cálculo iraní. Resistir puede elevar el costo del adversario; ceder no garantiza continuidad.
Barry R. Posen, profesor emérito del MIT y autor de Restraint: A New Foundation for U.S. Grand Strategy, ha señalado que cuando los Estados perciben amenazas estructurales, expanden el teatro de operaciones para redistribuir costos y restaurar disuasión. La respuesta iraní no se ha limitado al intercambio directo; se ha proyectado hacia bases en el Golfo y actores vinculados a la arquitectura de seguridad estadounidense. La regionalización no aparece como reacción desordenada, sino como mecanismo para transformar un enfrentamiento bilateral en un problema sistémico.
El Estrecho de Ormuz canaliza cerca de un quinto del comercio mundial de petróleo, según datos de la Administración de Información Energética de EE.UU. Cualquier alteración en ese punto introduce volatilidad inmediata en mercados energéticos y presiona a economías dependientes de esas rutas.
El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos ha señalado que la región presenta uno de los entornos de mayor densidad armamentística del mundo, con gasto militar agregado superior a los 200.000 millones de dólares anuales. El Stockholm International Peace Research Institute documenta incrementos sostenidos en adquisiciones de sistemas de defensa aérea y misiles por parte de Estados del Golfo en la última década. Estos datos sugieren que la estabilidad regional depende más de disuasiones cruzadas que de arreglos cooperativos formales.
La convocatoria urgente del Consejo de Seguridad y las declaraciones de gobiernos europeos llamando a contención contrastan con una tendencia creciente hacia soluciones bilaterales o coaliciones ad hoc. Barry Posen ha advertido que el sistema multilateral enfrenta límites cuando las potencias optan por actuar preventivamente sin mandato explícito, desplazando el eje hacia decisiones soberanas respaldadas por alianzas selectivas.
La noción de equilibrio regional estable resulta difícil de sostener cuando la densidad armamentística aumenta y los arreglos cooperativos pierden centralidad. No se trata de afirmar colapso, sino de reconocer que la estabilidad depende de gestionar disuasiones en entornos de alta incertidumbre.
Si el bombardeo se consolida como intento de reconfigurar el orden regional mediante debilitamiento del régimen iraní, la respuesta tenderá a operar bajo la misma lógica estructural. La escalada no surge necesariamente de impulsos ideológicos, sino de cálculos sobre supervivencia y preservación del poder estatal. La estabilidad dependerá menos de la intensidad puntual de los ataques y más de la posibilidad de redefinir el conflicto en términos que no comprometan la continuidad de ninguno de los actores centrales.
La historia desde 1979 muestra que los ciclos de confrontación rara vez se resuelven mediante concesiones rápidas. Se estabilizan cuando los costos acumulados superan los beneficios estructurales esperados. Mientras el lenguaje político continúe desplazándose desde la conducta hacia la existencia, la racionalidad estratégica seguirá empujando hacia la ampliación del riesgo. El desenlace dependerá de si emerge una oferta verificable que permita reconducir el conflicto hacia parámetros limitados. De lo contrario, la dinámica seguirá guiada por la búsqueda de ventaja estructural en un entorno donde el margen para el error de cálculo es estrecho y las consecuencias regionales se amplifican con rapidez.