A 53 AÑOS DEL GOLPE, CIPER REDIFUNDE ESTA ENTREVISTA HECHA EN 1984 POR MÓNICA GONZÁLEZ
Orlando Sáenz: «Las Fuerzas Armadas no gobiernan, ocupan Chile»
04.09.2026
Hoy nuestra principal fuente de financiamiento son nuestros socios. ¡ÚNETE a la Comunidad +CIPER!
A 53 AÑOS DEL GOLPE, CIPER REDIFUNDE ESTA ENTREVISTA HECHA EN 1984 POR MÓNICA GONZÁLEZ
04.09.2026
Esta entrevista fue publicada originalmente el 28 de agosto de 1984 por revista Cauce. Mónica González venía saliendo de la Cárcel de San Miguel. Estuvo 17 día en esa unidad penal, procesada por la Ley de Seguridad Interior del Estado, debido a otra entrevista que había hecho al general Gustavo Leigh. En este nuevo artículo conversó con el dirigente empresarial Orlando Sáenz, quien formó parte del comando subversivo que conspiró contra el Presidente Salvador Allende, uno de los focos que instigó el golpe de Estado. Sáenz contó como funcionó y se financió ese núcleo: “En septiembre de 1971 formamos el Comando de la Subversión. Nos pusimos el casco y comenzó la guerra”. Pero, también dejó registro de su profunda desilusión con el régimen de Pinochet: “Luchando por la libertad de Chile, hemos terminado en 11 años de tiranía”.
Lea aquí la entrevista original publicada en la revista Cauce.
Llegar hasta Orlando Sáenz, empresario, expresidente de la Sociedad de Fomento Fabril durante el gobierno de Salvador Allende y uno de los hombres más informados de Chile, no es una tarea tan difícil. Lo complicado es romper las mil barreras que antepone para impedir el acceso hasta el fondo de sus convicciones y emociones. En apariencia frío y racional, no oculta su desdén por los fracasados y los hombres sin personalidad. Consciente de la imagen de hombre inteligente que proyecta, no hace esfuerzos visibles para dominar todas las situaciones. Fue, no obstante, uno de los hombres que marcaron decisivamente el período de la Unidad Popular, militando en la barricada opuesta, claro. Desde su cargo en la SOFOFA fue uno de los generales que organizó, estructuró y dirigió el plan de guerra para derrocar el gobierno de Salvador Allende. Me interesó saber cuáles eran sus opiniones once años después de su enconada lucha por lo que se ha dado en llamar «la libertad de Chile». Me propuse conocer el balance que hace uno de los artífices del golpe de Estado de 1973.
La primera sorpresa la tuve al llegar hasta su hogar, sencillo, sin ostentaciones. No fue la primera ni la única. Poco a poco, junto a su esposa, en su nutrida biblioteca, mientras revisaba libros con sabrosas dedicatorias, documentos y papeles, me fue relatando parte sustantiva de la historia secreta del comando subversivo.
No ocultó ni su emoción ni su enojo cuando majaderamente insistí en enfrentarlo a su responsabilidad en la actual situación de Chile. En lugar de respuestas lógicas, fríamente calculadas, recibí como inopinada réplica: «¿Quién le dijo a Ud. que tengo la conciencia tranquila?».
Luego me impresionó su claridad y coraje para explicar los mecanismos de poder que sustentan al actual régimen, la complicidad de los empresarios, de las llamadas clases dirigentes, el fracaso de toda una estructura social que luchó ayer por una pretendida libertad. Me impresionaron también sus tajantes opiniones sobre el Poder Judicial, sobre el rol que jugó y juega Sergio Onofre Jarpa. Su bitácora secreta incluye innumerables anécdotas que involucran incluso a hombres de armas con los que se asoció en su tarea desestabilizadora.
No elude ninguna pregunta. Al referirse a las características del pueblo chileno no oculta su decepción: «Somos siempre medias tintas, tratamos de copiar, se diría que somos un pueblo en busca de identidad. Los valores son relativos. La libertad es un valor que se defiende a muerte si el que la pisotea es tu adversario. Una persona que se roba una gallina es un ladrón, pero una persona que roba un banco es un financista».
