Caso Quemados: un homenaje personal a Rodrigo Rojas de Negri
02.07.2026
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02.07.2026
Hoy es un día para recordar a Rodrigo y a Carmen Gloria, y las atrocidades que sufrieron a manos del régimen de Pinochet. Pero, en este aniversario, el crimen debe entenderse como un terrible recordatorio de lo que sucede cuando un país se sumerge en la tiranía. Quienes siguen blanqueando la dictadura de Pinochet para obtener beneficios políticos deberían aprovechar este aniversario para visitar la tumba de mi joven amigo Rodrigo Rojas, en el Cementerio General. Desde allí, Rodrigo y las numerosas víctimas de la dictadura de Pinochet que lo rodean siguen hablándonos a todos los chilenos sobre los horrores del pasado y las posibilidades para el futuro.
Créditos imagen de portada: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.
Han pasado 40 largos años desde que mi joven amigo Rodrigo Rojas y Carmen Quintana fueron quemados vivos y arrojados a una zanja por las despiadadas fuerzas militares del general Augusto Pinochet. Carmen sobrevivió milagrosamente a sus horribles heridas, pero dentro de unos días conmemoraremos el doloroso aniversario de la muerte de Rodrigo, quien falleció apenas a los diecinueve años.
Conocí a Rodrigo y a su familia, y pasé bastante tiempo con él mientras crecía en Washington D.C. Tenía apenas 12 años cuando lo conocí. Su madre, Verónica de Negri, era una figura importante en la comunidad chilena en el exilio en esa ciudad. La veíamos frecuentemente a ella y a sus hijos, Rodrigo y Pablito, en eventos de solidaridad, conciertos de Inti-Illimani y foros educativos. Había ocasiones en las que Verónica estaba ocupada y yo iba a recoger a Rodrigo al colegio. En una ocasión, Rodrigo organizó que yo fuera a hablar a su clase de educación cívica en la Preparatoria Woodrow Wilson sobre el papel de Estados Unidos en el golpe de Estado chileno, y las atrocidades contra los derechos humanos cometidos por el régimen de Pinochet.
Rodrigo también faltaba mucho a clases. Solía venir a pasar el rato a la oficina de Isabel Letelier en el Instituto de Estudios Políticos, donde mi esposa Eliana Loveluck y yo trabajábamos. Se sentaba junto al escritorio de Eliana durante horas, hojeando todo tipo de libros y hablando con ella sobre su fotografía y su deseo de regresar a Chile.
Eran muy cercanos. Eliana quería muchísimo a Rodrigo. Cuando nació nuestro hijo, Gabriel, en enero de 1986, Rodrigo fue el primero en llamarla para felicitarla por la llegada del nuevo miembro de la comunidad solidaria chilena.
Varios meses antes de graduarse, Rodrigo decidió impulsivamente abandonar los estudios y regresar a Chile para sumarse al creciente movimiento a favor del retorno a la democracia. Eliana y yo estábamos muy preocupados por su seguridad y su futuro. Lo llevamos a almorzar cerca de la oficina e intentamos convencerlo de que solo unas semanas más de estudios le beneficiarían por el resto de su vida; y que luego podría regresar a Chile e inscribirse en una universidad, donde rápidamente encontraría aliados entre los estudiantes para organizar la resistencia contra la dictadura y promover la causa del gobierno civil.
Pero Rodrigo era un adolescente terco y rebelde que, como tantos jóvenes, se creía inmortal. Nos escuchó con respeto. Luego, decidió irse a Chile.
Muchas veces he pensado que, si lo hubiéramos convencido de terminar sus estudios en Washington y posponer su regreso a Santiago, tal vez no hubiera estado en esa calle cerca de la Estación Central protestando hace 40 años. Quizás no lo habrían secuestrado ni quemado vivo los militares asesinos de Pinochet. Quizás hoy tendría casi 60 años, dirigiría el Estudio Fotográfico Rodrigo Rojas en Santiago y usaría las cámaras que siempre llevaba colgadas al cuello para capturar imágenes de los chilenos que todavía luchan por la justicia, la paz y la dignidad. Cuarenta largos años después, es difícil no imaginar cómo podría haber sido la vida de Rodrigo, y la de su madre Verónica y su hermano Pablo, quienes sufrieron la pérdida de su ser querido a causa de las atrocidades de la dictadura de Pinochet.
El general Pinochet lanzó descaradamente una campaña para culpar a Rodrigo de su propia muerte, alegando que se había prendido fuego a sí mismo con un cóctel Molotov. Pero se trataba de una mentira flagrante para encubrir la responsabilidad del ejército chileno en este crimen atroz. Pinochet sabía que era mentira: el propio general director de Carabineros, Rodolfo Stange, le había entregado un informe de investigación que identificaba a la unidad militar que prendió fuego a Rodrigo y a Carmen Gloria y los dejó en una zanja para que murieran a causa de sus quemaduras.
Sabemos la verdad sobre el papel que desempeñó Pinochet en el encubrimiento de esta atrocidad porque el gobierno de Estados Unidos obtuvo información de inteligencia sobre la reunión que sostuvo con el general Stange el 11 de julio de 1986, en la que se presentaron las conclusiones de la investigación de Carabineros. El informe de la policía “identificó a la unidad de patrulla del Ejército responsable de la quema y el abandono de los cuerpos”. Pero, Pinochet “se negó a aceptar el informe del general Stange”, según un cable estadounidense desclasificado basado en un informante confiable dentro de Carabineros.

Cable de inteligencia estadounidense que reveló que Augusto Pinochet rechazó el informe elaborado por Carabineros. El documento indica que Rodolfo Stange le entregó el reporte personalmente a Pinochet. Luego de que lo rechazara, Stange compartió el informe con el vicecomandante el Jefe del Ejército, Santiago Sinclair, quien dijo que un miembro de la inteligencia militar se contactaría con el carabinero a cargo de la investigación. El cable indica que el reporte solo tenía una hoja y no se hicieron copias (Fuente: National Security Archive).
El informe de Stange se perdió, como parte del encubrimiento de este grave crimen contra los derechos humanos por parte del régimen de Pinochet. Pero cuando mi organización, el Archivo de Seguridad Nacional (NSA), publicó el cable desclasificado de inteligencia estadounidense en julio de 2015, se desató un gran revuelo en Chile. El entonces ministro de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz, fue bombardeado con preguntas al respecto en su conferencia de prensa diaria. Los abogados y jueces chilenos que trabajaban en el Caso Quemados prestaron especial atención a las nuevas pruebas contenidas en la documentación estadounidense. El propio CIPER publicó un reportaje de gran repercusión sobre los documentos del NSA, titulado «Caso Quemados: Pinochet participó del encubrimiento de la operación ejecutada por militares». Se han conservado suficientes registros históricos para refutar las mentiras que se siguen difundiendo sobre los abusos de la dictadura de Pinochet, particularmente en el Caso Quemados.
Hoy es un día para recordar a Rodrigo y a Carmen Gloria, y las atrocidades que sufrieron a manos del régimen de Pinochet. Pero, en este aniversario, el crimen debe entenderse como un terrible recordatorio de lo que sucede cuando un país se sumerge en la tiranía. Quienes siguen blanqueando la dictadura de Pinochet para obtener beneficios políticos deberían aprovechar este aniversario para visitar la tumba de mi joven amigo Rodrigo Rojas, en el Cementerio General. Desde allí, Rodrigo y las numerosas víctimas de la dictadura de Pinochet que lo rodean siguen hablándonos a todos los chilenos sobre los horrores del pasado y las posibilidades para el futuro.