A propósito de la realidad alterada sobre las ciencias en Chile
28.05.2026
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28.05.2026
El autor de esta columna reafirma la importancia de la ciencia en la vida cotidiana, y el valor de los científicos chilenos. Respecto de los dichos del Presidente, sostiene que «en el fondo, el gobierno de José Antonio Kast, lo que busca con este tipo de discursos no es solo minimizar la ciencia, sino instalar la idea de que ella detiene el desarrollo económico. Una operación retórica que funciona como cortina de humo: desacreditar la investigación para justificar la desregulación. Es el mismo libreto que relaja los sistemas de evaluación de impacto ambiental en nombre de la agilidad del mercado, que caricaturiza a los pueblos indígenas como meros guardianes folclóricos de su espacio o que directamente desconoce las consecuencias ambientales de la industrialización capitalista».
Hace poco, su Excelencia (ese título que suena más a comedia medieval que a política contemporánea), el presidente de la República, decidió sopesar la productividad científica como si fuera un engranaje menor de la productividad económica. En su discurso, deslizó la idea de que buena parte de las investigaciones financiadas por el Estado terminaban como fósiles bibliotecarios, atrapados en anaqueles polvorientos. Una oración que, repetida como rogativa, se ha convertido en aforismo dogmático: ciencia inútil, ergo, gasto inútil.
El problema es que esa caricatura ignora la complejidad del conocimiento y reduce la curiosidad humana a un Excel con columnas de rentabilidad y filas de utilidad, cual binomio presidente/ministro de Hacienda. Y claro, cuando la retórica presidencial se disfraza de estrategia, lo que se comunica no es dirección de país, sino incumplimientos adornados con metáforas de sabor a hipérbole.
La ciencia, antes que nada, es curiosidad organizada. Es el intento de responder a preguntas que van desde lo banal hasta lo trascendental. Tales de Mileto y Aristóteles se preguntaban por qué los metales se atraían; los aimara, sin necesidad de Aristóteles, miraban el cielo para mejorar la agricultura. Desde la cotidianidad misma y desde esas preguntas surgió lo que hoy llamamos método científico: una receta cartesiana para transformar dudas en verdades verificables. Medicina, antropología, astronomía, ingeniería, campos del conocimiento científico que tuvieron su génesis en esa obstinación empedernida por preguntar y responder.
Louis Pasteur, por ejemplo, se obsesionó con la fermentación y terminó regalándonos la pasteurización. Los antropólogos, en cambio, se preguntaron cómo distintas culturas concebían el dolor y la enfermedad, descubriendo que la diversidad cultural no equivale a diversidad racial: seguimos siendo sapiens sapiens, aunque con distintas adaptaciones a los entornos.
Gracias a ellos, sabemos que los chilenos que viven en cordillera tienen mejor adaptación y mayor capacidad torácica que les evita ser afectados por la popularmente conocida Puna, el mal de altura. Así, en Chile la curiosidad científica nos ha llevado desde terapias inmunológicas contra tumores hasta el estudio de la cultura Chinchorro, pionera en momificación artificial tres mil años antes que Tutankamón. Ciencia que no solo explica el pasado, sino que también salva vidas en el presente y posiciona a Chile en el mundo. No como nuestro pasaporte, famoso por abrir fronteras y duty free, sino como un pasaporte científico que abre puertas al conocimiento y al reconocimiento internacional. Porque mientras el primero sirve para viajar y tomarse selfies en aeropuertos, el segundo nos permite estar en la conversación global sobre descubrimientos, innovación y futuro.
El Estado chileno, aunque a veces con más burocracia que visión, ha intentado institucionalizar la ciencia. Desde el Instituto de Chile en 1964 promulgado por Alessandri hasta la actual ANID y el Ministerio de Ciencia en el siglo XXI, se ha construido un ecosistema que financia, legitima y conecta a investigadores ávidos de conocimiento con distintos problemas de la realidad chilena. FONDECYT, uno de los principales instrumentos de financiación para la investigación, permitió que Monte Verde reescribiera la teoría del poblamiento americano y que el proyecto Calán-Tololo contribuyera al Nobel de Física del 2011 sobre la expansión acelerada del universo. No es poca cosa. Chile ha estado en el mapa científico global gracias a políticas públicas que entendieron que el conocimiento es capital, aunque no siempre convertible en monedas inmediatas.
Este ecosistema institucional que se ha consagrado es también altamente competitivo para acceder a los beneficios que otorga. Mide trayectoria personal, experiencia profesional, aportes en gestión académica, productividad científica, docencia, actividades de transferencia; además de la formulación de un proyecto de investigación con un tema relevante, urgente y capaz de desarrollarse en un tiempo específico con recursos acotados. Nadie que quiera hacer investigación en Chile se va a ganar un proyecto per se su sola voluntad. Al mismo tiempo, el programa de becas ha sido criticado por propender a la segregación, ya que quienes accedían como beneficiarios eran estudiantes que en su mayoría provenían de las grandes universidades tradicionales chilenas, lo que llevó a mejorar los criterios de evaluación haciendo más equitativo el concurso. Hay otras cuestiones que siguen siendo objeto de debate con vistas a su mejora, como la retribución al país de quienes estudiamos en el extranjero gracias a estas becas.
A fin de cuentas, aquí está el punto neurálgico. Confundir productividad científica con productividad económica es como confundir el mote con huesillos con una Pepsi Cola. Ambas son útiles, pero no son lo mismo. La ciencia produce conocimiento, herramientas, soluciones y comprensión del mundo. La economía mide flujos, rentabilidades y balances. Pretender que la primera debe justificarse solo en términos de la segunda es un sesgo dogmático que empobrece la conducción del país. Porque, al final, la ciencia no es un lujo ni un gasto ornamental, es la base de la salud pública, de la innovación tecnológica, de la comprensión cultural y, sí, también del desarrollo económico. Reducirla a un apéndice de la rentabilidad inmediata es negar que sin ciencia no habría ni economía que medir.
Dicho de otro modo. El discurso presidencial que caricaturiza la ciencia como improductiva no solo es retóricamente confuso, sino estratégicamente miope. La ciencia no es un gasto inútil. Sin el ánimo de caer en un análisis materialista, es la infraestructura invisible que sostiene la complejidad de un Estado moderno. Y si no lo entendemos, terminaremos administrando un país con un ábaco.
En el fondo, el gobierno de José Antonio Kast, lo que busca con este tipo de discursos no es solo minimizar la ciencia, sino instalar la idea de que ella detiene el desarrollo económico. Una operación retórica que funciona como cortina de humo: desacreditar la investigación para justificar la desregulación. Es el mismo libreto que relaja los sistemas de evaluación de impacto ambiental en nombre de la agilidad del mercado, que caricaturiza a los pueblos indígenas como meros guardianes folclóricos de su espacio o que directamente desconoce las consecuencias ambientales de la industrialización capitalista. Esa industrialización que engordó las arcas de unos pocos mientras dejaba tras de sí suelos arrasados, aguas envenenadas, comunidades desplazadas y, en definitiva, pueblos expoliados. En suma, se pretende que la ciencia aparezca como improductiva, cuando lo verdaderamente improductivo es perpetuar un modelo que confunde expolio con progreso y que administra el país calculando números abstraídos de una realidad alterada.