ENTREVISTA AL CANTANTE QUE CELEBRA 60 AÑOS DE CARRERA ARTÍSTICA
José Alfredo Fuentes: “Hubiese sido un honor grabar con Víctor Jara”
25.10.2026
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ENTREVISTA AL CANTANTE QUE CELEBRA 60 AÑOS DE CARRERA ARTÍSTICA
25.10.2026
“El Pollo” celebra sus seis décadas de trayectoria con un concierto el próximo domingo 25 en el teatro Caupolicán. Ídolo popular a los 18 años, recuerda la histeria que provocaban sus shows en las mujeres, la negativa a radicarse en México, su rabia por participar en Chacarillas y la idea que tenía el creador de Te recuerdo Amanda de hacer discos románticos junto a él.
Imagen de portada: gentileza José Alfredo Fuentes
José Alfredo Fuentes lo repite varias veces durante la conversación. Nunca se nubló con el éxito y la popularidad. Para él, ser cantante era simplemente un trabajo. Distinto, por supuesto, a la mayoría porque cuando se hizo famoso a los 18 años no podía salir a la calle, las mujeres lo esperaban afuera de su casa y, aficionado al cine, debía ingresar a las salas cuando la película se había iniciado. Fanático de la Universidad de Chile, la única actividad que persistió en una conducta normal fue ir al estadio con su amigo Wildo. Apenas lo reconocían, el público -eminentemente masculino- apelaba a un chilenismo clásico: hacer bromas escondido en el anonimato. “Me gritaban ‘mijitooo’ o ‘pollo hueco’. Me reía y después seguía todo sin problemas”, recuerda.
Desde que fue descubierto por un profesor en un concurso escolar, la vida del “Pollo” Fuentes se transformó en poco tiempo en una pequeña revolución. Su madre tuvo que firmar su primer contrato discográfico porque era menor de edad. “Cuando le dije que me quería dedicar a la música, lo primero que me dijo fue ‘estai más hueon’. Y después, cuando era famoso, se subía a un taxi y decía ‘buenas tardes, soy la mamá del “Pollo” Fuentes’”, indica. El cantante vivió experiencias que rivalizaban con las de The Beatles. Pero no lo trastornaron porque, asegura, tenía tanto cariño familiar que nunca se compró el rol de superestrella. “Era un viejo chico, bien responsable. A los 20 años ya me había comprado una casa”, rememora.
La masividad, sin embargo, trajo sus pinchazos mentales. En una ocasión, cuando tenía 21 años, actuó en un Caupolicán a tablero vuelto. Las mujeres lloraban, otras gritaban y algunas salían en camillas por desmayos. Cuando el show finalizó, Fuentes se quedó una hora en el camarín y volvió al escenario. Esta vez sin público. Sintió el silencio donde hace un rato había locura y el pecho se le apretó. “¿Quién chucha soy?”, se preguntó. Se fue a la casa, se lavó los dientes y se acostó. “Me dio una pequeña depresión. Ser cantante, dedicarme a mi vocación y lograr popularidad era un accidente grato en mi vida. Toda esa locura y distorsión que se generaba en el entorno era una gran mentira. Y, con el tiempo, me relajé”, sostiene.
Pese a que desde muy joven tuvo que lidiar con la fama y el reconocimiento, José Alfredo Fuentes conserva características de una chilenidad en vías de extinción: es solidario sin vanagloriarse, no es arrogante ni distante, es bueno para el chiste corto y siempre pone en primer lugar el bienestar de su familia. Cuando, a fines de los 60, su popularidad en Chile era abrumadora, pudo irse a México. Estuvo siete meses, pero prefirió devolverse. Dice que siempre se ha cuestionado qué hubiera sido de su vida en ese país, pero está convencido de que su mayor logro es haber tenido un núcleo familiar granítico. “Cuando era joven, no podíamos pasar las vacaciones en Chile porque las personas me saludaban en todas partes. Íbamos al extranjero y, cuando ya llevaba dos semanas sin que me reconocieran, sentía la falta del cariño de la gente”, asegura y se extiende. “Tenía carisma y un estilo diferente. Cuando llegué a México me pasaba lo mismo que en Chile. Tenía que salir escoltado de los conciertos. Formaron un club de fans, las mujeres me tocaban serenatas a las afueras de mi departamento y a los shows llegaban con pollitos. Pero era sacrificado y no me arrepiento. Quizás qué vida hubiese tenido allá. La bohemia era fuerte allá”.

