A 53 AÑOS DEL GOLPE DE 1973, CIPER REDIFUNDE ESTA ENTREVISTA HISTÓRICA HECHA POR MÓNICA GONZÁLEZ
General Leigh: “Pinochet no llega al 89”
04.09.2026
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A 53 AÑOS DEL GOLPE DE 1973, CIPER REDIFUNDE ESTA ENTREVISTA HISTÓRICA HECHA POR MÓNICA GONZÁLEZ
04.09.2026
Esta entrevista fue publicada originalmente por revista Cauce el 12 de junio de 1984. En ella el excomandante en jefe de la Fuerza Aérea, Gustavo Leigh (fallecido en 1999), uno de los protagonistas del golpe de Estado y exmiembro de la Junta Militar, sostiene que el principal problema para la transición a la democracia será la “obsesión” de Augusto Pinochet con el poder: “Es de una ambición ilimitada y solo se mantiene por la fuerza”. Sobre su propio rol en el origen de la dictadura, señaló: “Soy responsable de la instauración de este gobierno y responderé por ello”. Y, a pesar de sus duras críticas al régimen, sostuvo que “a las FF.AA. no se les puede pedir cuentas”, aunque vaticinó que con el tiempo “los tribunales de justicia conocerán muchas cosas”.
Lea aquí la entrevista original publicada en la revista Cauce.
Una antigua canción española me acude a la mente mientras camino rumbo a la oficina del General (R) Gustavo Leigh, “los cuatro generales, mamita mía, que se han alzado…”. Un cúmulo de imágenes memorativas y recurrentes me asalta en esta mañana fría. Los aviones Hawker Hunter bombardean La Moneda y finiquitan la caída del presidente Salvador Allende Gossens. Entre el humo de las bombas, la algarabía de unos y el dolor y la desesperación de otros surge la figura del General Leigh: con voz autoritaria, anuncia que el marxismo será erradicado. En poco tiempo parece convertirse en el hombre fuerte de la Junta Militar. Las imágenes televisivas muestran la enérgica autoridad que el General imprime a sus actos.
Casi once años han pasado. Sobre las bombas se ha construido y destruido y el general fuerte cambió de escenario. En una módica oficina, sin calefacción, casi sin clientes, el general Leigh se dedica al corretaje de propiedades. Actividad de moda en estos días.
— El General Pinochet ha dicho en varias oportunidades que «las FF.AA. están ligadas a la suerte del gobierno». ¿Comparte usted esa apreciación?
— No. Evidentemente no. En la medida en que este gobierno se fue personalizando y la Junta pasó a un plano —en el mejor de los casos— secundario, no se puede asociar a las Fuerzas Armadas a la suerte del gobierno. En este gobierno hay contradicciones permanentes en todos los niveles. Además, el jefe de Estado ha sostenido en innumerables ocasiones que las FF.AA. están en sus cuarteles y que los únicos políticos son un grupo reducido que él llama los secretarios de Estado. Entonces ahí hay una gran contradicción muy grave.
— Pero los altos mandos de las FF.AA. no han desmentido la afirmación del General Pinochet. Es bien sabido que quien calla otorga…
— Este gobierno, como toda la opinión pública sabe, ha caído en innumerables errores. ¿Por qué se va a hacer pagar a las FF.AA. por esos errores? Aunque algunos no lo piensen así, las Fuerzas Armadas siguen siendo una seguridad para que el país no caiga en lo que vivimos antes de 1973.
— Explíqueme eso, general.
— La ausencia de vida política en este país por diez años ha producido un vacío en la política civil. La oposición no tiene metas claras. Pasará un tiempo relativamente largo en que habrá inestabilidad. Parto de la base de que habrá un cambio de gobierno. Habrá indefinición y mucha inestabilidad política. Las FF.AA. tendrán que colaborar en esta transición a la democracia y respaldar el gobierno que se genere por consenso. Todos los conglomerados políticos opositores han planteado que no hay transición sin la participación de las Fuerzas Armadas. Eso le confirma a usted que no podemos aceptar ese concepto de que las FF.AA. están amarradas con este gobierno hasta el final, sean cuales fueren sus consecuencias.
