Una nueva danza macabra en Colombia: la muerte como espectáculo
08.09.2026
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08.09.2026
La autora de esta columna, de origen colombiano, reacciona a la puesta en escena del presidente de ese país, Abelardo de la Espriella, quien realizó una conferencia de prensa frente a bolsas con cadáveres de presuntos guerrilleros de las disidencias de las FARC abatidos por las fuerzas de orden. Sostiene que «frente a un gobierno que se inaugura bajo la actualización de un signo necropolítico, con un presidente encabezando una nueva danza macabra vaciada de aquel sentido medieval, igualitario y justiciero —ahora con un vivo que osa danzar y vociferar sobre los muertos—, cabe preguntarse cómo interferir e interrumpir una política de ese estilo».
Imagen de portada: video de Facebook DELAESPRIELLAstyle
En uno de los pasajes más memorables de La Ilíada, Aquiles, cuya ira ha dominado buena parte de los acontecimientos y de la guerra, decide devolver el cadáver de su archienemigo Héctor a su padre, Príamo, y a su ciudad, Troya. Los actos de conmiseración ante el enemigo se repiten en distintos cantos de la epopeya de Homero. Héroes y guerreros combaten con saña, movidos por la defensa del honor ultrajado de hombres que representan a pueblos enteros —griegos y troyanos— y por el odio propio o vicario. Pero incluso en medio de la guerra y la sed de venganza hay espacio para la compasión e incluso el llanto ante el adversario abatido: son, finalmente, formas de reconocer al otro y reconocerse en él.
Esta ética y estética de la guerra, representada en una de las primeras obras de la literatura occidental, puede servir como punto de partida para los múltiples debates sobre qué hacer con el cuerpo del enemigo: darle sepultura o abandonarlo a la intemperie, como se discute en Antígona o en la tradición islámica; declarar el respeto por el cadáver del oponente como principio jurídico universal, consagrado por el Convenio de Ginebra de 1949; o, desde la ética cristiana del Nuevo Testamento, respetar al enemigo muerto e incluso amar al enemigo vivo.
La reciente exhibición realizada por el gobierno de Colombia de cuerpos de disidencias de la guerrilla de las FARC, envueltos en bolsas plásticas blancas y dispuestos en hileras mientras el presidente se paseaba entre los cadáveres, bien podría inscribirse en esa genealogía funeraria del cuerpo del adversario. Se trataría, en este caso, de una estrategia de insensibilización que opera mediante la espectacularización y banalización de la muerte.
Como señala el filósofo y crítico brasileño Vladimir Safatle, estamos ante una política autoritaria y fascista de gestión de la violencia que busca instalar un régimen de indiferencia. Uno que permite que gobiernos y gobernantes, cuando tienen poco más que ofrecer a sus ciudadanos que cifras de supuestos criminales abatidos, exhiban la tortura y la muerte como los principales logros y victorias de sus penosos mandatos. No es casual, entonces, que esta nueva estética de la violencia ostentada por De la Espriella se alinee con los videos de las lanchas bombardeadas en el Atlántico por el Gobierno de Trump, las imágenes de personas encarceladas por Bukele o la celebración de las ruinas palestinas por parte de Netanyahu.
Quienes crecimos en Colombia durante los años 80 y 90 lo hicimos, tristemente, acostumbrados a las imágenes que inundaban los noticieros de cuerpos caídos como consecuencia directa o indirecta de los combates: militares, policías, guerrilleros y población civil, todos en un mismo saco. Fueron precisamente esos sacos blancos, utilizados para envolver y rescatar cuerpos de enfrentamientos y personas desaparecidas, los que retrató la artista Beatriz González (1932-2026) en una de sus obras más emblemáticas, Auras anónimas (2007-2009).
En ella se observan las siluetas de personas que cargan cadáveres envueltos en mantas, colgados de un tronco o apenas sostenidos con las manos. La imagen podría ser la marca de una época de la violencia, una de las tantas que ha vivido Colombia. Pero más allá de su eficacia como sello epocal, lo que importa es el gesto de rescatar y cargar los cuerpos: el trabajo de los “cargueros”, término acuñado por la propia artista. Se trata de oficios de la muerte surgidos por necesidad y precariedad, pero también al amparo de afectos que se negaban a renunciar a la construcción de una comunidad, aunque fuera la del dolor, el luto y la pérdida.
En repetidas entrevistas, González señaló que la finalidad de esta obra, y de su trabajo en general, era insistir en la memoria, la no repetición y la restitución de una dignidad perdida. Una insistencia que se proyecta incluso en el número de siluetas dibujadas en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá: 8.947 lápidas fueron intervenidas por la artista.
Frente a un gobierno que se inaugura bajo la actualización de un signo necropolítico, con un presidente encabezando una nueva danza macabra vaciada de aquel sentido medieval, igualitario y justiciero —ahora con un vivo que osa danzar y vociferar sobre los muertos—, cabe preguntarse cómo interferir e interrumpir una política de ese estilo.
Por lo pronto, han saltado las voces, como las de la Defensoría del Pueblo e incluso desde la derecha política, condenando la degradación y barbarie del grotesco espectáculo. Pero la necesidad y urgencia que se instala es otra: construir una nueva estética radical que, como el trabajo de González o la literatura homérica, restituya el lugar de los afectos capaces de resistir la indiferencia y construir lo común. Una estética donde incluso pueda caber la ira y, también, su renuncia; pero donde tengan un lugar central el dolor, el respeto y la dignidad de los cuerpos de quienes consideramos nuestros más fervientes enemigos.