“Un humedal que nadie usa”: el Gran Concepción y la ilusión del terreno vacío
05.09.2026
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05.09.2026
El autor de esta columna sostiene que la discusión sobre el humedal Rocuant-Andalién, abierta por los dichos del presidente Kast, va mucho más allá de una disputa de hectáreas: exige reconocer que un territorio «vacío» cumple funciones hidrológicas y ecológicas esenciales, y que la historia del Gran Concepción —construida entre ríos, humedales y mar— obliga a pensar la infraestructura y el desarrollo regional en diálogo con esa memoria territorial, no en oposición a ella. Concluye que «la extensión necesaria para conservar la funcionalidad de un humedal debe surgir del conocimiento científico de sus conexiones hidrológicas, su biodiversidad y su relación con la estructura urbana».
Imagen de portada: foto referencial (Sócrates Orellana / Agencia Uno)
La afirmación del presidente José Antonio Kast ante el empresariado del Biobío, al preguntarse si corresponde mantener “un humedal de 1.500 hectáreas que nadie usa” o disponer de uno de 500 hectáreas, abre una discusión que supera ampliamente la superficie de Rocuant-Andalién. Detrás de esas palabras aparece una determinada manera de comprender el territorio: aquella que asocia el uso con la ocupación visible y el valor con la capacidad de albergar infraestructura, industrias, viviendas o actividades productivas.
La expresión “que nadie usa” resulta especialmente reveladora. Un territorio aparentemente vacío puede estar cumpliendo funciones esenciales para la sociedad. El agua circula, se almacena e infiltra; las especies encuentran refugio y alimentación; las mareas interactúan con los cursos fluviales; los suelos absorben parte de las precipitaciones y los ecosistemas participan de la regulación ambiental de una metrópoli densamente urbanizada. El paisaje trabaja incluso cuando carece de edificios, carreteras o faenas productivas.
Esta consideración adquiere especial importancia en el Gran Concepción. Nuestra área metropolitana se desarrolló sobre una geografía profundamente vinculada al agua. El río Biobío, el Andalién, las lagunas, marismas, vegas, esteros y humedales costeros forman parte de una configuración territorial construida durante miles de años. Talcahuano, Concepción, Hualpén, San Pedro de la Paz y otras comunas crecieron dialogando, interviniendo y transformando estos ambientes. Agua y ciudad forman aquí una relación histórica que permanece inscrita en el paisaje.
Rocuant-Andalién pertenece a esa historia. Su declaratoria como humedal urbano comprende alrededor de 1.377 hectáreas y ha generado controversias vinculadas con proyectos de infraestructura y desarrollo regional. La discusión acerca de su futuro requiere superar la imagen de una extensión desocupada. Un humedal constituye un sistema territorial cuya importancia surge de las relaciones entre agua, suelo, vegetación, fauna, mareas y cursos fluviales. Su funcionamiento depende precisamente de esas conexiones.
Las ciudades heredan paisajes previamente transformados y continúan modificándolos. Cada generación recibe un territorio construido por decisiones anteriores y agrega nuevas capas a esa historia. Edificios, caminos, puentes y áreas industriales conviven con huellas de cursos fluviales, antiguas líneas costeras, zonas inundables y ambientes que antecedieron largamente a la ciudad. Esa superposición de tiempos permite comprender el paisaje como una memoria material.
El Gran Concepción constituye un ejemplo particularmente expresivo de este proceso. Desde el traslado de Concepción al valle de la Mocha durante el siglo XVIII, la relación entre urbanización y ambientes húmedos ha acompañado el crecimiento de la ciudad. El emplazamiento urbano fue desarrollándose dentro de una matriz territorial marcada por cursos de agua, terrenos bajos y sistemas lacustres que condicionaron las posibilidades de expansión.
Durante el siglo XX, la industrialización aceleró estas transformaciones. La consolidación siderúrgica, petroquímica y portuaria, junto con la expansión residencial y vial, demandó nuevas superficies para una metrópoli en rápido crecimiento. Vegas, marismas y terrenos bajos fueron incorporándose progresivamente al tejido urbano mediante rellenos, canalizaciones y obras de infraestructura. El paisaje metropolitano actual constituye, en buena medida, el resultado material de aquella relación histórica entre industrialización, urbanización y manejo del agua.
Las decisiones adoptadas durante esas décadas respondieron a necesidades, conocimientos y expectativas propias de su tiempo. La industrialización ofrecía empleo, conectividad y crecimiento urbano, mientras la transformación física del territorio representaba una expresión concreta de modernización. Cada camino, relleno o canalización ampliaba las posibilidades de ocupación de una metrópoli que buscaba consolidarse como uno de los principales espacios industriales de Chile.
Esa transformación dejó también una herencia material que continúa influyendo sobre el presente. Antiguos cursos de agua mantienen sus trazados; las zonas bajas concentran escorrentías durante precipitaciones intensas; los suelos conservan características derivadas de su historia geomorfológica. La ciudad puede modificar profundamente la apariencia de un paisaje, mientras los procesos que contribuyeron a formarlo continúan participando de su funcionamiento. El territorio guarda memoria.
