LA CIA apunta a Cuba… otra vez
27.08.2026
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27.08.2026
El autor de esta columna sostiene que la nueva ofensiva encubierta de la CIA contra Cuba —desplegada bajo la administración Trump y la supervisión de Marco Rubio— replica el fracasado patrón histórico de operaciones clandestinas de Washington contra la isla desde 1959, desde Bahía de Cochinos hasta la Operación AMTRUNK. Concluye que «tras décadas de bloqueos económicos y artimañas sucias de la CIA, Washington sigue intentando darles a los cubanos una lección imperialista».
Imagen de portada: invasión a Bahía de Cochinos (Rumlin / Fundación Wikimedia)
Como parte de los esfuerzos cada vez más intensos del presidente Trump por “apoderarse” de Cuba, la CIA está ampliando significativamente sus operaciones clandestinas dirigidas contra la nación isleña. En los últimos días, funcionarios estadounidenses han filtrado que la CIA está aumentando el número de sus agentes e informantes dentro de Cuba, reubicando satélites para mejorar la recopilación de inteligencia, así como incorporando especialistas en guerra cibernética para implementar la llamada “Doctrina Monroe” en el Caribe.
De hecho, la Agencia ha creado un nuevo «grupo de trabajo» secreto cuya misión encubierta, según se informa, es sembrar la división y la desestabilización dentro del gobierno cubano, creando condiciones propicias para un golpe de Estado interno. El plan secreto prevé que la CIA coloque a líderes proestadounidenses en puestos de poder. Esos funcionarios cubanos «pragmáticos» —es decir, maleables— cumplirían entonces las órdenes de Washington, lo que daría lugar a un «cambio de régimen en lugar de un cambio de gobierno», como aclaró el New York Times al referirse a los esfuerzos encubiertos diseñados para replicar el modelo venezolano. Como parte del nuevo Marco de Prioridades de Inteligencia Nacional de la administración, informó de manera inquietante el Times, Cuba ha sido designada como una nación de «Prioridad 1».
«Estas intenciones no son ninguna sorpresa, ya que Cuba ha sido desde hace mucho tiempo blanco de las actividades de espionaje, subversión y desestabilización de la CIA, incluido el terrorismo», respondió el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, en una entrevista.
Sin duda, los cubanos ya han visto antes este manual de trucos sucios. Desde el inicio de la revolución de 1959, Cuba ha sobrevivido a prácticamente todas las formas de operaciones paramilitares, de asesinato, de infiltración, de sabotaje y de propaganda sucia que la CIA tiene en su arsenal clandestino. Sin embargo, las operaciones encubiertas ahora se sumarán a un esfuerzo multifacético de Estados Unidos para coaccionar a los líderes cubanos a que dobleguen la revolución. Bajo la supervisión del secretario de Estado, Marco Rubio, la metódica campaña de «máxima presión» de la administración de Trump para asfixiar a toda una nación es, por lejos, la amenaza más letal que Cuba haya enfrentado jamás.
La historia de las acciones encubiertas de la CIA contra Cuba sigue siendo legendaria. La Bahía de Cochinos, la Operación Mangosta, los complots de asesinato respaldados por la mafia —pastillas envenenadas, plumas envenenadas, puros envenenados, trajes de buceo tóxicos, conchas explosivas—, entre otros esfuerzos clandestinos para cambiar el régimen, dominan el accidentado pasado operativo de la Agencia. Como parte de esta historia, el nuevo grupo de trabajo de la CIA sobre Cuba tiene varios predecesores, todos ellos fracasos rotundos.
Apenas un año después de que Fidel Castro tomara el poder, a principios de 1960, la CIA creó su primera unidad dedicada a Cuba dentro de su división del hemisferio occidental, conocida como «Grupo de Trabajo de la Rama 4». Según un resumen secreto, durante la primera reunión de esta iniciativa, el jefe de división, el coronel J. C. King, informó que Fidel Castro contaba con el apoyo abrumador del pueblo cubano. «A menos que se pueda eliminar a Fidel, Raúl Castro y el Che Guevara de una sola vez», advirtió King, «esta operación puede convertirse en un asunto largo y prolongado, y el gobierno actual solo podrá ser derrocado mediante el uso de la fuerza».
A partir de esa realidad, el grupo de trabajo encargado de planificar el cambio de régimen dio lugar a la invasión paramilitar de la Bahía de Cochinos, la debacle más conocida en la larga historia de la CIA.