El «Pollo» Fuentes en su época dorada como una de las figuras destacadas de la Nueva Ola (Créditos: gentileza José Alfredo Fuentes).
-¿Te ofrecían de todo?
-Sí, una vez fui a cantar a un show de un artista que está viejito. El local se llamaba La Fuente y era el lugar más top. Tenía que acompañarlo en un tema y, al final, hicimos tres canciones. Cuando se acabó el concierto, fuimos a su camarín y había un frasco parecido a estos donde guardas las cebollas en escabeche repleto hasta arriba de cocaína. Todos le pasaban la mano y se lo llevaban a la nariz. Afuera había policías y estaba cagado de susto. Hasta que me di cuenta de que les daba lo mismo. Nunca fui bueno ni para las drogas ni para el copete. Las que siempre me gustaron fueron las mujeres.
El cantante -quien celebrará sus 60 años de carrera el domingo 25 de octubre en el Caupolicán- es una metralleta de anécdotas. Su trayectoria artística está enlazada con la evolución del país. Cuenta, por ejemplo, que a fines de los 60, la revista Ritmo organizó un campeonato de baby fútbol. Y cita un enfrentamiento. Un equipo compuesto por los Quilapayún reforzados por Víctor Jara versus un grupo liderado por el padre Raúl Hasbún. A primera vista, un show de patadas. “Fue todo con mucha camaradería. Eran otros tiempos”, reconoce. Poco tiempo después, mientras salía del céntrico café Jamaica, “Pollo” Fuentes siente que le tocan el hombro. Era Víctor Jara. Tras saludarlo, le hace un cuestionario periodístico. “Me pregunta si es muy difícil mi vida, si tengo que andar escondido y cómo lo hago con las mujeres. Era muy simpático. Me contaron que Víctor tenía la idea de crear un sello y grabar discos románticos y que tenía la intención de convocarme a mí y a Marcelo, de Cachureos. Hubiese sido un honor grabar junto a Víctor Jara. De hecho, la canción El Cigarrito, Víctor la hizo pensando en Pedro Messone”.
-Patricio Manns dijo que Messone era un soplón y que dio nombres de músicos a la dictadura…
-No lo creo. Nos juntábamos con Pedro y era DC. Nunca lo escuché decir nada. Lo mismo decían de Tito Fernández. Corrían muchas historias. Con Tito éramos amigos e hicimos giras donde conversábamos hasta tarde. Hasta que se rayó cuando supuestamente vio un ovni.
Los años de la dictadura marcaron un desliz severo para el “Pollo” Fuentes. Es un hecho que, con el tiempo, considera que fue una estupidez, pero que le molesta que se lo recuerden. Principalmente, porque siempre fue una persona que no manifestó nunca sus preferencias políticas. “Don Francisco, en una de las primeras veces que lo vi, en 1967, me dio un consejo. Nunca te metas en política”. Afirma que nunca le interesó unir la política con la música y que sus canciones siempre tuvieron una exclusiva característica: el romanticismo. Pero el 9 de julio de 1977, José Alfredo Fuentes participó en Chacarillas, un evento organizado por el régimen militar para homenajear a Pinochet, en el cerro San Cristóbal. Entre ellos, estaban Hans Gildemeister, Antonio Vodanovic, Jorge Socías y Coco Legrand. “Acepté ir porque me dijeron que me entregarían el premio al artista más popular. Le pregunté a mi hermano, que era allendista, y me dijo ‘sí, anda no más’. Y fui. Nunca imaginé que era un acto de proyección para decir que Pinochet era lo más grande. Me dieron una medalla que ni sé dónde quedó. Me da rabia que me asocien con eso porque jamás fui a manifestaciones políticas y nunca me metí en nada. Lo único que hice fue tocar en el norte en cuatro presentaciones a favor de Frei cuando compitió contra Piñera. Pero fue por amistad porque me cae muy bien”.
