Un fantasma con sed recorre Chile: IA, data centers y Trump
02.02.2026
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02.02.2026
Los autores de esta columna analizan el empuje que está dando el gobierno a la instalación de data centers en el país, exponiendo datos de cuánta agua requieren para su funcionamiento, algo que no se ha cuestionado. Dicen que «la pregunta mayor es cuánto benefician los centros de datos al país, a su medio ambiente y a su ciudadanía; cuánto benefician a los dueños de las grandes compañías tecnológicas y, no menos importante; cuánto benefician al poder cada vez más tentacular de Estados Unidos en la región».
Un fantasma recorre Chile. Se ve poco y se conoce menos. No se puede discernir con facilidad ni su forma ni su impacto. En el pasado, era normal llegar a una ciudad y ver una fisonomía que, gustándonos más, menos o nada, tenía un fin social: escuelas públicas, el edificio de Correos, la estación del tren, la compañía de teléfonos, o la empresa de electricidad. Todas habían sido iniciativas gubernamentales, creadas y dirigidas en virtud del interés y beneficio de toda la gente: contar con una formación institucional, disponer de energía eléctrica, estar conectados, entre otras.
Hoy hay muchos servicios de correo, educación, viajes, información, telecomunicaciones y pago de cuentas que no vemos. Están en todos lados, pero no los vemos. Hablamos de lugares donde todo eso ocurre a la vez y ni nos enteramos. Hablamos de centros de datos que prometen acelerar la transformación digital y están cada vez más presentes en Chile, con preocupantes consecuencias. Para invitarte a ser parte más activa de esta columna, responde estas simples preguntas.
¿Sabe dónde están los data centers en tu región? ¿Sí? ¿No? ¿Y qué importa? Dirá usted.
En Chile hay 33 data centers y 34 más en desarrollo. Esto posiciona al país como el tercero a nivel latinoamericano, después de Brasil y México en contar con más centros de datos. En la Cuenta Pública de 2025, el presidente Gabriel Boric llamó con entusiasmo a seguir por dicha senda: “Un país que no invierte en inteligencia artificial hoy, corre el riesgo de quedar rezagado en el escenario global del mañana. En Chile, estamos convencidos de que la innovación y la tecnología son las herramientas clave para construir un futuro más inclusivo, sostenible y competitivo. Por eso, estamos trabajando con determinación para traer ese futuro al presente, invirtiendo en capacidades, en talento y en infraestructura que nos permitan liderar en esta nueva era digital”. El joven presidente chileno anunció una inversión de 14 millones de dólares para aumentar la capacidad de supercómputo y desarrollar Latam GPT.
La idea de que más data centers nos beneficiarían como sociedad y de que, de lo contrario, nos quedaríamos detrás del carro del desarrollo —¿ha escuchado esa historia antes? — tiene dos puntos que no se han puesto arriba de la mesa cuando hablamos de tecnología contemporánea. Es un clásico caso de, como cantaba Luca Prodán, “mejor no hablar de ciertas cosas”. Pero es necesario revisar esas cosas. Veamos dos de ellas.
La primera es la extrema necesidad de agua de los data centers. En un país con megasequía, como Chile, esto resulta alarmante. En 2023, la suma de todos los data centers del mundo consumía tanta electricidad como Gran Bretaña y representaba el 4,4 % del consumo total de energía de EE. UU. En un cálculo que luce coherente, la Agencia Internacional de Energía ha estimado que los centros de datos del mundo consumirán en 2030 el equivalente a la electricidad que Japón utiliza actualmente.
En resumen, la necesidad de agua y luz para estos centros es inmensa, y Chile así lo atestigua. El data center de Cerrillos, en la Región Metropolitana, usa casi 230 litros de agua por segundo, lo que equivale al consumo de 40.000 hogares. Y el primer centro de datos de Google en Latinoamérica no lo hace mal. Ubicado en Quilicura y creado en 2015, consume 50 litros de agua por segundo. Es decir, el consumo de 8.000 familias.
En virtud de la amenaza real para el recurso vital, organizaciones como el Movimiento Socioambiental Comunitario – Por el Agua y el Territorio (MOSACAT) y la Resistencia Socioambiental Quilicura han expresado su rechazo a la presencia de data centers en Chile. Claman que estos nodos de tecnología tienen consecuencias negativas, como en el caso del humedal ubicado a un costado del data center de Google en la comuna de Quilicura.
