Ucrania: el pueblo elegido y el puerto cerrado
22.08.2026
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22.08.2026
El autor de esta columna sostiene que la guerra entre Rusia y Ucrania ha convertido a Kiev en un Estado cada vez más dependiente de Occidente, mientras Rusia y Europa persiguen sus propios objetivos estratégicos. En ese escenario, advierte, Ucrania ha perdido capacidad para decidir sobre el curso de una guerra cuyo costo humano, económico y territorial recae principalmente sobre sus habitantes. Concluye que «los pueblos elegidos no necesitan calcular. Las repúblicas, sí. La tragedia ucraniana es que le enseñaron a creerse lo primero mientras la usaban para lo segundo, y que quienes hoy la aplauden desde lejos no pagarán ninguna parte de la factura».
Imagen de portada: Chibosaigon / Getty Images / Canva
El 10 de julio, en la Lavra de las Cuevas de Kiev, Kirilo Budánov asistió a la liturgia por los 975 años del monasterio. A la salida dijo que allí se rezaba por Ucrania y por el pueblo, y que los ucranianos vencerán porque son el pueblo elegido de Dios.
No lo dijo un obispo, sino el hombre que durante cinco años dirigió la inteligencia militar y que desde enero encabeza la Oficina del Presidente. No es un exceso devocional: es lo que dice un poder cuando se le acabaron los instrumentos. La elección divina llega cuando ya no queda elección estratégica.
Todo análisis debe partir por donde corresponde. La resistencia ucraniana de 2022 sigue siendo el hecho político europeo más extraordinario del siglo. Un país sin industria de defensa relevante inventó, sobre la marcha, la guerra de drones que hoy estudian todos los estados mayores del mundo, y la campaña de 40 días que Kiev lanzó en junio inutilizó cerca de un tercio de la capacidad de refinación rusa.
El costo humano ha sido altísimo, y conviene decir con precisión qué sabemos y qué no. Del lado ruso, el único trabajo serio —el de Mediazona y Meduza con el servicio ruso de la BBC, que cruza el registro sucesorio con una lista nominal levantada caso a caso— arroja unos 350 mil muertos hasta fines de 2025. Del lado ucraniano no hay datos, porque informar sobre las bajas está censurado: cualquier número más preciso es munición y no estimación. El fuerte del esfuerzo ruso, entretanto, está en fortificar los 118 mil kilómetros cuadrados que ya controla.
Nada de esto es propaganda proucraniana. Pero su reverso tampoco debería serlo, y conviene desmontar el tópico más resistente de estos cuatro años: el del pueblo pequeño que pelea por encima de sus medios. Ucrania no ha peleado por encima de sus medios: ha peleado con medios ajenos, en una escala sin precedentes históricos. El Instituto Kiel contabilizaba ya a comienzos de 2025 unos 246 mil millones de euros en ayuda occidental, más de la mitad en material militar, y a eso se suma lo que no figura en planilla alguna: cobertura satelital permanente, datos de blanco en tiempo real, la inteligencia de todo Occidente.
El coraje ucraniano es real y no necesita de la fábula. Lo que la fábula oculta es la naturaleza del conflicto: esto no es una guerra ruso-ucraniana, sino una guerra por delegación entre la OTAN y Rusia, en la que Ucrania pone el territorio y los muertos y Occidente pone casi todo lo demás. La pregunta incómoda es cómo llegó Ucrania a ser el país al que se le podía pedir esto.
Mientras el ejército improvisaba una revolución técnica, parte de la elite estatal hacía lo de siempre: enriquecerse. Y el inventario no proviene de fuentes hostiles, sino de la prensa ucraniana en inglés. Andri Yermak, jefe de la Oficina del Presidente, fue detenido en mayo. Tres de sus adjuntos, un vice primer ministro, dos ministros y el titular del Fondo de Propiedad Estatal, están siendo investigados. Quince diputados del partido presidencial, varios por comprar los votos de sus colegas, también. Y algunos imputados dejaron el país horas antes de sus órdenes de detención.
