La batalla sin fin de Tiro de Gracia
20.03.2026
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20.03.2026
El autor de esta columna repasa el historial de enfrentamientos entre integrantes de bandas musicales chilenas, a propósito del último capítulo de la disputa entre los exmiembros de Tiro de Gracia, banda pionera del rap chileno. Sostiene que «cuesta creer cómo un grupo tan enorme y con potencial creativo en sus inicios pudo azotarse con el suelo tan rápido y continuar destrozando su leyenda de artistas influyentes para generaciones posteriores. Ahora que el próximo año se cumplen 30 años de su inolvidable debut, hubiese sido extraordinario verlos girar por Chile -como lo hicieron, por ejemplo, Los Bunkers en su regreso- y rematar con un show a tablero vuelto en el estadio Nacional. Pero esa situación no ocurrirá. Más bien, seguirán dándole cuerda a un circo decrépito y lamentable que, por incapacidad y manifiesta idiotez, deshonra su legado artístico».
Imagen de portada: reproducción video «Viaje sin rumbo» de Tiro de Gracia
En la industria musical, las disputas entre compañeros nunca fueron novedad. Y la prensa siempre hizo su parte: suele ponerse del lado del supuesto desfavorecido. Sucedió con la primera separación de Los Prisioneros. Cuando se supo que Jorge González se había involucrado sentimentalmente con la esposa de Claudio Narea, la mayoría optó por el segundo. Durante largos años, el guitarrista, además, adoptó el papel de víctima ante los periodistas. Y lo apañaron. Para el segundo y definitivo distanciamiento de los de San Miguel, la historia se escribió de otra manera. La prensa y los fanáticos optaron por el líder y Narea enloqueció. Publicó un libro donde contaba “su verdad” y comenzó a observar a González cerca de su casa. Cuando en ese momento, el cantante vivía en México.
Hace unos meses, Horacio Salinas, el director artístico de Inti Illimani, manifestaba su negativa a reunirse con la facción de su ex compañero Jorge Coulon, a raíz del próximo aniversario número 60 de la banda. Salinas fue directo. No olvidaba que el guitarrista minimizó su labor creativa y, fundamentalmente, que había hecho gestiones para que no pudieran tocar en diversas giras por Europa y Estados Unidos. Lo definió como un bandido. Y afirmó que los amores artísticos vitalicios se sustentan en el hecho de honrar la profesión. Coulon, que había declarado que sería bueno tocar con el elenco original por la conmemoración, nunca más se refirió al tema.
La batalla entre los integrantes de Tiro de Gracia posee los mismos ingredientes: intrigas, rencor, egos. Cuando la banda publicó “Ser Humano” (1997), uno de los grandes clásicos de la música chilena, los raperos no estaban preparados para el éxito. Siempre les faltó madurez para asumir la categoría de estelares. A menos de un año de editar ese inolvidable debut, Juan Sativo cayó en irresponsabilidades propias de una persona que no comprendió su estatus. Provocaba problemas en discoteques, tenía peleas con sus compañeros y no se contuvo ante sus nuevos privilegios: a más éxito, mayor consumo de drogas.
Incontrolables, la compañía los llevó a promoción a España y, de pasada, al sicólogo en grupo. Sabían que eran un diamante en bruto -especialmente Sativo, el genio creativo del grupo- y que necesitaban rigurosidad. Nunca lo comprendieron y para su segundo disco, donde compartieron roles creativos, parecían una banda de viejos cracks, decadentes, sin ingenio y con un inexistente espíritu de superación. Ese álbum fue un fracaso y nunca más se revitalizaron. Zaturno cerró la puerta por fuera y Sativo y Lenwa Dura comenzaron con una guerrilla de ataques verbales que terminaron en los tribunales.
¿La música? Nada. Juan Sativo daba espectáculos horribles y recordaba al Elvis hinchado y descoordinado de su última época. Lenwa Dura, por su parte, nunca fue especialmente talentoso y aportaba como el pegamento musical. Lo que alguna vez fue magia en los estudios, ahora era un declive absoluto.
La transmisión de Instagram de hace algunos días de Lenwa Dura pinchándose una alta dosis de insulina en vivo para autoeliminarse y las respuestas tajantes de Juan Sativo ignorando el estado de salud de su compañero ratificaron que, lamentablemente, ambos nunca estuvieron preparados para hacer una carrera sólida. Como si fuera la película “Muertos de Risa”, donde dos comediantes que se odiaban debían seguir juntos porque en solitario no existían, las bravatas y el goce de cada uno ante el padecimiento de su ex compañero reflejan estupidez. Cuando en pandemia, el cantante debió irse a vivir con sus padres y autografiar vinilos para mantenerse porque la marca estaba en manos de Lenwa Dura, la contraparte no tuvo conmiseración. Al recuperar Sativo los derechos del grupo, el de San Ramón alegó que no puede tocar en ningún lado porque se lo prohíben -curiosamente, lo mismo que hacía él con su compañero- y definió a su contraparte como “el guatón de Gasco”. Esa conducta la amplificó con una declaración que ejemplifica su distorsión mental: que su ahora rival pagaba a personas para que lo destruyeran vía redes sociales y eso lo había llevado a un colapso sicológico.
Cuesta creer cómo un grupo tan enorme y con potencial creativo en sus inicios pudo azotarse con el suelo tan rápido y continuar destrozando su leyenda de artistas influyentes para generaciones posteriores. Ahora que el próximo año se cumplen 30 años de su inolvidable debut, hubiese sido extraordinario verlos girar por Chile -como lo hicieron, por ejemplo, Los Bunkers en su regreso- y rematar con un show a tablero vuelto en el estadio Nacional. Pero esa situación no ocurrirá. Más bien, seguirán dándole cuerda a un circo decrépito y lamentable que, por incapacidad y manifiesta idiotez, deshonra su legado artístico.