Toy Story 5: pantallas, infancia y el desafío de acompañar
19.07.2026
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19.07.2026
La autora de esta columna sostiene que el verdadero desafío que plantea Toy Story 5 no es alejar a la infancia de las pantallas, sino acompañarla en su relación con la tecnología a través de la mediación parental basada en el diálogo y la confianza. Sostiene que «nos recuerda que veremos cada vez más niños con dispositivos en sus manos y que la respuesta no pasa por la satanización ni por la resignación. Pasa por acompañar. Por estar presentes. Por ayudarles a construir una relación inteligente, crítica y equilibrada con la tecnología».
Imagen de portada: trailer oficial Toy Story 5
Cada vez que aparece una película o serie que aborda la relación entre infancia y tecnología, resurgen los mismos temores: ¿están las pantallas arruinando a nuestros hijos? ¿Deberíamos alejarlos de los dispositivos? ¿Estamos perdiendo la infancia tal como la conocimos? Toy Story 5 nos deja haciéndonos esas mismas preguntas.
Lo interesante de esta película es que evita respuestas simples. No demoniza la tecnología ni presenta los dispositivos como el origen de todos los problemas. Por el contrario, muestra una realidad que muchas familias conocen bien: los niños quieren estar donde están sus amigos. Y hoy, gran parte de esa vida social ocurre en espacios digitales.
De hecho, una de las principales razones por las que madres, padres y cuidadores entregan un teléfono móvil a sus hijos no solo es por motivos de seguridad ni por el entretenimiento, sino la necesidad de pertenecer. Los grupos de WhatsApp del curso, los videojuegos en línea, las conversaciones compartidas y las dinámicas de amistad se han convertido en parte de la experiencia cotidiana de la niñez. No tener acceso a estos espacios puede significar quedar fuera de conversaciones, juegos y experiencias compartidas con los pares.
La película retrata precisamente esta tensión. Por una parte, reconoce que la tecnología forma parte de la vida social contemporánea. Por otra, muestra con claridad que una incorporación temprana y poco acompañada puede tener costos importantes.
Uno de los aspectos más valiosos del relato es cómo evidencia que las pantallas pueden desplazar experiencias fundamentales para el desarrollo infantil. El juego libre, la exploración, la imaginación, la actividad física y las interacciones cara a cara siguen siendo esenciales para el bienestar y el desarrollo socioemocional de niños y niñas. Toy Story 5 nos recuerda que la infancia necesita espacios sin pantallas, momentos de aburrimiento creativo, tiempo al aire libre y oportunidades para construir vínculos en el mundo presencial.
Sin embargo, el mensaje más importante va más allá de la cantidad de horas frente a una pantalla. Lo que realmente importa es la presencia de los adultos. Investigaciones desarrolladas en Chile a través de Kids Online muestran que los dispositivos se adquieren a edades cada vez más tempranas bajando entre 2016 y 2022 de los 11 a los 8,9 años en promedio (Informe Kids Online Chile, 2024; Santana et al., 2025). Frente a esta realidad, la pregunta ya no es si tendrán acceso a la tecnología, sino cómo aprenderán a usarla.
La evidencia también muestra que los niños y adolescentes no son usuarios pasivos. Desarrollan estrategias propias para gestionar su privacidad, regular sus tiempos de uso, resolver conflictos en línea y enfrentar riesgos digitales (Santana et al., 2026). En estudios realizados con adolescentes de Chile y Colombia observamos que muchos jóvenes despliegan formas de agencia y autorregulación, reflexionan sobre sus hábitos digitales y valoran crecientemente los espacios de interacción presencial. Después de la pandemia, muchos señalaron que aprendieron a apreciar la importancia del tiempo fuera de línea y de los encuentros cara a cara. Pero esa capacidad no surge de manera espontánea. Se construye.
Aquí aparece el segundo gran aporte de la película: la importancia de la mediación parental. Acompañar a nuestros hijos en su proceso de digitalización significa interesarse por las plataformas que utilizan, conocer con quién interactúan, conversar sobre las experiencias que viven en línea y ayudarlos a comprender cómo esas experiencias impactan en sus emociones y relaciones. La mediación parental ha sido calificada por los expertos como el factor de protección clave (Livingstone y Smith, 2014).
La investigación internacional ha mostrado consistentemente que las formas de mediación basadas en el diálogo, la confianza y el acompañamiento son más efectivas que aquellas centradas exclusivamente en la prohibición o el control (Paus-Hasebrink, 2018). Los niños aprenden a tomar buenas decisiones digitales cuando existen oportunidades para conversar, equivocarse, reflexionar y desarrollar criterios propios.
Por eso resulta problemático caer en los llamados pánicos morales sobre la tecnología. La idea de que basta con alejar a los niños de los dispositivos hasta que sean mayores es una ilusión. Nadie aprende a convivir responsablemente con la tecnología por cumplir 18 o 21 años. La alfabetización digital, al igual que cualquier otra competencia, requiere aprendizaje, práctica y acompañamiento.
Si no les enseñamos a evaluar críticamente la información, reconocer riesgos, gestionar su privacidad, regular sus tiempos de uso y aprovechar las oportunidades que ofrece el entorno digital, difícilmente estarán preparados para desenvolverse en él de manera autónoma cuando sean adultos.
Los dispositivos llegaron para quedarse. También las plataformas, los videojuegos, la inteligencia artificial y las redes sociales. El desafío no consiste en expulsarlos de la vida de nuestros hijos, sino en asignarles un lugar adecuado dentro de ella.
La película nos invita justamente a asumir ese rol. Nos recuerda que veremos cada vez más niños con dispositivos en sus manos y que la respuesta no pasa por la satanización ni por la resignación. Pasa por acompañar. Por estar presentes. Por ayudarles a construir una relación inteligente, crítica y equilibrada con la tecnología.
Porque el verdadero desafío no es criar niños lejos de las pantallas. Es criar personas capaces de vivir con ellas sin dejar de vivir plenamente fuera de ellas.