Artemis II: la misión que llegó a la Luna mientras las redes la negaban
08.05.2026
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08.05.2026
Más allá del hito mismo, la reciente expedición del Artemis II deja una serie de aprendizajes en otros aspectos, que son los que revisa el autor de esta columna. Sostiene que para los docentes chilenos el «Artemis II te ofrece material concreto para las clases: discute los bulos que circularon en redes, analiza por qué la gente los creyó, explica la peristalsis a propósito del alimento flotante, pregunta por qué durante décadas todos los astronautas se parecían entre sí, y por qué la hazaña técnica de China en 2024 no mereció los mismos titulares. Eso no es un desvío del currículo. Es, si sabes verlo, el currículo mismo».
El 1 de abril de 2026, cuatro personas abandonaron la atmósfera terrestre a bordo de la cápsula Orión. Seis días después, ya habían sobrevolado la cara oculta de la Luna, esa que la sonda soviética “Luna 3” fotografió por primera vez en 1959, que el Apollo 8 vislumbró parcialmente en 1968, pero que ningún ser humano había podido ver en su totalidad, hasta ahora. También batieron el récord histórico de distancia respecto a la Tierra: 406.771 kilómetros. Una misión que costó aproximadamente 4.000 millones de dólares. Mientras ocurría, miles de personas en redes sociales debatían si los astronautas podían comer sin gravedad, y otros compartían imágenes muy editadas que supuestamente demostraban que todo era un montaje filmado en un estudio.
Hay dos historias en esto; una es la de Artemis II y la otra es la de nosotros. Les invito a conocerlas.
Empecemos por la tripulación, porque ahí hay algo que merece más que una mención de paso. Christina Koch es la primera mujer en viajar más allá de la órbita terrestre baja. Victor Glover, la primera persona afrodescendiente en una misión lunar. Jeremy Hansen, el primer no estadounidense en dirigirse hacia la Luna. Junto a ellos, el comandante Reid Wiseman. Esta tripulación, me animo a creer, es la corrección de una deuda histórica.
Durante décadas, la imagen del científico o explorador espacial fue prácticamente la misma (recuerden ahora las películas o historias sobre científicos que han conocido): hombre, blanco, sólo, estadounidense o viejo no latino, con inteligencia infinita que salvará (o destruirá) el mundo. Esa imagen se repitió tantas veces en películas, libros de texto y noticias que dejó de parecer una elección y empezó a parecer “lo normal”. Como si la capacidad para hacer ciencia viniera previamente configurada con cuerpo o apellido.
¡No venía! ¡Nunca vino! Siempre hubo mujeres, pero invisibilizadas: Katherine Johnson calculó las trayectorias que llevaron al hombre a la Luna en 1969, y su nombre tardó décadas en aparecer en los créditos oficiales. Lise Meitner fue una de las primeras en explicar la fisión nuclear, y el Nobel fue para su colega hombre. La historia de la ciencia está llena de ese tipo de ausencias (no accidentales). Detrás de esos nombres hay algo más que injusticia: hay evidencia de que el rostro de la ciencia es una construcción social deliberada. Y si se construyó de una manera, puede construirse de otra.
Hay más cosas que esta misión desmonta. Una de las más persistentes es la idea de que la ciencia produce verdades definitivas, certezas inamovibles. Artemis II hace exactamente lo contrario: fue a probar si lo que construimos funciona o no.
La cápsula Orión, el cohete SLS o los sistemas de soporte vital son realmente “aplicaciones” de modelos teóricos poniéndose a prueba: ninguna es una certeza de ingeniería. Por ejemplo, los retrasos anteriores al lanzamiento, los problemas detectados en Artemis I o la trayectoria de retorno libre diseñada para traer a la tripulación de vuelta incluso si algo sale mal, son incertidumbres que se ponen a prueba, a pesar de haberse comprobado experimentalmente: así funciona la ciencia, es provisional, autocorrectiva, dispuesta a equivocarse para aprender.