Sus ojos pequeños lo delatan cuando la ira u otros sentimientos, que oculta muy bien, lo hacen perder el equilibrio que tanto le ha costado ganar. Como buen tímido le cuesta expresar emociones y fue quizás por eso que cuando más se reveló su decepción fue al hablar de las Fuerzas Armadas, «a quienes admiré profundamente», dice.
Está claro que sabe mucho más de lo que cuenta, aunque, aparentemente, aún está lejano el día en que revelará todo o casi todo lo que vivió. Su relación con Pablo Rodríguez, Jaime Guzmán, «el hombre más ubicado de Chile, el primero que se pegó al General Pinochet», comenta con cierta sorna, y algunos militares, forman parte de su bitácora secreta.
Externamente, Orlando Sáenz es hoy día sólo un espectador. A juzgar por sus declaraciones bastaría sólo una pequeña motivación pasional y racional para que nuevamente asuma, en primera línea, la lucha por lo que cree justo, por sus intereses.
— Soy un hombre de pasiones, no sé tomar las cosas con mucho equilibrio. La actividad predominante en mi vida me absorbe de una manera tremenda. En el período de la Unidad Popular me dediqué por entero a ser un subversivo profesional.
— Al parecer le fue muy bien…
— A juzgar por los resultados, lo hice harto mal.
— ¿Por qué? ¿Le pagaron mal?
— Luchando por la libertad de Chile hemos terminado en 11 años de tiranía. Triste resultado.
(Se extiende largamente sobre su formación, sobre sus orígenes españoles, su familia. «Ideológicamente creo que en 1964 tenía las ideas algo confusas. Hoy las tengo claras»).
Me dedico a hablarle sobre los empresarios, sobre la frustración que deben experimentar hoy día con tantas chimeneas apagadas.
— Se me ocurre que deben estar muy desilusionados. Yo por lo menos sí lo estoy. Sin embargo, han sido uno de los sectores más pasivos frente a la política del actual régimen.
— La definición del gobierno en pro de la empresa privada los hace suponer que es un gobierno propio. La actitud del empresario hoy día se parece a la de ciertos partidarios de la UP que decían: «Este es un gobierno de m…, pero es mío».
— ¿Cómo llegó a ser dirigente empresarial?
— Poco antes de 1970, Eduardo Almarza me convenció para que participara en las elecciones del nuevo directorio de ASIMET [Asociación de Industrias Metalúrgicas]. Hubo problemas con Eugenio Heiremans, me vi envuelto en negociaciones, discusiones sobre quién o quiénes debilitaban a la candidatura [presidencial] de [Jorge] Alessandri, pero al final llegué al Directorio y luego a la Mesa Directiva. Era un pollo de 34 años entre 21 empresarios metalúrgicos cuando se produjeron los luctuosos sucesos de 1970.
— En el ambiente empresarial ¿se pensó que Allende podía ganar las elecciones?
— No, la fe en el triunfo de Alessandri era inconmovible. Ganó Allende y al día siguiente había un ambiente de consternación, las calles vacías…
— ¡Depende de qué calles, claro…!
— Obviamente las del barrio alto. Bueno, al día siguiente me llamaron a una reunión de emergencia del directorio de ASIMET para el día lunes a las 8 de la mañana. Primera sorpresa: estaban los 21 directores y el tema único fue el resultado de la elección. Se ofreció la palabra. Cayó un silencio de plomo, nadie atinaba a proponer nada. Yo todavía muy tímido y un ilustre desconocido entre las figuras tradicionales, levanté mi mano y dije: «Si Allende ganó tenemos que hacernos un examen de conciencia para saber si somos capaces de dirigir el sector metalúrgico en la etapa que viene». Aconsejé entonces parar la sesión y mandar a comprar 21 programas de gobierno de la Unidad Popular.
— ¿Existía para Ud. la posibilidad de la subversión en ese momento?
— No, en los tres meses febriles que siguieron me tocó oír miles de versiones de otros tantos miles de intentos de golpe de estado.
— ¿Cuándo y cómo llegó a la presidencia de la SOFOFA [Sociedad de Fomento Fabril]?
