LA VIOLISTA, LLAMADA CARIÑOSAMENTE “PENNY”, FORMÓ A GENERACIONES DE MÚSICOS EN LA ORQUESTA DE CÁMARA DE CHILE Y EN LA UNIVERSIDAD CATÓLICA
Todas las violas se van al cielo: adiós a Penelope Knuth
04.11.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
LA VIOLISTA, LLAMADA CARIÑOSAMENTE “PENNY”, FORMÓ A GENERACIONES DE MÚSICOS EN LA ORQUESTA DE CÁMARA DE CHILE Y EN LA UNIVERSIDAD CATÓLICA
04.11.2026
La violista Penelope Knuth, jefa de las violas de la Orquesta de Cámara de Chile desde 1994, murió a los 72 años en el accidente del bus que trasladaba a los músicos tras un concierto en Valparaíso. El autor de este texto recorre la historia de esta orquesta itinerante y gratuita, que por más de cuatro décadas ha llevado la música docta a comunas y regiones, y el legado de una maestra que formó a generaciones de violistas. Hoy, con varios de sus integrantes heridos, el futuro de la agrupación queda en suspenso.
Imagen de portada: Ministerio de las Culturas
La Orquesta de Cámara de Chile es una orquesta singular. Depende del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio; es andariega, itinerante y gratuita: es la única en su tipo de carácter nacional porque recorre diferentes comunas de Santiago y regiones de Chile y no cobra un peso por sus presentaciones. Los músicos que la componen forman parte de una estirpe profesional movilizada por su honda pasión por transmitir la música. No importa si actúan mientras un niño corre por una de las iglesias que cobijan sus recitales o si están frente a exigentes melómanos en el Teatro Municipal de Ñuñoa —conocido por su antiguo nombre: Teatro California—, la sede principal de esta agrupación.
Su precursora fue la Orquesta de Profesores de las Escuelas de Adultos de Santiago, conocida posteriormente como Orquesta Sinfónica de Profesores. Aunque su espíritu era, en el sentido etimológico, filarmónico —del griego philos, que significa amantes de algo— porque en su mayoría eran docentes-músicos no profesionales que desde los albores de 1940 empleaban su tiempo libre para interpretar música clásica bajo la dirección de Luis Moll Briones. Entre ellos, Fernando García Arancibia tocó el trombón antes de convertirse en Premio Nacional de Artes Musicales en 2002.
Sin embargo, esta orquesta tutelada por el Ministerio de Educación padeció con los choques de horarios de los atribulados profesores fungidos en sus horas libres como músicos. Hasta que, en 1982, la toma el maestro Fernando Rosas Pfingsthorn, luchador de las grandes batallas sinfónicas en Chile en el siglo pasado, y la reorganizó como una orquesta de cámara con una estructura clásica: instrumentos de cuerdas, vientos (maderas y metales) y percusión. Sumó músicos jóvenes que tuvieran dedicación exclusiva para desperdigar sus compases por todo el país, pero también para enseñar en cientos de colegios desde cuáles son las características de un oboe hasta qué es el estilo barroco.
En la prensa de la época le llamaban clases-conciertos. La nombraron Orquesta Promúsica y operó en los aciagos años dictatoriales de Pinochet cuando la música docta era un páramo alimentado solo por campeadores como el mismo Rosas. “Aquí hay un espíritu muy especial: ansias de progreso”, comentaba Gilberto Silva, cornista que integró esta agrupación. También, se decía que era la orquesta con mayor número de integrantes mujeres en la historia del país.
En 1991, ya con el retorno a la democracia, Rosas aprovechó la mayor solidez institucional en el Estado y transformó la agrupación en la Orquesta de Cámara de Chile (OCCh), anclada en su tradición y rol democratizador y pedagógico. Con la muerte del maestro en 2007, asume al año siguiente su dirección el director Juan Pablo Izquierdo, uno de los conductores más prolíficos en la historia de la música chilena, quien entendía la importancia de llevar a Beethoven desde teatros en Las Condes hasta espacios públicos en La Granja.