— La conducción económica de este gobierno ha recaído en civiles; sin embargo, «El Mercurio» siempre habla de «régimen militar», y para la historia todos los fracasos recaerán en las FF.AA.
— Así es y me parece inconcebible. En la medida en que el gobierno se ha deteriorado, se ha querido amarrar por la fuerza a las FF.AA. al destino de un gobierno que resuelve los problemas por la fuerza. Hoy enfrentamos una aguda crisis. Hay un deterioro moral, un desprestigio moral, una falta de credibilidad en las autoridades. Ellas dicen una cosa y se contradicen al día siguiente. Se están aprovechando de la verticalidad del mando.
— ¿Esa es la única razón?
— En parte sí. Porque las FF.AA. no son deliberantes; por su constitución orgánica no son opinantes.
— ¿Usted habla del pasado o del presente?
— Del presente. La verticalidad del mando les inhibe de expresar opiniones. Les impide deliberar y expresar puntos de vista.
— Pero hay excepciones, general. De hecho, el intendente de Santiago emite opiniones políticas continuamente.
— Esa gente está en el chuchoqueo político al que Pinochet los llevó. La tropa no puede expresar sus opiniones. No puede discutir ni expresar sus dudas al Jefe del Estado. No pueden criticar a su Comandante en Jefe.
— Pero usted manifestó su descontento.
— Indudable. Y no solamente eso. Innumerables veces pedí que se diera una cuenta detallada de los recursos que ingresaban para la reconstrucción del país: joyas, dinero, etc. Pedí que en “El Mercurio” se fuera publicando lo que ingresaba y el uso que se les daba a esos recursos. Lo pedí y no tuve respuesta.
Me opuse también al primer plebiscito del año 1978. Quise evitar que el plebiscito lo elaboraran, lo organizaran, lo implementaran y después contabilizaran los resultados las Fuerzas Armadas. Se las estaba arrastrando a una actividad política partidista para la cual no están preparadas. El plebiscito era criticable. No había Tribunal Calificador, no había ninguna instancia que permitiera comprobar que el proceso era correcto y limpio. Me opuse hasta el final y eso significó mi destitución seis meses después.
— ¿Y cuál fue la reacción del general Pinochet?
— Estaba rojo de ira, desesperado. Es tan vertical el mando que un subalterno no puede darle al superior los resultados de su imagen. Si se los da negativos, sabe que le irá mal. Entonces, tiene que hacerlos buenos, y eso se presta para mil cosas.
— ¿Estaban preparadas las FF.AA. para asumir funciones de gobierno?
— Los oficiales chilenos no teníamos preparación política. Los altos mandos tienen conocimientos superficiales de economía, de organización política, pero no están preparados para administrar una nación.
— ¿Son responsables las FF.AA. de la conducción económica de este gobierno?
— Es responsabilidad del único que tiene acción de mando en el país y ése es el Jefe de Estado. Si él no sabía economía y se hizo asesorar, igual debe ser responsable de las decisiones que tomó. ¿Qué sabe un capitán, un coronel, un teniente que están en la base, de economía?
— Entonces, ¿quién es responsable de la farra, del descalabro económico?
(No responde de inmediato. El frío es cada vez más intenso. No hay una sola estufa. Sus ojos no irradian fuerza).
— Debemos ir lo antes posible a la transición a la democracia, en la que, si bien los militares controlan el Ejecutivo, el orden y la tranquilidad, se delinee una política y estrategia social y económica con una fuerte participación civil. Si dejamos solos a los militares, volveremos otra vez a lo de antes, al toque de queda, a la represión. La CNI seguirá trabajando en completa libertad.

Fotografía publicada en la entrevista original de la revista Cauce.
— ¿Por qué hoy día no se le da cabida a la disidencia?