Esa memoria permite comprender el problema contenido en la expresión “nadie usa”. La baja intensidad de ocupación humana puede constituir precisamente parte de la función que cumple un espacio. Una planicie de inundación necesita superficie para recibir agua durante una crecida. Un humedal requiere continuidad para desarrollar sus procesos hidrológicos. Una quebrada mantiene su capacidad de drenaje gracias al espacio que conserva. Una duna participa de la dinámica costera mediante procesos que ocurren durante periodos mucho más extensos que nuestra experiencia cotidiana.
El desafío aparece cuando la planificación interpreta estos espacios como terrenos disponibles debido a su baja intensidad de ocupación. Allí surge la ilusión del terreno vacío: aquello que permanece libre de construcciones aparece como una superficie disponible para recibir una función productiva. La mirada se concentra entonces en aquello que podría construirse y pierde de vista aquello que el territorio ya está haciendo.
Esta diferencia entre ocupación y función resulta decisiva. Una carretera demuestra inmediatamente su utilidad: vemos automóviles, camiones y personas desplazándose sobre ella. Un puerto exhibe grúas, embarcaciones y mercancías. Una industria produce bienes y empleos cuantificables. El trabajo de un humedal posee otra temporalidad y otra visibilidad. Su actividad aparece distribuida entre ciclos hidrológicos, mareas, precipitaciones, vegetación y biodiversidad. Buena parte de su valor se hace especialmente evidente cuando el sistema urbano enfrenta situaciones extremas.
La historia del Gran Concepción invita precisamente a reconocer esas funciones antes de que una emergencia las vuelva visibles. Una metrópoli desarrollada entre ríos, mar y terrenos húmedos requiere incorporar el comportamiento del agua como parte estructural de su planificación. La geografía establece condiciones que acompañan a la ciudad durante toda su existencia.
Esta cuestión adquiere todavía mayor relevancia frente al cambio climático. Las ciudades enfrentarán precipitaciones concentradas, olas de calor, marejadas y otros eventos capaces de tensionar infraestructuras construidas bajo condiciones ambientales diferentes. En ese escenario, conservar superficies que participan de la regulación natural del agua representa también una forma de infraestructura territorial. Los ecosistemas pueden complementar las capacidades desarrolladas mediante ingeniería y planificación urbana.
La discusión sobre Rocuant-Andalién ofrece precisamente una oportunidad para articular conservación y desarrollo. El Gran Concepción necesita infraestructura vial, conectividad portuaria y condiciones capaces de sostener su actividad económica. La Ruta Pie de Monte responde a problemas reales de movilidad que afectan diariamente a habitantes de San Pedro de la Paz y Coronel. Los puertos constituyen una pieza estratégica para la economía regional y nacional. La importancia de esas inversiones exige una planificación capaz de incorporar plenamente la geografía sobre la cual serán construidas.
La ingeniería contemporánea dispone de conocimientos y tecnologías para desarrollar infraestructura adaptada a condiciones ambientales complejas. Viaductos, soluciones de drenaje, trazados compatibles con corredores ecológicos y diseños urbanos sensibles al agua expresan una concepción donde desarrollo y territorio pueden dialogar. Una obra adquiere mayor fortaleza y proyección cuando reconoce las dinámicas del espacio que atraviesa.
Por esa razón, la discusión alcanza una dimensión mucho más interesante que la alternativa entre 1.500 o 500 hectáreas. La extensión necesaria para conservar la funcionalidad de un humedal debe surgir del conocimiento científico de sus conexiones hidrológicas, su biodiversidad y su relación con la estructura urbana. Los límites administrativos pueden trazarse sobre un mapa; los procesos ambientales responden a las dinámicas del sistema territorial.
Una hectárea adquiere significado por su relación con las demás. El agua atraviesa propiedades, comunas y límites establecidos por las sociedades. Una intervención localizada puede modificar dinámicas que operan a una escala mayor. Pensar territorialmente significa precisamente reconocer esas relaciones y comprender que cada decisión produce efectos que se proyectan más allá del lugar inmediato donde ocurre.
Rocuant-Andalién representa, por ello, mucho más que una discusión sobre hectáreas. Expone una pregunta acerca de qué consideramos útil dentro de una ciudad y de qué manera asignamos valor a los distintos componentes del paisaje. También invita a pensar qué tipo de modernización queremos para una región cuya identidad histórica se encuentra estrechamente relacionada con sus ríos, su bahía, sus puertos, su industria y sus ambientes húmedos.
El Gran Concepción tiene aquí una oportunidad especialmente valiosa. Su condición industrial y portuaria puede dialogar con una planificación que incorpore la memoria ambiental del territorio. La experiencia acumulada durante siglos ofrece información para proyectar infraestructura, orientar la expansión urbana y fortalecer la adaptación frente a escenarios climáticos más exigentes. Desarrollo y conocimiento territorial pueden formar parte de una misma estrategia regional.
La modernización adquiere así un significado más profundo. Consiste en construir carreteras, puertos y viviendas capaces de convivir con las características del lugar donde se emplazan; en reconocer los servicios que presta aquello que permanece aparentemente desocupado; y en incorporar el tiempo largo del paisaje dentro de decisiones cuyos efectos acompañarán a varias generaciones.
El territorio posee una historia anterior a cada proyecto y continuará acumulándola después de nosotros. Aprender a leer esa historia permite reconocer que, en una metrópoli construida entre ríos, humedales y mar, aquello que parece vacío puede encontrarse realizando algunas de las tareas más importantes para sostener la vida urbana.