Izquierdo señaló sobre esta orquesta que “es un esfuerzo y una inversión cultural destinada a llevar música a variados lugares del país, no solo a zonas apartadas o extremas, sino también a localidades en las cercanías de Santiago, lugares donde es la primera vez que el público escucha una orquesta. Y cuando eso sucede, cuando uno se presenta donde nunca ha habido una orquesta, tiene el deber de esmerarse aún más, porque la música se siente. Quizá el público no sepa distinguir el matiz de un compás o la sutileza de una nota tocada suavemente, pero percibe una energía y genera una comunicación”.
En ese rol, los músicos y músicas de la OCCh han sido cimentales. Y no solo en su carácter nómade, sino también en el rol pedagógico. Hasta la fecha realizan talleres, charlas maestras, recitales didácticos u óperas en concierto para acercar al público la música de tradición escrita. Los instrumentistas también trabajan mancomunados con las diferentes orquestas de la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles (FOJI) —creadas también por Rosas y germinadas, en parte, en la misma OCCh—.
Una de las más entusiastas con la formación y vinculación con niños, niñas y adolescentes era Penelope Knuth, violista nacida en Nueva York, Estados Unidos, pero que desde 1994 era la jefa de las violas en la OCCh. Desde este lugar o en su posición como profesora en el Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile formó a decenas de destacados violistas y profesionales como Samuel Poblete, Sergio Muñoz, Carola Fredes, Daluz Sepúlveda o Dominique Thomann, la actual directora del Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile (CEAC); “Penny”, como la llamaban cariñosamente, asistió a sus matrimonios, fue cómplice en los nacimientos de sus hijos, impulsora de aventuras en el extranjero o gestora de múltiples becas; a sus estudiantes o mentoreados les regalaba partituras o los recibía en su casa para oficiar clases u ofrecer un buen consejo.
También era común verla interactuar con niños en el Teatro California o con sus alumnos particulares a los que traspasó incansablemente su experiencia hasta sus últimos días, aunque se jubiló de la PUC en 2021. “Para manejar el brazo derecho y el arco sin tensión, se necesita análisis y planificación. El primer ejercicio está pensado para ayudar a instrumentistas que tienen el mal hábito de tocar con mucha tensión en el hombro derecho”, arranca un manual de Knuth fechado en junio de 1995 cuyo epígrafe reza: “para mis alumnos del curso de la viola de las Orquestas Juveniles de Chile”.
A veces es difícil dimensionar la importancia de la viola en una sinfonía atronada por vientos y otras cuerdas. En la Sinfonía n° 1 de Gustav Mahler, conocida como “Titán”, construye pasajes sonoros y atmósferas y dialoga con otros instrumentos como si fuera un coro de voces. Quizá por eso algunos dicen que es un instrumento cuyo timbre se asemeja al de la voz humana.
La Orquesta de Cámara de Chile la interpretó a inicios de octubre en la Parroquia San Alberto Hurtado de Las Condes, la Casa de la Cultura de Pedro Aguirre Cerda, el Teatro California de Ñuñoa y en el Aula Magna de la Universidad Técnica Federico Santa María de Valparaíso; la agrupación mantiene su espíritu andariego planificado por Fernando Rosas.
Para interpretar esta sinfonía en formato cámara requirieron de los 33 músicos de planta de la OCCh, además de tres refuerzos. Además, utilizaron una orquestación del compositor británico Iain Farrington en la que se recuperó el segundo movimiento (Blumine) que Mahler intentó olvidar por considerarlo pueril y cuya adaptado hizo el trompetista de la OCCh Herman Arenas Otárola. No fue una interpretación convencional, se ejecutaron cinco movimientos en la obra que históricamente consideraba cuatro.