— Eso se debe a la personalidad del Jefe del Estado. Cree que es pérdida de autoridad. Él no delega autoridad. Abre pequeñas válvulas de escape, pero no considera la opinión de sus asesores.
— ¿Y qué rol juega el ministro (del Interior, Sergio Onofre) Jarpa?
— Está entregado de pies y manos.
— ¿Por qué sigue en su cargo entonces?
— Ese es un problema de Jarpa. Cada cual sabe cuál es el nivel de estómago que tiene. Ya se entregó. Cuando llegó, yo me dije: vamos a tener a un Jarpa que va a durar 2 o 3 meses, va a chocar con Pinochet y Jarpa tendrá que volver a su casa y se transformará en el líder de la oposición. Con sorpresa vimos que fue entregándose y terminó aceptando y defendiendo la ley antiterrorista y el control de la libertad de prensa. Además, hoy defiende la ley de partidos políticos que exige 150 mil firmas. ¡Cuántas barbaridades! Firmar públicamente por un partido les podría costar el trabajo a muchos hombres en este país.
— Usted ha mencionado varias veces el temor de los chilenos. ¿Por qué?
— Porque es una debilidad humana. En segundo lugar, este gobierno y Jarpa a la cabeza han dicho majaderamente que la Ley de Prensa es para defender la vida privada de las personas. Correcto. Pero al mismo tiempo los organismos de seguridad tienen tapado de micrófonos el país, tienen controlados los teléfonos, tienen informantes en todos los rincones y la vida privada de todos los chilenos está siendo controlada. Es una de las contradicciones más violentas que existen. La gente tiene miedo de hablar. Hay soplones por todas partes: hoy se les llama, elegantemente, informantes.
— General, en el año 1973 muchos dijeron que los políticos se escondieron bajo los pantalones de los militares para derrocar el gobierno de Allende. Hoy día, ¿no cree usted que muchos esperan lo mismo?
— Como se ha estructurado la cúpula política en este país, no se deja cabida a la acción civil. Se hace una protesta y quedan muertos y heridos por todas partes. Tampoco se ve una oposición sólida.
— Algunos dicen que el principal defecto de la oposición es combatir la dictadura con métodos democráticos…
— No hay posibilidad de guerra civil en Chile. No puede ser. Habría un recrudecimiento de la dureza.
— ¿Y qué perspectivas existen entonces?
— Estamos amarrados de pies y manos. Tenemos que adaptarnos a lo que “Su Majestad” quiere conceder a sus súbditos.
— Pero eso no es propio de un país digno. ¿Dónde están los hombres en este país?
— Eso es lo que se ve. No hay posibilidad de un enfrentamiento. No puede haber un 11 de septiembre al revés.
— Pero hay muchos que lo esperan.
— Yo tengo esperanzas. En la medida en que la economía continúe aceleradamente su deterioro. Llegará el momento del consenso.
— ¿Cree en el general Pinochet?
— Puede que llegue un momento en que este hombre entienda. La situación económica es más grave de lo que la gente cree: la crisis puede llevarnos a una situación muy crítica que podría hacer cambiar al Ejecutivo.
— ¿Todavía cree en el general Pinochet?
— Creo que cuando vea el precipicio a un metro de distancia va a tomar medidas.
— ¿Cree usted que Pinochet se irá por propia iniciativa?
— No va a llegar al 89. Se irá con el convencimiento y la amenaza de que, después de él, habrá caos. Y el caos no va a venir, por supuesto.
— ¿Y qué pasa con la dignidad de este pueblo?
— Yo no creo en la posibilidad violenta.
— Algunos llaman violencia al hambre, a la falta de techo…
— A eso me refería yo. Cuando llegue a su grado cumbre el deterioro económico, Pinochet se verá compelido a cambiar de actitud. Pero le reitero: las FF.AA. yo no las coludo ni las consolido con el general Pinochet. Las cúpulas podrán, y eso…
— ¿Qué pasará, general, con esos miles de hombres de la CNI, acostumbrados a vivir por encima del bien y el mal?