Tras la contundente victoria de Cuba frente a la brigada de exiliados liderada por la CIA en Playa Girón, las operaciones clandestinas de la CIA contra Cuba se suspendieron en gran medida, junto con el Grupo de Trabajo de la Rama 4, ya que el presidente Kennedy consideraba desmantelar la Agencia y distribuir sus funciones entre los Departamentos de Defensa y de Estado. Sin embargo, a fines del verano de 1961, Kennedy aprobó la reactivación de las operaciones de la CIA y, finalmente, un nuevo y amplio programa de cambio de régimen: la Operación Mangosta.
Entonces, se creó otro grupo de trabajo: el «Grupo de Trabajo W». Se puso al frente a un exagente del FBI armado llamado William Harvey. Pero durante la crisis de los misiles de octubre de 1962, cuando el mundo se balanceaba al borde de un Armagedón nuclear, Harvey se ganó la ira del fiscal general Robert Kennedy, quien también se desempeñaba como presidente del Grupo Especial (ampliado) que supervisaba el programa Mongoose. Se suponía que la Agencia debía «suspender» sus operaciones de sabotaje durante la crisis, pero en el punto más delicado de la confrontación nuclear, un equipo de infiltrados de la CIA intentó volar la mina de cobre Matahambre en Cuba. A fines de 1962, el director de la CIA, John McCone, trasladó a Harvey a Roma. Y a principios de 1963, el veterano funcionario de la CIA, Desmond Fitzgerald, se hizo cargo de la unidad dedicada a Cuba, ahora rebautizada como «SAS» (Equipo de Actividades Especiales).
Bajo el mando de Fitzgerald, la CIA llevó a cabo un programa encubierto con el nombre en clave AMTRUNK, cuyo objetivo era «dividir al régimen». La operación sentó un inquietante precedente para el actual plan encubierto de Trump de fragmentar al gobierno cubano. En una propuesta calificada como “Top Secret” dirigida al director McCone, Fitzgerald propuso «una estrategia de tenazas de estrangulamiento económico para debilitar y socavar al régimen, junto con un esfuerzo intensivo para identificar y establecer canales de comunicación con elementos no comunistas descontentos y potencialmente disidentes en los centros de poder del régimen». La misión de la CIA sería «identificar y localizar a estos oficiales», según la propuesta, y «tratar de convencerlos de que su futuro solo reside en deshacerse de Castro y establecer un nuevo gobierno que pudiera reincorporarse a la familia de naciones de la OEA».
Fitzgerald depositó sus esperanzas de éxito de AMTRUNK en un topo de la CIA dentro del ejército de Castro, Rolando Cubela, alias AMLASH. «La piedra angular del plan», señala Brian Latell, exanalista principal de la CIA especializado en Cuba, «era el uso de Cubela para provocar una rebelión en el ejército cubano». En una serie de reuniones clandestinas en Brasil y París, agentes de la CIA (incluido el propio Fitzgerald) intentaron convencer a Cubela de que organizara un levantamiento militar contra Castro. Pero Cubela, quien tal vez actuaba como agente doble, les dijo a sus contactos de la CIA que asesinar a Castro era una estrategia de golpe de Estado más prometedora. Le pidió a la CIA que le proporcionara un rifle de francotirador. Sin embargo, en una reunión secreta en París el 22 de noviembre de 1963, ese fatídico día en que Kennedy fue asesinado en Dallas, un agente de la CIA le entregó a AMLASH un lápiz con una aguja hipodérmica oculta en su interior que inyectaría veneno a quien lo ocupase. Con los años, se convirtió en uno de los dispositivos más infames de la CIA y del folclore asesino de la Agencia.
Para la CIA, Cuba ha sido una esquiva ballena blanca; un Moby Dick para el capitán Ahab de la Agencia. Sus esfuerzos durante la Guerra Fría para doblegar la revolución cubana aún persiguen la historia de su guerra clandestina: la Bahía de Cochinos pasó a ser conocida como un «fracaso total» que casi le costó a la CIA su existencia institucional. La operación AMTRUNK fracasó, al igual que los múltiples complots de asesinato contra los Castro. Cuando esas operaciones fueron reveladas a mediados de la década de 1970 por el comité especial del Senado presidido por el senador de Idaho, Frank Church, generaron uno de los mayores escándalos políticos en la controvertida historia de la agencia de inteligencia estadounidense.