— Los acontecimientos fueron muy rápidos. En febrero de 1971 hubo una nueva elección en ASIMET, saqué una enorme mayoría y así llegué a la presidencia de mi gremio y como tal asumí como consejero de la SOFOFA. El 30 de abril de ese año, estando en La Habana con una delegación empresarial, recibí un llamado de Eugenio Heiremans. Me pedía que volviera, era urgente y no podía entregarme detalles por teléfono. Volví, me recibieron en el aeropuerto y supe la crisis que se había producido en la Sociedad de Fomento Fabril en la presidencia de Pedro Lira. Los primeros embates del Gobierno de Allende se habían recibido. Pedro Lira renunció y me propusieron a mí para reemplazarlo.
— ¿A qué se debió ese ascenso tan repentino?
— En la estrategia empresarial desde un principio se dibujó la táctica de que al gobierno de Allende había que enfrentarlo con figuras que presentaran pocos flancos, hombres que no estuvieran ligados a las grandes empresas, capitales y consorcios internacionales.
— ¿No se sintió utilizado?
— Sí, pero en la vida todos utilizan y son utilizados.
— ¿Estaba claro para Ud. en ese momento que la solución era la subversión?
— No, aún no. Teníamos que pasar primero por una etapa de colaboración real y para eso necesitábamos una explicitación de los propósitos de Allende. Además, teníamos que dejar a la opinión pública convencida de que si entrábamos en guerra no iba a ser por causa nuestra.
— Pero ciertas memorias de un dirigente de Patria y Libertad dicen que Ud. ingresó a su Comisión Política en 1971…
(Por primera vez se enoja, su tono es francamente airado).
— ¡Perdóneme que le diga en este tono que jamás asistí a una reunión de Patria y Libertad! Me reuní varias veces con Pablo Rodríguez. Formamos un Comando Gremial conspirativo. Esa historia partió en septiembre de 1971.
— ¿Qué pasó en septiembre?
— Organicé un seminario en Viña del Mar, en el Hotel O’Higgins. Para invitar no recurrí sólo a los listados de la jerarquía establecida. Estaban entre otros Javier Vial, Hernán Cubillos, Eugenio Heiremans. Me reuní con la gente interesada e involucrada y les dije que había llegado a la conclusión de que el gobierno de Allende era incompatible con la libertad de Chile y la existencia de la empresa privada y la única forma de evitar el fin era derrocar a ese gobierno. Se discutió, analizó y salieron las conclusiones. La primera de ellas fue organizar una estructura de guerra; allegar sistemáticamente recursos económicos, una búsqueda nacional e internacional de dineros que se pudieran materializar en acción política propagandística y de activistas. También decidimos la conformación de programas de gobierno alternativos, precisos y una permeación sistemática de todo esto hacia las Fuerzas Armadas.
Hubo que organizar un servicio de inteligencia, departamentos técnicos. Decidimos estructurarnos de tal manera que significara obtener una información y una armazón técnica de primera y esas dos cosas representaban dinero. Además, necesitábamos los mejores medios de difusión y eso también implicó esfuerzo y dinero.
Al día siguiente entramos en una disciplina militar, nos pusimos el casco y comenzó la guerra.
— ¿Ud. era el general?
— Digamos que yo era un coordinador. Un año después la estructura era muy complicada, intervenían otros «generales» de otras ramas, los transportistas de Vilarín, los comerciantes de Cumsille, los sectores intermedios de Bazán, los colegios profesionales. Apareció luego Jaime Guzmán con sus gremialistas, Pablo Rodríguez con su Patria y Libertad. Fue creciendo y creciendo y para fines del año 1972 este movimiento fue capaz de parar durante un mes a Chile. Eso exigió una complicada estructura y unas interrelaciones que significaron inflar no sólo dineros sino también egos.
— ¿De dónde salían los dineros?
— De la empresa privada nacional y extranjera, pero más que nada externa. Yo mismo hice contactos con sectores empresariales de otros países a los cuales les debo lealtad y gratitud. No me arrepiento. Si pudiera retroceder el tiempo haría un esfuerzo mucho mayor para convencer a Allende que la preservación de la democracia chilena requería del esfuerzo conjunto.
— Ud. armó un verdadero ejército. ¿Cómo funcionaba?
