ENTREVISTA AL FUNDADOR DE LA REVISTA APSI Y AUTOR DEL LIBRO "UN EDITOR EN DICTADURA"
Arturo Navarro y el fracaso de la prensa progresista durante y después de la dictadura: «En Chile no existen los empresarios de izquierda»
11.10.2026
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ENTREVISTA AL FUNDADOR DE LA REVISTA APSI Y AUTOR DEL LIBRO "UN EDITOR EN DICTADURA"
11.10.2026
Autor de Un editor en dictadura, el sociólogo y periodista fundó Apsi y fue editor en La Época. En esta conversación recorre la prensa que desafió la censura de Pinochet, desde Quimantú hasta la campaña del No: recuerda cómo siguió el rastro de los libros de García Márquez quemados en 1986, critica el rol de El Mercurio y explica por qué esos proyectos periodísticos no lograron sostenerse por falta de avisos.
En los 80, el cineasta Miguel Littin era una figura mitificada en Europa. Algo así como un guerrillero cinematográfico. Más allá de sus películas comprometidas con la contingencia política latinoamericana, el artista realizó acciones donde actuaba al límite. A mediados de esa década, el director ingresó clandestinamente a Chile junto a un equipo de la televisión alemana para entrevistar a Augusto Pinochet en La Moneda. Nadie lo reconoció. A su salida del país, le contó la historia a su amigo Gabriel García Márquez, quien de inmediato olfateó un libro. Lo escribió y lo llamó La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile.
El Nobel colombiano, quien siempre defendió la revolución cubana, tenía cuentas pendientes con el dictador chileno. Cuando se enteró del golpe de Estado y las desapariciones anunció que no escribiría hasta que Pinochet dejara su cargo de facto. La promesa, por cierto, no la cumplió. Pero el autócrata no lo olvidó. Cuando se enteró de que 15 mil libros de ese relato viajaban vía marítima desde Colombia a Valparaíso para distribuirse en Chile, activó su venganza.
La Armada asaltó el barco que traía los textos y, tras pasar por varios lugares, fueron quemados por efectivos policiales. “Había una vieja rivalidad entre García Márquez y Pinochet. El escrito sobre Littin no era muy bueno. No tuvo mucho éxito y, en noviembre de 1986, cuando envían los ejemplares, se había decretado el último estado de sitio. Fui a Valparaíso en mi rol de ejecutivo de la editorial Oveja Negra, encargada de distribuirlo en Chile, a hablar con gente de la Armada y me dijeron que habían intervenido el barco, tomado los libros y los habían incinerado. Me ayudó un joven cónsul colombiano, Libardo Buitrago, a seguir los pasos de los textos y, efectivamente, los quemaron. No lo podía creer. Faltaban cinco meses para que viniera el papa al país y había una pequeña sensación de más libertad. E igualmente era increíble: era 1986 y se seguían quemando libros. Tomé todos los papeles que tenía sobre el paso a paso de la incineración y los entregué al museo de la memoria. Pinochet, en el fondo, estaba ajustando cuentas con García Márquez”, dice el periodista y sociólogo Arturo Navarro, testigo presencial de ese insólito hecho.
Autor de Un editor en dictadura, un libro que recorre desde fines de los 60, con recuerdos del gobierno de Allende hasta la campaña del No, Navarro fue protagonista de los cambios y la efervescencia social de una época tan esperanzadora como tumultuosa en la UP hasta la oscuridad de la dictadura.
En sus páginas, recrea su pasado por la editorial Quimantú, que implantó una idea inédita en Chile: fomentar la lectura en todos los rincones del país a bajos precios. “La idea de Allende era incentivar la entretención con el espíritu crítico. Algo que complementó con otra medida desconocida: el medio litro de leche para todos los niños”, indica.
A la llegada del régimen militar, estuvo en el Comité Pro Paz, luego en la Vicaría de la Solidaridad, la dirección de la revista Apsi, la conducción en el Diario de Cooperativa y la edición de un suplemento cultural en el diario La Época.

