Duración de las carreras: el tiempo que no se mide en semestres
12.05.2026
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12.05.2026
El autor de esta columna entra al debate de la duración de las carreras universitarias desglosando las cifras para comparar que se dan en la discusión. Y concluye que «la universidad nació, en sus mejores momentos, como convivencia entre quienes buscaban juntos la verdad. Esa convivencia requiere tiempo. Pero el tiempo que requiere no se mide (solo) en semestres: se mide en la calidad de la presencia. Acortar carreras puede ser sensato; probablemente lo es. Lo que sería ingenuo es creer que, hecha esa reforma, hemos hecho lo importante. La pregunta de fondo —cómo logramos que el paso por la universidad deje huella— sigue abierta».
Imagen de portada: Sebastián Beltrán / Agencia Uno
Hace poco más de dos semanas, la bancada UDI —encabezada por Flor Weisse, Sergio Bobadilla y Ricardo Neumann— envió una carta al Ministerio de Educación solicitando la creación de una comisión asesora para estudiar el acortamiento de las carreras universitarias. La cifra que sostiene la propuesta ya es conocida: mientras el promedio OCDE de pregrado bordea los 3,7 años, en Chile la duración efectiva ronda los 5,2. Días después, la subsecretaria Fernanda Valdés se abrió al debate, aunque prefirió hablar -muy acertadamente a mi juicio- de «actualización de la oferta académica» antes que de un recorte lineal, dando así un encuadre más sustantivo a la discusión. Desde entonces, el tema ha capturado columnas, entrevistas y reportajes, y conviene detenerse a mirarlo con atención antes de sumar una opinión más.
El debate tiene capas que rara vez aparecen juntas. La primera es económica: con la gratuidad cubriendo solo la duración nominal más un año, miles de estudiantes pierden el beneficio antes de titularse, y las universidades acumulan un déficit que ya se cuenta en decenas de miles de millones de pesos. La segunda es curricular: rectores como Juan Carlos de la Llera (UC) y Francisco Covarrubias (UAI) coinciden en que mantener hasta seis años de formación profesional inicial, cuando los conocimientos técnicos se vuelven obsoletos en pocos años, es sencillamente anacrónico. La tercera es comparada, pero no en el sentido obvio (“acortemos porque así es en el resto del mundo”). Como bien ha advertido, entre otros, Juan Eduardo Vargas, rector de la Finis Terrae, comparar sin más los tres años europeos con los cinco chilenos esconde que el primer ciclo en Europa no habilita para el ejercicio profesional, mientras que en Chile el título es habilitante por sí solo (o al menos pretende serlo). La cuarta dice relación con el sistema escolar: algunos han subrayado que las universidades destinan sus primeros semestres a una nivelación remedial que no debería ser su tarea, pero que tampoco puede descontinuarse de un día para otro (en caso de que se optara por sacrificar esos cursos propedéuticos en el proceso de acortamiento). Y atravesando todo, está la irrupción de la inteligencia artificial, que hace temblar los supuestos sobre qué vale la pena enseñar y por cuánto tiempo.
Un punto especialmente relevante y menos desarrollado en la discusión ha sido el de Pablo Ortúzar, quien ha defendido que acortar las carreras es hasta cierto punto una política de equidad intergeneracional: liberaría recursos para fortalecer la educación parvularia y básica, justo allí donde el sistema realmente fracasa. También resulta especialmente elocuente la agudeza analítica de José Joaquín Brunner sobre la dimensión organizacional del problema. El sociólogo ha advertido con claridad que la duración depende de una arquitectura completa de grados, exámenes y certificación y que la verdadera resistencia al cambio anida en el corporativismo de las propias facultades y en la defensa de sus respectivas disciplinas y profesiones. Finalmente, rescato la posición del rector Covarrubias quien, en la misma línea de la subsecretaria, ha animado a pensar la discusión desde un imperativo de repensar el modelo de formación universitaria, antes que recortar años, subrayando de paso que reducir la universidad a habilitación profesional sería traicionar lo propio de su tradición fundante como institución.