El resultado está en las encuestas: en abril, un 54% de los ucranianos dijo que la corrupción representa una amenaza mayor que la agresión militar rusa (Instituto de Sociología de Kiev). Y en julio de 2025, cuando el presidente intentó recortar la independencia de los organismos anticorrupción, miles desafiaron la ley marcial —que suspende el derecho de reunión— para impedirlo. Fue el «Maidán de cartón»: una ciudadanía que sale a la calle bajo bombardeo, no contra Moscú, sino contra su propio gobierno.
No es que Ucrania sea más corrupta que otros países en guerra. Es que en 35 años de independencia nunca encontró el camino institucional que convierte la energía cívica en gobierno: dos revoluciones y ninguna reforma que sobreviviera al ciclo siguiente. Un Estado que no puede generar dirección propia queda disponible para que otros se la suministren.
Esa insuficiencia se manifestó en los cambios de julio. Zelenski destituyó a Mijailo Fédorov, el ministro de Defensa a quien se atribuye el giro de la guerra y cuyas reformas incomodaban a una burocracia militar habituada a administrar en secreto y sin fiscalización un presupuesto superior a US$100 mil millones. Durante un mes, Ucrania libró una guerra total sin ministro titular: el cargo lo ejerció de forma interina un general en servicio activo, Yevhenii Khmara, hombre del SBU (el servicio de seguridad ucraniano), a quien hubo que dar de baja del Ejército para que la ley permitiera nombrarlo, y a quien el Parlamento ratificó recién el 19 de agosto, por 312 votos, mientras los manifestantes se agolpaban en sus puertas. Horas antes, cuando la nominación clausuró toda posibilidad de su regreso, Fédorov publicó un video en el que reclamó elecciones —la democracia, dijo, no puede quedar como rehén de Rusia—: sin nombrar a Zelenski, se transformó de facto en uno de los líderes de la oposición. Entretanto, la jefatura del servicio de inteligencia exterior recayó en un funcionario que no es agente de inteligencia, del círculo de hierro de Zelenski, acusado de corrupción y que negocia con Moscú sin ser diplomático.
El sistema ucraniano ha devenido en uno de ejecución, y lo que ejecuta viene de afuera: de afuera vienen los interceptores, el dinero y los aviones. Los Gripen comprados este año llegarán al final de la década; los Patriot que necesita no existen, porque Estados Unidos consumió dos tercios de su inventario en la guerra de Irán. Washington rebautizó su doctrina como “OTAN 3.0”: Europa carga con el peso y la superpotencia pasa de garante a facilitador. Las encuestas dicen el resto: el exgeneral Zaluzhni encabeza la confianza en las encuestas con un 70% y el presidente aparece cuarto. Bajo ley marcial no hay elecciones: un país cuyas preferencias son nítidas y estables, y que no tiene dónde depositarlas.
Nada de esto explica por qué Rusia invadió, y sin ese cálculo el resto no se entiende. Moscú leyó la ampliación sucesiva de la OTAN hacia sus fronteras como una amenaza existencial —lo dijo durante 20 años, y no solo Putin: también Kennan, también Kissinger— y leyó a la vez a una Europa desarmada, dependiente de su gas y sin voluntad estratégica propia. Esa conjunción definió el momento: la invasión fue, antes que un plan de conquista, una apuesta por recuperar el protagonismo perdido en 1991.
De ahí un malentendido fundacional. Rusia nunca se propuso ocupar Ucrania entera: con los cerca de 190 mil efectivos que cruzaron la frontera en 2022 no se ocupa un país de 600 mil kilómetros cuadrados y 40 millones de habitantes. Es la tesis que el Quincy Institute sostiene desde el primer año y que George Beebe acaba de aplicar al cierre de Odesa: el objetivo no es la anexión, sino un Estado residual inviable, incapaz de reconstruirse o de ingresar jamás a la OTAN.
La fase que ahora se abre apunta ahí. La inteligencia de Kiev anticipa una movilización rusa de medio millón de efectivos tras las elecciones a la Duma de septiembre —los servicios occidentales creen que Moscú la posterga mientras le alcancen los voluntarios— y calcula entre 30 y 50 mil norcoreanos destinados no al frente, sino a relevar tropas de frontera y liberar unidades rusas. Una masa así no se reúne para consolidar el Donbás, sino para extender la línea de contacto más allá de Odesa.