Y la misión terminó exactamente como empezó: poniendo a prueba un modelo. La cápsula Orión reingresó a la atmósfera a más de 40.000 km/h, soportando temperaturas de hasta 2.700 grados Celsius, con seis minutos de apagón total de comunicaciones. La NASA calificó el amerizaje de “perfecto”. Pero incluso ese no fue el final: la cápsula Integrity será trasladada al Centro Espacial Kennedy para ser estudiada pieza por pieza. En la ciencia, la hipótesis corroborada no es el fin. Es el punto de partida del siguiente experimento.
Hay un dato que en Chile parece pasar por alto: Tú, chileno o chilena, eres parte de todo esto. El 25 de octubre de 2024 Aisén Etcheverry, la entonces ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, firmó los “Acuerdos Artemis” en la sede de la NASA en Washington. Con eso, Chile se convirtió en el séptimo país latinoamericano en sumarse a este marco de cooperación espacial internacional.
El rol de Chile no es operativo (no hay ingenieros chilenos en el centro de control de Houston) pero tampoco es menor. El Desierto de Atacama y la Antártica son dos de los entornos más extremos del planeta, y llevan décadas siendo laboratorio para tecnologías y organismos que la NASA necesita entender antes de ir a la Luna o a Marte. Los extremófilos (microorganismos capaces de sobrevivir en condiciones extremas) estudiados en los salares del norte; la minería de alta complejidad en alturas y temperaturas imposibles; la infraestructura astronómica que hace de Chile uno de los mejores lugares del mundo para observar el cielo: todo eso es contribución real, aunque no aparezca en los créditos del lanzamiento.
Chile no está mirando Artemis desde afuera. Está, a su manera, dentro. Pero hay algo más que vale decir sobre el contexto en que esta misión ocurre. Artemis II existe, en parte, porque China está desarrollando su propio programa lunar con ambiciones concretas: establecer una base en el polo sur lunar antes de 2035. Lo que casi nadie mencionó es que en 2024 China ya logró traer muestras del lado oculto de la Luna (una hazaña técnica sin precedentes) con una cobertura mediática dispar a la que ha tenido Artemis II. Y antes de eso, en 2019, la misión Chang’e 4 realizó el primer experimento biológico en la luna: una semilla de algodón germinó brevemente en la superficie lunar. Eso tampoco ocupó los titulares que merece.
Las decisiones sobre qué investigar, cuándo y con cuánto presupuesto son decisiones tanto científicas como geopolíticas. Y la ciencia que se celebra, como la ciencia que se financia, tampoco es neutral. Reconocerlo no desacredita a la ciencia: brinda una oportunidad para comprender sus dimensiones epistémicas y no epistémicas.
Mientras los astronautas rompían el récord histórico de distancia, algo curioso ocurrió en las transmisiones en vivo: un frasco de Nutella apareció flotando libremente dentro de la cápsula Orión. El video se volvió viral en horas. Y con él llegaron las preguntas, algunas más razonables que otras.
Porque junto al fenómeno de la Nutella, las redes se llenaron también de desinformación. Circularon imágenes falsas que pretendían mostrar a los astronautas grabando en un estudio con pantalla verde. Se difundieron videos de misiones anteriores presentados como imágenes actuales. Uno de los más virales mostraba letras superpuestas sobre el peluche que la tripulación usa como indicador de gravedad cero, interpretadas como un “error de CGI” que supuestamente demostraría que todo era un montaje. Las verificaciones de medios especializados demostraron que las imágenes habían sido alteradas digitalmente: en las transmisiones originales no aparecía ninguna de esas anomalías.
Pero volvamos a la Nutella, porque ahí hay una oportunidad que no deberíamos desperdiciar. La pregunta que muchos se hicieron era: ¿cómo pueden comer si no hay gravedad? No es absurda. Es exactamente el tipo de pregunta que debería hacerse en un aula de ciencias. Y la respuesta requiere conocimiento científico real: la deglución no depende de la gravedad, sino de los movimientos peristálticos, contracciones musculares del esófago que empujan el alimento hacia el estómago independientemente de la orientación del cuerpo. Los astronautas pueden comer en el espacio porque los procesos fisiológicos esenciales, como la digestión, siguen operando en microgravedad.