— Habrá problemas con esos Comandos de la Muerte que existen. Se tienen pruebas. En la Plaza Artesanos fueron incluso fotografiados profusamente y nada pasó. El Ejecutivo debería hacer algo desde ya. Pero nada hace.
— ¿Cuándo se cobrará la cuenta, general?
— Es fundamental que la oposición tenga la madurez suficiente para, en la etapa de transición, no pedir la cabeza de mucha gente. Si se piden cuentas, se cae en un peligro muy grave. Se podría volver violentamente atrás. Chile no es Argentina. A las FF.AA. no se les puede pedir cuentas. Con el tiempo los tribunales de justicia conocerán muchas cosas.
— Pero ¿y el asesinato de Tucapel Jiménez, Orlando Letelier, Carlos Prats…?
— Lo que está en proceso debe seguir, lo mismo que los casos de delito económico, enriquecimientos ilícitos.
— ¿Y los detenidos-desaparecidos?
— Es tan denso y complejo…
— ¿No será que usted teme enfrentar el problema de los detenidos-desaparecidos porque está involucrado en el asesinato de algunos de ellos?
— No. HONESTAMENTE, NO. Si el día de mañana se pidieran cuentas, pondría todo lo que yo conocí y lo que hice a disposición de la justicia.
— Pero hay procesos iniciados sobre los detenidos-desaparecidos. Hay pruebas, testigos.
— Si es así, esos procesos tienen que seguir adelante. A la justicia hay que dejarla con toda su independencia. Pero si se pretende instaurar una especie de Tribunal de Núremberg aquí, vendrá un desastre. Las FF.AA. se verían presionadas para hacer otro 11 de septiembre.
— ¿Llamaría salida violenta a un paro nacional?
— No. Pero tampoco hay preparación. Hay paralelismo. El gobierno ha trabajado muy bien para destruir la actividad gremial y sindical. Y si el paro no es total, mejor que no se haga. Es necesario que en la oposición haya consenso.
— ¿Qué pasa al interior de las FF.AA. cuando la verticalidad del mando los obliga a actuar como fuerzas de ocupación, como ocurrió en agosto pasado? ¿Creen realmente que su enemigo es el poblador?
— Ellos obedecen órdenes en forma vertical, sin someterlas a análisis. No consideran su enemigo al poblador, pero cumplen la orden de salir a la calle y ese hombre, en un 80 por ciento de los casos, es un conscripto de 20 años, con escasa preparación militar y con un fusil de 2 mil metros de alcance para actuar… Por eso se producen bajas, víctimas.
— ¿La verticalidad del mando actuaría igual para que las FF.AA. apoyaran una transición con un civil a la cabeza?
— Para eso tendrían que pasar muchas cosas antes. Habría otro Comandante en Jefe y las FF.AA. obedecerían a su comandante.
— Usted habla mucho del temor. ¿No se incentiva deliberadamente al interior de las FF.AA. el temor a la transición bajo la presión de una amenaza para el trabajo, estatus y otras granjerías que han alcanzado los militares en este tiempo?
(Es la primera vez que no hay respuesta a mi pregunta. En sus ojos se trasluce una profunda tristeza. Decido no insistir)
— Muchos hablan de una división en el país entre civiles y militares.
— Hay situaciones muy inconfortables. Cuando un uniformado va en bus, por ejemplo, y nadie quiere sentarse a su lado, recibe improperios, pasa muy malos ratos. Están dando órdenes para que la gente no salga de uniforme a la calle. Estamos volviendo al período de Ibáñez. No. La suerte de las FF.AA. no está ligada a la suerte del gobierno. Eso es lo que desea el general Pinochet.
— General, al principio hubo una Junta Militar con cuatro hombres en igualdad de condiciones. ¿Qué pasó después?
— Esa es una larga historia, planificada por el Ejército. Ellos son más poderosos, cubren todo Chile. Esa es la clave, y basándose en eso, Pinochet fue acumulando más y más poder. Así fue ablandando a los otros comandantes en jefe. Tuvimos violentos incidentes. El nombramiento de presidente de la República se lo peleé hasta el final.