En este concierto, me atrevo a sumar un punto de vista ni particularmente original ni sagaz, pero asombrosamente ausente en las últimas semanas: la necesidad de poner la mirada no solo sobre el tiempo que pasan los estudiantes por la universidad, sino sobre la profundidad de ese paso (en esa línea Francisco Covarrubias tituló El qué más que el cuanto su columna sobre este tema, sensibilidad con la que me identifico).
¿Más años, menos años, ciclos cortos, ciclos largos? Junto con esa legítima y necesaria forma de plantear la discusión, me cuestiono si no hace falta también la pregunta de qué clase de tiempo es el tiempo universitario. Cinco años pueden ser un tiempo superficial, y tres años también. La duración —medida en semestres, créditos, horas pedagógicas— es una forma de concebir el tiempo que puede informar mucho, poco o nada sobre la profundidad de lo que ocurre en ese intervalo.
Vivimos, lo sabe cualquiera que camine por un campus universitario (y por cualquier calle en la ciudad), una época de tiempos contraídos. El sociólogo Hartmut Rosa la ha descrito como una era de aceleración: del ritmo de vida, del cambio social, de la técnica (otros hablan de un estrechamiento del presente). La universidad chilena no es ajena a ese fenómeno. Profesores que corren entre clases, comités, procesos de acreditación y la presión por publicar; estudiantes que arrastran jornadas laborales en paralelo (este porcentaje es cada vez más alto en nuestro sistema), redes sociales infinitas y la ansiedad de un horizonte económico estrecho. En ese contexto, el aula muchas veces parece más un pasillo que un lugar para quedarse un tiempo a ser parte de algo importante (aunque la expresión se ha vuelto cliché, un lugar para “habitar”). Exagerando este imaginario: el estudiante asiste, toma apuntes, rinde, olvida; el profesor expone, corrige, califica. Todos cumplen sin demora.
Pero la formación universitaria exige otra cosa. Exige tiempo para leer un libro entero y no solo su resumen, tiempo para conversar después de clase con un compañero o un profesor (en mi caso, atesoro cómo el tiempo casi parecía detenerse cuando, en mi época de estudiante, me entregaba a largas conversaciones con profesores como el gran Pedro Morandé que, no sé cómo, siempre lograba darnos generosamente minutos que valían horas), tiempo para volver sobre un texto que no se entendió a la primera, tiempo para asistir a un seminario que no entrega créditos. Tiempo, en una palabra, para que el conocimiento deje huella sobre el intelecto y, también, sobre el carácter. Desde esta perspectiva, la duración es en parte una propiedad que nuestra presencia imprime a las cosas, en la medida en que estamos realmente presentes y entregados a atender toda la realidad que en cada cosa se nos devela.
Esto no es una nostalgia y mucho menos un alegato encubierto por las carreras largas. En el debate inmediato y —forzado a tomar postura—, veo diversidad de razones atendibles para avanzar hacia un curriculum menos extenso. Pero reducido a esto, el problema del tiempo queda parcialmente intacto en una reflexión más profunda sobre su significado, sobre el sentido del tiempo universitario.
¿Por qué los años que tenemos —sean cinco o tres— se han vuelto tantas veces un tránsito apurado? El riesgo del debate actual es que una reforma puramente cuantitativa, comprimida sin rediseño, acelere todavía más la experiencia. Acortar mallas saturadas para mantenerlas saturadas en menos semestres no resuelve nada; lo agrava. Tampoco se trata de pedirles a los estudiantes que «se demoren más» cuando muchos no pueden permitírselo
La universidad nació, en sus mejores momentos, como convivencia entre quienes buscaban juntos la verdad. Esa convivencia requiere tiempo. Pero el tiempo que requiere no se mide (solo) en semestres: se mide en la calidad de la presencia. Acortar carreras puede ser sensato; probablemente lo es. Lo que sería ingenuo es creer que, hecha esa reforma, hemos hecho lo importante. La pregunta de fondo —cómo logramos que el paso por la universidad deje huella— sigue abierta.