Profundamente concertacionista, tiene similitudes con Arturo Salah. Como el director técnico, durante la conversación habla con reiteración de “los procesos” al referirse a los cambios sociológicos chilenos. Aunque trata de mantener la humildad, más de alguna vez habla de sí mismo en tercera persona. Es extremadamente simpático y tiene el don de la palabra.
Cita historias junto a José Donoso, quien en una reunión social lo miraba en menos a él y sus amigos; recuerda al cardenal Raúl Silva Henríquez como un baluarte de la dignidad humana y menciona a Renato Poblete, sacerdote jesuita que murió como un santo y hasta con el nombre de un parque en Quinta Normal en su honor y que post mortem se descubrió que fue un abusador sexual y que tuvo varias parejas al mismo tiempo. “Me hizo clases de sociología. Nosotros ocupábamos un quinto piso, pero Poblete tenía problemas al corazón así es que no podía subir las escaleras. Era muy correcto. Y me sorprendí con lo que pasó con él. Muchos años después, arrendaba una casa en Maitencillo desde marzo a diciembre y todos los fines de semana íbamos allá con mi familia. Muchas veces vi a Poblete con distintas mujeres. Luego comprendí todo”, señala.
Navarro tiene excelente memoria. Recrea capítulos de su vida como si estuviera mirando una fotografía del pasado. Se autodenomina allendista y habla con cariño de su trabajo, especialmente, en Quimantú. Hace pocos días, dice, tomó una foto de un quiosco actual y la comparó con otra de comienzos de los 70. Mientras en la primera apenas se vendían dos diarios, unos cuantos caramelos y algunas sopas de letras, en la segunda estaba plagado de revistas y diarios de todos los colores políticos. Se entristeció.
“Siento una profunda nostalgia. Desde la época de Alessandri y Frei, en los quioscos encontrabas una diversidad de lo que ocurría en Chile. Todos podían opinar. El quiosquero te recomendaba lo que leía o le pedías revistas todas las semanas. Durante la época de Allende fue la única vez que la prensa de izquierda superó a la prensa de derecha. Se vendían un millón de ejemplares diarios de medios de izquierda”. Y se explaya: “En 1972, tuve que ir a Chiloé para ver cómo estaban funcionando los minilibros de Quimantú. Recuerdo que en uno de esos transbordadores, un campesino se metió la mano al bolsillo de atrás y sacó un minilibro y se fue leyendo. Sentí que era tarea cumplida. Hoy los aparatos electrónicos le han hecho mal a la gente”.
-¿Cómo fue el cambio violento del término de la democracia a una dictadura?
-Pasamos de la libertad de expresión a la ausencia de la misma. No fue de un día para otro que se apagó la luz. Fue un proceso. El país era muy organizado, tenía idea de comunidad. Yo, por ejemplo, tuve que dirigir, pero nunca me sentí un capo porque todo lo veíamos como un trabajo colectivo. Tuve el privilegio de fundar la revista Apsi en 1976 y el vuelito me duró hasta 1981 cuando me amenazan con la expulsión del país. Trabajé en el Comité Pro Paz y luego en la Vicaría y te enterabas de cosas atroces que pasaban. Teníamos atención psicológica semanal. Debíamos vomitar todo lo que sabíamos para seguir con una vida más o menos normal.
-¿Hubo mucho miedo en esos días?
-El miedo existía porque hubo presiones. Al ingresar al trabajo, nos contábamos todos los días. La actitud de la dictadura fue lanzar fuego desde distintos ángulos. Atacaban a los obispos, acosaban a funcionarios. Siempre tomaban detenidos a personas. Había militares que se identificaban y otros que no. Cuando no lo hacían, la gente desaparecía.
Tuve el privilegio de fundar la revista Apsi en 1976 y el vuelito me duró hasta 1981 cuando me amenazan con la expulsión del país. Trabajé en el Comité Pro Paz y luego en la Vicaría y te enterabas de cosas atroces que pasaban. Teníamos atención psicológica semanal. Debíamos vomitar todo lo que sabíamos para seguir con una vida más o menos normal.