— ¿No se arrepiente de no haber sido más firme?
— Yo no me fui voluntariamente. Fui destituido por la fuerza. El 21 de marzo de 1978, en El Bosque, frente a Pinochet, pedí una transición programada con itinerario cronológico para volver al Estado de Derecho en cinco años. Si Pinochet me hubiera escuchado, ya habríamos vuelto.
— ¿Por qué no lo escuchó?
— Pinochet, en el fondo, no quiere saber de democracia ni de transición. Él quiere mantener el poder con mano férrea hasta el año 89. Según cómo estén las cosas en el 89, obtener otro período…
— ¿Qué características de personalidad tiene el general Pinochet?
— Es de una ambición ilimitada. No figura en sus planes decir, llegó el momento en que vuelvo a mi hogar. En una ocasión yo le dije: «Mira, Augusto, renunciemos los 4 a la Junta, dejemos el poder al Presidente de la Corte Suprema y nos vamos. Se va a producir una situación tan grave que te llamarán para que te presentes como candidato y te elegirán por un período constitucional, luego podrás tranquilamente seguir viviendo en Chile». Se indignó, se puso colorado, no hablaba. Todo para él gira en torno a quien quiere quitarle el poder.
— ¿Cómo actúa con aquellas personas que estima peligrosas?
— Los elimina sistemáticamente. A los políticos y a generales. Los mandaba afuera, a organismos internacionales. No puede ver a Julio Durán, a Sergio Diez, a Trucco. Los tenía atravesados. Era fatal hablarle de uno de ellos.
— ¿Y Orlando Letelier?
— El CNI informaba diariamente a Pinochet de la situación. No sé por qué se le fue presentando como alguien muy peligroso.
— ¿No se sintió cómplice de ese asesinato?
— Yo nunca acepté esa situación, esa felonía. Yo no sabía lo que estaba pasando. Pinochet nunca nos daba a conocer nada, ni siquiera los nombramientos de ministros. Cuando murió Prats, se sintió tan sorprendido como nosotros y dijo: “¿Qué pasó? Ahora nos echarán la culpa a nosotros”. Yo no puedo afirmar nada, pero, a mi juicio, no tengo dudas de que hubo mano mora.
— ¿Cree usted que el general Pinochet puede cambiar aún?
— Todavía tiene una salida, una escapatoria, pero como va llevando las cosas, no la va a tener. Si ese milagro ocurriera, podría aún retirarse a su Melocotón. Pero la situación se agrava y yo creo que no va a tener dónde refugiarse.
— ¿En Sudáfrica?
— O en Paraguay, pero Somoza…
— ¿Tiene contactos con los militares, general?
— Debí haber comenzado por ahí. No tengo contacto. Yo los quemaría. El más mínimo contacto provocaría que Pinochet los destituyera.
— Pero usted conoce la sicología militar…
— En estos últimos diez años la psicología ha cambiado. Cuando uno ve que hacen cola generales para prestarle su incondicional apoyo al amo, entonces uno dice: ¡tanto hemos cambiado! Empleados públicos que ni siquiera saben a lo que van. Es vergonzoso. El empleado saludando al jefe, ¡son puros Espinitas!
— ¿Por qué no hay un solo general que se atreva a limitar los excesos del CNI?
— El CNI es un organismo que obedece directamente las órdenes del Jefe de Estado, aunque el decreto que lo creó diga otra cosa. ¿Qué se puede esperar?
— ¿Ha tenido miedo por su vida en estos años?
— Para serle franco, no.
— ¿Ya no es un peligro para el general Pinochet?
— No soy peligro. Yo no participo en movimientos de ninguna clase. No participo de reuniones conspirativas. No tienen destino. Solamente la descomposición acelerada podrá obligar a Pinochet a transar.
— ¿No hay hombres valientes que piensen en el Chile que nos merecemos otra historia?
