La hora de la autocrítica en la izquierda latinoamericana
01.07.2026
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01.07.2026
Cerrado el largo recuento de votos en Perú, y consolidado el estrecho triunfo de Keiko Fujimori, el autor de esta columna analiza los últimos resultados que en el continente han favorecido a la derecha. Sostiene que «debemos hacer una autocrítica, pero no quedarnos en la inmovilidad de la autoflagelación. Todavía hay mucho que ofrecer en términos de los viejos intereses izquierdistas: emancipación, igualdad y fraternidad. La extrema derecha no ofrece mucho ahí; más bien al revés, solo propone segregación racial, de clase y de género. Y si queremos construir otro mundo, debemos activar la imaginación, ofrecer algo afirmativo, no solo autocrítica».
Tras los resultados electorales en Colombia y Perú, se confirma el giro a la derecha de la mayoría de los países sudamericanos. Con las excepciones de Brasil y Uruguay, que vienen de vuelta del giro electoral a la derecha, el panorama para la izquierda es desolador en el resto de la región: no solo han perdido el poder, sino que han cedido el relevo a la versión más extrema de la derecha regional. En este escenario, es fundamental realizar un análisis histórico de la situación de las izquierdas y una autocrítica necesaria para evaluar la posibilidad de volver al poder. También es necesario evaluar el papel que ha desempeñado la derecha tradicional en este nuevo giro electoral.
Lo primero que debemos decir es que, efectivamente, la izquierda latinoamericana ha fallado estrepitosamente en el plano electoral por sus propios errores. Pero en este punto nos distanciaremos de las ya manidas tesis de que la izquierda traicionó a su electorado tradicional por una suerte de aventura woke (término usado hasta el hartazgo, sin el debido tratamiento histórico), de reivindicaciones identitarias y particularistas, en vez de abrazar viejos principios universales, tales como la igualdad, la justicia, etc.
No creemos que esas reivindicaciones que la izquierda abrazó en el siglo XXI sean identitarias, como si eso fuera políticamente pecaminoso. Debemos considerar que esas reivindicaciones universalistas, como la igualdad, en realidad también fueron muy identitarias: la igualdad era para algunos. No sería revelar un secreto antiguo decir que, muchas veces, las consignas de la izquierda eran machistas y racistas. Como señala el filósofo italiano Alberto Toscano, pensar que el fascismo surge ahí donde hubo una traición a la clase trabajadora es no ver que, históricamente, la clase trabajadora también abrazó el nacionalismo racista. Esa izquierda anti-woke tiende a esencializar a las clases populares y a los trabajadores, como si fueran portadoras de virtudes.
Ampliar el ámbito de las reivindicaciones es justamente lo que se espera de las izquierdas; poner en tensión los presupuestos mínimos de los principios que hemos reivindicado durante dos siglos es fundamental en el pensamiento de izquierda. Si creemos en la igualdad, bueno, ¿de qué igualdad estamos hablando? En la vieja disputa entre igualdad y libertad, no deberíamos posicionarnos solo por una u otra.
Tampoco deberíamos revivir la disputa de hace siglos entre Levellers (niveladores) y Diggers (cavadores), en la que los primeros abogaban por una nivelación social basada en principios religiosos, pero que excluía a sirvientes, mujeres y mendigos, mientras que para los Diggers, que se consideraban verdaderos igualitaristas —su nombre hace referencia al trabajo agrícola—, igualar implicaba volver a trabajar la tierra. Nuevamente, en esas disputas lo que queda de manifiesto es que se esencializa el cuerpo social, lo cual oculta que las sociedades son dinámicas y cambiantes. No hay un solo sujeto histórico al que la izquierda deba defender; el objetivo de la izquierda no puede ser solo la clase trabajadora, esa que hoy está en crisis por el auge de las nuevas tecnologías que han transformado el mundo del trabajo. Mujeres, inmigrantes, minorías sexuales, etc., también son comunidades y sujetos que las izquierdas deben atender, reflexionar con y defender su derecho a tener derechos.
