Bachelet tiene una oportunidad: limpiar sus credenciales democráticas o seguir con sus compañeros de ruta
11.01.2026
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11.01.2026
Señor Director:
Bachelet enfrenta hoy una oportunidad excepcional, probablemente irrepetible. Confluyen dos hechos de enorme relevancia: su interés declarado en postular a la Secretaría General de las Naciones Unidas y la reciente captura de Nicolás Maduro. Este cruce no solo tiene implicancias personales, sino que abre un escenario político y moral mucho más exigente: la posibilidad real de que Bachelet recupere —o termine de perder definitivamente— sus credenciales democráticas ante América Latina y el mundo.
La región atraviesa una profunda crisis. Dictaduras abiertas como Cuba y Nicaragua, el drama humanitario venezolano y la preocupante deriva autoritaria de otros gobiernos han puesto a prueba el compromiso democrático de quienes han hecho de los derechos humanos su principal bandera discursiva. En este contexto, ya no hay espacio para ambigüedades, relativismos ni neutralidades selectivas.
José Antonio Kast fue claro al referirse a este escenario. Su criterio es uno solo: lo mejor para Chile. Desde esa lógica —y lejos de atrincherarse en su propio sector— dejó abierta la posibilidad de respaldar una eventual candidatura de Michelle Bachelet a la ONU, siempre que ello represente un aporte efectivo a la estabilidad regional, a la democracia y al respeto irrestricto de los derechos humanos, sin distinciones ideológicas. No es un gesto menor; es una señal política relevante.
Pero ese eventual respaldo exige una definición clara. La ex Presidenta debe alejarse, sin ambigüedades, de una parte significativa de la izquierda latinoamericana que ha sido rápida para condenar a Estados Unidos, pero extremadamente cauta —cuando no silenciosa— para condenar al narcodictador venezolano. Condenar la dictadura de Maduro, y cualquier otra, sin matices ni dobles estándares, no es una concesión política: es hoy un mínimo ético.
La captura de Maduro —calificada por Kast como una buena noticia para la región— marca un punto de inflexión. El responsable del colapso de Venezuela, de la represión sistemática y del éxodo de millones de personas ya no puede seguir siendo relativizado. La región está obligada a optar con claridad entre democracia o complicidad.
Y es aquí donde el historial de Michelle Bachelet pesa. Durante su paso por organismos internacionales de derechos humanos, su actuación frente a Venezuela fue, en el mejor de los casos, tibia. Se limitó a constatar violaciones, pero evitó ejercer el liderazgo político y moral que su cargo exigía. Ese silencio —activo y funcional— dejó una mancha profunda en sus credenciales democráticas.
Hoy, Bachelet debe optar: perseverar en la comodidad ideológica que ha acompañado a buena parte de la izquierda regional, o dar un giro real, claro y sin titubeos, en favor de la democracia sin apellidos ni excusas.
La pregunta no admite evasivas:
¿Aprovechará esta oportunidad para limpiar sus credenciales democráticas, o seguirá caminando junto a sus compañeros de ruta?