1979: La Edad de la Ceniza
09.03.2026
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09.03.2026
El autor de esta columna repasa el inicio en 1979 de la «Edad de la Ceniza», un periodo de inestabilidad y violencia global marcado por la Revolución Iraní y el asalto a la Gran Mezquita de La Meca. Y señala que George W. Bush logró que el Congreso le concediera “poderes especiales para lanzar cualquier operación militar”, siempre y cuando el objetivo fuera la lucha contra el terrorismo internacional. Esto sirvió igualmente para la invasión ilegal de Irak. Y describe: “Una reforma legal y un contexto geopolítico que han inundado Oriente Medio de sangre y fuego, y dejado miles de rescoldos de rabia que cuando las armas callan quedan incandescentes bajo toneladas y toneladas de lágrimas y ceniza».
Artículo aparecido originalmente en el diario El País
El año 1979, que arrancó con noticias agridulces, acabaría como el primero de lo que deberíamos denominar “la Edad de la Ceniza”, un prolongado y sombrío periodo de inestabilidad, miseria y violencia que trocó el mundo y sus reglas, y que hoy parece escribir uno de sus capítulos finales. Iniciado febrero, el exiliado gran ayatolá Rujolá Jomeini aterrizaba en loor de multitudes en Teherán y ponía así fin a la revolución popular laica desatada por el partido comunista Tudeh y de la que él, ladinamente, había sabido apropiarse para derrocar la dictadura del último Sha de Persia, Mohamad Reza Pahlevi. Estados Unidos perdía así su principal aliado -y gendarme- en Oriente Medio en un momento crucial, en el que creía podía cambiar el curso del largo y enquistado conflicto en la región. Aun así, apenas un mes y medio después, el presidente egipcio, Anwar al Sadat y el primer ministro israelí, Menachen Begin, rubricaban ante un exultante Jimmy Carter el acuerdo de paz negociado el año antes, y que la Casa Blanca consideraba la piedra angular de esa anhelada estrategia.
Otros dos hechos históricos acaecidos en los dos últimos meses de ese año maldito acabarían por ensombrecer 1979 y convertirlo en el principal punto de inflexión geopolítico de nuestro tiempo. El 20 de noviembre, un grupo mesiánico suní, al mando del extremista wahabí Juhayman al-Otaybi, asaltaba la Gran Mezquita de La Meca, declaraba hereje a la monarquía saudí y anunciaba la llegada del Mehdi (Mesias) y el fin de los tiempos. La profanación del lugar más sagrado del islam acabó el 4 de diciembre con un baño de sangre en el que participaron tropas de asalto francesas, con el ahorcamiento público de Al Otaybi y sus secuaces y con una herida abacial entre la autocracia saudí y los movimientos más rigoristas que se ha profundizado aún más con el tiempo.
La última semana de aquel mítico año que vio nacer a la estrella de Diego Armando Maradona en el Mundial Sub-20 de Japón, concluyó con la última pirueta de un 1979 que cambió el mundo: tropas soviéticas cruzaron el río Amu Daria y arrancó una ocupación de Afganistán que se prolongaría una década en el marco de una exhausta Guerra Fría. La pérdida del gendarme iraní, sumado a la ambición imperialista del Kremlin y el temor a la inestabilidad extremista en la península Arábiga, demandaron una nueva estrategia. De ella surgió el conocido “puente de los muyahidin”, un plan coordinado por la CIA y el Mosad con sus nuevos aliados en la zona -Arabia Saudí y Pakistán, temerosos de la revolución en Irán- para instruir y enviar al frente afgano a decenas de radicales islámicos.
Uno de aquellos “combatientes de la libertad”, como los bautizó el exsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld, fue Osama Bin Laden. Pero también el egipcio Ayman al Zawahiri. Las dictaduras árabes vieron en aquel plan estadounidense-israelí una vía para deshacerse de los miles de extremistas que les amenazaban, vinculados a organizaciones como los Hermanos Musulmanes. Acabada la guerra, la mayoría de ellos volvieron a sus respectivos países. Pero ni en Marruecos, ni en Libia, ni en Egipto, ni en Siria, ni en Jordania ni en Arabia Saudí fueron recibidos como héroes de la lucha contra el diablo comunista, sino que recibieron suspicacia e incluso rechazo. A lo largo de la década de los noventa, los líderes de aquellos muyahidin comenzaron a organizarse y a capitalizar esa frustración, una tóxica y peligrosa combinación de la que surgió, primero, Al Qaida, y después su hijo bastardo, el Estado Islámico.
En este tiempo Irán no solo resistió, si no que afianzó su régimen rigorista -principalmente gracias a la guerra que Occidente impulsó con Irak- y se convirtió en uno de los principales adalides de la ofensiva contra el imperialismo de Estados Unidos e Israel. Forjó alianzas con Rusia, China y Corea, expandió su influencia al Líbano y Siria, y devino en una potencia regional, asida su riqueza petrolera, con el programa nuclear como provocativa bandera.
En este marco de lógica belicista llegaron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York, y la decisión de completar el círculo de violencia, pobreza y desigualdad que desde 1979 atribula la cuna de la civilización: George W. Bush logró que el Congreso le concediera poderes especiales para lanzar cualquier operación militar sin la obligada aprobación de los propios legisladores, siempre y cuando el objetivo fuera la lucha contra el terrorismo internacional. Ninguno de sus sucesores trabajó para revocar la orden, que sirvió igualmente para la invasión ilegal de Irak, y que fue aprovechada igualmente por Trump para autorizar tanto la operación contra el “narcoterrorista” régimen de Venezuela como la ansiada operación de Israel contra el “régimen terrorista” teocrático iraní. Una reforma legal y un contexto geopolítico que han inundado Oriente Medio de sangre y fuego, y dejado miles de rescoldos de rabia que cuando las armas callan quedan incandescentes bajo toneladas y toneladas de lágrimas y ceniza.