Con menos vida nocturna, la década del 70 trajo cambios profundos para el músico. A fines de esa década, el director Gonzalo Bertrán lo convocó para conducir un programa que mezclaba la conversación con la música llamado Nuestra Hora. El espacio tuvo buen rating y, para las nuevas generaciones, José Alfredo Fuentes se posicionó más como un animador -estuvo liderando Éxito y Venga Conmigo– que como una estrella pop. Aunque siempre prefirió la música, la visibilidad televisiva le generó más seguridad económica. “La televisión me fue quitando tiempo para la música. Tenía que estar todos los días en reuniones de pauta, juntarme con potenciales auspiciadores. Era más burocracia. Pero fue un camino paralelo positivo. Hice la pega bien. No tenía que depender de sacar una nueva canción exitosa. Uno siempre está asustado con las canciones porque no sabes si pegarán. Te Perdí la tenía botada y, en una noche, un productor la escuchó y me dijo ‘grabémosla”. Y fue un éxito. La vida del artista es difícil e impredecible”.
-¿En los 80 viviste situaciones de censura?
-Los canales eran más jodidos que la gente de gobierno. Nos revisaban todo. En ÉBxito fuimos los primeros que llevamos al Cóndor Rojas cuando se cortó. Y no le dijimos nada al canal. Mostró el guante donde guardó la gillette, cómo se cortó. Fue un éxito total de sintonía. Otras veces, fueron Los Prisioneros y nos preguntaban si iban a cantar no más o se pondrían a hablar. Pero no pasaba nada. Nunca vi un milico en el canal. Una vez vi a Álvaro Corbalán en el casino. Era amigo de algunos músicos y daba serenatas. Le gustaba tocar la guitarra. Cuando lo vi, andaba con unos seis milicos. Todos con pistolas. Pero no lo quise mirar mucho. Mejor alejarse de esas personas.
Tras años de protagonismo televisivo, el gran renacimiento musical del “Pollo” Fuentes sucedió en 2005. Alejandro, uno de sus tres hijos y fan de Álvaro Henríquez, le recomendó que se acercara al líder de Los Tres para trabajar un disco en conjunto. La idea era sorpresiva. Por un lado, haría un lifting artístico y, por otro, se acercaría a nuevas generaciones. Algo similar a lo que había sucedido por esa misma época con Raphael en España. En una entrevista radial, Fuentes dijo que le gustaría grabar con Henríquez. A los días, su manager lo llamó para decirle que el creador de Déjate Caer estaba interesado. Se juntaron y la música fluyó. Tanto, que su álbum, Corazón Loco, lo hizo girar por Chile y, lo más sobresaliente, sumar nuevos públicos. “Me gané mucha gente joven con ese disco. Fue acertadísimo. Fui a tocar a la Yein Fonda. Cantamos Hospital. Le dije a Alvarito que partiera él y yo me metía a mitad de la canción. Cuando aparecí cantando ‘le pido a ella’ quedó la cagá. Estaba lleno y se subían los cabros al escenario a abrazarme. Adoro a Álvaro. Es un cabro bien especial. ¿Si lo veo? Poco. No se junta con nadie, tiene dos o tres compadres. Ahora se porta bien todo lo que puede porque si no se muere”, indica.
Fuentes sigue sorprendido por el cariño popular. “En todas partes, la gente me pide fotos. Eso lo valoro mucho”. Nunca pensó que llegaría a las seis décadas de música. Lo considera un milagro. “Caí en el momento preciso cuando la Nueva Ola estaba teniendo un bajón. La gente joven tenía a Los Beatles en Inglaterra, a Raphael y el Dúo Dinámico en España y a Palito Ortega y Sandro en Argentina. Faltaba un perico en Chile y fui yo. Valió la pena cantar y dejar algo más”.
-¿Es cierto que conociste a Cecilia en tu adolescencia?
-Sí, mi hermano pololeó con una amiga suya y le dijo a Cecilia que su hermano cantaba. Fui a su casa en la Gran Avenida y nos hicimos súper amigos. La admiraba mucho y me enamoré de ella, aunque era más grande. Me acompañó a una prueba a un sello discográfico cuando tenía 15 años. Y no quedé. Hasta que falleció siempre me dijo Alfredito. Una vez, en una gira, le dije que me había enamorado de ella y la agarré y le di un beso. Se cagó de la risa.
-¿Tienes algún ídolo en la música?
-Lucho Gatica, por lejos. Hemos tenido artistas fenomenales como Los Ángeles Negros, Buddy Richard, el mejor compositor chileno. Lucho tenía seis amigos en Chile y soy uno de ellos. Nos hicimos cercanos en un programa donde éramos padrinos de artistas aficionados. Una vez lo llevé a mi casa y me aseguré de que mi hermana, que también era fanática, le abriera la puerta. Cuando tocó el timbre y salió a abrir y se lo encontró, no lo podía creer. Era lo más cerca que podía estar de Dios.