El empleo en Chile, más allá del 9,4% de desempleo
09.07.2026
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09.07.2026
El autor de esta columna indica que más allá de la tasa oficial de desempleo, que quedó en 9,4%, las cifras revelan un mercado laboral marcado por el desaliento, el aumento de los segundos empleos y una creciente participación de personas mayores que siguen trabajando por necesidad, evidenciando problemas estructurales que trascienden los ciclos económicos. Sostiene que «el desempleo es mayor de lo que indican las cifras oficiales; una parte creciente de los nuevos empleos está siendo ocupada por personas que deberían poder ejercer su derecho a una jubilación digna; y cada vez más trabajadores necesitan extender su jornada para compensar salarios insuficientes, pese a la rebaja oficial de la jornada».
Hace unos días el INE publicó las cifras de empleo y desempleo y, como cada mes, liberó las bases de datos que permiten observar con mayor detalle la situación del mundo del trabajo remunerado en Chile.
La tasa oficial de desempleo llegó a 9,4%. En otras palabras, cerca de un millón de personas no tiene empleo, está buscando uno y se encuentra disponible para comenzar a trabajar. Sin embargo, detrás de esa cifra existen al menos tres antecedentes que han recibido escasa atención y que ayudan a comprender mejor los problemas estructurales del mercado laboral chileno.
El primero es que el desempleo, considerando otros indicadores, es mayor que el informado oficialmente. Una persona que trabaja apenas una hora durante la semana de referencia, aunque pase el resto del tiempo buscando empleo porque necesita trabajar más horas, es clasificada en la Encuesta Nacional de Empleo como una persona ocupada. A ello se suman quienes dejaron de buscar trabajo por desaliento: personas que, tras sucesivos rechazos, abandonaron la búsqueda, pero siguen disponibles para trabajar. En la encuesta son clasificadas como inactivas, y desaparecen de la estadística oficial del desempleo.
Si se considera el desempleo oculto por el desaliento laboral (quienes dejaron de buscar empleo por cansancio) y se incorpora parcialmente la subutilización de quienes trabajan pocas horas, la tasa de desempleo resultante, estimada por Fundación SOL, alcanza hoy el 13,2%. Y, aunque hoy es particularmente alta, desde que puede medirse de manera consistente, en 2010, nunca ha descendido de los dos dígitos. Han pasado distintos gobiernos, pero esa realidad estructural permanece prácticamente intacta.
El segundo dato se relaciona con la composición de la recuperación del empleo tras la pandemia. Entre el peor momento de la pandemia (trimestre mayo-julio) 2020 y 2026 (los datos recién publicados) se generaron cerca de 2,3 millones de empleos netos. Sin embargo, la tasa de ocupación todavía no recupera los niveles previos al COVID-19. Más llamativo aún es el perfil de quienes se ocupan en los nuevos puestos de trabajo. Del total de empleos creados desde 2020, un 22,3% corresponde a personas de 60 años y más. Si se consideran sólo los últimos dos años, esa proporción aumenta a 42%, y durante el último año, llega a 45%. Esta tendencia es más probable que responda menos al entusiasmo laboral de este sector de la población que a la incapacidad del sistema de pensiones para garantizar ingresos suficientes durante la vejez, obligando a muchas personas a seguir trabajando más allá de la edad de jubilación. Pero también refleja que una parte del mercado laboral encuentra en este segmento una fuerza de trabajo especialmente funcional: con frecuencia acepta empleos más precarios, peor remunerados o incluso formas de trabajo no pagado bajo la promesa de futuras oportunidades.
El tercer dato es el fuerte aumento de los segundos empleos. Cuando los salarios son insuficientes, trabajar más deja de ser una opción y pasa a convertirse en una necesidad. En Chile, la mitad de las y los trabajadores percibe menos de $600.000 líquidos mensuales. Entre 2022 y la actualidad, la proporción de personas con un segundo empleo aumentó cerca de un 50%. Parte del tiempo liberado por la implementación gradual de la jornada de 40 horas seguramente ha sido absorbido por segundos trabajos remunerados en un contexto de bajos salarios como este, o por trabajo doméstico y de cuidados adicional de quienes respaldan con sus labores invisibles (comúnmente mujeres) el hecho de que otros puedan emplearse fuera del hogar.
Que aumenten los segundos empleos no es casualidad. Según estimaciones recientes, un 64% de las y los trabajadores que viven en hogares que arriendan la vivienda donde residen no lograría sacar de la pobreza a un hogar de tres personas si éste dependiera únicamente de su ingreso laboral.
Los tres datos apuntan en la misma dirección. El desempleo es mayor de lo que indican las cifras oficiales; una parte creciente de los nuevos empleos está siendo ocupada por personas que deberían poder ejercer su derecho a una jubilación digna; y cada vez más trabajadores necesitan extender su jornada para compensar salarios insuficientes, pese a la rebaja oficial de la jornada.
Lejos de constituir fenómenos aislados, estos procesos forman parte de una misma dinámica estructural. El capitalismo reproduce permanentemente un ejército de reserva de trabajadores y trabajadoras especialmente tras procesos de saturación de mercado y sobreproducción, cuya presión por ingresar al mercado laboral o trabajar más horas disciplina al conjunto de las y los trabajadores, debilitando su poder de negociación y conteniendo las remuneraciones. Pero la magnitud de ese ejército de reserva no está solamente librado a la dinámica macroeconómica. También depende de la correlación de fuerzas entre capital y trabajo, de las instituciones laborales y de la capacidad de organización colectiva.
Por eso, el debate sobre empleo no debería limitarse a cuántos puestos de trabajo se crean, sino también a qué condiciones permiten que quienes viven de su trabajo puedan hacerlo con recursos de autoprotección, seguridad y dignidad.