— Sobre la base de allegar recursos. Lo primero era tener medios de difusión. Teníamos una nómina de subsidios para treinta y tantas radios y veinte y tantos diarios a lo largo del país. Inventábamos publicidad. Por ejemplo, para la defensa de las áreas verdes. Era un ejército, toda esa actividad era necesaria. Nada más que la sección inteligencia nuestra llegó a tener casi 70 personas.
— ¿Dónde funcionaban?
— En ningún lugar que tuviera relación con las organizaciones empresariales. Por ejemplo, donde se gestó el embrión del programa económico que tan siniestramente aplicó De Castro, fue en un departamento en los altos del Teatro Continental. Allí se instaló Sergio Undurraga, secretario ejecutivo de nuestro Departamento Técnico y comenzó a contratar economistas. El programa económico se demoró más de un año en elaborarse.
— La entrega de dinero estaría supeditada a la eficacia que Uds. demostraran, me imagino…
— Yo daba conferencia a grupos selectos de empresarios en el extranjero, les decía lo que estaba pasando y lo que estábamos haciendo. Luego teníamos gente que se encargaba de tener una cuenta abierta donde ingresaban los dineros. Se me avisaba cuánta plata teníamos y la transformábamos en acciones. En Europa, por ejemplo, trabajaba un comité de tres personas.
— ¿Eran dirigentes políticos, técnicos…?
— Empresarios, y sus nombres no se los daré. Además, cada gremio llegaba con sus fondos. Le podría dar una nutrida lista de prohombres chilenos que hoy día se expresan públicamente, que no tuvieron ningún empacho en recibir subsidios importantísimos para sus obras. ¿Sabe Ud. cuánto costó la campaña para salvar a la Papelera? Fueron cantidades enormes de dinero.
— ¿Y el paro de octubre?
— El dinero no compra un paro. El dinero hace posible que se materialice el sentimiento de paro. Si su intención es decir que el paro se compró, eso es falso. Sólo lo posibilitó.
— Pero hay otras declaraciones, documentos…
— En estos movimientos no se puede evitar que existan buitres. Los industriales éramos los menos susceptibles a eso. No puedo responder por lo que otros hayan aprovechado.

Fotografía publicada en la entrevista original de la revista Cauce.
— ¿Qué contactos políticos tenían? ¿Qué contactos con las Fuerzas Armadas?
— Las Fuerzas Armadas aparecieron bastante tarde en esto. Las primeras relaciones del sector en el que yo trabajé fueron con la Marina a finales de 1972. Allí empezaron los contactos elaborados, reuniones periódicas. La Fuerza Aérea apareció —para mí— en los inicios de 1973 y el Ejército no se hizo presente sino al final. Yo mismo me reuní con 2 o 3 generales.
— ¿Va a dar conocer sus nombres?
— No, pero sé que ellos se van a acordar perfectamente.
— Imagino que todo esto fue apoyado por una poderosa campaña de prensa…
— Había grandes periodistas. Guardo una profunda admiración por René Silva Espejo. Tengo cientos de anécdotas con él que forman parte del tesoro de mi vida. Recuerdo que en la víspera de las elecciones de marzo de 1973, yo conseguí los documentos del MAPU. Llegué al departamento de René Silva cerca de la una de la madrugada. Molesto me hizo pasar. Le entregué los documentos, los leyó y yo observaba cómo iba cambiando su cara, tomó el teléfono, paró la edición de El Mercurio y al día siguiente en primera plana aparecieron las revelaciones que jugaron un papel importante en la denuncia de los abusos del gobierno de Allende. Como esa hay tantas y tantas anécdotas. Carmen Puelma hizo una labor hercúlea.
— ¿El Mercurio jugó entonces un papel importante?
— Muy importante. Yo diría que bastante más honroso que el de hoy.
— ¿Tuvo miedo alguna vez?
— Muchas veces. Pero hay que aclarar las cosas. El proceso no era sangriento. Durante la UP el crimen político fue una excepción. Hubo muertos, pero muchísimo menos que la virulencia del proceso político podría haber ameritado.
— ¿Considera Ud. que en esa época los empresarios se comportaban con coraje?