Esta pelea por la defensa del agua ha llegado incluso a ojos extranjeros. Recientemente, el New York Times dio cuenta de la controversia y de la tendencia chilena de seguir construyendo centros de datos sin que las quejas de vecinas y vecinos afecten su instalación, como en el caso de Microsoft, que en 2025 levantó un data center en…Quilicura.
La segunda historia que hay que contar es a quién beneficia la instalación de data centers. La respuesta debe comenzar indicando que se trata de una tendencia global y que beneficia a pocos actores. Microsoft y Google son dos de ellos. Los centros de datos de Google utilizaron 6 billones de galones de agua en 2024, equivalente a un tercio del suministro de agua potable de Turquía. Y es que el consumo de la inteligencia artificial (IA) no sale gratis. Una conversación corta con GPT-3, o cien palabras enviadas por correo electrónico, requieren 500 mililitros de agua para enfriar la nube. Y cada solicitud de ChatGPT consume diez veces la energía de una consulta convencional de Google.
Amazon también gana con esta explotación del agua. Explotación que no nace de las necesidades que podamos tener respecto del uso del correo electrónico o de las “redes sociales”, sino de grandes plataformas estadounidenses y de su apuesta por la IA. Una apuesta que, por cierto, tiene un carácter geopolítico. En enero de 2025, la Casa Blanca publicó el documento titulado “Eliminando las barreras al liderazgo estadounidense en inteligencia artificial”. En él, indican que su política en la materia está motivada por la “fortaleza de nuestros mercados libres, nuestras instituciones de investigación de primer nivel y nuestro espíritu emprendedor. Para mantener este liderazgo, debemos desarrollar sistemas de IA libres de sesgos ideológicos o de agendas sociales impuestas”. Es decir, la declaración de principios del gobierno dirigido por Donald Trump no se interesa por las implicancias que la IA pueda tener en la promoción de la desinformación, ni por la falta de diversidad en el espacio digital, ni por la equidad entre actores, ni menos por la inclusión de voces periféricas. ¿Y las implicancias para el cambio climático? Para nada.
¿Frente a esta posición, qué ha hecho el Estado chileno? En rigor, ha impulsado la instalación de centros de datos. “¿Por qué Chile es un lugar ideal para instalar tu data center?” dice el Plan Nacional desarrollado por el Ministerio de Ciencias. La respuesta, ofrecida en el mismo documento, arguye que “el país ofrece condiciones favorables para inversiones tecnológicas de gran escala”. Vale la pena consignar que, al menos en temas de agua, Chile no tiene “condiciones favorables”, sino más bien una situación de megasequía, alertada por entidades nacionales e internacionales, que debiera hacernos preguntar quién gana con los data centers en el corto, mediano y largo plazo.
Los pompones celebratorios del gobierno de Chile frente a los data centers y la inteligencia artificial se han matizado en el último tiempo, al hablar de los riesgos de la IA y de la necesidad de contar con un modelo latinoamericano similar a ChatGPT, pero hecho por y para Sudamérica. Mientras esa idea aún no se plasma en la realidad, la pregunta mayor es cuánto benefician los centros de datos al país, a su medioambiente y a su ciudadanía; cuánto benefician a los dueños de las grandes compañías tecnológicas y, no menos importante; cuánto benefician al poder cada vez más tentacular de Estados Unidos en la región.
No por nada, tras una cena entre Trump y los CEOs de compañías como OpenAI, Meta, Microsoft y Amazon, en septiembre de 2025, el sitio web oficial de la presidencia estadounidense tituló: “El presidente Trump y los líderes tecnológicos se unen para impulsar el dominio estadounidense en inteligencia artificial”. En días en que el ánimo dominante del Tío Sam se manifiesta con inusitada claridad en buena parte del llamado mundo occidental, la respuesta apunta a la condición de patio trasero de América Latina y de Chile como un pedazo de tierra desde el cual extraer recursos naturales. En perspectiva histórica, nada nuevo. Es un 1825, 1925, actualizado en 2025, con viejos discursos tecnodeterministas ligados a acelerar los procesos, a producir más y mejor y a la eterna promesa de que, con esta nueva tecnología, ahora sí que sí vamos a avanzar por las vías del desarrollo.