A mediados de 1987, la CIA sufrió otra gran derrota a manos de los cubanos, una mucho menos difundida que la de la Bahía de Cochinos. Un alto funcionario de inteligencia de la isla, Florentino Aspillaga, entró a la embajada de Estados Unidos en Viena y pidió desertar. A cambio, proporcionó lo que un importante empleado de la CIA describió como información de inteligencia «sensacional». «Nos dijo que todos los agentes cubanos que la CIA tenía en Cuba habían estado controlados desde el principio por la inteligencia cubana», relató el exjefe de la estación de Viena, James Olson, en una reveladora entrevista con Foreign Policy. «Nos habían engañado. Nos habían derrotado», recordó Olson. «Y eso nos dejó absolutamente devastados».
Según reveló la información de Aspillaga, entre 1961 y 1987 prácticamente todos los cubanos que la CIA había reclutado eran, de hecho, agentes dobles, muchos de los cuales la DGI, la agencia de inteligencia de Cuba, había «ofrecido» a la CIA como «carnada». «La inteligencia cubana tenía el control total de nuestro inventario de activos en la isla», concluyó Olson. Eso significaba que todas las técnicas operativas de la CIA se habían visto comprometidas; que el dinero que había pagado a sus informantes había terminado en las arcas de la agencia de inteligencia cubana; que la CIA tuvo que retractarse oficialmente de décadas de informes de inteligencia que había distribuido a otras agencias de seguridad nacional de EE. UU; y que las identidades de al menos 170 oficiales de la CIA que habían trabajado con esos agentes cubanos habían quedado expuestas, con graves consecuencias para sus futuras carreras clandestinas. «Fue», afirmó Olson, «una de las peores derrotas que en mi opinión haya sufrido alguna vez la inteligencia estadounidense».
Para agravar aún más la situación de la CIA, menos de un mes después de la deserción de Aspillaga, Fidel Castro transmitió una serie de seis capítulos en la televisión nacional cubana sobre las operaciones de la CIA en la isla. Los distintos episodios mostraban imágenes de agentes en La Habana y en otras partes del país realizando diversas actividades de espionaje, como realizar entregas secretas, celebrar reuniones clandestinas e instalar equipos de comunicación. La inteligencia cubana había estado filmando cada uno de sus movimientos. «Parecíamos la pandilla que no podía dar en el blanco», recordó Olson.
Los servicios de inteligencia cubanos habían humillado a la CIA. «En cuanto a sus técnicas de trabajo, su disciplina, su sofisticación y su resistencia a la infiltración», afirmó Olson, «eran mejores que el KGB».
La historia de la CIA en Cuba sigue siendo una advertencia sobre el uso abusivo y autodestructivo del poder imperial contra un pequeño, pero orgulloso, país caribeño. Sin embargo, la administración de Trump está poniendo en marcha ahora una versión moderna de la Operación AMTRUNK, con un enfoque renovado de «tenaza»: un esfuerzo concertado de «estrangulamiento económico» que potenciará las operaciones encubiertas para reclutar a funcionarios dentro del gobierno cubano que Estados Unidos pueda controlar. El modelo de esta guerra clandestina actual se remonta a comienzos de la década de 1960. Aunque aquellas operaciones fracasaron en sus objetivos, infligieron un enorme dolor y sufrimiento al pueblo cubano; una política que Estados Unidos parece decidido a repetir una vez más en la actualidad.
Los funcionarios estadounidenses no ocultan que su objetivo es asfixiar a Cuba hasta que se rinda. De hecho, el secretario de Estado, Marco Rubio, quien supervisa la política intervencionista de la administración de Trump en Cuba, se refirió al «nudo» que Estados Unidos está apretando progresivamente. «Cada vez que crean un nuevo mecanismo con el que intentan escapar del nudo, simplemente lo estrechamos más», declaró en una entrevista con Axios la semana pasada. «Desde luego, no pueden esperar a que no nosotros nos cansemos».
Tras décadas de bloqueos económicos y artimañas sucias de la CIA, Washington sigue intentando darles a los cubanos una lección imperialista. «Lo que intentamos enseñarles», según el escalofriante mensaje de Rubio, «es que no hay válvulas de escape». Sin embargo, es EE.UU quien no puede escapar de la historia de operaciones siniestras y contraproducentes clandestinas de la CIA contra Cuba.