Eso es lo que hace poderoso al pensamiento crítico: no es simplemente dudar de todo, sino tener las herramientas para evaluar la evidencia. Dudar sin conocimiento no es escepticismo; es otra forma de credulidad, y esa distinción no se aprende sola: alguien tiene que enseñarla.
Y aquí es donde la conversación te toca a ti, en caso de que seas docente. Porque todo lo que Artemis II nos muestra (que la ciencia es provisional, colectiva, políticamente situada, históricamente construida, abierta a más voces de las que hemos dejado entrar) debería estar pasando también en las aulas chilenas. Y no siempre está pasando.
Quienes formamos profesores y profesoras de ciencias solemos enfrentarnos a una resistencia comprensible: la sensación de que estos temas (la historia de la ciencia, sus sesgos, su dimensión política) son un esfuerzo adicional, algo ajeno a “lo que realmente hay que enseñar”. Pero hay una idea sobre el rol docente acerca de cómo funciona la ciencia en las aulas (o acerca de la naturaleza de la ciencia, como le llamamos quienes investigamos en educación científica) que comparto con mis estudiantes, futuros docentes, y que creo vale para todo profesor y profesora de ciencias en ejercicio:
Lo quieras o no, lo sepas o no, te guste o no, te interese o no, también eres profesor o profesora de naturaleza de la ciencia. Vale la pena entonces preguntarse: ¿qué naturaleza de la ciencia estás enseñando?
¿Estás enseñando una ciencia de certezas o una que nos brinda las mejores explicaciones hoy, pero que podría cambiar? ¿Una de genios hombres solitarios o una de cualquier persona trabajando en redes colaborativas? ¿Una que le habla a todos sus estudiantes ya que todos serán personas inmersas en una sociedad, o solo a algunos/as que elegirán carreras científicas?
Artemis II te ofrece material concreto para las clases: discute los bulos que circularon en redes, analiza por qué la gente los creyó, explica la peristalsis a propósito del alimento flotante, pregunta por qué durante décadas todos los astronautas se parecían entre sí, y por qué la hazaña técnica de China en 2024 no mereció los mismos titulares. Eso no es un desvío del currículo. Es, si sabes verlo, el currículo mismo.
Hay una última cosa que vale decir, y va dirigida especialmente a las niñas que estos días miraron las imágenes de la Luna enviadas desde el Orión, o que escucharon el nombre de Christina Koch y sintieron algo difícil de nombrar
La ciencia no tiene género. Nunca lo tuvo, aunque durante siglos se actuó como si lo tuviera. Las barreras que alejaron a las mujeres de los laboratorios, las aulas y las misiones espaciales no eran naturales: eran decisiones. Y las decisiones se pueden cambiar, como Artemis II acaba de demostrar.
Hacer ciencia no requiere ser un genio solitario ni tener un perfil particular. Requiere curiosidad, rigor y disposición a equivocarse. Eso no es patrimonio de nadie.
Así que si hay una niña leyendo esto, o alguien que tiene una niña cerca, dígale que el espacio también es suyo. Que la pregunta que se le ocurrió hoy (sobre la Luna, sobre los astronautas, sobre cómo se come sin gravedad) es exactamente el tipo de pregunta que hace ciencia. Que Christina Koch no llegó ahí a pesar de ser mujer. Llegó porque nadie, esta vez, se lo impidió.
Y que ojalá la próxima vez no haga falta el “esta vez”.
La misión Artemis II despegó el 1 de abril de 2026 y amerizó exitosamente en el océano Pacífico el 10 de abril, frente a las costas de San Diego, tras recorrer más de 1,1 millones de kilómetros. Christina Koch, Reid Wiseman, Victor Glover y Jeremy Hansen, fueron recuperados en excelente estado de salud por la Marina de Estados Unidos. La cápsula Integrity será trasladada al Centro Espacial Kennedy para análisis técnico.