*Sergio Onofre Jarpa en los tiempos en que no le temblaba la mano para encabezar una marcha por la llamada «libertad de Chile».*
— Ellos dieron muestras increíbles de lealtad, decisión y valentía. En mi bitácora tengo una cantidad enorme de homenajes que las circunstancias me impiden rendir. Desgraciadamente, a los pocos meses del golpe comprendí que la mayoría de esa gente con la que compartí una lucha tenía conmigo una diferencia fundamental: los derechos humanos son violados cuando los viola el enemigo, pero cuando los violas tú…
Voy a nombrar a una sola persona: Sergio Onofre Jarpa, que se subía al árbol por las violaciones a los derechos humanos en el tiempo de Allende, que no le temblaba la mano para salir encabezando una marcha en defensa de la libertad. Lo respeté por su determinación y valor. Hoy se me hace difícil comprender que es la misma persona. Once años después hace la apología de la represión.
— ¿Estaban capacitadas las Fuerzas Armadas para hacerse cargo del Gobierno?
— Las Fuerzas Armadas nunca han tomado el Gobierno. Estaban tan poco capacitadas que la verdad de las cosas es que nunca tomaron el gobierno.
— ¿Quién lo tomó entonces?
— El general Pinochet con sus amigos y el grupo en el cual él confía, sean civiles o militares. Hay que definir primero qué es ser gobierno. No significa tener un cargo. Hace gobierno mucho más el que gesta políticas que el que las aplica. Desde ese punto de vista las FF.AA. nunca han sido gobierno en Chile. Ser gobierno es incompatible con ser militar. Si se respeta el principio militar se obedece como autómata, sin discusión y se va al gobierno a aplicar ese principio, las Fuerzas Armadas han sido entonces sólo sostén del gobierno. Si se transforman en elementos deliberantes, destruyen lo que es esencial en toda su estructura. El fracaso de las FF.AA. como gobierno en toda América Latina no es más que el resultado de esta antinomia. En Argentina se transformaron en partidos políticos y se pudrieron, se envilecieron. En Chile, ¿qué pasó?
— Optaron por mantener la estructura jerárquica y la trasladaron al gobierno civil y son un fracaso atroz. Indudablemente, la estructura apropiada para combatir en una guerra no lo es para gobernar un país. Entonces, se transformaron en ejército de ocupación. Las Fuerzas Armadas no gobiernan, ocupan Chile.
— Pero entonces, ¿quién gobierna?
— El general Pinochet y sus adláteres que han cambiado a lo largo de estos once años.
— ¿Qué pasó con los empresarios?
— ¡Quebraron! Los grandes grupos económicos tuvieron un acceso privilegiado a este régimen y anularon la voz de los gremios que se transformaron en obsecuentes ecos de la política oficial. Los grupos terminaron en un desastre.
— ¿Qué pasó con la deuda externa? ¿Dónde está el dinero?
— Una parte importante en cuentas cifradas en Suiza o en los grandes centros de capitales.
— Pero se insiste en que la deuda externa es de todo Chile…
— ¿Y quién otro la va a pagar?
— ¿Es justa esa situación?
— ¿Ha pasado algo justo en los últimos once años?

Fotografía publicada en la entrevista original de la revista Cauce.
— ¿Por qué el General Pinochet se mantiene en el poder?
— Por dos razones. Usa a las Fuerzas Armadas como soporte leal en su calidad de comandante en Jefe y se las ha arreglado para convencer a un sector importante de la ciudadanía que la opción es él o el caos.
— ¿No será una excusa que esconde la cobardía de muchos chilenos?
— Podría ser… Yo creo en la conciencia del ser humano.
— ¿Pero, cómo van a tener la conciencia tranquila gente como usted?
— ¿Y quién le dijo a usted que la tengo tranquila? El país no puede estar peor. Pinochet sin duda ha conducido el gobierno más nefasto de nuestra historia. Exhibe un desastre económico sin precedentes, una situación de derechos humanos insostenible e impresentable ante el mundo. Un país roto institucionalmente, sin estructura política. Un país sin libertad, donde no existe dignidad ni derechos de los ciudadanos. Pero la gente que hoy no actúa está corriendo un riesgo muy grande porque el salto puede ser peor.
La gente que cree que el dilema es Pinochet o el caos está ciega, no se da cuenta de que Pinochet es la certeza del caos. Si este régimen se prolonga no cabe duda de que Chile va a entrar en una situación caótica. Las Fuerzas Armadas al apoyar indiscriminadamente la continuación del régimen, están en el fondo haciendo incompatible una salida democrática. Es lógica pura, no es una opinión.