Luego del último concierto en Valparaíso, dirigido por el maestro titular de la orquesta, el suizo Emmanuel Siffert, el bus que transportaba a casi todos los músicos y un grupo de asistentes, que sumaban unas 36 personas —no 46 como informó el Ministerio de las Culturas—, desbarrancó por las sinuosas y empinadas calles del puerto, esta ciudad imposible de amoblar como narra el documentalista neerlandés Joris Ivens en el cortometraje “A Valparaíso” de 1963. Valparaíso es tierra de conspicuos instrumentistas, directores y compositores, como el ecléctico Nino García Núñez, el fundamental Tomás Lefever Chatterton o el prolífico Pablo Garrido Vargas. También ha visto a muchos partir.
La Primera Sinfonía de Mahler es una extraña representación de la vida y la muerte en la que las cuerdas chirrían como el alma apesadumbrada del compositor. Un homenaje a la vida fue también la interpretación de la OCCh, cuyo concertino Hernán Muñoz Julio, parte de la agrupación desde la época de la Orquesta Promúsica y de noble talante, no dejó de emocionarse al final de los recitales como la mayoría de sus miembros. Fue también la última interpretación de Penelope Knuth, quien murió a los 72 años tras el desbarrancamiento del bus en las veleidosas calles de Valparaíso.
La casta mahleriana y otros melómanos sitúan a algunas sinfonías de Mahler cerca de la perfección, como “Titán”. Reflexionan que, como la perfección no es humana, la sola idea de este concepto en nuestra cabeza o alma es porque proviene de un origen divino, ergo esta música es divina. En este escenario, los músicos y músicas son el medio para alcanzar la perfección, es decir son los representantes de lo perfecto en la Tierra. Sin dudas, Knuth alcanzó reiteradas veces ese umbral con la viola y su última interpretación la perpetuará en el sitial de la perfección.
Tras el accidente, el Teatro California amaneció con velas, también llegaron flores. Es el cálido hogar de esta orquesta, pero también de los vecinos de la estación de Metro Monseñor Eyzaguirre y su barrio que asisten a cada función como si fuera una misa inexcusable; los integrantes de la OCCh se articulaban como una familia entre ellos, pero también son una familia para el público del California, quienes le sonríen a su intérprete predilecto o recelan los asientos favoritos. El año pasado, la orquesta le entregó un regalo a una asistente que superó las nueve décadas de edad, pero que no recula en ir a cada función, ¿existirá otra orquesta en Chile con esa alma?
El último viernes el Teatro California estuvo en silencio, pese a ser el día de las presentaciones de la Orquesta de Cámara de Chile. El silencio es parte de la música, a veces el silencio es fundamental en una partitura, pero ese viernes debió sonar la nota la del oboe para arrancar la afinación de toda la orquesta en la caja acústica ñuñoína y, con ello, un nuevo recital. Sin embargo, solo se percibieron las vibraciones perennes de conciertos pasados, las rebeldes goteras en el foyer producto de las lluvias primaverales y las energías de José Chacana Véliz y Miguel Zárate González, clarinetista y percusionista respectivamente de la OCCH fallecidos en los últimos tres años.
El futuro de la Orquesta de Cámara de Chile es incierto porque, además, varios músicos sufrieron lesiones graves en el accidente en Valparaíso. Uno de los más bellos proyectos del Estado chileno queda en suspenso justo en tiempos en que se relativiza la importancia del arte por su condición etérea. Como si no bastara su aporte al espíritu humano.
El velorio de Penelope Knuth fue el martes 13 de octubre en el Campus Oriente de la Universidad Católica de Chile. La ciudad fue sorprendida por una tormenta eléctrica que generó granizos y copiosas lluvias en la ciudad y, también, en esta casa de estudios, como si Dios estuviera llorando a una de sus representantes en la Tierra. Porque todas las violas se van al cielo y se fue una de sus voces más generosas.