— Muchos. Muchos. Pero el problema es: ¿qué hacer? ¿Cómo?

Fotografía publicada en la entrevista original de la revista Cauce.
— De sus palabras se desprende que un solo hombre tiene a 11 millones de chilenos en un callejón sin salida…
Sus palabras se convierten en un murmullo:
— Cuando se tiene la fuerza… La fuerza es lo único que mantiene a Pinochet en el poder.
— ¿Qué piensa del asunto de El Melocotón?
— La justicia resolverá.
— ¿La justicia no tiene miedo?
— Algún día se destapará la olla. Con o sin justicia. Con o sin sumario, la imagen de Pinochet se fue al tacho. Los decretos supremos firmados por él para que el Fisco venda a testaferros… Es increíble. Para este proceso se nombra un ministro. Y claro, muchos no se atreven a decirlo, pero a mí me han informado en detalle que el CNI tiene un dossier sobre Echavarría y lo maneja a gusto del consumidor. El caso COVEMA, por ejemplo.
— Usted dijo que el marxismo sería erradicado. Han pasado casi once años…
— Y no está erradicado. Mi intención fue erradicarlo.
— ¿Por la fuerza?
— Por las formas que se pudieran. Si no era por la fuerza, tendría que hacerse por la vía legal. Hoy sé que no es posible eliminar las ideas por decreto. El futuro de los partidos marxistas deberá ser determinado por una Asamblea Constituyente. Si ellos deciden marginarlos, debe ser la última palabra.
— ¿Cree realmente que pueden ser marginados?
— No lo sé. Quizás habrá que seguir soportándolos. Pero yo sigo teniéndole mucho miedo al comunismo.
— ¿Se siente frustrado, general?
— No. Me siento angustiado, desesperado al ver el destino que espera a mis hijos. Sólo los que tienen dinero pueden tener la seguridad de educar a sus hijos.
— ¿Dónde quedó la fuerza que le conocimos? Se le ve muy distinto.
— ¿Qué quiere que haga? Cuando a uno lo destituyen y le quitan todos los medios de actuar, de información. Si uno lee los diarios, no pasa nada.
— ¿No cree en la fuerza moral?
— Sí. Pero demora mucho tiempo en constituirse en un arma sólida.
— ¿Y cuando sus hijos le pregunten el día de mañana: y tú qué hiciste?
— Voy a responder por lo que hice desde 1973 hasta 1978. ¿Qué puedo hacer yo? (Su tono se vuelve angustiado).
— ¿No será que tiene temor por su familia?
— Puede ser. Yo no he enterrado la cabeza. Cada vez que me lo piden, asesoro y digo lo equivocados que están los civiles. La vida civil y la militar son tan diferentes. No ha llegado nunca a producirse ese gran movimiento cívico-militar. No hay entendimiento.
— Pero tendrá que producirse. ¿Usted no estaría dispuesto a servir de puente?
— Va a tener que producirse. Yo ayudaré en lo que pueda. Es una labor compleja y larga. Muchos dijeron que con las protestas caía Pinochet. Con El Melocotón llegaron al paroxismo. Están muy equivocados. El único que revienta es Chile.
— ¿Hay solución económica en Chile, general?
— ¿Hoy día? Ni hablar. No hay ninguna solución. Habría que romper radicalmente con los moldes que nos tiene establecido el Fondo Monetario Internacional y que nos dejaron los Chicago.
— ¿Para esto jugó su prestigio personal el año 73? ¿Para esto jugó el prestigio de las FF.AA. con un costo social que significó muchas muertes? ¿No se siente traicionado?
— ¡No!
En su rostro ya no hay sólo desesperanza; sus ojos recobran algo de aquello que existió.
— No me gusta la palabra traición, pero sí estoy frustrado al ver tanta descomposición económica y moral.
— ¿No cree hoy día que lo utilizaron?
— Sí, en parte. Yo soy responsable de la instauración de este gobierno y responderé por ello.