Elecciones en Perú: sobrevivir a la política
16.04.2026
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16.04.2026
Las elecciones recientemente realizadas en Perú son un nuevo ejemplo de dispersión y caos político, algo que para la autora de esta columna no es una excepción en dicho país. Comenta que «las elecciones de 2026, con un fujimorismo que persiste pese a su desgaste y una competencia feroz por un segundo lugar que cambia hora a hora, muestran precisamente eso: no un sistema al borde del colapso, sino uno que ha aprendido a funcionar en la inestabilidad. Y en ese contexto, la meta principal y quizá la única realmente alcanzable para quien resulte electo el 7 de junio no será transformar el sistema, sino algo más básico: lograr mantenerse en el poder».
Imagen de portada: Keiko Fujimori votando el domingo en Perú / Instagram @keikofujimorih
Hay países donde la crisis es una excepción. Perú, en cambio, parece haber convertido la crisis en sistema. No como un accidente ocasional, sino como una condición persistente que organiza paradójicamente su vida política. Las elecciones de 2026 no rompen ese patrón: lo confirman con nitidez.
A primera vista, el escenario desconcierta. Decenas de candidaturas, partidos débiles, resultados fragmentados y una ciudadanía que observa el proceso con más escepticismo que expectativa. Sin embargo, lo más revelador no es la dispersión en sí, sino la forma en que esta se ha vuelto rutinaria. En Perú, la inestabilidad no interrumpe el sistema: es su forma de funcionamiento.
Los resultados de la primera vuelta son ilustrativos. Keiko Fujimori, con un fujimorismo visiblemente debilitado respecto de ciclos anteriores, logra nuevamente pasar a segunda vuelta con alrededor del 16, 9 % de los votos según los conteos oficiales de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (hasta el cierre de esta columna). Lejos de reflejar una mayoría sólida, ese resultado evidencia más bien la incapacidad del sistema para concentrar apoyos: basta un porcentaje relativamente bajo para avanzar.
Aún más elocuente es la disputa por el segundo lugar. Durante horas (e incluso días), los candidatos que seguían a Fujimori intercambiaban posiciones con diferencias mínimas, en ocasiones de décimas porcentuales, en un conteo que avanzaba lentamente (ver resultados oficiales en ONPE: https://resultados.onpe.gob.pe/EG2026/). La distancia entre el segundo y el tercer lugar no solo era estrecha; era volátil. Cambiaba en tiempo real, reflejando no solo la fragmentación del voto, sino también la dificultad de construir legitimidad clara.
Este fenómeno no es anecdótico. Es la expresión más visible de un sistema político sin centro, donde ningún actor logra articular mayorías consistentes. La segunda vuelta, en este contexto, no surge como un mecanismo de clarificación democrática, sino como una extensión de la incertidumbre. Los finalistas no llegan respaldados por grandes consensos, sino por haber sobrevivido a la dispersión inicial.
Intentar leer este proceso con los parámetros de otras democracias conduce a diagnósticos incompletos. En muchos países, un escenario así sería interpretado como una señal de crisis excepcional. En Perú, en cambio, es parte del paisaje. La sucesión de presidentes, los enfrentamientos entre poderes del Estado y la debilidad estructural de los partidos han configurado un sistema donde la inestabilidad es la norma.
Lo más interesante y desconcertante es la respuesta social frente a este contexto. Lejos de una ruptura o de una movilización sostenida, lo que predomina es una forma de adaptación. La política deja de ser un espacio de expectativas transformadoras y se convierte en un ámbito de escepticismo pragmático. Se vota, se observa, se cuestiona, pero sin la expectativa de que el resultado altere de manera decisiva el curso de la vida cotidiana.
Esto no implica indiferencia, sino habituación. La sociedad peruana ha desarrollado mecanismos para convivir con la volatilidad política, desplazando sus energías hacia otros espacios: la economía informal, las redes comunitarias, las estrategias individuales de progreso. Mientras la política fluctúa, la vida social encuentra formas de sostenerse.
A esto se suma un cambio institucional relevante: el retorno a un Congreso bicameral. En teoría, la reinstalación de Senado y Cámara de Diputados podría contribuir a ordenar la deliberación política y mejorar los contrapesos. Pero en un sistema tan fragmentado como el peruano, la bicameralidad no garantiza estabilidad. Más bien, corre el riesgo de replicar o incluso amplificar a dispersión y el bloqueo, distribuyendo la misma debilidad partidaria en dos cámaras en lugar de una.
En ese sentido, hablar de “crisis política crónica” no es solo describir un problema, sino reconocer una forma de equilibrio inestable. Un equilibrio donde las instituciones son frágiles, pero no colapsan; donde la legitimidad es limitada, pero suficiente; donde la incertidumbre es constante, pero no paralizante.
Las elecciones de 2026, con un fujimorismo que persiste pese a su desgaste y una competencia feroz por un segundo lugar que cambia hora a hora, muestran precisamente eso: no un sistema al borde del colapso, sino uno que ha aprendido a funcionar en la inestabilidad. Y en ese contexto, la meta principal y quizá la única realmente alcanzable para quien resulte electo el 7 de junio no será transformar el sistema, sino algo más básico: lograr mantenerse en el poder.