Por qué el fútbol (y el deporte) chileno necesita más que una ley
04.04.2026
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04.04.2026
El autor de esta columna comenta la recientemente promulgada modificación a la ley de Sociedades Anónimas Deportivas Profesionales, la que obligará a la ANFP a separarse de la Federación de Fútbol. Comenta que la ley intenta sacar al fútbol chileno de su crisis actual a la que la llevó un sistema «gobernado por 32 clubes profesionales sin contrapesos efectivos» y que fueron incapaces de autorregularse.
Imagen de portada: Ernesto Guevara / Agencia Uno
Por fin salió la ley. La Cámara de Diputados aprobó la reforma a la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas Profesionales (SADP), que promete cambiar la estructura del fútbol chileno, esta 1) prohíbe la multipropiedad; 2) separa la ANFP de la Federación y; 3) veta a los agentes de jugadores de los directorios de los clubes. La ley se aprueba en un mal momento para el fútbol chileno. La selección acaba de ser goleada por Nueva Zelanda, (un equipo que llevaba ocho meses sin ganar), en medio de una jornada de amistosos intrascendentes. Preparación para nada porque tras, su peor eliminatoria en la historia, Chile mirará el Mundial por la televisión. Será la tercera Copa del Mundo consecutiva sin Chile. Nunca en la historia la selección había quedado fuera de tres mundiales seguidos por no haber clasificado en cancha (anteriormente fue por sanción FIFA tras el caso Rojas). Doce años sin pisar un Mundial. Dada la actualidad, la pregunta obvia es si esta ley mejora nuestra situación.
La respuesta corta: no. O al menos, no lo suficiente. La reforma SADP es una condición necesaria pero no suficiente para arreglar el fútbol chileno. Necesaria, porque el fútbol local lleva décadas capturado por intereses privados que operan sin contrapesos. Insuficiente, porque el problema de fondo es más grande. El problema escapa de lo que pueda hacer una ley en Chile, y es que la evidencia parece indicar que el fútbol ha perdido la capacidad de regirse por sus propias reglas. En una columna anterior en este medio, sostuve que es cada vez más evidente que las lógicas del dinero, la política y los medios ya no son presiones externas que el fútbol procesa y filtra, sino que se han instalado dentro del juego mismo. ¿La ley es capaz de cambiar esto?
Vamos por partes. ¿Qué intenta corregir la reforma? Varios problemas acumulados. La corrupción es quizás la más visible. Como recordaremos, el ex presidente de la ANFP Sergio Jadue confesó ante un tribunal estadounidense haber recibido sobornos, pero no fue una anomalía individual sino un síntoma de un entorno que facilitaba la corrupción. También está la multipropiedad, que distorsiona la competencia al permitir que un mismo grupo económico controle más de un club. Los agentes de jugadores con participación en directorios generan conflictos de interés evidentes. A esto se suma que la ANFP no publica estados financieros auditados desde 2020 y sus cuentas no se someten a fiscalización especializada. Y quizás lo más estructural, el presidente (en este momento Pablo Milad) preside simultáneamente la ANFP y la Federación de Fútbol de Chile, una concentración de poder que la ley busca disolver. En este contexto, el fútbol chileno gobernado por 32 clubes profesionales sin contrapesos efectivos ha sido incapaz de autorregularse.
La reforma ha generado varias reacciones. Reinaldo Sánchez, expresidente de la ANFP y actual presidente de Santiago Wanderers, la calificó como «una estupidez» y dijo que la separación entre ANFP y Federación ya existía. Advirtió que los representantes de jugadores ya operan mediante «palos blancos», anticipando que la reforma será letra muerta. Si bien su observación podría ser cierta, tiene un problema, ya que funciona como confesión involuntaria. Decir que nada cambiará porque los actores ya saben eludir las reglas no es un argumento contra la reforma. Es la mejor evidencia de por qué se necesita.
En la vereda opuesta, Raimundo Lira, vocero del movimiento No+ANFP, escribió hace días en CIPER sobre lo que la reforma debería corregir. Su punto central es que la Federación de Fútbol de Chile está controlada por la ANFP, que es a la vez la liga comercial y el órgano que gobierna todo el fútbol, incluidas las selecciones. La Selección genera más de US$40 millones por ciclo en derechos comerciales y televisivos, pero esos recursos los administra la ANFP sin separación contable respecto de la liga. Cuesta no ver una relación entre esta estructura y el hecho de que Chile sea último de la tabla. Un sistema donde los clubes priorizan el retorno de corto plazo no tiene incentivos para invertir en desarrollo de largo plazo. Lo que Lira describe es como la lógica comercial se impuso sobre las funciones que debería cumplir una federación independiente. El movimiento No + ANFP pide algo bastante básico, que la Federación se ocupe de selecciones y desarrollo, y que la liga se ocupe del espectáculo profesional. Es lo que hacen, con matices, España, Inglaterra y Francia. Y Sánchez, sin quererlo, le da la razón. Si los «palos blancos» son el modo habitual de operar, la estructura actual no funciona.
Hasta aquí, la reforma parece razonable. Pero el problema de fondo escapa de lo que pueda hacer una ley sobre el fútbol chileno. El problema es que el fútbol cambió. En un reciente libro titulado Postfúbtol, Juan Pablo Meneses sostiene que el fútbol ha muerto. Este cambió impulsado por el mercado global y la cultura digital. No hay que ir muy lejos para ver de qué habla Meneses. A pesar de estar siendo goleados, lo más comentado de la selección chilena en estos días no fue el desempeño en la cancha, sino la estrenada camiseta con flores inspirada en el Desierto Florido. La indumentaria diseñada por Adidas a partir de un estudio de mercado, lanzada fuera de Chile y elogiada en redes mientras los hinchas chilenos la califican de horrible. Una camiseta que vende mejor afuera que adentro, para una selección que no irá al Mundial.
El Mundial 2026 opera con la misma lógica, pero a escala planetaria. Un evento de múltiples sedes, horarios fragmentados y precios prohibitivos, diseñado para el consumo en pantalla. Los US$40.900 millones de impacto económico proyectado (según un estudio de OpenEconomics, FIFA y la OMC) lo dicen todo. La Copa del Mundo 2026 es antes un negocio global que una competencia deportiva. Incluso si la reforma SADP funciona a la perfección, Chile va a estar compitiendo dentro de un fútbol global que, todo parece indicar, ya no premia lo deportivo. Y eso no se arregla con una ley.
A sólo unas pocas semanas de que empiece el Mundial, con un Chile goleado por una selección menor, no parece que tengamos siquiera vergüenza deportiva. No hay mayores costos por haber priorizado el negocio de corto plazo sobre la inversión en el deporte (sobre todo en el desarrollo en fútbol joven). Pero justamente porque el fútbol global ya no premia lo deportivo, la reforma se vuelve más urgente. Quizás la ley no nos pueda devolver al fútbol que conocimos, pero esperemos que pueda darnos la estructura mínima para competir en el que viene. Lo que nos espera es ver si logra cambiar algo concreto o si, como anticipa el ex presidente de la ANFP con sus «palos blancos», se convierte en otra promesa incumplida.