Del otro lado el cálculo es simétrico y menos confesable. La Unión Europea nació en el contexto de la Guerra Fría, construida en parte contra una amenaza al este; desaparecida esa amenaza, nunca encontró un principio de unidad equivalente. Hoy la guerra le ofrece lo que 30 años de integración no lograron: una política exterior común, un rearme, una razón para existir en un mundo donde ya no pesa. Europa necesita al demonio ruso para mantenerse unida, y por eso la derrota le resulta impensable: sería la prueba pública de su propia irrelevancia. Una tumba. De ahí que no busque salida, sino victoria.
Aquí está el nudo trágico. Europa emplea un vocabulario que recuerda a Reagan y su imperio del mal: Putin sería el nuevo Hitler. Como advirtió Walter Lippmann en Public Philosophy (1955), identificar al rival con el mal absoluto moviliza formidablemente a una población y por eso mismo vuelve imposible la paz: si el enemigo es el mal encarnado, negociar con él es colaboracionismo. Europa lleva cuatro años construyendo esa gramática con un entusiasmo que ya no puede desmontar sin desautorizarse.
A ello se suma algo más grave: el continente abolió el concepto de neutralidad. En los años 90, la pregunta de dónde se detenía la OTAN se respondió con una arquitectura donde todos los europeos serían miembros salvo Rusia, y la neutralidad —la de Suecia, la de Austria durante medio siglo— pasó de posición respetable a sinónimo de apaciguamiento. Pero es, según casi todos los realistas, la única moneda capaz de detener la adquisición rusa de territorio. Eliminada, a Moscú le queda un solo procedimiento: tomar tierra, y dejar una Ucrania en la zona occidental lo más debilitada posible.
Y los ucranianos pagan la cuenta. Rusia cerró en julio el complejo portuario de Odesa y con él todos los puertos del Mar Negro; el ataque del 19 de julio bastó para que los cargueros dejaran de venir. Por ahí salía cerca del 90% de las exportaciones agrícolas: en las dos primeras semanas de agosto cayeron un 75% interanual. Nótese la mecánica, que es la del ajedrez: la campaña de los 40 días fue un éxito táctico que provocó una represalia estratégica catastrófica.
Cuanto más se escala, más se incentiva a Moscú a tomar territorio y a destruir lo que quede. Y Europa seguirá escalando, porque lo contrario se parecería a admitir que se equivocó.
Queda entonces una soberanía cuya voluntad independiente es, en lo esencial, escenografía. Kiev decide cuándo golpear, no si la guerra continúa. Puede elegir a su ministro de Defensa, y ni siquiera eso. No puede elegir la paz.
El síntoma más elocuente no vino de un político. El 10 de agosto, la popular cantante Olia Poliakova —una estrella pop, no una disidente— dijo que Ucrania ha dejado de ser un país libre: peleamos tantos años para ser libres, preguntó, ¿y cuán libres somos? Habló del miedo de las figuras públicas a decir lo que piensan y usó, para el clima de denuncia mutua, la palabra «campo de concentración». La desmesura no anula lo que registra: una comunidad que descubre que la disciplina impuesta para sobrevivir empezó a funcionar sola.
Hay una advertencia histórica que en Kiev se lee mejor que en Bruselas. Entre 1918 y 1921 Ucrania vivió la otamánschina: las rencillas entre caudillos con tropa propia terminaron entregando el país a los bolcheviques. Hoy todos los grandes actores —Zelenski, Zaluzhni, Budánov, Biletski, Prokopenko— tienen hombres armados detrás.
Ese es el futuro que se fabrica: un territorio amputado, sin mar, con la economía destruida, una generación muerta o emigrada, y una élite armada que nunca aprendió a transferir el poder por votación. No la Ucrania europea y próspera que se prometió, sino su caricatura exhausta.
Los pueblos elegidos no necesitan calcular. Las repúblicas, sí. La tragedia ucraniana es que le enseñaron a creerse lo primero mientras la usaban para lo segundo, y que quienes hoy la aplauden desde lejos no pagarán ninguna parte de la factura.