Navarro asegura que durante ese periodo el periodismo de izquierda era muy profesional. Y que la solidaridad hizo que fueran apareciendo medios de oposición como Hoy, Análisis y Cauce. Apsi, el medio que dirigió, contaba con plumas como Rafael Otano y John Dinges, entre otros, y las compañías internacionales cablegráficas les pasaban su información sin costo.
En esa lucha ideológica, cuenta que El Mercurio se fue poniendo paulatinamente más agresivo. “Al principio, usaba a sus hijos, La Segunda y Las Últimas Noticias, para hacer el trabajo sucio. Ese diario siempre ha tenido sus regalones. Era muy favorable a la FEUC, a Jaime Guzmán, a la UDI. En otras palabras, al gremialismo”, indica.
El escaso impacto actual de los medios masivos lo ejemplifica en la marcha de la semana pasada por Alameda, cuando grupos de derecha salieron de la casa central de la Universidad Católica, justo cuando pasaban los manifestantes que protestaban contra los recortes en educación. En otros tiempos, asegura Navarro, la cobertura mercurial victimizando a los alumnos gremialistas hubiese movido la aguja a su favor en las elecciones recién pasadas en la FEUC. Pasó todo lo contrario: las dos listas de izquierda fueron las más votadas. “Ese caso demuestra el poco peso y la escasa importancia que ese diario está teniendo en las elites. La proyección fue mala porque las supuestas víctimas de ese día iban a ganar las elecciones. Y sucedió lo inverso”.
Pese a las dificultades por la falta de libertad de expresión en la dictadura, Navarro no estuvo de acuerdo con la irrupción del Frente Patriótico Manuel Rodríguez para volver a la democracia. “Fue malo. Evitó la unidad de la oposición”. Como discípulo de Allende, sostiene que el expresidente fue un demócrata que ganó en las urnas y que nunca estuvo por la vía violenta. “Después que descubrieron los arsenales en Carrizal Bajo, costó muchas vidas. Entre ellas, la del periodista Pepe Carrasco. En ese sentido, no fue una experiencia exitosa”.
Defensor de los procesos históricos, el periodista sostiene que la creación de La Época, un medio ideado a semejanza del español El País, generó esperanzas de mayor libertad editorial en 1987 con una mezcla donde estaban experimentados como el propio Navarro, el «Gato» Alberto Gamboa y Leonardo Cáceres junto a un grupo de reporteros que eran la primera generación de periodistas de la Universidad de Chile como Ascanio Cavallo. Pero el proyecto resultó defectuoso. Específicamente, porque el área empresarial no tuvo la misma fuerza que su par periodística. “En Chile hay un problema que es que no existen los empresarios de izquierda. Mira lo que pasó con el Clinic. Lo tuvieron que vender. Se pensó que la gente se volvería loca cuando apareciera La Época y no pasó. Estuve a cargo de La Época Semanal, que era una revista que aparecía los domingos con un contenido más liviano, menos contingente y con buenas plumas. A la gente le encantaba el trabajo editorial, pero fue un fracaso porque no conseguimos avisos”, señala.
Está convencido de que existió un boicot brutal contra el medio y que, con el tiempo, se fueron dando balazos en los pies con un deterioro informativo. La sección de servicios se equivocaba con los números de las patentes de los autos con restricción o escribían mal la cartelera de teatro. Y la gente dejó de seguirlos. “Los taxistas llegaban furiosos al diario porque se equivocaban con los datos. Con los teatros, lo mismo. Era terrible. No se hizo un diario completo y creo que fue culpa de la pobreza. Se creó un sindicato y hubo huelga. Nos pidieron a los editores que hiciéramos el diario y renuncié. No quise hacerlo”.
-¿Se hizo buen periodismo durante el periodo de la Concertación?
-Dejé de hacer periodismo. Luego de ser creador de varios proyectos, era muy atractivo después del retorno a la democracia iniciar un nuevo oficio de gestor cultural, que es lo que hice en el Centro Cultural Estación Mapocho por 30 años. Me introduje más en el mundo de la cultura. Y no salí de ahí.