— Ud. ayer jugó un papel importante, ¿por qué hoy día no lo hace?
— Hoy no puedo.
— ¿Por cobardía?
(Reflexiona un instante, luego me mira directamente a los ojos).
— Quizás, pero no creo. Ayer existía un poder judicial independiente, agresivo y más que dispuesto a demostrar su independencia del Poder Ejecutivo. Hoy día está absolutamente supeditado al Poder Ejecutivo, vulnerable a sus presiones. Hay que estar loco hoy en Chile para creer que la justicia es independiente.
Ayer existía una prensa libre, había acceso a diferentes formas de expresión tan fuertes como las del Estado y muchos mecanismos de defensa del derecho ciudadano. Desde luego Chile tenía una imagen internacional que hoy día no tiene.
La gente es ciega, ¿no se le ocurre pensar que si el señor Allende hubiese dispuesto de dos o tres de las atribuciones que hoy sustenta el señor Pinochet, le hubiera bastado para que no hubiera sido posible nunca sacárnoslo de encima? La gente que hoy no actúa no se da cuenta que está creando una trampa mortal para el mañana de sus hijos, para la violación de los derechos elementales de su propia camada.
Las atribuciones de la Superintendencia de Bancos de hoy habría bastado para que no hubiese sido posible el 11 de septiembre de 1973.
(No hay forma de interrumpirlo y tampoco es mi deseo. Su vehemencia sobrepasa todo lo que había demostrado hasta ahora).
— ¿Significa entonces que no forma un ejército de guerra como el de ayer porque no tiene con quién armarlo?
— No tengo la fe en Chile y en los chilenos que tuve antes. Experimento una terrible desilusión, que parte por mí mismo y abarca toda la sociedad chilena, pasando por las Fuerzas Armadas, a las cuales admiraba profundamente.
— Pero todavía se les tiende una mano…
— Oí en la radio una frase: los pueblos tienen los derechos que son capaces de defender y la verdad de Chile es ésa. El fracaso del régimen de Pinochet no es sólo el fracaso de su gobierno, es el fracaso de toda la estructura social chilena, del hombre de empresa que a diez años plazo se ha demostrado incapaz y deshonesto. El fracaso de las clases intelectuales dirigentes que en once años de dictadura no han sabido defender, ni siquiera con un mínimo de prestancia, los valores esenciales de nuestro país.
— ¿Cree usted que es factible un nuevo 11 de septiembre como lo afirmó el general Pinochet hace pocos días?
— ¡Absolutamente no! Para que hubiera un nuevo 11 de septiembre, tendría que haber un nuevo régimen marxista. Si el general Pinochet concibe esa posibilidad, es porque en su fuero interno debe sentirse tan fracasado que estaría admitiendo la posibilidad de repetir el cuadro que él dice evitó cuando pretendió «salvar a Chile».
Pero hay una razón de más peso aún. Gente como yo no volvería a repetir los errores de ayer. Tomaríamos las mínimas precauciones para que no se produjeran los hechos espantosos que hemos vivido estos once años. La verdad es que no entiendo estas expresiones del general. Imagino que tendrá algún enemigo a la vista, que yo no lo veo, o tendrá algún problema interno que lo mueve a plantear una amenaza velada. Pero, ni yo ni la parte fundamental de la ciudadanía chilena podemos entender qué se pretende con amenazar con un nuevo 11 de septiembre.
— ¿Qué haría usted ante la eventualidad de que se materializara esa amenaza?
— No sería el ingenuo de ayer y vería una forma —suficientemente elaborada— para tener garantías de que no se va a perpetuar el ahogo de la libertad de Chile en nombre de la libertad, ni la implantación de una dictadura más dura, justamente bajo el pretexto de evitar otra.
— Entonces, ¿cree que hay esperanzas para Chile?
— ¡Por supuesto! Los pueblos jóvenes siempre las tienen, en los momentos graves de su historia…
— ¿Surgen generales salvadores?
— Claro… Muy cierto, puede que no tengan uniforme, pero los pueblos siempre tienen generales.