No, el error de las izquierdas ha sido abrazar sin más un programa económico que sitúa en el centro el desarrollo en detrimento del bienestar socioambiental. En nuestra región se han multiplicado los conflictos socioambientales, que, en el caso de Chile, quedan perfectamente ilustrados con ese eufemismo tan chileno: zona de sacrificio. Cuando tenemos un espacio geográfico que se decide sacrificar en función de una actividad económica, no se sacrifica un bonito paisaje ni una “ranita”, para usar el ejemplo que simplonamente usó un político por estas latitudes; lo que se sacrifica es un entorno que sirve a la vida de una comunidad.
Sacrificar el medio ambiente es sacrificarnos a nosotros mismos. Volviendo al ejemplo de la “ranita”, si sacrificamos especies no humanas, no solo estamos sacrificando unos cuantos seres vivos, estamos claudicando moralmente ante una forma de desarrollo que no conduce a un telos; no hay un fin de la historia que se denomine “desarrollo”. Todos los países considerados desarrollados siguen teniendo la exigencia del crecimiento y ese crecimiento económico no es una entelequia. No se crece virtualmente, es crecimiento geográfico: el capital se amplía a zonas que antes no estaban explotadas, pero el ciudadano del país desarrollado no lo percibe. Nosotros, en los países del Sur Global, sí lo vivimos, precisamente en forma de zonas de sacrificio. El sur global ha sido históricamente la zona de sacrificio del capitalismo global.
Como dijo Max Horkheimer, “aquel que no quiera hablar del capitalismo debería callar sobre el fascismo”. Una izquierda que no asuma su carácter anticapitalista no es izquierda. La forma en que superaremos el capitalismo es el tema de debate. Desde el propio Marx, lo que nutre intelectualmente a la izquierda es la pregunta de cómo superar el capitalismo. Esto significa la construcción de un nuevo orden social sobre la base de los avances del capitalismo; por eso es superación, no destrucción. No se trata de volver a un pasado idealizado, es construir un orden más justo, porque el capitalismo produce riqueza, pero también injusticias. La izquierda latinoamericana claudicó en esta discusión y prefirió seguir el modelo extractivista.
El electorado latinoamericano ha demostrado ser muy volátil. Hemos experimentado diversos giros electorales; ya hubo un giro a la izquierda, que no se aprovechó para construir nuevas hegemonías ni transformar el Estado.
Es importante analizar el papel de las viejas derechas en este nuevo giro ultraderechista. Esa derechita cobarde, como decían por estos lares, se acomodó muy bien a las exigencias radicales de la extrema derecha. Cuestiones como la construcción de zanjas, de muros contra los inmigrantes, la mano dura contra los delincuentes, etc., le gustaron a la derecha “liberal”. Esto ha demostrado que la derecha liberal no es tan liberal. O que el liberalismo también puede ser bastante autoritario. Después de todo, el imperialismo, el colonialismo y los regímenes de segregación racial se justificaron con argumentos perfectamente liberales. No debemos, a su vez, descuidar que el neoliberalismo, hoy el modelo económico y cultural preferido de las derechas, siempre ha sido un proyecto racial.
Para culminar, y en sintonía con lo anterior, debemos analizar también el rol de los tecnomillonarios en el ascenso de la extrema derecha global. Los intereses de esos millonarios se alinean muy bien con estas nuevas extremas derechas. Además, han usado sus plataformas, redes sociales e inteligencia artificial para impulsar estos nuevos liderazgos. Tanto en Argentina como en nuestro país, hemos visto gobiernos que quieren atraer a las empresas de estos señores tecnofeudales con excepciones tributarias y facilidades para instalar sus intereses, que no necesariamente sirven a nuestros intereses, porque usan nuestra agua y depredan nuestro medio ambiente.
Es verdad, debemos hacer una autocrítica, pero no quedarnos en la inmovilidad de la autoflagelación. Todavía hay mucho que ofrecer en términos de los viejos intereses izquierdistas: emancipación, igualdad y fraternidad. La extrema derecha no ofrece mucho ahí; más bien al revés, solo propone segregación racial, de clase y de género. Y si queremos construir otro mundo, debemos activar la imaginación, ofrecer algo afirmativo, no solo autocrítica.